jueves, 30 de mayo de 2019
Serem Atlàntida
Serem Atlàntida (Barcelona, Edicions del
Periscopi, 2019) completa la afanosa búsqueda de algo inasible, algo que está
relacionado con la identidad, individual o colectiva, algo que entronca con las
radiaciones que emiten las cosas, algo que conecta directamente con la idea de
simulacro y falsificación. Esta afanosa búsqueda, iniciada con Intercanvi y continuada con Gegants de Gel, culmina ahora en un
libro denso y hermoso, preñado de nostalgia. No es casualidad que el autor,
Joan Benesiu, baraje la posibilidad de publicar algún día las tres novelas como
un todo único con el sugerente título de L’avenir
dels altres. Si en Intercanvi el
protagonista pasea distraído por París y en Gegants
de gel se dedica a escuchar historias en torno a una mesa en la ciudad
argentina de Ushuaia, en Serem Atlàntida
el mismo personaje parece divagar de un lugar a otro obsesionado por la que
considera una muy probable descomposición de Europa, mientras siente una
extrañable nostalgia que lo lleva azacaneado arriba y abajo por los territorios
del antiguo imperio austro-húngaro.
El protagonista de Serem Atlàntida
da la impresión en todo momento de ser un individuo nostálgico atrapado en una
suerte de parque temático de ilusiones perdidas, da la sensación de no poder
escapar a la sociedad del espectáculo en la que estamos inmersos. Un buen día,
este protagonista que ejerce como narrador de la historia, mientras se encamina
a uno de sus infinitos viajes, sufre un encuentro azaroso en el aeropuerto de
Valencia que le permitirá adentrarse en las vidas difusas de Mirko Bevilacqua y
Clara Bernat, en la historia peculiar de amor y amistad que enlaza a estos dos
seres singulares, y que les ha llevado a una isla perdida en el océano
Atlántico, a París siguiendo una persecución inspirada en un cuento de Pron o,
finalmente, a las ruinas de Chernobil, donde pulula un turismo nuclear y
también una peligrosa atracción por el abismo. Seducido por las historias que
cuenta Mirko Bevilacqua, el protagonista entra en una vorágine que le lleva a
involucrarse en los viajes de estos dos seres singulares. El viaje iniciático
se desarrolla primero por el meridiano de París, siguiendo un libro de Lluis
Calvo, para luego continuar por la ciudad de Trieste, hasta Zagreb y más allá, siguiendo la guía de un
viejo mapa del imperio austro-húngaro, (la guía Bradshaw del año 1913, justo
antes del inicio de la gran guerra).
Benesiu siempre se ha interesado por los lugares de frontera. Trieste,
patria de su admirado Claudio Magris, ejerce como anclaje de toda la historia.
Allí confluyen diversas culturas y hacia allí apuntan las historias que se
cuentan en Serem Atlàntida, historias
que se remontan a los horrores de las guerras y las razzias del siglo XX.
Trieste se antoja un lugar de paso entre el oeste y el este de Europa. La costa
dálmata, entre Italia y Croacia, se convierte en la metáfora que trata de
explicar los problemas de identidad, individuales (de los personajes) y colectivos
(de los pueblos). Impelido por la necesidad de la memoria, por la búsqueda de
la identidad, el protagonista rastrea en su pasado y encuentra ese momento
clave que andaba buscando mientras pasea una noche por el paralelo 45,
invocando con nostalgia la pérdida del padre. Y Mirko Bevilacqua rastrea
también sus orígenes porque anhela vislumbrar su identidad. Es aquí donde se
demuestra que, a veces, el pasado es como una losa, exactamente igual que el
pasado de Europa. Atenaza a los personajes, hasta el punto de que algunos
cambian de identidad y rompen las relaciones familiares.
Obsesionado por los espacios de la
memoria, por una topografía emocional intacta, Benesiu se queja de la
desaparición progresiva de estos espacios, que nos deja en un estado de
orfandad, el mismo tipo de orfandad que experimentan los personajes de la
novela. Por eso la nostalgia invade toda la narración, la nostalgia que se
siente en los no-lugares, es decir, los espacios convertidos en ruinas, que han
perdido vida, sea por la guerra, por la radiación nuclear o por cualquier otra
razón. Son lugares donde fluye el pasado, la identidad perdida. Pero también la
nostalgia emana del recuerdo del padre, cuya desaparición provoca también un
estado de orfandad.
Los viajes que los personaje realizan a la periferia de las cosas
representan un intento, vano e inútil, de escapar del simulacro, de la
falsificación que invade Occidente. Por eso, el protagonista está obsesionado
con el este, porque en el oeste todo es un simulacro. Su viaje por los
territorios del antiguo imperio austro-húngaro se justifica en parte por la
búsqueda infructuosa de autenticidad. Pero nada escapa al simulacro, igual que
nada escapa a las radiaciones que proporciona el concepto de desplazamiento. El
simulacro afecta a las ciudades, incluso a la propia París.
Serem
Atlàntida traduce, finalmente, una cierta obsesión por el viajar infinito,
por el tiempo, por la duración y el instante, por la fenomenología del gesto,
por el situacionismo. Pero lo que se intuye desde el principio, y está en el eje
de la novela, es la decadencia de Europa, las ruinas de un continente que
provocan una permanente sensación de melancolía y permiten reflexionar, en la
soledad de una noche en el paralelo 45, en la posibilidad de que quizá seamos
Atlántidas perdidas.
martes, 30 de abril de 2019
La actualidad innombrable
En La actualidad innombrable (Anagrama, 2018),
Roberto Calasso ha tratado de explicar el funcionamiento de la sociedad secular
en la cual estamos anclados. También indaga en el origen del islamismo
radical, que ha desembocado como todos sabemos en un terrorismo que invoca el
sacrificio y el odio precisamente a la sociedad secular. El origen de este
fenómeno con los asesinos-suicidas de Osama Bin Laden nos conduce al siglo XI,
a la historia de Hasan-i-Sabbah, más conocido como el Viejo de la Montaña, y a su secta de
asesinos viviendo en una especie de paraíso cerca de la fortaleza de Alamut.
Pero al rastrear los orígenes del terrorismo islámico también se tiene en
cuenta el nombre y el sacrificio de Sayyid Qutb y su obra que sirve de guía, Señales en el camino.
Pero más allá de este enfrentamiento entre el islamismo radical y la
sociedad secular, el libro apunta desde un primer momento hacia lo que Calasso
denomina “el germen de la autodestrucción”, un período de
autoaniquilación que se extiende entre 1933 y 1945. ¿De qué estamos hablando
entonces? En la sociedad vienesa del gas,
el título del segundo ensayo del libro, Calasso explora lo acontecido entre
1933 y 1945 a
través de textos y cartas de escritores de la época, retazos que reflejan el
ambiente tenso que se vivía, orientado claramente, como apunta Louis Ferdinand
Céline, a la violencia. Las intuiciones de Robert Frost, el miedo de Virginia
Woolf a viajar por Alemania e Italia en 1935 o las ambigüedades de Ernst Jünger
forman parte de un conjunto de secuencias, de imágenes, que nos iluminan sobre
lo que se está gestando en ese momento. Y es que Calasso está obsesionado por
demostrar el carácter devorador de la sociedad. Cada carta, cada palabra parece
conducir a la inevitable guerra. Particular interés tiene en este contexto la conferencia
pronunciada por Élie Halévy en 1936 ante la Société Française
de Philosophie, una charla titulada de forma sugerente “La era de las
tiranías”. Halévy es de los primeros en equiparar lo que estaba ocurriendo en
Rusia con lo que pasaba en Italia y Alemania, comparando la dictadura soviética
con la dictadura fascista y hitleriana, evocando al mismo tiempo las
interpretaciones de Platón y Aristóteles en el mundo griego para sugerir el
paso de la democracia a la tiranía en los años treinta.
En septiembre de 1937 se celebra el congreso de Núremberg que entroniza
al hitlerismo como la nueva religión triunfante, con su particular y singular
mitología que engloba elementos paganos y cristianos. No hay que olvidar,
además, que el hitlerismo caminaba hacia una suerte de doctrina esotérica, con
la creación de algo parecido a una orden de caballeros. Robert Brasillach,
presente en el congreso de Núremberg, se hace eco, con entusiasmo, del giro que
ha dado la nueva Alemania. Simone Weil adivina lo que el hitlerismo supone para
tantas almas perdidas: “una sólida ilusión de unidad interior”. Por lo
demás, Walter Benjamin informa en 1939 que la Sociedad Vienesa
del Gas ha suspendido el servicio del gas a los judíos. Las noticias sobre los
parias o sobre los suicidios (entre ellos el de Walter Benjamin) se suceden a
lo largo de 1940. La cuestión judía parece en marcha en 1941. Los escritos
periodísticos de Goebbels no dejan lugar a dudas. De hecho, en Iasu, en
Moldavia, Curzio Malaparte describe la matanza indiscriminada de 13.000 judíos.
En Alemania, Hans Carossa es nombrado presidente de la Asociación Europea
de escritores. En el discurso de agradecimiento pronunciado en Weimar el
escritor advierte: “Todos ustedes, queridos señores, tendrán igual que yo la
firme convicción de que una renovación de Occidente sólo podrá surgir del
espíritu y del alma”.
Mientras tanto, en 1942 se celebra la boda del príncipe Konstantin de
Baviera y en 1943 Goebbels se regocija ante el final de una película largamente
deseada para la UFA,
Münchhausen. Son los festejos que
parecen marcar el final de una época. En abril de 1943 salen a la luz las
noticias de la matanza de Katyn, que Goebbels pretende utilizar como propaganda
contra el régimen bolchevique y para atacar las afinidades del bando aliado.
Cuando Vasili Grossman entra con el Ejército Rojo en el campo de
Treblinka y luego en Berlín todo se asemeja ya a un cementerio. Da la sensación
de que el paso de la democracia a las tiranías y el desplome de Europa han
sucedido como en un sueño.
domingo, 31 de marzo de 2019
36 maneras de quitarse el sombrero
El escritor y
editor Miguel Ángel de Rus ha reunido en 36
maneras de quitarse el sombrero (M.A.R. Editor, 2018) una variopinta y
sugerente colección de relatos de humor, creados con “animus jocandi” como el
mismo autor apunta en una suerte de advertencia previa a la lectura. La
honorabilidad de algunos de los personajes que aparecen en los cuentos, y que
podrían identificarse con personas reales, jamás se pone en duda. Con este
arranque irónico y humorístico, el libro vuela en todas direcciones. De Rus se
fija atentamente en el mundo que le rodea. Y lo que ve, como no podría ser de
otro modo, no le gusta. Por eso, la
sociedad que envuelve a los personajes se manifiesta en franca descomposición,
porque De Rus no soporta la vulgaridad de los tiempos en los que vivimos, no
soporta el progresismo de salón, no soporta lo políticamente correcto y no
soporta, en definitiva, a los grandes magnates. No es casualidad, pues, que De
Rus encuentre en la ficción el justo castigo que merecen esos nuevos
aristócratas que viven ajenos a las desgracias del mundo. Pero más allá de esta
sociedad degradada, el espíritu claramente decimonónico del autor, a
contracorriente, dedicado plenamente a la observación, se pone en evidencia en
esos personajes que sienten náuseas al contemplar el mundo, que no entienden porque
en un urinario se vende publicidad o en una cafetería la tecnología te aplasta
con su propaganda insulsa. Son seres que buscan la soledad y el aislamiento,
acompañados de sus inseparables libros. Pueden ser periodistas, escritores o
simples ciudadanos aburridos del devenir de la sociedad, como es el caso de ese
personaje de Una justicia horizontal,
que vive en un falansterio rodeado de libros y música, dedicado a la meditación
y que cultiva un pequeño huerto.
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| Miguel Ángel de Rus |
Algunos cuentos tienen un cierto
tono autobiográfico, pero todo parece filtrado por el sentido del humor, desde
el feminismo, el animalismo, el ecologismo y el nacionalismo, hasta la madre
patria. De Rus bromea a propósito de los Borbones, a los que no soporta, hace
escarnio de la monarquía británica, se burla de los servicios de inteligencia y
plantea con ironía una posible adaptación de los clásicos a la moral actual.
Incluso bromea con la dichosa construcción del muro mexicano, poniendo en solfa
los verdaderos intereses políticos que hay detrás de cada acción. Pero no se
olvida tampoco de ironizar a propósito de la literatura que se ha impuesto en
nuestros días, con la forma en que se escriben la mayoría de los libros, con la
disposición de los escritores a recibir premios de antemano. El humor, en
definitiva, sirve a De Rus para hacer una radiografía pesimista del avance del
mundo, plasmada en el contraste que se establece entre el escritor y el mundo
que contempla.
También hay relatos que hacen gala
de un profundo erotismo, de un cierto regusto por los juegos del placer y de la
mirada, dando la sensación de que cualquier cosa se puede convertir en un
espectáculo. A veces, De Rus saca a la luz de forma algo velada escándalos
actuales, haciendo burla de los periodistas. A veces también, muestra las disputas
pasionales, producto de los instintos más bajos, y trata con ironía la
violencia que ejercen las diversas religiones, las mentiras implícitas en la
idea de apocalipsis.
De Rus, en cualquier caso, parece elevarse allí donde el relato camina
entre la realidad y la ficción, cuando todo se asemeja a una ensoñación, como
en Hieródula bellísima, donde la
aventura del protagonista con la joven sacerdotisa tiene los aires de un sueño,
o en El rayo rojo, donde un
científico consigue dar vida a un héroe soviético para luego devolverlo a la
muerte. Y siempre, o casi siempre, mostrando contrastes, allí donde la
inteligencia y el silencio se manifiestan como atributos contrarios al ruido
que nos acecha por todas partes. Y siempre, o casi siempre, la sensación de que
nos envuelve una realidad totalmente manipulada, que más allá de la búsqueda de
la verdad, hemos entrado en una fase que irónicamente De Rus denomina “un mundo
de posverdad”. Reconociendo que siempre ha sentido debilidad por los
placeres estéticos, De Rus, parafraseando a uno de sus personajes, no reconoce
más supremacía que la aristocracia del saber.
jueves, 28 de febrero de 2019
Habla, si quieres que te conozca
Preocupado por el
empobrecimiento y la perversión del lenguaje, señas de identidad
de los tiempos que corren, el historiador y naturalista Ramón Grande del Brío
ha escrito un libro, Habla, si quieres
que te conozca (Cuadernos del Laberinto, 2016), en donde trata de mostrar
que el maltrato de la lengua es el reflejo de una sociedad enferma. Por ello se
esfuerza en relacionar la degradación ética y la descomposición lingüística, es
decir, la decadencia en el uso del lenguaje como un reflejo de la sociedad actual.
La idea implícita es que la despersonalización de la vida social contribuye a
la desvalorización de la carga conceptual del lenguaje.
El autor habla a menudo de desnaturalización del lenguaje, de atropellos
lingüísticos. Esta trivialización del lenguaje se manifiesta, sobre todo, en
medios judiciales, pero también en el ámbito científico y académico. Preocupado, sobre
todo, por las implicaciones de los errores de la lengua en el campo jurídico,
Grande del Brío se alarma ante el “absurdo bizantinismo”, la pobreza
del lenguaje científico, la falta de precisión terminológica y epistemológica,
que puede constituir un peligro cuando en el ámbito judicial los jurados
populares carecen de la precisión semántica necesaria para captar en ocasiones
el significado de las palabras.
El ensayo está repleto, tal como nos recuerda el propio autor, de “casos
de uso incorrecto de la lengua y de desastrosa conceptuación”. Grande
del Brío se detiene en el abuso del eufemismo, la feminización de determinadas
palabras, el empleo de sustantivos desprovistos de artículos, la ausencia de
preposiciones y la confusión entre prefijos y sufijos. Se queja, al mismo
tiempo, de la forma en que se usa el pretérito imperfecto en determinados
medios como reflejo de la ambigüedad y la indeterminación de la sociedad
moderna, pero también se queja del exceso de información, de los que denomina normativistas que embrollan la lengua
con tecnicismos, de los autores hipercríticos, de la hipercorrección
lingüística, de la chabacanería y la gratuidad en el uso del lenguaje. A todo
ello hay que unir determinadas obsesiones que acompañan al autor, como la
nefasta difusión de la conjunción disyuntiva sustituyendo a la conjunción
copulativa, el empleo erróneo del subjuntivo y la necesidad de un adecuado uso
de los signos de puntuación para lograr pausa, armonía y musicalidad en la
lectura de los textos, que se antoja fundamental porque el lenguaje tiene un tempo.
Grande del Brío da la sensación de que ansía la elegancia perdida en el
lenguaje. Por eso, insiste en considerar la lengua como un organismo vivo, en
constante evolución y desarrollo, y recuerda en varias ocasiones que el
lenguaje tiene una estructura matemática, profundizando en las relaciones entre
las teorías científicas y el lenguaje para poner de relieve la prostitución del
idioma. El alegato en defensa de la lengua que hace Grande del Brío deja, en
definitiva, la impresión de que tan nefasta es la excesiva laxitud como la
excesiva rigidez en el empleo del lenguaje.
jueves, 31 de enero de 2019
Sombra del paraíso
![]() |
| Vicente Aleixandre |
En 1944, con Sombra del paraíso, Vicente Aleixandre alcanza
la plenitud de su estilo. Desde los primeros versos el poeta invoca a la
naturaleza radiante, a las criaturas que anidan en el paraíso, que conforman en
la luz del amanecer el conjunto de seres que ama. El mar es promesa de
felicidad en la infancia. El río, que atraviesa la llanura y la ciudad, ofrece
sus reflejos dorados de luz. El cielo azul, que evoca la calma y la paz, es el
único amor que no muere. El resonante clamor de los bosques, la lluvia que se
asemeja a un junco, el destello del sol, la tierra primigenia, la luz del fuego
y el aire resplandeciente completan el conjunto de inmortales que Aleixandre
acoge en Sombra del paraíso. El
poeta, inmerso en el paraíso, traza las señales de la primavera en la tierra,
la deslumbrante fuerza de la naturaleza, llena de luz y de vida, y nos obliga a
no permanecer dormidos ante el misterio, a disfrutar de la belleza de la gozosa
mañana “y desnudos de majestad y pureza frente al grito del / mundo”.
La luz del sol es el hálito mágico que se pretende atrapar con los brazos
tendidos en el aire, el lugar donde reside la verdad. Mientras los pájaros
cantan en el amanecer, el poeta se recrea en el brillo de una estrella, en la
belleza de una diosa desnuda tendida en la floresta, tumbada sobre un tigre. Pero
el sol ofrece sombras. Frente a la luz y a la aurora, el arcángel de las
tinieblas anuncia acaso la enfermedad o la muerte, pero sobre todo la llegada
de la noche, de la sombra, que mitiga la fuerza de la vida, mientras se produce
el titánico esfuerzo, “la estéril lucha de la espuma y la sombra”. En
el frondoso paraíso una sombra alargada desea el cuerpo desnudo de una diosa.
La luz de la luna se refleja en el cuerpo de una muchacha mientras canta el
ruiseñor. Las manos se atraen, se buscan y se enlazan, plenas de amor, en la
oscuridad, bajo la luna. Los besos manifiestan la dicha de la vida. Y el amor
llega. “Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora”. Ebrio de amor,
Aleixandre parece dedicar algunos poemas al derrame del cuerpo, al placer que
en los sentidos provoca el amor, vertido en la cabellera o en el perfume
femenino.
El cuerpo marca el destino, la herencia de la carne y de la vida apegada
a la tierra. Y la tierra habla a través de los campesinos, que constituyen “la
verdad más profunda, / modestos y únicos habitantes del mundo”. Y del
padre emana una luz que es como el gemido, como el grito que procede de la
tierra. Y la bondad del padre transmite la bondad del mundo.
Efectivamente, el poeta, inmerso en
el paraíso, traza la belleza que se extiende ante el hombre desde la altura de
una montaña, mientras en el atardecer se despide de los campos. La ciudad amada
queda colgada sobre el mar. Un destino trágico aletea en la insondable belleza
del mar. Es el último fulgor, el último amor al que se entrega todo, la
despedida, porque el hombre es en realidad una pequeña luz que se ilumina
durante un cierto tiempo y luego definitivamente se apaga. Porque no basta el
mar, no bastan los bosques, no basta el amor, no basta el mundo. Al final sólo
resta llorar, abrazado a la madre tierra, mientras se contempla un fragmento de
cielo azul.
lunes, 31 de diciembre de 2018
El nacimiento de la filosofía
En 1975 Giorgio
Colli publica un ensayo sugerente y extraordinario, El nacimiento de la filosofía (Tusquets, 1994), en el que distingue
entre sabiduría y filosofía, dos épocas diferentes de la cultura griega. La
filosofía, precisamente como aspiración a la sabiduría, se inicia con la
actividad literaria de Platón. La época de los sabios es, en cambio, la época
de los antiguos. La veneración platónica del pasado emana de esta consideración
que permite comprender la “tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y
vivido”. Giorgio Colli relaciona el origen de la sabiduría con el dios
Apolo y con la adivinación, con la palabra del dios transmitida a través del
oráculo y cargada por tanto de oscuridad y ambigüedad. El dios Apolo comunica la
sabiduría. La interpretación de Colli, como se sabe, parte de Nietzsche pero
concediendo ciertamente a la divinidad una nueva dimensión. La intención de
Colli es ampliar y modificar la perspectiva ofrecida por Nietzsche. “Apolo”,
escribe Colli, “no es el dios de la mesura, de la armonía, sino de la
exaltación, de la locura”. Esta visión trata de superar el carácter
restrictivo y antitético (Apolo-Dionisos) de la interpretación de Nietzsche.
Para justificar esta aseveración, Colli recurre a la interpretación platónica
de la manía, de la locura, que se
formula en el Fedro. Efectivamente,
los bienes más preciados, entre ellos la sabiduría, proceden de la manía, distinguiendo Platón entre cuatro
especies de locura. De Apolo y Dionisos provienen la locura profética y la
locura mistérica. Puede aventurarse al mismo tiempo que la locura poética es
obra de Apolo y que la locura erótica procede de Dionisos.
Más allá de Apolo, la adivinación y
la manía, en el origen se encuentra
el mito. Colli plantea una interpretación simbólica del mito griego
posiblemente más antiguo, el mito cretense de Minos, Pasifae, el Minotauro,
Dédalo, Teseo, Ariadna y Dionisos. El laberinto es en la esfera dionisíaca lo
que el enigma representa en la esfera apolínea. La interpretación de Colli
apunta sin ninguna duda a la relación entre sabiduría y enigma, documentada
desde época arcaica. “Sólo quien resuelve el enigma”, escribe Colli, “puede
salvar a la ciudad y a sí mismo: el conocimiento es la instancia última,
respecto a la cual se libra la lucha suprema del hombre. El arma decisiva es la
sabiduría”. Pero el enigma no sólo está vinculado a la divinidad, se
encuentra también en boca de los sabios griegos, porque los hombres que aspiran
a resolver un enigma son aspirantes a sabios. El enigma tiene un fondo
religioso y sapiencial. Todavía en el siglo IV, las páginas de Platón están
llenas de enigmas que conservan ese carácter sagrado, solemne, antes de
convertirse en agón, en juego de
sociedad, provocando lo que Colli denomina “humanización del enigma”.
Colli también relaciona la sabiduría con el sentido de “lo
oculto”, que adquiere una dimensión esencial en Heráclito, capaz de combinar
este pathos de lo oculto, “la
tendencia a considerar el fundamento último del mundo como algo escondido”, con una visión que parece entrever el alma como principio último, de
modo que se podría aventurar “la hipótesis de que toda la sabiduría de
Heráclito sea un tejido de enigmas que aluden a una naturaleza divina
insondable”. Volvemos en todo caso al terreno del enigma porque la
argumentación de Colli pretende enlazar el enigma y la adivinación con la
primera época de la dialéctica. Colli habla en términos de continuidad. “El
enigma aparece como el fondo tenebroso, la matriz de la dialéctica”. Al
humanizarse el enigma se convierte en agón
y la dialéctica surge del agonismo. El camino de la dialéctica culmina con
Parménides y Zenón, con quienes parece declinar la era de los sabios. El logos pierde poco a poco su fondo
religioso y el nihilismo se impone. “Gorgias” escribe Colli, “es el sabio que
declara acabada la era de los sabios, de aquéllos que habían puesto en
comunicación a los dioses con los hombres”.
Con la centralización de la cultura
en Atenas a partir de mediados del siglo V, la dialéctica pierde su carácter
esotérico y adquiere un carácter público. De la degeneración y vulgarización de
la dialéctica surge la retórica, que también tiene un tono esencialmente oral,
pero que busca esencialmente persuadir a los oyentes. En este proceso juega un
papel esencial la escritura. El orador necesita preparar bien sus discursos,
por lo que resulta obvio pensar que dichos discursos eran redactados antes de
ser pronunciados. La escritura “por regla general es un simple medio
mnemotécnico” antes de alcanzar la autonomía expresiva con la aparición
de un nuevo género literario, la filosofía. Con la generalización de la
escritura se modifica la estructura del logos
y la dialéctica se traduce en literatura. El fenómeno se materializa en los
diálogos platónicos. En este sentido, es importante tener en cuenta dos
consideraciones: en primer lugar, Platón piensa que la era de Heráclito,
Parménides y Empédocles es todavía la era de los sabios y, en segundo lugar,
Platón define su literatura como filosofía
en oposición a la sofía anterior.
Colli señala hacia el final del
libro, y no por casualidad, la importancia de dos textos para la correcta
interpretación del pensamiento platónico. Los dos textos, hasta hace poco
prácticamente olvidados y hoy en día frecuentemente citados a partir de los
estudios de la escuela de Tubingen, se encuentran en el Fedro y en la Carta séptima. Aunque Platón critica la
escritura en estos pasajes, queda claro que la nueva criatura, la filosofía,
surge del fervor literario y artístico de Platón. La filosofía mezcla retórica
y dialéctica a partes iguales. Curiosamente, tanto Platón como Isócrates
denominan a su trabajo con el mismo nombre, filosofía, y enseñan con idéntica
fuerza la paidea entre los jóvenes.
Ambos compiten por la hegemonía en la polis. En realidad, Platón e Isócrates
convergen en los fines y hasta cierto punto en los medios. En la visión de
Colli, la suerte sonríe a Platón por “haber absorbido en su creación la
tradición dialéctica, la tendencia teórica, uno de los aspectos más originales
de la cultura griega”. La filosofía deriva, pues, de la creación
platónica. No obstante, la filosofía es un vástago de la sabiduría, “pronto
atrofiado”, sedimentado y cristalizado en tratados sistemáticos. Por
eso no extraña que Colli, finalmente, considere “más vital” la
sabiduría que la propia filosofía. La sombra de Nietzsche, no cabe duda, es
alargada.
jueves, 29 de noviembre de 2018
El ruido del viento
El ruido del viento es la primera novela
de Francisco Monteagudo Montiel (M.A.R. Editor, 2017), una narración que se
centra en una saga familiar, una historia intimista de tres hermanos, que trata
de recrear el mundo interior de los personajes, contada desde ópticas diferentes, con distintos registros, con continuos
cambios en los puntos de vista, en el tono y en el estilo, pero también con
evocadoras repeticiones de imágenes, de frases que se entrelazan. Los nombres
de los tres hermanos, Alter, Desider y Jesuel tienen, como toda la narración,
amplias resonancias bíblicas. El monólogo interior de Alter es una propuesta
del autor que sirve para expresar el silencio y la soledad del personaje. Alter
emplea un lenguaje entrecortado, repetitivo, que traduce sus pensamientos más
íntimos, una sensación de culpa, acompañada de angustia y desasosiego profundo.
Frente a esta suerte de infierno que atormenta a Alter, el tono de los
discursos de Desider es confesional, tiene el aire de una derrota asumida, como
cuando se hace balance y se asume el fracaso en la vida. Una historia prohibida
de relaciones secretas y de homosexualidad concede un cierto tono de amoralidad
y depravación a todo lo que cuenta Desider y al mismo tiempo pone en evidencia la
inocencia de su carácter. Finalmente, la historia del más pequeño de los
hermanos, Jesuel, nos retrotrae a los recuerdos de la infancia, las peleas en
el colegio y los juegos infantiles. La necesidad de labrarse un futuro y la
apertura a un nuevo mundo, el del trabajo, el de la iniciación al sexo en una
casa de prostitutas, sólo sirven para recalcar la violencia familiar.
La violencia parece, efectivamente,
una herencia familiar, es la fuerza de la sangre, el inexorable peso del
destino que marca la vida de los personajes. Esa herencia de la sangre, esa
fuerza del destino es la que hace que Desider retorne a casa, al seno familiar
o la que empuja definitivamente a Jesuel en su huida hacia la nada. La casa
familiar, con sus paredes desconchadas que parecen hablar, da la sensación de
atrapar a los personajes en una especie de malla inextricable. Este panorama
asfixiante, cerrado, se completa con la figura omnipresente del padre, un
hombre primitivo y violento que parece arrancado de otra época. Cualquier
circunstancia excepcional, como la aventura homosexual de Desider o la historia
de Jesuel con la prostituta, se asemeja a un sueño en medio de las
trivialidades de la vida en el pueblo, en un ambiente que se antoja en algunas
ocasiones irrespirable.
El
ruido del viento es, en definitiva, una historia de hombres, de
primitivismo atávico, de ritos de paso, en donde se evoca el pasado común y en
donde se palpa “la pérdida irreversible de códigos, costumbres, verdades
intangibles entre hombres que se las llevaron consigo”.
miércoles, 31 de octubre de 2018
Me casé por alegría
En 1966 Natalia
Ginzburg publica su primera obra de teatro, Me
casé por alegría (Acantilado, 2018). La ironía del título da sentido a toda
la pieza, que fluye a base de contrastes, y que parece dar cuenta de la forma
en que las mujeres italianas se ven abocadas al matrimonio por falta de una
cierta educación. De hecho, desde el principio de la pieza sabemos que mientras
Pietro se ha casado por lástima, Giuliana lo ha hecho por dinero. Sin ningún
tipo de formación, Giuliana ha abandonado el pueblo natal, ha dejado la casa
materna y se ha marchado a Roma con tan sólo diecisiete años. Tras trabajar en
una papelería y en una tienda de discos, y después de tener una aventura con un
hombre casado, Giuliana se ha sentido abandonada, apoderándose de ella la
infelicidad y el deseo de suicidio. Es entonces cuando el azar ha intervenido
para posibilitar el encuentro de Giuliana con Pietro.
Natalia Ginzburg parece empeñada en
retratar la inseguridad de las mujeres, el sentimiento de inferioridad, esa
sensación reflejada en el personaje de Giuliana, que se agobia porque cree que
es una mujer sin estilo. Su marido, por el contrario, ofrece una enorme sensación
de seguridad, de madurez, porque su condición de abogado de clase acomodada y
su formación le han insuflado una perspectiva más serena de la vida. Pero esta
confrontación de actitudes y disposiciones en el marco del matrimonio, fruto de
la educación, es el punto de partida para un examen del entorno familiar, pues
lo que se pone en juego aquí son diferentes formas de concebir la tradición
familiar. Es entonces cuando sabemos que, en realidad, Pietro no se ha casado
porque tenga lástima a Giuliana sino porque su presencia le embarga de una
alegría que seguramente desconocía en el núcleo familiar o, dicho de otro modo,
el matrimonio supone para Pietro una forma de evitar el aburrimiento familiar,
el tedio que supone vivir con su madre. También es entonces cuando sabemos que
posiblemente Giuliana ha accedido al matrimonio porque inevitablemente las
mujeres italianas tienen que casarse y Pietro es quizá su última posibilidad.
La ironía, por tanto, con la que Ginzburg plantea el tema del matrimonio, en
donde a cada momento que avanza la pieza se van descubriendo nuevas
posibilidades, desemboca en un encuentro familiar marcado por la presencia de
la madre del protagonista. La comida familiar nos ofrece un nuevo nivel del
matrimonio, pues la madre de Pietro nos hace saber que su hijo se ha casado con
Giuliana para hacerla sufrir. Las convicciones católicas de la madre y su
formación conservadora contrastan con la ingenuidad de Giuliana. Entonces, a
decir verdad, es cuando el lector comprende las razones verdaderas por las
cuales Pietro se ha visto abocado al matrimonio.
Natalia Ginzburg bromea con el
posible divorcio de la pareja, apenas una semana después de la boda, se
complace describiendo la amistad entre mujeres, no parece tomarse nada en serio
mientras un cúmulo de casualidades parece rozar a los personajes. Y cuando
concluye la obra, todavía degustando la belleza de la pieza, nos viene a la
memoria esa frase de Giuliana al principio del relato, cuando cuenta a su
marido que poco antes de conocerlo estuvo cerca del suicidio: “Yo estaba dando
una vuelta bajo la lluvia y tenía unas ganas enormes de morir. Crucé el puente
y pensé en tirarme al río”. Acaso esta idea, que pasa por la cabeza de
Giuliana, también pasó fugazmente por la mente de Natalia Ginzburg cuando su
marido murió a manos de los nazis. Y dicho esto, quizá sea necesario considerar
que todo escritor que se precie alguna vez acaso pensó en tirarse al río.
domingo, 30 de septiembre de 2018
Mamíferos que escriben
Manuel Moyano ha
recopilado varios ensayos, escritos para la revista El Kraken hace algunos años, en un pequeño y hermoso volumen
titulado Mamíferos que escriben (NewCastle
Ediciones, 2018). Los ensayos, según cuenta el propio Moyano, responden a una
fórmula a la que se había aclimatado, desde una perspectiva claramente personal
y con cierta obsesión fetichista. Evidentemente, algo de autobiográfico hay en
la relación con los escritores que admira. Moyano no puede evitar los detalles
personales que enredan su vida con la del escritor biografiado, como ese libro
de Lovecraft que de pronto cae en sus manos -un libro que el propio autor había
despreciado-, o ese volumen de Cioran que le arrastra al nihilismo, o ese libro
de versos de Lorca que se lee cuando se es niño, o, en definitiva, esa primera
vez que se ve 2001, una odisea del
espacio y se escucha a Bob Dylan. Y es que Moyano se complace en contar su
encuentro con los escritores, la forma en que le han seducido.
Da la impresión, además, de que
Moyano encuentra en los escritores una serie de rasgos que parecen repetirse,
como si de lugares comunes se tratase. Así se topa frecuentemente con la
misantropía (aplicada a Borges, a Bioy Casares e incluso a un cineasta como
Kubrick), con la desesperación, el carácter autodestructivo y la propensión al
suicidio (en Cioran, en Dylan Thomas) o con la sensación de individuo fracasado
(implícita en Bukowski, en Lovecraft). Pero también encuentra Moyano en los
escritores un camino abierto a la nostalgia, como cuando recuerda el
primitivismo implícito en la poesía de Lorca, porque es una llamada de
vinculación a la tierra y a la infancia. Por lo demás, la ironía con que maneja
sus propias obsesiones (como su devoción por las canciones de Dylan, hasta el
punto de convertirse en un dylanita), son un reflejo de su particular sentido
del humor, necesario como el propio autor sostiene para hacer soportable la
vida.
Moyano, finalmente, nos deleita con
pequeñas historias en los ensayos, porque no puede eludir la necesidad de
mezclar ensayo y ficción. Y cuando se detiene en las notas biográficas de los
escritores, que envuelven los ensayos, lo hace tan sólo para recalar en el aspecto
que más le llama la atención, sea la soledad de Lovecraft, la discreción de
Bioy Casares o la musicalidad intraducible de los poemas de Dylan Thomas,
porque, como nos recuerda Moyano, la magia de la literatura radica en que el
lector puede encontrar un plan secreto allí donde parece que sólo reina el
azar, experiencia que le aconteció con la lectura de Paul Auster.
Viajero empedernido, Moyano acude al encuentro de los escritores que
adora, visita la tumba de Cortazar en Montparnasse, el condado de Sussex, donde
se recluyó Kipling acaso buscando la felicidad anhelada, o la tierra nemorosa
de Mondoñedo, donde Cunqueiro vivió una infancia feliz que nutrió su
literatura. El peregrino acaba su viaje, no por casualidad, visitando la tumba
de Borges en Ginebra. Entonces, el viajero se percata en esos lugares “llenos
de magia, de resonancias míticas”, de que es un hombre solitario, de
que la literatura es, quizás, “una forma de vivir la realidad más intensamente”. Y entonces, el lector comprende que el viaje literario de Manuel
Moyano se basa en la idea, nada baladí, de que el espíritu de un lugar inspira
la literatura.
viernes, 31 de agosto de 2018
Versos envenenados
El poeta
murciano F. J. Illán Vivas, conocido también por los diversos volúmenes de narrativa fantástica que configuran la serie
de La cólera de Nébulos, acaba de
publicar una novela que anda a medio camino entre la serie negra y el intimismo
que tanto gusta al poeta, y que le ha valido el reconocimiento como finalista
del VII Premio Wilkie Collins de novela negra. El sugerente título, Versos envenenados (M.A.R. Editor,
2018), pone en situación al lector pues la poesía se convierte en el elemento
referencial y vertebrador de toda la historia. No en vano, a lo largo de la
narración los protagonistas de la novela no cesan de dialogar a propósito de
los más variados poetas, desde Neruda hasta Luis Alberto de Cuenca pasando por
Zorilla y los principales poetas murcianos. La poesía, además, pone en
comunicación a los personajes, tiene un efecto balsámico, pero también puede
tener un efecto destructivo, como se pone en evidencia cuando se encuentran
retazos de la poesía de Luis Alberto de Cuenca entre la ropa de varios hombres
asesinados.
Dicho esto queda claro, en todo caso, que en Versos envenenados Illán Vivas ha pretendido contar una historia de
serie negra, pero no lo hace desde la perspectiva del inspector de
policía, Isco Vivas (nombre de resonancias autobiográficas, quien en sus gustos
parece reproducir ciertas manías del autor), ya que la narración gira
continuamente, como los meandros de un río, adoptando distintos puntos de
vista, con las aportaciones personales y las vivencias de cada uno de los
personajes de la novela, de tal modo que las piezas que componen el tapiz del
relato sólo cobran sentido al final de la narración, cuando el autor, en una
nota que sirve de coda, presenta la historia como el resultado de una serie de
charlas con el inspector –y sus colaboradores-, “la primera entrega” de lo que
se presagia como una colección contando las andanzas del inspector Isco Vivas.
Pero lejos de seguir la investigación a través de la mirada del protagonista,
aun a sabiendas de que se involucra personalmente en la trama, el autor cuenta
la historia desde diferentes ángulos, haciendo hincapié en la doble pasión
amorosa de una suerte de viuda negra, Carmen Delegido, primero con un arribista
que procede de una familia venida a menos dentro de la burguesía murciana y que
pretende medrar en una gran empresa, y luego con un vigilante nocturno, enfermo
y obsesionado con el suicidio, que acude a la Biblioteca pública de
Murcia a leer libros sobre medicamentos. Esta doble pasión amorosa tiene su
correspondencia en las sucesivas muertes de los dos amantes, en extrañas
circunstancias y ante la mirada llena de erotismo y sexualidad de la propia
protagonista. Amor, sexo y muerte están, por tanto, íntimamente entrelazados en
estas dos historias.
Pero más allá de este entramado de serie negra, trufado de giros y
sorpresas hasta el final y salpicado por ciertos acontecimientos que permiten
situar cronológicamente la historia -como la descripción del atentado
terrorista de Atocha en marzo de 2004 o la toma de poder por parte del gobierno
socialista de Zapatero-, el relato cobra fuerza en los pequeños detalles, allí
donde el poeta emerge en breves retazos, allí donde los perfumes, los olores,
el recuerdo de los cerezos en el valle del Jerte y el sabor de las cerezas
–comparado a los embriagadores labios de una mujer- sobrevuelan por encima de
la narración.
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