jueves, 7 de mayo de 2026

Fundamentos sociales de la decadencia de la cultura antigua

 

1. En 1896, en la revista Die Wahrheit, Max Weber publica un ensayo titulado Fundamentos sociales de la decadencia de la cultura antigua (Oviedo, KrK, 2009). Una vez fallecido el autor, en 1924, el texto se edita de nuevo en un volumen de Ensayos de historia social y económica (Gesammelte Aufsätze zur Sozial und Wirtschaftsgeschichte). Se trata, pues, de un escrito relativamente temprano en la obra de Weber que presenta, tal como se ha señalado en diversas ocasiones, una cierta filiación marxista. Una afirmación de este tipo, sin duda alguna, merece una explicación detallada. El tema en concreto que plantea Weber es el hundimiento de la cultura romana, que se empieza a vislumbrar en el siglo III con la decadencia de la literatura, el derecho y la historiografía. Es importante señalar, en este sentido, que el autor maneja el concepto de ‘cultura antigua’ desde el inicio del ensayo y que aborda el tema de la decadencia desde una perspectiva social. La causa de la decadencia cultural en el mundo antiguo no se encuentra, pues, en las migraciones de los bárbaros, que no traen formas sociales nuevas, ni en el despotismo, ni en la corrupción de las costumbres en las clases altas, ni en la emancipación de la mujer romana, ni en la crisis de la institución matrimonial entre las clases dirigentes. El estudio de las condiciones de vida del campesinado, sin embargo, se presenta como un aspecto decisivo que puede dar pistas para entender mejor el derrumbamiento del mundo antiguo. El punto esencial en la argumentación de Weber se traslada al trabajo de los esclavos: “la cultura antigua”, escribe, “es una cultura nacida en una sociedad esclavista”, en la que se distingue entre un trabajo libre desarrollado en las ciudades y un trabajo no libre en el ámbito rural. Aquí se entra de lleno en el marco general de los principios marxistas. El peso principal de la economía reside en el trabajo no libre, en la hacienda, en el ámbito rural, en una forma de producción esclavista que Weber define como autosuficiente.

2. El latifundio esclavista se convierte en la pieza clave de la economía romana, progresivamente, sobre todo tras la derrota de los Graco. El cuadro general de la situación en el campo es bien conocido: el latifundista vive de las rentas agrarias, aunque reside generalmente en la ciudad, donde se dedica a la actividad política. La administración de la hacienda queda en manos de encargados que no son libres. En determinadas propiedades, dedicadas sobre todo al cereal, el latifundista decide arrendar parcelas a colonos, campesinos libres que no tienen una total autonomía porque sigue funcionando de forma permanente la figura del encargado. En las propiedades dedicadas al vino o al aceite, no obstante, se impone el trabajo de los esclavos, que viven en régimen cuartelario, según la terminología con la que se expresa Weber, desprovistos por supuesto del derecho a la propiedad pero también sin capacidad para establecer una familia, hecho decisivo para el autor, pues considera que el ser humano sólo se desarrolla con éxito en la familia monogámica. Lógicamente, en una sociedad fundada sobre estos principios, la falta de esclavos tiene un efecto devastador. Weber señala como punto de inflexión el fin de las guerras en Germania y el abandono de las tierras de Dacia en época de Adriano. Aquí se acaba la tendencia expansiva del Imperio romano, hecho decisivo, como sabemos, porque supone una disminución progresiva de la mano de obra esclava: “las grandes plantaciones cultivadas por esclavos sin derecho a tener familia y propiedad alguna”, escribe Weber, “sufrieron por fuerza un retroceso”. A partir de este momento, entre el siglo II y la época carolingia se produce poco a poco un cambio social que permite al antiguo esclavo poseer una pequeña propiedad en arrendamiento, al tiempo que recupera el derecho a formar una familia. Todo esto coincide con el desarrollo del cristianismo. Pero Weber no incide en el asunto. Lo menciona de pasada porque está interesado, sobre todo, por el aspecto social de la cuestión, por determinar el estatus de cada uno de los grupos que conforman el trabajo en el campo. Su conclusión es la siguiente: “en tanto el esclavo asciende socialmente a la categoría del campesino no libre obligado por servidumbres, el colono desciende, al mismo tiempo, al del campesino en régimen de dependencia”. Además, sugiere que en época de Cómodo, en África, ya se advierte que el colono ha pasado a ser un siervo ligado a la tierra.

3. El análisis social de Weber viene complementado por una serie de consideraciones jurídicas, importantes para determinar la forma en que las haciendas rurales se independizan cada vez más de los municipios, tanto en la cuestión de los impuestos como en el reclutamiento para el ejército. Esta independencia de las haciendas rurales respecto a las ciudades viene acompañada, no obstante, de un comercio cada vez más diluido y una escasez de moneda cada vez más evidente. Sobre este punto, el análisis de Weber es bastante concluyente, aun siendo consciente de las deficiencias que ofrecen las fuentes jurídicas en el Bajo Imperio: “La ruina del Imperio”, sostiene con firmeza, “fue la necesaria consecuencia política de la interrupción gradual del tráfico comercial y del crecimiento de un régimen económico cuyos pagos se hacían en especie”. En este contexto histórico, en el Bajo Imperio, se dan los primeros pasos hacia una estructura estamental, una sociedad feudal que sustituye a la tradicional distinción entre libres y no libres. Weber habla, para rematar el asunto, de una “superestructura económica” que apunta al feudalismo, una afirmación, por cierto, que habría suscrito el propio Marx. Identifica prácticamente, en este sentido, el feudo medieval con el dominio señorial en el Bajo Imperio, con dos categorías de campesinos obligados por servidumbre (siervos, servi, y colonos, coloni). Este proceso histórico se inicia en tiempos de Diocleciano y culmina en época de Carlomagno. Weber parece situar, pues, el inicio de la Edad Media en el siglo VII, en época carolingia, con un desplazamiento ya definitivo de la civilización hacia el interior. Pero apunta, finalmente, a un renacer de las ciudades, más adelante, un cambio que permite “la llegada de la libertad burguesa”, “la luz de la moderna cultura burguesa”. Así acaba el ensayo. Pocas veces las palabras han sido más elocuentes. 

lunes, 12 de enero de 2026

Recuerdos del futuro. El año pasado en Marienbad

 

1. Siempre he pensado que El año pasado en Marienbad es un film que tiene algo de invención, como Amanecer, como L’Atalante, como El cuarto mandamiento, algo que se percibe en las imágenes: una especie de misterio que remite al origen de las cosas. Es por eso que, aun presentando ciertas similitudes con las vanguardias de los años veinte, da la impresión de ser un experimento que no se asemeja ni al cine clásico ni a la nouvelle vague. El libro que ha escrito Hilario J. Rodríguez, tomando como punto de partida la película de Alain Resnais, ha tratado de captar precisamente esta sensación de novedad y de misterio. Recuerdos del futuro. El año pasado en Marienbad (Providence Ediciones, 2025) es, en este sentido, un recorrido por los caminos menos transitados por la crítica cinematográfica, una propuesta que se presenta en forma de díptico, con texto y notas complementándose mutuamente, como si se tratase de dos libros escritos sobre un mismo tema. Es muy significativo, por lo demás, el interés que muestra el autor en presentar el film como una obra compartida por Alain Robbe-Grillet y Alain Resnais, explorando la vocación y la trayectoria de ambos artistas, incidiendo especialmente en el aspecto materialista que el escritor concede a la historia y en la percepción más romántica que atesora el cineasta, porque, a pesar de las discrepancias, de las diferencias en el enfoque de la historia, la colaboración de los dos autores abre un abanico de posibilidades muy amplio en una época, la década de los cincuenta y los sesenta, repleta de experimentación en el campo del cine y la literatura. El resultado de esta colaboración se podría recitar casi como un apotegma: “Resnais sería el cine y Robbe-Grillet el teatro”. 

2. El espectador que contempla El año pasado en Marienbad queda atrapado en un laberinto de imágenes y palabras mientras se desliza con los personajes por los jardines, por los salones del palacio, por una red inextricable de espacios infranqueables. La mirada del espectador deambula, perdida. Hilario J. Rodríguez ha definido de una forma muy precisa esta sensación espacial señalando que El año pasado en Marienbad “es una película con vocación de territorio”, un laberinto lleno de recovecos y rodeos. El espacio se apropia de la historia: el palacio y los jardines, el interior y el exterior, un cementerio en su totalidad del que, lógicamente, nadie puede escapar. Los personajes que transitan por estos espacios singulares permanecen en silencio, aunque a veces dicen cosas inconexas y a veces, también, repiten las mismas frases una y otra vez. Están anclados como en una representación, entran y salen del encuadre, como en una obra de teatro. El autor ha insistido en este aspecto que resulta determinante para poder entender el film: el profundo carácter teatral y barroco de El año pasado en Marienbad, que se abre y se cierra con una obra de teatro. La existencia de múltiples espejos, que reduplican y, al mismo tiempo, diluyen a los personajes, contribuye a fortalecer el efecto teatral y la sensación claustrofóbica. Resulta más sorprendente advertir, en todo caso, que esta sensación de estar atrapado en el espacio, que se manifiesta de forma recurrente en El año pasado en Marienbad, parece trasladarse a las vidas de los autores. Hilario J. Rodríguez ha indagado en esta turbadora idea, en las consecuencias casi inevitables que provoca la filmación de esta película, que se convierte de este modo en un acontecimiento casi definitivo en las biografías respectivas de Resnais y Robbe-Grillet. No es exagerado afirmar, siguiendo este argumento, que Resnais nunca volvió a crear una obra de tal calibre, unas imágenes únicas como las que se ven en El año pasado en Marienbad. Incluso Robbe-Grillet parece definitivamente marcado por el hecho de haber participado en la película, atrapado quizá en las redes de Marienbad. Una sensación extraña de estar al borde del vacío debió, sin duda alguna, pesar como una losa en las trayectorias de los dos autores. Pero más sorprendente aún es comprobar que esta sensación de estar atrapado va más allá de los personajes, el espectador o los creadores. Se traslada definitivamente al propio escritor que indaga en Marienbad.

3. Quizá no sea casualidad que W.G. Sebald haya escrito una Elegía de Marienbad, como Goethe. Los paralelismos invocados por el autor permiten, en cualquier caso, establecer constantes correlaciones: “Goethe ve el amor (no correspondido) y Sebald ve la muerte. Resnais, en este sentido, era Goethe, y Robbe-Grillet era Sebald”. Quizá no sea casualidad, también, que Resnais haya elegido ese título, El año pasado en Marienbad, para su obra maestra, o que el libro que ha escrito Hilario J. Rodríguez convierta la historia del cine en una especie de 'historia Marienbad'. Llegados a este punto es evidente que Recuerdos del futuro no es exclusivamente un libro sobre una película. Es un ensayo que explora las relaciones que, de forma implícita o explícita, se ponen en evidencia con otras manifestaciones artísticas o, dicho de otro modo, es una indagación sobre el mundo imaginario de Marienbad creado a partir de la representación que vislumbramos contemplando las imágenes. Quizá por ello no sea casualidad, finalmente, que el autor cierre el libro con un recuerdo emotivo a Souvenirs d’une année à Marienbad, un documental montado con las imágenes rodadas en súper 8 por Françoise Spira durante el rodaje de la película y estrenado en 2010 después de ser rescatadas dichas imágenes. Es un recuerdo del futuro que contribuye a perfilar la 'historia Marienbad'.