En homenaje al poeta Luis García Arés
Cuando era
pequeño imaginaba el mundo lleno de bondades. En las frías tardes invernales de
antaño solía mirar hipnotizado a mi madre, sentada en el sillón, mientras leía
con amor a Bécquer. Se notaba en su gesto que disfrutaba con la lectura, pero
lo que más me sorprendía es que generalmente siempre tenía el mismo libro entre
las manos:
Las leyendas. La sensación
en aquella sala de estar donde mi madre reposaba leyendo era de calma total.
Pasó el tiempo y cuando fui joven hice míos aquellos versos del poeta en los
que decía: “En donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna, /
donde habite el olvido, / allí estará mi tumba” (LXVI). Estos versos me han
acompañado en el trayecto de la existencia, como si la suerte del poeta fuese
la mía.
La bella edición conmemorativa de las Rimas
de Bécquer que ahora presenta la editorial Cuadernos del Laberinto ha hecho
revivir en mi memoria viejos sueños infantiles. Con cuidado esmero y enorme
delicadeza, porque la ocasión bien lo merecía, la editora Alicia Arés se ha
basado en el manuscrito de El libro de
los gorriones que se conserva en la Biblioteca Nacional
para realizar una edición de las setenta y nueve Rimas de Bécquer. En esta ocasión única y excepcional, la editora
–a mi modo de ver como si fuese un alumbramiento o una intuición genial- ha
decidido contar con la inestimable ayuda de su padre, el recientemente
fallecido, el llorado poeta Luis García Arés, para escribir un emocionado
prólogo a las Rimas de Bécquer, por
lo que estas líneas escritas por el poeta abulense sobre el poeta sevillano
suenan como un eco lejano, a modo de despedida, de poeta a poeta (aunque al
parecer García Arés ha dejado una obra inédita de próxima publicación con toda
probabilidad, titulada Atenea pensativa).
Becqueriano hasta la médula, Luis García Arés recuerda en el prólogo algunos de
los aspectos que definen la poética de Bécquer y nos sitúa las Rimas en el terreno de lo intangible,
del sueño y la quimera, de los límites de la vida y los misterios de la
existencia, allí donde ha llegado el poeta y donde pretende que se acerquen los
lectores.
La “introducción sinfónica” que escribe Bécquer a sus Rimas confirma esta visión de García
Arés, pues el poeta sevillano habla del insomnio y la fantasía como fuentes de
creación, y de la confusión entre lo vivido y lo soñado como catalizadores de
la poesía. Fechada en junio de 1868, dos años antes de la muerte del poeta, la
introducción becqueriana también alerta sobre la proximidad del “gran viaje”,
justificando así la necesidad que experimenta de dar a la luz sus creaciones
poéticas. Da la impresión en este sentido de que el conjunto de las Rimas de Bécquer apuntan en una
dirección muy clara, cada vez más nostálgica y triste, que se acentúa con el
avance del poemario. Es como si la muerte aletease desde el inicio de los
poemas pero sólo se manifestase de forma evidente al final. Si tenemos en
cuenta que Bécquer se centra en el tema amoroso en gran parte de las Rimas, el resultado global es una
combinación de amor y muerte en la poesía becqueriana como pocas veces se ha
alcanzado en la literatura.
En las Rimas se advierte también una clara voluntad de definir el
territorio del poeta. La naturaleza, el amor y el misterio se manifiestan como
los grandes temas de la poesía de Bécquer. Capaz de elevarse hacia el azul del
cielo, de fundirse con las estrellas. Así se muestra el carácter divino del
bardo, hasta el punto de estallar con el verso: “y mi pupila abarca la Creación entera” (V). A
la búsqueda de un sueño y un imposible, las rimas becquerianas desembocan en el
amor, seguramente, tal como señala Luis García Arés en el prólogo, fruto de la
pasión del poeta por Julia Espín. En ocasiones, el amor se presenta como una
visión que se desvanece. Y es que en la poética becqueriana juega un papel
fundamental la mirada, el fulgor poético que procede de la mirada de la amada y
que se recibe con entusiasmo divino en los maravillosos versos de la rima XVII:
“hoy la he visto… la he visto y me ha mirado…/ ¡Hoy creo en Dios”. En los casos
de mayor éxtasis, el amor provoca una unión mística, la fusión de dos almas. En
los momentos de mayor ternura, el poeta desea ver cómo la amada reclina la cabeza
sobre su pecho, ansía leer su pensamiento y ver brillar los deseos. La locura
amorosa alcanza el punto en que el poeta siente y ve a la amada en todas
partes. Es curioso observar cómo el esplendor de la pasión amorosa se traduce
en un poema que menciona la Commedia de Dante. Los amantes guardan un
silencio ritual mientras sus mejillas se rozan. Sobre el regazo, la muchacha
sostiene el divino libro del poeta italiano. Entonces, “sólo sé que nos
volvimos / los dos a un tiempo / y nuestros ojos se hallaron, / y sonó un beso”
(XXIX).
Después de este momento de máxima
tensión erótica, las
Rimas se vuelven
progresivamente más tristes y melancólicas haciéndose eco del estado anímico
del poeta. La ruptura amorosa provoca la desazón del bardo. Precisamente algunos
poemas describen cómo la culpa acaba con la relación entre los amantes, cómo
los males del orgullo mal entendido perturban la pasión. ¿Es, por lo tanto, el
amor una absurda fábula, tal como deja entrever el poeta? En rimas llenas de
dolor, no exentas de cierto resentimiento (“Cayó sobre mi espíritu la noche; /
en ira y en piedad se anegó el alma…”, XLII), Bécquer plantea el tema de la
pérdida y el olvido del amor. Sentado en la cama, con la mirada fija en pared,
el tiempo pasa. Sin amor el poeta envejece mil años. Los sueños se mezclan con
la realidad. La presencia de la muerte se empieza a palpar en los versos. La
sonrisa, en palabras de Bécquer, se convierte en una máscara del sufrimiento. Y
la vida se vuelve monótona. Y se pierde la capacidad de sentir. Y llegados a
este punto uno tiene la sensación de identificarse con el poeta cuando afirma
“Este armazón de huesos y pellejo, /…/ cansado se halla al fin…” (LVII). La
vida así concebida es un erial, tal como recuerda Bécquer. Más aún, es un sueño
corto en el que perseguimos, de forma ingenua, la gloria y el amor. Compungido
de dolor, el poeta solloza pensando en la soledad de los muertos: “…pero hay
algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, /
a dejar tan tristes, / tan solos los muertos” (LXXIII). La soledad y la muerte
acechan irremediablemente. Y Bécquer lo sabe. Cansado de la vida, el poeta
cuenta en un poema cómo se refugia en un templo y desde un rincón oscuro
contempla el rostro blanquecino y pálido de una hermosa mujer, reposando muerta
sobre una tumba. Acaso piense entonces en los versos que escribió a su amada:
“te quiero tanto aún; dejó en mi pecho / tu amor huellas tan hondas” (XXXVI).
En ese momento de gloria eterna, en la imponente nave de la iglesia, Bécquer
siente que en su alma se aviva “la sed de lo infinito” (LXVI).
En una de las rimas que auguran el
triste final, Bécquer escribe: “de qué pasé por el mundo, / quién se acordará?”
(LXI). Numerosas generaciones de lectores confirman que el recuerdo del poeta
sigue vivo. Allí donde la mirada se eleva al cielo, donde se ensancha el
espíritu, donde se abren los horizontes, donde se vislumbra el misterio, donde
un amante mira con ternura a su amada, allí se halla el espíritu de la poesía
de Bécquer.
Y ahora, en el invierno de mi existencia, las Rimas del poeta vuelven a caer en mis manos y, al recordar pasajes
de mi infancia, me hacen pensar que existe una comunión espiritual que invoca
la poesía. Y recuerdo a mi madre sentada en el sillón, leyendo a Bécquer. Y
pienso en el poeta Luis García Arés escribiendo sus últimas líneas en honor de
su adorado Bécquer. Dios los guarde en su gloria. A todos.
ugfyfteyf
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