En Piedra y cielo, Juan Ramón Jiménez agrupa los poemas de 1917 y 1918. La canción del poeta, que se abre con los deliciosos versos “¡No le toques ya más, / que así es la rosa¡”, es fresca y fragante, como el rocío de la aurora sobre la tierra. El poemario está atravesado por un cúmulo de sensaciones. Es la sensación del viento rozando los ojos, la mañana que se esconde, que se apaga, los recuerdos que fluyen con la hierba regada, la paz de la tarde en el retorno a casa, el árbol que atraviesa la ventana y penetra en la cámara del corazón. Es la gloria de ser dueño del mundo, pero también la sensación de que la belleza se desvanece entre los dedos.
martes, 30 de junio de 2020
Piedra y cielo
En Piedra y cielo, Juan Ramón Jiménez agrupa los poemas de 1917 y 1918. La canción del poeta, que se abre con los deliciosos versos “¡No le toques ya más, / que así es la rosa¡”, es fresca y fragante, como el rocío de la aurora sobre la tierra. El poemario está atravesado por un cúmulo de sensaciones. Es la sensación del viento rozando los ojos, la mañana que se esconde, que se apaga, los recuerdos que fluyen con la hierba regada, la paz de la tarde en el retorno a casa, el árbol que atraviesa la ventana y penetra en la cámara del corazón. Es la gloria de ser dueño del mundo, pero también la sensación de que la belleza se desvanece entre los dedos.
Juan Ramón busca el instante que se
convierte en recuerdo a través de la fuerza de la imagen. Es el recuerdo “de
aquellas tardes de oro, amor y gloria”, un instante que se apaga, “como
médanos de oro”, pero que es como “amor que nunca muere”. Esa
obsesión por el tiempo se traduce en sueños de lo infinito, que imagina en el
arco iris, en el secreto que esconde la naturaleza. Es el misterio encerrado en
el cielo, en la nube. El poemario se mueve así entre el cielo y la tierra,
entre lo que percibe arriba y abajo, entre piedra y cielo, buscando contrastes
entre el cielo azul del día y el cielo nocturno, entre el rayo del sol último y
el rayo primero de la luna. Entremedias, el poeta halla la nostalgia del mar.
Sirena de la medianoche, misterio en la sombra, un barco surca las aguas, un
faro ilumina la tierra que se aleja, mientras el poeta navega con “los ojos /
en lo infinito, guiando / los tesoros abiertos de las almas”. El viaje
en el mar es un trayecto eterno porque es el camino del alma, del mismo modo
que la tierra es el camino del cuerpo. El poeta da la sensación de haberse
liberado del cuerpo, de la tierra, en su camino hacia el azul del cielo. Y
grita en mitad de la noche, porque va más allá. Pero al final se llega
nuevamente a puerto, a la tierra. El viaje del alma por el mar ha acabado y
sólo queda una especie de nostalgia de un crepúsculo dorado, de la tumba del
marinero en el firmamento.
En Piedra y cielo, Juan Ramón
ha buscado los instantes claros en que las almas salen de los cuerpos y
dialogan en esos momentos que son libres y plenos. Es el alma concentrada en el
ocaso, en “el gran sol redondo y grana / en el silencio inmenso”. Es
la hermosura del alma girando como un astro, los ojos cerrados mirando hacia
dentro con la muerte. Es el corazón sereno, la fuerza indestructible del alma,
que debe volcarse hacia el cielo, hacia las estrellas duras, hacia los hondos
mares, hacia las tierras vírgenes. Es la eternidad de un momento de paz en el
que se funden olor, melodía, oro, luz, amor, “en esa larga tarde de sol puro”, una vida segunda, un renacer, con sol sobre las hojas. Es la gloria
en la verdad desnuda, presente, en la canción poética. Es la lejanía del
verdadero amor, la nostalgia de una hojita verde con sol. Es la obsesión por el
tiempo. Es la búsqueda de eternidad, de un libro puro.
Juan Ramón atesoraba, desde niño, el afán de poseerlo todo, de recrearse
en todo: la vía láctea en la noche, el aroma del amanecer, los luceros y las
flores del alba, las manos hundidas en las entrañas de la noche. También
soñaba, desde niño, con un lugar raro y extranjero desde donde se domina el
mundo, un lugar donde deshacerse en la luz, de embriagadora belleza, de
plenitud en el atardecer, en la luz crepuscular, un lugar donde el alma es
libre en la tarde. Entre el cielo y la tierra. Eso es todo.
jueves, 28 de mayo de 2020
Un año de escuela en Trieste
Hace algunos años cayó en mis manos, gracias al escritor Joan Benesiu, la traducción del italiano, que había preparado la editorial Minúscula, de un libro peculiar y extraordinario, La isla, de Giani Stuparich. Desde entonces, he seguido la estela de Stuparich, me he adentrado en las raíces culturales de un escritor cuya trayectoria es, al menos, tan amplia y fecunda como la de sus compañeros de generación, vinculados a la ciudad de Trieste. La lectura reciente de Un año de escuela en Trieste (Minúscula, 2010) confirma la ligereza, la alegría y la pureza que envuelven a Stuparich y que lo convierten de facto en un referente moral de su generación, porque es evidente que, tras las desgraciadas muertes de su hermano Carlo Stuparich y del brillante Scipio Slataper en el frente de la primera guerra mundial, se sentía obligado a asumir ese papel referencial. Toda su vida apunta en ese sentido.
Un
año de escuela en Trieste es una nouvelle
publicada por primera vez en 1929, en un volumen de Racconti. Al traducir las vivencias de unos jóvenes estudiantes
italianos en su último año de bachillerato, Stuparich sin duda alguna estaba
trasladando sus experiencias como profesor, actividad a la que se dedicó
durante veinte años, de 1921
a 1941. La novela tiene como eje central de la historia
un personaje femenino, Edda Marty, precisamente porque lo que aquí está en
juego es la libertad. Edda es una joven singular, a contracorriente de toda la
tradición y todas las costumbres heredadas entre las mujeres de su época, que
decide ingresar en un instituto masculino, curiosamente, como sabemos al final,
para comportarse como un muchacho y tener las experiencias de un muchacho y no
ser vista como una mujer. Edda es una inteligencia temeraria que ama la lengua
italiana y el mar, y que experimenta la “voluntad de liberarse del ambiente
mezquino de las mujeres”. Aburrida de la vida provinciana en Trieste,
que contrasta con los recuerdos de su estancia en Viena y la libertad allí
experimentada, Edda consigue entrar en la clase de último año de bachillerato
de un instituto masculino, inevitablemente para cambiarlo todo. Los alumnos se
van a transformar durante el año escolar al calor de la imponente presencia
femenina.
Arremolinados en torno a Edda
pululan tres jóvenes amigos, tres almas poéticas, Antero, Mitis y Pasini, que
en su admiración a Carducci, Pascoli y D’Annunzio ponen en evidencia sus
respectivos temperamentos. La relación entre Edda y los muchachos se desarrolla
en la escuela, pero también en la naturaleza. Stuparich ha elegido precisamente
el paisaje que rodea Trieste para mostrar el amor juvenil, para desplegar a
través de la fuerza de la naturaleza la pasión de los jóvenes. Y con el
despliegue del amor todo cambia, como no podía ser de otro modo. Edda se vuelve
más generosa, más comprensiva con el mundo que le rodea. Antero se torna más
melancólico e indeciso, hasta el punto de buscar refugio en la ternura de su
madre. Mitis se orienta hacia el estudio, obsesivamente volcado en el tema del
irredentismo. Y Pasini coquetea con el suicidio. El amor y la muerte parecen
navegar juntos. “Las pupilas de ella [Edda] eran de una luminosidad solar”,
escribe Stuparich, “y por su boca pasaban los sentimientos como suaves sombras
en los prados. Antero naufragó en toda aquella luz y por un instante tuvo la
sensación de que quizá habría sido mejor no existir, porque dolía demasiado; y
la miró como si le implorase la muerte”. De hecho, la idea de la muerte,
central en toda la literatura triestina, articula la novela a través de dos
actos: la muerte de Hedwig, la hermana de Edda, y el intento de suicidio de
Pasini, que influye sobre sus compañeros de clase que, a partir de ese momento,
toman conciencia de que “la vida posee una trágica seriedad”. Pero más
allá de la idea de muerte, que pulula por toda la narración, Stuparich es capaz
de dar un sentido vitalista a todo lo que cuenta. Es una luz fulgurante que
atraviesa todas sus historias, del mismo modo que una luz blanca inunda los
cuadros del Renacimiento italiano. Es la luminosidad y la dulzura de vivir,
aunque la vida sea absurda, aunque la libertad ceda ante el sacrificio. Por
eso, elige el jardín secreto en casa de Edda, donde fluyen la tristeza, la
melancolía, la luz y la quietud de Trieste, para el primer beso de Antero y
Edda.
Articulada a través de una serie de escenas de carácter simbólico, que
funcionan como ritos de paso en el camino de los jóvenes a la madurez, la
historia de Un año de escuela en Trieste
acaba precisamente con el rito que pone fin al año escolar: los exámenes que
cierran los estudios de bachillerato. Estos exámenes finales suponen, en cierta
medida, la vuelta a la normalidad. Es como si todo volviese a ser como al
principio, aunque evidentemente nada es como antes. Para nadie. Pero, al menos,
la alegría perdida momentáneamente por los jóvenes se renueva y la amistad
prevalece por encima de todo. El abrazo final de Antero y Pasini, los dos
amantes de Edda, deja bien claro cuáles son los principios referenciales de
Stuparich. Porque, a fin de cuentas, el único consuelo seguro de la vida es la
amistad.
No me cabe ya ninguna duda. Siempre que leo a Stuparich me viene a la
memoria el cielo azul y la luz blanca de los cuadros del Renacimiento. Y todo
lo mejor de la cultura italiana.
miércoles, 29 de abril de 2020
Adonais
En
homenaje a Percy B. Shelley y John Keats
El cielo azul de
Italia cobija la tumba de Adonais. Ni la destrucción ni la corrupción alcanzan
su cuerpo, embalsamado, sobre el que brilla una guirnalda de anademas y la
palidez de su rostro a la luz de la luna. El cadáver exhala un dulce aroma. Los
fugaces pensamientos han desaparecido de su frente y una lágrima resplandece en
su pupila.
Tras la muerte de Adonais, el poeta reclama la presencia de Urania, su
madre, para llorar y velar el lecho donde yace su hijo. Urania se levanta y
recorre, llena de miedo y de dolor, el camino que conduce al lugar donde reposa
Adonais. Se lamenta y tan solo espera un beso y unas últimas palabras. El
tiempo gira en su ciclo. Un ser extraño también acude al duelo. Porta una
brillante lanza que sacude con fuerza y canta con dulce voz. Hacia el sepulcro,
en Roma, la ciudad en donde reina soberana la muerte, avanza Venus, porque
siente la llamada de Adonais.
La primavera finge ser otoño mientras caen, sorprendentemente, las flores. Se lamentan acaso el ruiseñor y el águila. La sagrada naturaleza se estremece. Un murmullo lúgubre se escucha. Se queja el trueno y se enfurece el viento. Se escuchan las endechas de los pastores, que acuden a la montaña.
Sabemos que el alma de Adonais ondeará en las fuentes, ajena al miedo y
al dolor, porque una virgen protectora cuidó al hermoso niño, porque ya no
sufrirá los estragos del tiempo, porque Adonais vive, en la joven Aurora, en
los bosques y cavernas, en las fuentes, en las flores, confundiéndose con la
naturaleza, y despliega su hermosura, como un astro, lleno de luz.
Una pirámide acoge el sepulcro, donde se observan ramos de alegres y
encendidas flores, en el camposanto. Es la gloria de lo eterno frente al
deslumbrante y azul cielo de Roma, frente a las estatuas, la música, las
flores, las ruinas y las palabras. Todo se diluye ante la cercanía de la
partida. Es la luz, la belleza, la fuerza, el poderoso aliento invocado y que
arroja el espíritu más allá, hacia el lugar del firmamento donde brilla el alma
de Adonais. Azul, siempre azul el cielo de Roma.
martes, 31 de marzo de 2020
Vidas imaginarias
En el año 1896 se publica Vidas imaginarias (KRK Ediciones, 2009), de Marcel Schwob, un libro que nos retrotrae a las Vidas de personas eminentes, de Aubrey, y a las Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. La intención de Schwob, tal como señala en el prefacio, es encontrar el “trazo único” que separa a un ser humano del resto de los mortales, tratando con el mismo mimo todas las historias individuales, sea la del gran Empédocles o la de una mísera encajera, pues son “existencias únicas”, y teniendo siempre, por encima de todo, la valentía estética de elegir, porque “el arte del biógrafo consiste precisamente en la elección”.
Ese trazo único buscado resulta ser en
Empédocles su carácter divino. Como se sabe muy poco de él y se desconocen sus
orígenes, Schwob aprovecha para incidir en determinados detalles de su vida que
lo convierten en un personaje mítico: su hermetismo, su aire enigmático y su
relación con los milagros. En el caso de Eróstrato, el incendiario del templo
de Artemisia en Éfeso, lo que hace Schwob es combinar la obsesión por alcanzar
la fama con el deseo de penetrar en los secretos del templo de Artemisia,
mientras que en la biografía de Crates el cínico se apropia de la idea de
pobreza y sencillez, de los conceptos de desnudez del cuerpo y del alma, todo
ello relacionado con la profunda animalidad del ser humano, ese carácter
primitivo que le lleva a comportarse como los animales.
Cuando escribe sobre el poeta Lucrecio, Schwob se inclina por mostrar el
misterio que encierra la vida del escritor de un solo libro, De rerum natura, y se complace en
presentar al poeta contemplando la belleza de la naturaleza en un claro del
bosque. Esto acerca, en cierta medida, la biografía de Lucrecio a la de
Empédocles, del mismo modo que ciertos rasgos comunes permiten relacionar la
descripción de la hechicera Séptima, empleando filtros de amor, con la historia
de la impúdica Clodia, que utiliza el fulgor intenso de sus ojos para la
práctica de obscenos actos sexuales.
No es casualidad, por lo demás, que Schwob haya escrito varias biografías
de aventureros y piratas, como la del obsesivo buscador de tesoros en los mares
españoles, William Phips, o la del feroz capitán Kid, obsesionado con la imagen
de un pirata que le persigue hasta la muerte, o la del iletrado capitán
Kennedy, pirata también, torturador aplicado y feliz creador de discursos, o,
finalmente, la del mayor Stede Bonnet, lector empedernido, convertido en pirata
ocasional y que sufre la misma suerte que todos los caballeros de fortuna, a
saber, ser colgado hasta morir,
Tocado por un sutil amor al misterio y a la búsqueda de la sabiduría,
Schwob pone en evidencia en la vida de frate Dolcino la frágil línea que separa
la santidad de la herejía, la piedad del odio, mientras que el pintor Paolo Uccello
es delineado como un individuo ajeno a la realidad de las cosas, sólo atento al
crisol de las formas. Y si en la historia de Sufrah el geomántico juega con el
misterio de Salomón y los relatos de Aladino es porque lo que está fraguándose
aquí es un intento, vano, de buscar la inmortalidad terrenal y los arcanos de
la sabiduría. Y si Cecco Angioleri es un poeta rencoroso es por su incapacidad
para crear versos como Dante. Y si el juez Nicolás Loyseleur es presentado como
un ser persuasivo en sus atribuciones como clérigo es porque participa en el
proceso contra Juana de Arco
Las historias que cuenta Schwob son hermosas pero, a menudo, resultan
tristes, melancólicas, como si la vida no ofreciese oportunidades a sus
personajes. Pero Schwab trata con el mismo amor y la misma ternura estas
historias, como la de Katherine la encajera, que por azares de la vida acaba
ejerciendo de ramera, o la de Alain, soldado convertido en un desertor y en un
brutal ladrón, o la del actor Gabriel Spenser, abocado a representar papeles
femeninos en una compañía de mala muerte, o la de la dulce princesa Pocahontas,
llamada en realidad Matoaka, afectada por una enfermedad que termina con su
vida, o, finalmente, la de los señores Burke y Hare, sofisticados asesinos
entre la niebla de Edimburgo.
Los finales abruptos, a los que parecen abocados los personajes, nos
hacen ver el lado trágico de la existencia y nos conmueven al mismo tiempo. A
menudo, ese carácter trágico de las historias que cuenta Schwob está insuflado
por el propio personaje, como es el caso del poeta y dramaturgo inglés Cyril
Tourneur, que es descrito con matices que parecen sacados de la mitología y la
tradición oral, como un ser vindicativo que odia a la realeza y a los dioses,
como un ateo que al mismo tiempo ansía ser un rey y un dios. A menudo, también,
el tono trágico está matizado por una leve ironía, por ciertos matices cómicos
que contribuyen a la ligereza de las historias.
Es, no obstante, en la biografía
de Petronio donde se aprecia el carácter inventivo de la propuesta de Schwob,
pues convierte al escritor en un observador de la elegancia romana, de la
sociedad en todas sus manifestaciones, transmitiendo luego esa visión a un
delicioso escrito “con la punta de su cálamo”, para luego dedicarse a
imitar la vida que había imaginado en sus escritos junto a su esclavo Siro.
Claro que, para eso, Schwob tiene que desdecir al mismísimo Tácito, ya que
Petronio no sufrió la ira de Tigelino ni falleció en una bañera de mármol. Pero
esto importa poco cuando la imaginación de Schwob es capaz de regalarnos esta
frase: “Petronio olvidó por completo el arte de escribir en cuanto comenzó a
vivir la vida que él mismo había imaginado”.
Acaso podemos pensar, entonces, que lo que Schwob pretendía era
apropiarse de estas vidas imaginarias
que estaba escribiendo, tal como la había hecho Petronio en su historia. Por
eso, estas vidas imaginarias están
repletas de aventureros, piratas, seres misteriosos, sabios y buscadores de lo
eterno. En todos estos personajes vemos a Marcel Schwob. Todas estas historias
traducen la vida imaginaria del propio Schwob. Por eso, también, estas vidas imaginarias parecen sostenerse por
un débil hilo, precisamente porque lo que le interesa a Schwob es tomar un
detalle, un rumor, una pequeña anécdota y elevar la figura del biografiado a la
categoría de mito mediante la sublimación poética que puede ejercer la
literatura. O dicho de otro modo, Schwob se apropia de ciertas noticias tomadas
de la realidad para crear personajes míticos.
El anhelo que sentía Marcel Schwob por las vidas imaginarias era tan intenso que sabemos que viajó a Samoa buscando la
tumba de su adorado Stevenson. Por eso escribió un libro sobre ese viaje. Quizá con el intento, vano, de apropiarse de
aquello que tanto anhelaba.
sábado, 29 de febrero de 2020
La persona y lo sagrado
Hacia el final de su apasionante vida, en 1943, Simone Weil escribe un pequeño ensayo titulado La persona y lo sagrado (Hermida Editores, 2019). Más allá del concepto de persona y de la corriente de pensamiento personalista, vigente en su época, Simone Weil indaga en lo sagrado del ser humano, algo que está también más allá del derecho. La incapacidad del lenguaje para marcar el camino es la prueba más evidente de que esos conceptos, persona y derecho, resultan insuficientes. Y más allá de formas de plenitud personal en la literatura, la ciencia, el arte o la filosofía, Simone Weil se detiene en lo impersonal como expresión genuina de lo sagrado, porque conceder un carácter sagrado a la colectividad conduce, y Simone Weil lo sabe por la experiencia de su época, a la idolatría y al desastre más absoluto. Frente a la colectividad y a la persona, se encuentra la posibilidad de rastrear, a través del silencio y la soledad, en lo impersonal del ser humano, que nos acerca a lo sagrado.
El cuestionamiento que plantea
Simone Weil en La persona y lo sagrado se
basa en la observación clara y evidente de que detrás del derecho está la
fuerza. Del mismo modo que la persona se somete a la colectividad, “el derecho
es por naturaleza dependiente de la fuerza”. Y tras el derecho no se
encuentra la caridad, sino tan sólo una falsa necesidad de privilegios sociales
mediante los cuales se pretende alcanzar una vana plenitud. Aquí es donde
Simone Weil desliza una categoría fundamental en su vocabulario: desdicha.
Precisamente, la desdicha del ser humano se pone en evidencia en la incapacidad
para expresar con palabras las grandes verdades, porque de lo que se trata es
de escoger las palabras que expresan “el bien en estado puro”, teniendo
en cuenta que “sólo aquello que viene del cielo es susceptible de imprimir
realmente una huella sobre la tierra”. No es casualidad que Simone Weil
establezca una relación entre verdad y desdicha, teniendo en cuenta que sólo
los genios y los santos “pueden prestar ayuda a los desdichados” y
observando también que la humildad es un requisito imprescindible para el
acceso a la verdad. Un hombre de talento, cautivo del lenguaje, no puede
prestar ayuda a los desdichados. Sólo rompiendo los muros del lenguaje se puede
abandonar el camino de la inteligencia para iniciarse en el terreno de la
sabiduría.
Y aquí llegamos al punto culminante
de toda la argumentación de Simone Weil. La verdad y la desdicha requieren de
la gracia sobrenatural, de un acto de atención que es puro amor. En este punto
es donde entra en juego la belleza, porque el espíritu de justicia y de verdad
se manifiestan aquí abajo a través del misterio supremo: el resplandor que
provoca la belleza. La Ilíada, las tragedias
de Esquilo y Sófocles, diversos pasajes de los Evangelios o el Libro de Job
son ejemplos palpables de ese resplandor de la belleza. “Justicia, verdad y
belleza son hermanas y aliadas”, escribe Simone Weil. “Con tres palabras tan
hermosas no es necesario buscar otras”. El problema, pues, radica en
encontrar estas palabras en su lugar adecuado, para aplicarlas a las
instituciones públicas y a la vida de los hombres, sustituyendo de esta manera
a palabras como derecho, democracia y persona. O, dicho de otro modo, la única
forma de aspirar al bien puro reside en esa capacidad para aplicar en nuestras
instituciones esas palabras tan hermosas.
jueves, 30 de enero de 2020
Versos para la Navidad. Villancicos
Para Luis García Arés y Alicia Arés, fundadores de Cuadernos del
Laberinto
La editorial
Cuadernos del Laberinto ha publicado en diciembre de 2019 el volumen número 100
de su colección de poesía. Para celebrar el evento, la editora Alicia Arés ha
decidido sacar a la luz un libro delicioso, Versos
para la Navidad.
Villancicos, de su querido padre, ya fallecido, Luis
García Arés. Cuenta Alicia Arés que estos versos se recitaban o cantaban, tanto
da, en el ámbito familiar, en las fiestas navideñas. Ahora, estos vitalistas
versos pasan del ámbito privado al ámbito público para disfrute del lector. La
editora ha querido con ello recordar en cierta medida los orígenes de la editorial
y continuar con la tradición poética familiar. Hay, pues, algo de emocional en
todo lo que envuelve a la edición de este libro y que el lector acepta con
agrado, porque la espera anhelante del poeta, que se traduce en el resplandor,
en el misterio que se busca, es algo que anida en la mayoría de los
corazones.
Luis García Arés se presenta en el
poemario como un hombre viejo que ante el portal donde se produce el milagro se
transforma en un hombre nuevo, lleno de alegría. Podría decirse que el poeta, convertido
en figura de arcilla, como todas las del belén, espera el momento de salir del
cajón en donde reposan todas las figuritas porque está “a la espera / de la Vida verdadera”, ésa
que obra el milagro de cambiar nuestra condición. Y es que el poeta siente que
el hondo sentido de la Navidad
ha sido remplazado por abetos invernales y lámparas de color. Por eso se
entristece, porque “con su brillo terrenal / el espejismo del mundo / nos vela
el amor profundo”. Y por eso también ansía encontrar un hueco para
Jesús en su alma ocupada “por esta vida tan apresurada, tan vacua”. Y
por eso también la búsqueda de una posada que sirva de refugio a la Virgen y José se convierte
en la metáfora que muestra la necesidad de encontrar un espacio para que “quede
el alma enamorada, / sólo por Dios ocupada”. Y por eso también,
finalmente, se acerca en la noche a ese umbral de algo completamente nuevo, de
algo que nos hace renacer, experimentando la llamada del Señor y aprestándose a
contemplar lo acontecido “con los ojos de la fe”. Es como el pastor
arrodillado ante el pesebre que quiere librarse de “los resabios de un pasado”.
En el poemario, la nieve, con su
pureza, es la metáfora adecuada de la Navidad., pues “la nieve con su blancura /
difumina la distancia / entre la mágica infancia / y la vida ya madura”. La nieve “baja silente del cielo” y nos retrotrae a ese momento en
donde el tiempo se difumina y todo es alegre y sereno. El fuego que brota como
una luz en el portal, a imagen de zarza ardiendo, es el misterio, “la Vida misma, el Sendero / y la
verdad que no cambia”. Los ángeles etéreos o el olor a incienso son
elementos que nos conducen al niño recién nacido. Las lágrimas del ángel
pequeñito oyendo las palabras de Jesús son “como el mejor de todos los
villancicos”. Los reyes y los pastores se adelantan al unísono hacia el
portal, movidos por un resplandor, una estrella singular, “que trasciende toda
ciencia”, parafraseando a San Juan de la
Cruz. Y el pozo, finalmente, se convierte
en manantial de gracia divina. Todo en el poemario, pues, nos conduce al
momento de la gloria.
Pero al mismo tiempo hay una
sensación, ineludible, de paso del tiempo. El poeta, que se ha presentado en el
soneto inicial del poemario como un hombre viejo, siente que los párpados se le
cierran, como cuando era niño y no podía vislumbrar a los reyes, pero ahora lo
que se acerca es el sueño que precede a la muerte. Y aunque sabe que “con el
paso del tiempo / algo se pierde”, el poeta encuentra el consuelo
pensando que, cuando se cierren los ojos definitivamente, llegará un momento de
gozo y plenitud.
domingo, 29 de diciembre de 2019
Las suplantaciones
Un hombre
solitario, que lleva una vida anodina en Madrid, que se dedica a leer novelas,
escuchar música clásica y pasear por El Retiro, recibe, un buen día, una carta
procedente de Praga, de su familia paterna. En la carta se le demanda
urgentemente su presencia en la capital checa. A la llegada a la ciudad se
tropieza con una extraña y descacharrante historia. Su primo, George Simurg,
que tiene su mismo nombre, su misma edad y un extraordinario parecido, se ha
transformado en un gran insecto, una suerte de cucaracha gigante. Así se inicia
la aventura de Las suplantaciones (M.A.R.
Editor, 2019), con un absorbente punto de partida que parece remedar en cierta
medida lo acontecido en el inicio de las dos primeras novelas de Pedro Pujante
(El absurdo fin de la realidad y Los huéspedes) y que sitúa la historia
en un terreno resbaladizo, en donde el lector se siente atraído y desconcertado
a partes iguales, asumiendo la ineludible necesidad de aceptar que todo lo que
ocurre navega entre la realidad contada en el relato y el sueño imaginado por
el escritor.
Afrontando las dificultades que
entraña adentrarse en este relato onírico, Pujante se atreve a desdoblar a su
protagonista, que de continuo establece diálogos consigo mismo y, además,
suplanta la personalidad de su primo, adquiriendo por así decirlo una nueva
identidad, que le permite hablar en checo, penetrar en un misterio que se dilucida
en los sótanos del hotel Savoy o entablar una relación amorosa con Felice, la
novia de su primo. La suplantación convierte al protagonista en un individuo
instalado en Praga, integrado en la ciudad de tal forma que pareciese haber
estado allí siempre, al tiempo que adquiere una cierta levedad, ligereza,
asaltándole también una espontánea alegría. La suplantación, además, actúa como
elemento que pone en evidencia la dualidad. No es casualidad, en este sentido,
que el primo del protagonista trabaje para una empresa de máquinas
fotocopiadoras. Todo parece duplicarse, tanto las personas como los grupos o
clubes que funcionan comos sectas mistéricas en la ciudad de Praga. La
suplantación de George Simurg es, en definitiva, sólo el punto de partida de
una serie de transformaciones, que provocan un delirio que sume a la ciudad de
Praga en la más absoluta anarquía. Las suplantaciones lo inundan todo, con
clonaciones, cambios de identidad e implantes de memoria. Es un proceso en
donde la acción se desata en el interior de la historia. La realidad
parece estar diluyéndose, transformándose, ante los sorprendidos ojos del
protagonista.
En Las suplantaciones quizá
asistimos, tan sólo, a un juego ancestral, “prácticas relacionadas con la
identidad, con el tiempo, con la realidad y con las percepciones de nuestros
sentidos”. ¿Qué cabe intuir, pues, de los sueños, de las imágenes de
Londres o Barcelona que surgen en la memoria de George Simurg? Quizá, también,
cabe sospechar que asistimos a un extraño viaje, como el que supuestamente hace
el protagonista a Londres, en el que parece no haber salido nunca de Praga y en
el que tiene un encuentro azaroso en un lugar que parece apartado de la
realidad. Quizá, finalmente, cabe pensar que la transformación que sufre el primo
del protagonista es la misma que experimenta el héroe de Kafka, por lo que se
puede afirmar que lo que se está contando aquí es lo que en la novela del
escritor checo queda entre bambalinas, a saber, lo que ha imaginado Pujante que
ocurre en el exterior, fuera de la habitación donde se encuentra el monstruoso
insecto gigante.
El delirio de la historia acaba aquí
y nos lleva a pensar que la ficción, definitivamente, ha suplantado a la
realidad, que todas las vidas, como consecuencia de las sucesivas suplantaciones,
son imaginarias, falsas. Todo se ha difuminando en las páginas de este relato onírico.
sábado, 30 de noviembre de 2019
El bosquecillo 125
Hacia el final
de la Gran Guerra,
cuando los soldados empiezan a intuir que el conflicto ha entrado en su última
fase, Ernst Jünger escribe las vivencias que acontecen en las trincheras
alemanas, junto a un bosque pequeño que no tiene nombre, cerca de la aldea de
Puisieux-au Mont. Estos recuerdos, publicados posteriormente con el título de El bosquecillo 125, completan la visión
de la guerra que nos ofrecen los diarios de Jünger, sirven, a modo de anexo, a Tempestades de acero.
Es el verano de 1918 y el escritor alemán vuelve, tras un permiso, a la
primera línea del frente. En su mochila, su ordenanza ha colocado unos libros.
En el frente todo es claro y sencillo porque no hay grandes preocupaciones y
“cualquier problema se diluye y queda reducido a una agradable insignificancia
cuando se vive a la sombra de la
Muerte”. El paisaje es desolador, lleno de ruinas.
La posición que defiende la compañía de Jünger se encuentra cerca de la aldea
de Puisieux-au Mont. Las trincheras son menos profundas y la seguridad se ve
afectada por la existencia de ramales ciegos que llevan directamente a las
posiciones enemigas. Las galerías subterráneas han ido desapareciendo del
frente de batalla. Ya prácticamente sólo quedan trincheras. La paz en la
sección donde se encuentra Jünger se ve alterada sólo por los disparos de la
artillería enemiga, que parecen focalizarse más a la izquierda de la posición
de la compañía, en el denominado bosquecillo 125. La defensa inveterada de
dicho bosque pone en evidencia la capacidad de resistencia del ser humano. Es
como si el destino de los pueblos y de los individuos se viviese en la defensa
de dicho bosquecillo.
En el campo de batalla, el soldado es tan consciente de la guerra que es
incapaz de contemplar el paisaje que le rodea, porque lo único que ve es un
terreno de lucha. No obstante, cuando logra concentrarse en el silencio de la
naturaleza, Jünger describe los aromas de las flores silvestres, el canto de
los insectos. Por eso, cuando se adentra en la aldea de Puisieux-au Mont, su
mirada no se centra en la destrucción sino en los jardines, se vuelca en cómo
vuelve la vida, cómo la madre tierra permite que la vida vegetal se adueñe del
terreno, porque tras la aniquilación del paisaje llegará una vida nueva “pues
volverán a ser cultivados los campos, volverán a ser edificadas las aldeas y
volverán a ser engendrados más seres humanos de los necesarios”. Es el
eterno ciclo de la vida y la muerte.
Cuando la compañía de Jünger se toma un descanso en el terraplén del
ferrocarril, situado junto a la villa de Achiet, el escritor comprueba que los
soldados se encuentran cansados, se están como consumiendo y ansían rápidamente
la victoria o la derrota. La guerra, sin embargo, parece suspendida
en una prolongación inacabable. Pero existen evidencias que Jünger no puede
eludir y que anticipan el final de la guerra. La historia de ese caballo muerto
en el Camino de Puisieux, que no es cubierto por clorato de cal para evitar el
olor y que, finalmente, no es devorado por los buitres sino por los soldados,
que aprovechan diversas partes para hacer caldo de caballo o degustar lengua de
caballo, es un claro ejemplo de hacia dónde camina el conflicto. Jünger no
quiere ni oír hablar de la derrota en la guerra, pero la idea pasa fugazmente
por su cabeza.
Molesto con lo que denomina guerra de documentos, esa infinita
acumulación de papeles, circulares que se asemejan a reglas o prescripciones,
Jünger se ve obligado a registrar en un “Cuaderno de partes” la rutina diaria
en el frente. En los momentos de descanso escribe sus vivencias o, simplemente,
al contemplar la caverna que sirve de refugio a los soldados, piensa en un
cuadro de Brueghel. Los sueños son, casi siempre, desagradables.
El peligro acecha por todas partes y, a veces, paradójicamente, es una
fuerza que atrae al soldado de forma misteriosa. La muerte de un camarada
provoca un sentimiento de extrañeza porque uno lo imagina vivo todavía y tiene
una sensación de pérdida, como si faltara algo que forma parte de sí mismo, de
su propia personalidad. En la noche, el avance hacia el bosquecillo 125 para
defender la posición alemana se convierte en un infierno. Los soldados caminan
enfervorizados hacia el peligro. “El conjunto”, escribe Jünger, “produce la
impresión de un jubiloso triunfo de los elementos, de una ígnea erupción de la Tierra misma”. El
ser humano, en este ambiente, resulta insignificante. La locura que hace presa
de los soldados los convierte en “un solo ser, fundido en una unidad, un ser al
que guían otras fuerzas”. Al amanecer, tras el infierno de la noche,
aflora el humor grotesco, cínico, cuando se reconoce que se ha salvado la vida.
Estas sensaciones experimentadas en la defensa del bosquecillo 125 se
repiten en el combate cuerpo a cuerpo en el camino de Elbing, mientras se oye
el grito de los heridos en mitad de la noche, con las bengalas cruzando el
cielo. El lamento es monótono, “parecido a un acompasado canto ascendente y
descendente, como una invocación dirigida a un Poder desconocido”.
Jünger habla de asedio y resistencia. Es consciente de que la posición alemana
es muy difícil, de que acecha la muerte y se muestra triste ante la
posibilidad, evidente, de que nadie pueda cantar los últimos momentos de su
agónica resistencia.
Cuando es relevada su compañía y marcha hacia la reserva, Jünger recuerda
todavía la pérdida del Bosquecillo 125, recuerda el horizonte de los embudos y
las trincheras, recuerda al combatiente, el héroe anónimo que cae muerto junto
a él. “Su imagen y su legado”, dice Jünger, “permanecen en mi corazón”. Es el recuerdo del combatiente purificado por el fuego, una figura que
quedará entrelazada a la imagen de la Gran
Guerra.
Jünger, finalmente, no tiene dudas al afirmar que los acontecimientos que están
teniendo lugar en la guerra “forman parte de un gran orden, y que en algún
lugar se anudan, para formar un sentido cuya unidad se nos escapa”.
Incapaz de vislumbrar esa unidad, en las noches tranquilas contempla a la
estrella Orión mientras percibe acompasadamente el peculiar olor de la guerra,
los sonidos primordiales y también, indefectiblemente, el espíritu de un época
cayéndose a pedazos.
jueves, 31 de octubre de 2019
Clásicos vividos
Cumplidos los
cincuenta años y acabada la laboriosa traducción del Orlando furioso, José María Micó decide revisitar algunos de los
clásicos que le han acompañado en el primer trayecto de su vida. Es como hacer
una recapitulación que tiene algo, lógicamente, de autobiográfico y que ha dado
lugar a un libro ciertamente hermoso, Clásicos
vividos (Acantilado, 2013). El trayecto que acomete Micó se inicia con
Petrarca, con el De remediis, un
libro medieval y moderno al mismo tiempo, de “obstinada actualidad”, una
especie de summa moral que pretende
aliviar y conjurar las pasiones del alma (gozo y esperanza por un lado, dolor y
temor por otro lado).
Consciente de que los poetas de épocas de transición suelen ser grandes
poetas, Micó recuerda la figura de Jordi de Sant Jordi, un poeta trovadoresco
de la corte de Alfonso el Magnánimo del que se sabe muy poco y que falleció
como caballero y poeta antes de los treinta años. Micó le reserva un papel
fundamental en la gestación de una nueva lírica, en lengua catalana, que sirve
de enlace y culmina con la figura de su contemporáneo Ausías March. Al igual
que en la poesía trovadoresca de Jordi de Sant Jordi, el tema principal de
March es el fino amor, pero ya no sólo como tema literario sino como
preocupación filosófica y doctrinal. Micó presenta a Ausías March como un poeta
moderno, fuente literaria para los poetas españoles del Renacimiento e incluso
inspiración para los poetas de las últimas décadas. También en las Sátiras de Ariosto, más allá del colosal
Orlando furioso, observa Micó un
hallazgo para la literatura moderna, un espacio en el que conviven en armonía
sátira y epístola. Ariosto, siguiendo el ejemplo de Horacio, abandona
finalmente “la poesía y los demás juegos fútiles” para ahondar en la
senda de la verdad, empleando la ironía en la misma forma en que lo haría
Cervantes después, perfilando una moralidad “confesional y autobiográfica”. Esa idéntica obsesión por la verdad y ese mismo carácter autobiográfico y
confesional también forman parte del proyecto de Mateo Alemán en el Guzmán de Alfarache. La “poética
historia” de Alemán es una fábula llena de moralidad, que mezcla
narración y digresión, autobiografía y consejos, pero parece atinado pensar,
como sugiere Micó, que la intención de Alemán apunta alto pues pretende
convertir la vida del pícaro en “atalaya de la vida humana”. Siguiendo
la tradición del Lazarillo acaso
Alemán ha tratado de llegar más lejos.
El itinerario de don Quijote en
Barcelona, bajo la apariencia costumbrista de la visita, permite a Micó
rastrear, entre la ficción y la realidad, el espacio al fin y al cabo imaginado
por Cervantes, para apuntar, finalmente, la idea que aletea en el discurso, que
“Barcelona era”, para don Quijote, “un destino ineludible, una suerte de finisterre narrativo y simbólico”. Y si Micó se detiene en Góngora es para observar el siempre acechante
desafío a la tradición literaria que experimenta el poeta. Y si Micó se
detiene, finalmente, en Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez es porque en ambos
aletea un aire de perfección. Rubén Darío, dotado como nadie con el “espíritu
de la lengua”, convierte su vida y su obra “en una búsqueda incesante,
en la persecución de un imposible”. Esa anhelada búsqueda de la
perfección culmina, como se sabe, en Cantos
de vida y esperanza, con una poética de la interrupción que combina la
versificación tradicional y las preocupaciones religiosas y filosóficas con una
“forma trunca, inacabada”, poética que alcanza su más glorioso ejemplo
en “Lo fatal”. En Juan Ramón Jiménez, el más grande de los seguidores de Darío,
encuentra Micó el mismo anhelo de perfección en la construcción de una Obra en
marcha, quizá porque el propio Micó, como Darío y Juan Ramón, camina en el
mismo sentido, en la misma tradición poética. Por eso el perfil de Juan Ramón
Jiménez se traduce en “Mi Juan Ramón Jiménez” y el libro adquiere un tono
autobiográfico. Y por eso, también, Micó centra su mirada en la poesía de
Eugenio Montale, destacando la unidad de su obra, como si sus poemarios fueran
cantos o fases de una vida humana, “un designio literario de extraordinaria
coherencia” que, más allá de su hermetismo, no elude el diálogo con la
tradición literaria, con ecos de Dante y Leopardi.
El trazo final de Clásicos vividos, casi autobiográfico en
sentido estricto, muestra los vínculos del autor con Vicente Llorens, un
profesor de literatura exiliado en la guerra civil, y permite, en definitiva,
comprender la vocación literaria y poética de José María Micó. Entones, y sólo
entonces, comprende el lector el sentido hacia el cual apunta todo el libro.
domingo, 29 de septiembre de 2019
Clavícula
Una mujer toma
un avión y durante el trayecto, mientras lee, piensa y desarrolla un
pensamiento paralelo, comienza a obsesionarse con un dolor que le llega de la
costilla, debajo del pecho. Así se inicia Clavícula
(Anagrama, 2017), una narración de claro tono autobiográfico en la que Marta
Sanz parece retomar el hilo de Lección de
anatomía. Un buen día, esta mujer se derrumba, llora y se desgañita delante
de su pobre marido, un cincuentón en paro. Acude a la ginecóloga para tratar de
descifrar los males que atraviesan su cuerpo. El dolor se convierte en una
obsesión que le persigue en los viajes, en las conferencias, en la vida diaria.
En definitiva, no puede desembarazarse de un dolor que le acompaña a todas
partes y que es incapaz de definir. Precisamente esta indefinición es lo que
más mortifica a la escritora, que se pregunta, igual que el lector, si acaso no
está afectada por una enfermedad imaginaria, fruto de la melancolía, si acaso
no sea todo quizá un ejercicio de hipocondría, o, finalmente, si acaso no es
tan sólo una mujer afectada por la menopausia.
Queda claro, en todo caso, que Marta Sanz, como ella misma dice, escribe
sobre lo que le duele. Se desnuda ante el lector, a veces con crudeza, a veces
con ternura. El dolor se hace público, se transmite a los demás. Es una mujer
ensimismada que trata de focalizar el dolor, que se halla sometida a la
incertidumbre de no saber qué es lo que realmente le afecta y eso la deja en un
estado de nerviosismo permanente. La punzada, como la llama, parece situarse en
la clavícula. Mientras la fragilidad atenaza el cuerpo de esta mujer y su
marido la vigila atentamente y la cuida, encargándose de todo, la necesidad de
diagnosticar una enfermedad flota en el relato como una obsesión recurrente, al
tiempo que la menopausia surge como un fantasma que se despliega junto al sesgo
reumatológico, vinculado al dolor de la clavícula. Los viajes a Monterrey, a
Cartagena de Indias, a Bogotá o a Manila por cuestiones de trabajo son tan sólo
un alivio pasajero, pues la alegría o satisfacción que experimenta la escritora
es, en cierta medida, falsa.
En Clavícula, Marta Sanz trata
de huir del relato, de la intriga. “La autobiografía”, escribe, es la
consagración de la realidad y de la primavera, y no las costuras para
convertirla en un relato”. Sin, embargo, Clavícula parece demostrar todo lo contrario pues la autobiografía
se convierte en un relato. Y a decir verdad, el texto está plagado de una
presencia yuxtapuesta de pequeños relatos, mensajes privados y recuerdos de
viajes que ofician casi como sutiles narraciones. La escritora, que se
considera una proletaria de las letras, pero ajena a determinado tipo de ficciones,
que no soporta, se desenmascara, se desnuda ante los demás con “palabras
purgantes”, palabras que hieren, con “un extraño sentido de la
autenticidad” que, a veces, provoca el dolor y la angustia de los
seres más queridos, sobre todo su marido, pero también sus padres, cuya
presencia en el texto parece un intento, vano, de mitigar el dolor. “Yo quiero
que me dejen en paz”, proclama la escritora. De lo que no cabe duda,
en cualquier caso, es que la escritura asume una función catártica, porque hay
“cosas sobre las que merece la pena escribir”. La escritura, sólo la
escritura, se convierte en un consuelo.
Es cierto, además, que el texto tiene un aire de época. Lo dice la propia
Marta Sanz, que recoge las obsesiones feministas de nuestros días. No es
casualidad que se afirme, con reiteración, que es “una aventura ser mujer y
viajar sola”, justamente lo que hace la escritora, que en sus viajes
escribe poesía y contempla los contrastes entre pobres y ricos.
Clavícula se presenta, en
definitiva, como “una indagación”, un camino que atraviesa el dolor de
hacerse viejo. La sensación de paso del tiempo es el anticipo de la mejoría,
cuando la escritora es capaz de recomponer sus pedazos y se lleva, finalmente,
los dedos al Bósforo de Almasy.
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