martes, 31 de agosto de 2021

Contra la religión

 

Mark Twain había incluido en su autobiografía una serie de textos que cuestionaban el papel de la religión, sobre todo el cristianismo, en la cultura occidental. Tras su muerte en 1910, estos textos no se publican por decisión de su hija Clara. En 1959, Charles Neider prepara y edita la Autobiografía de Mark Twain, pero los fragmentos en contra de la religión no aparecen. Es necesario esperar a 1963 para que Clara dé su permiso y estas reflexiones salgan a la luz en una revista, The Hudson Review. Los vericuetos que sufren estos fragmentos de la autobiografía hasta su edición dan una idea de su tono y carácter, políticamente incorrecto, ayer y hoy. El texto de Twain “es considerado blasfemo”, tal como señala Mario Muchnik en el prólogo que ha escrito para la edición que ha preparado la editorial Trama (2021) y que se ha publicado con un título bastante significativo: Contra la religión.

Sorprende en el libro la forma en que Twain trata al denominado Dios de la Biblia. Ataca desde un principio la biografía “lapidaria” de Dios, porque sus actos muestran “su naturaleza vindicativa, injusta, avarienta, despiadada y vengativa”. Es un ser que constantemente castiga, a veces por delitos insignificantes, que carece de piedad, que parece indiferente, ajeno a los sufrimientos y dolores implícitos en todos los seres que pueblan la naturaleza. Twain no encuentra misericordia y moral en la acción divina. Además, la división de esta acción divina en una mitad celestial y otra terrenal le resulta hasta cómica. Resulta que el Dios terrenal, que sólo actúa y ayuda en pequeños círculos y que, por supuesto otorga la salvación sólo a una “pequeña colonia de judíos”, olvidando al resto de la humanidad, lanza ciertos mensajes, como la invención de un lago de fuego y azufre, y la invención del infierno, con lo que “borra de un plumazo todos sus méritos ficticios”.

La Biblia, por lo demás, se caracteriza por “una patética pobreza inventiva”, con historias tomadas, como sabemos, de otras mitologías, como el diluvio o la cuestión de la Inmaculada Concepción, una historia que, por cierto, se fundamenta en “la declaración de un único testigo -un testigo cuyo testimonio carece de valor-”, que a su vez es sabedor de su inmaculada concepción a través de un extraño, un ángel, “que pudo quizá haber sido un ángel, pero que pudo también haber sido un recaudador de impuestos”.  A todo ello hay que sumar la invención de una vida futura, de un cielo eterno, que sólo encuentra justificación en los rumores de la Biblia. Por no hablar del carácter paradójico de la historia que da inicio a todo. Adán es castigado, y con él sus descendientes, por haber probado una manzana prohibida del árbol de la ciencia, después de ser informado de que si comía del árbol prohibido se produciría su muerte. El significado de la palabra muerte, sostiene Twain, igual que el de la palabra pecado, era sin duda ajeno tanto a Adán como a Eva, dos seres cuyo conocimiento y experiencia debían ser mínimos. Y, sin embargo, el castigo cae como una losa sobre ambos.

Y luego está el tema de la violencia relacionada con la religión, y sobre todo, con la historia del cristianismo. El ejemplo más reciente que encuentra Twain es el de los pogromos contra la comunidad judía en la Rusia cristiana de 1904, pero también se cita en el texto la matanza de los albigenses y la masacre de San Bartolomé. El argumento de Twain explora en este sentido la relación entre el imperialismo, el colonialismo y el cristianismo. En el mismo sentido, también establece los vínculos de la Iglesia cristiana con el desarrollo de la esclavitud, práctica que la Iglesia justifica amparándose en el texto bíblico y que sólo abandona cuando la sociedad cambia y la esclavitud retrocede en los países cristianos. A todo esto hay que añadir la persecución de la brujería, con celo y brutalidad, por parte de la Iglesia.

Twain es implacable, incluso cuando el tono se suaviza con el empleo del humor y de la ironía. Su visión no es muy halagüeña porque, aunque augura el fin del cristianismo y el surgimiento de una nueva religión, “la historia enseña que en cuestión de religiones progresamos hacia atrás, no hacia adelante”. Y cuando se refiere al papel reservado al ser humano en esta visión tejida por Dios, las observaciones de Twain son, si cabe, todavía más pesimistas. El ser humano es digno de piedad por su incapacidad para realizar cualquier tipo de movimiento. “Todos sabemos perfectamente”, escribe Twain, “-aunque lo escondemos, como lo escondo yo hasta que esté muerto y fuera del alcance de la opinión pública-, todos sabemos, digo, que Dios y solo Dios es responsable de cada acción y palabra de un ser humano, de la cuna a la tumba”. El ser humano es una suerte de juguete cuyos hilos mueve Dios a su antojo.    

Para rematar su visión iconoclasta, Twain sostiene que el Dios de la Biblia queda empequeñecido frente al Dios moderno, el único al que se pliega Twain, que vincula a la creación de la naturaleza y el universo, un perfecto artesano, un perfecto artista, un Dios ajeno a plegarias, alabanzas y oraciones. Las historias escritas por el hombre en las sucesivas Biblias apestan, huelen a podrido. Sólo contemplando la naturaleza parece encontrar Twain un verdadero consuelo.

 

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