jueves, 29 de abril de 2021

El paseo

 


En El paseo (Siruela, 2020), el poeta sale de casa en un día luminoso. Abandona el papel en blanco, el lugar cerrado y oscuro donde escribe. Se dispone a disfrutar de todo lo que ve, de todo lo que le ofrece el paseo, porque le invade “un estado de ánimo romántico-extravagante”. El poeta quiere vivir para luego dejar huella en la escritura. “Al pasear”, escribe, “muchas ocurrencias, relámpagos y luces de magnesio se mezclan y se encuentran con naturalidad para ser cuidadosamente elaboradas”. Pasear es pensar y escribir, vivir en el más alto grado. Por eso, la mirada en el paseo se desliza hacia todo, confluye en todo.

El poeta se cruza en su camino con un profesor que resulta ser “una inteligencia de primer orden”, con un químico pedaleando, con chiquillos corriendo sin freno, con damas elegantes, con caballeros que agitan el sombrero. Hace una parada en una librería, donde bromea con el librero a costa del libro más celebrado del año. En un banco también bromea con el cajero y a costa del cajero, que se burla en cierto modo de la despreciada existencia del poeta. El letrero dorado de una panadería le hace pensar en ese “ansia miserable de parecer más de lo que se es”, algo que le disgusta profundamente y le hace añorar otra época, otros tiempos.

El poeta ama pasear y escribir, sobre todo lo primero. Sabe que las dos actividades están relacionadas en su mente y que cuando llegue el momento escribirá una obra de teatro o “una especie de fantasía que titulará El paseo”. Odia los automóviles, “esos toscos carros triunfales”, porque lo que ama verdaderamente es el reposo y todo lo que reposa. Retrata la vida cotidiana, aunque se da la extraña paradoja de que, a veces, una actriz con la que se topa no es una actriz, y un parque por el que pasea no es un parque, y un gigante cuya presencia causa terror es, acaso, un fantasma de la imaginación que provoca pena y ternura.

En el interior de un apartado bosque, el poeta siente la comunión con el mundo, en el silencio, en el canto de un pájaro. “Y de repente”, escribe, “se apoderó de mí un inefable sentimiento del mundo y una sensación de gratitud, unida a él, que brotaba del alma con violencia”. Es la gratitud por vivir y morir, porque el poeta desearía tener en el bosque “una tumba pequeña y tranquila”, donde escuchar, eternamente, el canto de los pájaros y el susurro del bosque.

El poeta parece buscar la belleza y la vida. Pero, tras volver del bosque al camino principal, debe dirigirse a la casa de la señora Aebi, donde a las doce y media tiene una invitación para comer. Es un interludio en el relato, una comida en la que el poeta es receptor de una broma. Todo fluye como si el mundo se hubiese detenido en el paseo. También hay tiempo para realizar pequeñas gestiones: una carta que se envía, que parece arremeter contra los grandes gestores de las empresas, un sastre presumido con el que se entabla una deliciosa discusión o un empleado de Hacienda ante el que justifica sus escasos ingresos.

Parece claro que el poeta aprovecha, con cierta ironía, sus pequeñas disertaciones, que en realidad lo son, para burlarse de sí mismo, para presentarse “como pobre escritor y plumífero”, como alguien que escribe libros que no gustan al público, como alguien que emplea de forma provechosa sus paseos para alentar y dar vida a sus historias.

Al adentrarse definitivamente en el campo, en el atardecer, el poeta siente la bondad del mundo, expresada en los colores de la naturaleza, en las sencillas viviendas de los campesinos. Arrastrado por el éxtasis del momento, la nostalgia y la melancolía hermanadas, el paseante se identifica con la madre tierra y escribe con emoción: “El espíritu del mundo se había abierto”.

El poeta también fantasea con determinados edificios, sea un pabellón persa donde imagina a una joven hermosamente engalanada tocando el piano y cantando una canción, sea una capilla que le recuerda el romántico mundo de Brentano, o sea una villa donde reposó el pintor Karl Stauffer-Bern. Las cotidianeidades irrumpen en el atardecer y el poeta no puede por menos que bromear con el cartel de una hospedería en donde sólo se acepta a caballeros de la mejor condición.

Todo está preparado para el fin del paseo, para el fin del relato. En la ribera de un lago, en un bosquecillo, mientras el atardecer se consume, el poeta se ve arrebatado por emociones y recuerdos diversos, que le llevan desde la tristeza por la imposibilidad del amor al acabamiento de las ilusiones en este mundo, curiosamente allí donde la naturaleza ofrece sus mejores dones. La tarde se agota y todo se oscurece. “Quizá se hayan dado repeticiones aquí y allá. Pero he de confesar”, escribe el poeta, “que veo la naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y como bendición”. El poeta se disculpa, pero no hace falta. El paseo de Robert Walser es un recorrido repleto de belleza y se presenta ante el lector como una dulce y hermosa bendición.

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