jueves, 29 de agosto de 2013
Julián Ayesta
Helena o el amor del verano, un opúsculo
de Julián Ayesta, publicado por primera vez en 1952 y reeditado varias veces,
sorprende al lector que se adentra en sus páginas (apenas ochenta en la edición
que ha preparado ahora Acantilado) por su fascinante aliento poético. Ayesta
consigue con Helena o el mar del verano crear
una obra modélica, referencial, uno de los libros más importantes y más
apasionantes de la narrativa española del siglo XX. Escritor de un solo libro,
como aquel que dice, póstumamente la editorial Pre-Textos ha tenido la feliz
idea de publicar un volumen de Cuentos
de Ayesta (Valencia, 2001), labor que ha continuado acertadamente Trotta al
editar los Dibujos y poemas (Madrid,
2003) del escritor gijonés.
Escrita, sin duda alguna, en estado
de gracia, la novela es una evocación de la felicidad que acompaña a la
infancia y al surgimiento de un amor tierno, puro y virginal. Estructurada en
tres partes (verano-invierno-verano), se compone de una serie de escenas o
cuadros, a veces costumbristas, en ocasiones bucólicos, siempre nostálgicos y
melancólicos, a través de los que se sugiere un mundo acaso vivido, acaso
soñado por el autor, en el que se describe la infancia de un niño en Gijón.
Aferrado a los recuerdos de su familia y al amor que evoca un nombre –Helena-,
el joven protagonista de la historia contempla la existencia en aquellos
lejanos años como si se tratase de alguien que abre los ojos al mundo. Atrapado
en la espiral poética que ha construido Ayesta, el lector asiste conmovido a la
narración, que fluye cadenciosamente desde el retrato coral de una familia
hasta la experiencia individual sublimada por el amor y la visión de la
naturaleza. Ayesta combina en este sentido las escenas íntimas, que retratan la
alegría familiar, con los cuadros costumbristas en la playa y en el campo, pero
siempre teniendo como horizonte final la sensación de plenitud que produce el
descubrimiento del amor.
Toda la novela está plagada de
detalles, de escenas que tratan de transmitir la felicidad en la infancia: una
comida en el campo, unos juegos inocentes en la playa, una batalla de almohadas
entre niños en una habitación, una canción cantada al unísono por todos los
miembros de la familia, unas sidras tomadas al pie del camino, unas nubes en el
cielo que semejan países o continentes. El relato tiene una suerte de
intermedio invernal, un capítulo central en la novela que Ayesta titula con
cierta ambigüedad, “la alegría de Dios”. El joven protagonista, formado en una
escuela de jesuitas, cuenta sus experiencias religiosas, ligadas a las ideas de
culpa, dolor y remordimiento, expresadas en un sometimiento a la autoridad de
la iglesia. Es como si Ayesta pretendiese crear un contraste de sentimientos y
sensaciones entre el verano y el invierno. Sin embargo, poco más adelante
leemos, en el mismo capítulo invernal, que el muchacho se deja arrebatar por el
fervor religioso, por el amor a la Virgen, tan buena, tan suave, tan hermosa.
Tocado por Dios el muchacho rebosa nuevamente felicidad, hasta el punto de
sentir “el cuerpo y el alma hinchados de alegría y de un gran sosiego y de un
gran amor a todas las cosas”.
Da la impresión de que Ayesta ha
moldeado la novela mediante una serie de ritos o celebraciones que confluyen en
una fábula mitológica que da paso a la apoteosis final en que se celebra el
amor. Tras el paréntesis invernal y la llegada nuevamente de la estación
veraniega, el relato parece derivar hacia un mayor intimismo, como si a partir
de un momento determinado sólo existiesen en el mundo Helena y el protagonista.
La escena bucólica de ecos virgilianos, que se desarrolla en un bosque y que
precede al capítulo final, sitúa la novela en un terreno de ficción sin
límites, donde el anclaje en la realidad se vuelve de tanto en tanto más liviano.
El juego amoroso entre la naturaleza radiante inunda el relato. En el
crepúsculo del atardecer que cierra esta maravillosa novela, Ayesta presenta a
sus protagonistas llenos de amor, llenos de vida, adentrándose en una cueva
cercana a la playa donde les esperan unas ruinas romanas, los misterios de la Edad
antigua y un mundo lleno de belleza sin igual. Una fábula griega certifica el
amor entre los protagonistas en el terreno donde anidan los sueños. En la
playa, “todo era como un gran arco” dispuesto a ser atravesado por los
dos muchachos que, muertos de gozo, caminan hacia más allá, no sé sabe dónde,
hacia un lugar sólo imaginado por los poetas.
Concebido seguramente como un ejercicio
de estilo, Helena o el mar del verano es
un libro feliz que transmite un arrebatado amor a las personas, a los animales,
a todas las cosas que existen en este mundo. La lectura de las páginas de esta
novela provoca tanta afinidad con el protagonista que uno desearía llorar
eternamente ante la visión del amor, ante la sensación de belleza, y desearía,
también, correr con los ojos cuajados de lágrimas más allá del viento, más allá
del arco de colores, más allá.
jueves, 25 de julio de 2013
Arthur Schopenhauer
La publicación
de El arte de sobrevivir (Herder,
2013), con edición e introducción de Ernst Ziegler y cuidada traducción de J.
A. Molina, nos permite revisitar algunas de las constantes y obsesiones de
Schopenhauer a través de una selección de textos dispersos en las distintas
obras del pensador alemán. La edición que ha preparado Ziegler forja la imagen
de un Schopenhauer anciano, al final del camino, un hombre lleno de
experiencias y sabiduría que parece renegar de la vida, que reflexiona con
profundidad acerca de la muerte y que observa el mundo desde arriba, como un
espectador privilegiado situado más allá de las miserias humanas. Es, como si
dijéramos, un Schopenhauer alejado del tumulto de la vida, aislado, escéptico,
radical.
Los textos que se presentan en El arte de sobrevivir no conceden
respiro al lector. No hay ninguna concesión a la galería. El anciano
Schopenhauer contempla la vida en toda su extensión realzando el tiempo de la
vejez porque aporta en términos generales una calma espiritual que constituye
la esencia de lo mejor de la existencia humana. La melancolía y la tristeza de
la juventud ceden su lugar a una cierta jovialidad de la vejez que supone
liberarse de los placeres, las quimeras, las ilusiones y los prejuicios. Y si
bien es cierto que en la juventud pasa el tiempo de forma más sosegada y lenta,
generando por tanto más recuerdos y ofreciendo la sensación de una mayor
felicidad, en la vejez se adquiere una cualidad admirable, el “no sorprenderse
de nada”, que decía Horacio, lo que concede a la ancianidad una paz
especial. Al llegar, pues, a la madurez el hombre sufre un desengaño brutal,
“la convicción inmediata, sincera y sólida sobre la vanidad de la totalidad de
las cosas y la inconsistencia de las
maravillas del mundo”. Esto nos lleva directamente al tema central del
que parten todas las reflexiones de Schopenhauer, la consideración de que la
vida es un engaño, un fraude, y que todos los esfuerzos que realizamos para
cumplir grandes proyectos son vanos e inútiles. La vida, es, pues, en la visión
del filósofo algo monótono, insípido, acompañado normalmente “de una serie de
pensamientos triviales”, que sólo adquiere ciertos aires de novedad
por el progreso del conocimiento. Es bien conocida, en este sentido, la imagen
que ofrece Schopenhauer de la vida como una mezcla de tragedia y comedia,
tragedia si se considera de forma global la existencia, y comedia si se
analizan los pequeños detalles y afanes diarios. La conclusión del filósofo
alemán es que la vida de millones de personas es una especie de “sueño confuso
y agitado”, carente por completo de reflexión y lleno de supersticiones
infundadas por la Iglesia.
Concebida así la vida, la felicidad
se presenta como una quimera, un deseo inalcanzable. La decepción que sufre el
hombre ante esta realidad inapelable puede ser solapada aceptando ese punto de
partida y rebajando las expectativas, tratando de vivir de forma soportable,
evitando en la medida de lo posible los dolores y sufrimientos que forman parte
de la íntima esencia del ser humano. El mundo se convierte así en un lugar de
expiación y la muerte queda como el objetivo moral primordial de la vida.
Conviene insistir en este punto que numerosos fragmentos de El arte de sobrevivir están relacionados
con el tema de la muerte. El curso de la vida tiene en este sentido una
dirección moral y esto se advierte en los últimos pensamientos de cada hombre.
¿No se puede pensar, entonces, que esta selección de textos que atiende al
título de El arte de sobrevivir no
trata –disimuladamente- de reflejar los últimos pensamientos del propio editor,
Ernst Ziegler, a través de la voz de Schopenhauer? Todos los indicios apuntan a
que El arte de sobrevivir es un libro
de preparación para el viaje al más allá. Impulsado por la voluntad de vivir,
pero burlado por la esperanza, el hombre, irremediablemente, “baila hacia los
brazos de la muerte”, y, como un barco a la deriva,
“llega al puerto haciendo agua y desarbolado”. ¿Acaso estos
pensamientos no están estrechamente ligados a la visión del anciano profesor
Ziegler? Tentados estamos de pensar en el valor purificador que ha podido tener
la lectura de Schopenhauer. Y es que el filósofo alemán ofrece una visión del
mundo que nos conmueve y nos remueve la conciencia. Schopenhauer, para bien o
para mal, escamotea la esperanza al ser humano, aleja la utopía y quiebra
nuestra fe inquebrantable en la ilusión. Y lo que es peor, escribe y piensa tan
bien que en lo más íntimo de nuestro ser estamos barruntando que seguramente
tiene razón.
¿Y qué nos queda en medio de tanta
desolación existencial? El conocimiento, la belleza y el arte, las alegrías más
puras de la vida. La paradoja radica en que siendo estas alegrías patrimonio de
unos pocos, aquellos que tienen una disposición singular y una sensibilidad acorde
a las circunstancias, se da el caso de que esta minoría es la que más sufre, lo
que me recuerda la lección de mis maestros, la advertencia tan antigua de que
el conocimiento engendra dolor.
jueves, 27 de junio de 2013
Gustavo Adolfo Bécquer
En homenaje al poeta Luis García Arés
Cuando era
pequeño imaginaba el mundo lleno de bondades. En las frías tardes invernales de
antaño solía mirar hipnotizado a mi madre, sentada en el sillón, mientras leía
con amor a Bécquer. Se notaba en su gesto que disfrutaba con la lectura, pero
lo que más me sorprendía es que generalmente siempre tenía el mismo libro entre
las manos: Las leyendas. La sensación
en aquella sala de estar donde mi madre reposaba leyendo era de calma total.
Pasó el tiempo y cuando fui joven hice míos aquellos versos del poeta en los
que decía: “En donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna, /
donde habite el olvido, / allí estará mi tumba” (LXVI). Estos versos me han
acompañado en el trayecto de la existencia, como si la suerte del poeta fuese
la mía. La bella edición conmemorativa de las Rimas de Bécquer que ahora presenta la editorial Cuadernos del Laberinto ha hecho revivir en mi memoria viejos sueños infantiles. Con cuidado esmero y enorme delicadeza, porque la ocasión bien lo merecía, la editora Alicia Arés se ha basado en el manuscrito de El libro de los gorriones que se conserva en
La “introducción sinfónica” que escribe Bécquer a sus Rimas confirma esta visión de García
Arés, pues el poeta sevillano habla del insomnio y la fantasía como fuentes de
creación, y de la confusión entre lo vivido y lo soñado como catalizadores de
la poesía. Fechada en junio de 1868, dos años antes de la muerte del poeta, la
introducción becqueriana también alerta sobre la proximidad del “gran viaje”,
justificando así la necesidad que experimenta de dar a la luz sus creaciones
poéticas. Da la impresión en este sentido de que el conjunto de las Rimas de Bécquer apuntan en una
dirección muy clara, cada vez más nostálgica y triste, que se acentúa con el
avance del poemario. Es como si la muerte aletease desde el inicio de los
poemas pero sólo se manifestase de forma evidente al final. Si tenemos en
cuenta que Bécquer se centra en el tema amoroso en gran parte de las Rimas, el resultado global es una
combinación de amor y muerte en la poesía becqueriana como pocas veces se ha
alcanzado en la literatura.
En las Rimas se advierte también una clara voluntad de definir el
territorio del poeta. La naturaleza, el amor y el misterio se manifiestan como
los grandes temas de la poesía de Bécquer. Capaz de elevarse hacia el azul del
cielo, de fundirse con las estrellas. Así se muestra el carácter divino del
bardo, hasta el punto de estallar con el verso: “y mi pupila abarca la Creación entera” (V). A
la búsqueda de un sueño y un imposible, las rimas becquerianas desembocan en el
amor, seguramente, tal como señala Luis García Arés en el prólogo, fruto de la
pasión del poeta por Julia Espín. En ocasiones, el amor se presenta como una
visión que se desvanece. Y es que en la poética becqueriana juega un papel
fundamental la mirada, el fulgor poético que procede de la mirada de la amada y
que se recibe con entusiasmo divino en los maravillosos versos de la rima XVII:
“hoy la he visto… la he visto y me ha mirado…/ ¡Hoy creo en Dios”. En los casos
de mayor éxtasis, el amor provoca una unión mística, la fusión de dos almas. En
los momentos de mayor ternura, el poeta desea ver cómo la amada reclina la cabeza
sobre su pecho, ansía leer su pensamiento y ver brillar los deseos. La locura
amorosa alcanza el punto en que el poeta siente y ve a la amada en todas
partes. Es curioso observar cómo el esplendor de la pasión amorosa se traduce
en un poema que menciona la Commedia de Dante. Los amantes guardan un
silencio ritual mientras sus mejillas se rozan. Sobre el regazo, la muchacha
sostiene el divino libro del poeta italiano. Entonces, “sólo sé que nos
volvimos / los dos a un tiempo / y nuestros ojos se hallaron, / y sonó un beso”
(XXIX).

Después de este momento de máxima tensión erótica, las Rimas se vuelven progresivamente más tristes y melancólicas haciéndose eco del estado anímico del poeta. La ruptura amorosa provoca la desazón del bardo. Precisamente algunos poemas describen cómo la culpa acaba con la relación entre los amantes, cómo los males del orgullo mal entendido perturban la pasión. ¿Es, por lo tanto, el amor una absurda fábula, tal como deja entrever el poeta? En rimas llenas de dolor, no exentas de cierto resentimiento (“Cayó sobre mi espíritu la noche; / en ira y en piedad se anegó el alma…”, XLII), Bécquer plantea el tema de la pérdida y el olvido del amor. Sentado en la cama, con la mirada fija en pared, el tiempo pasa. Sin amor el poeta envejece mil años. Los sueños se mezclan con la realidad. La presencia de la muerte se empieza a palpar en los versos. La sonrisa, en palabras de Bécquer, se convierte en una máscara del sufrimiento. Y la vida se vuelve monótona. Y se pierde la capacidad de sentir. Y llegados a este punto uno tiene la sensación de identificarse con el poeta cuando afirma “Este armazón de huesos y pellejo, /…/ cansado se halla al fin…” (LVII). La vida así concebida es un erial, tal como recuerda Bécquer. Más aún, es un sueño corto en el que perseguimos, de forma ingenua, la gloria y el amor. Compungido de dolor, el poeta solloza pensando en la soledad de los muertos: “…pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / a dejar tan tristes, / tan solos los muertos” (LXXIII). La soledad y la muerte acechan irremediablemente. Y Bécquer lo sabe. Cansado de la vida, el poeta cuenta en un poema cómo se refugia en un templo y desde un rincón oscuro contempla el rostro blanquecino y pálido de una hermosa mujer, reposando muerta sobre una tumba. Acaso piense entonces en los versos que escribió a su amada: “te quiero tanto aún; dejó en mi pecho / tu amor huellas tan hondas” (XXXVI). En ese momento de gloria eterna, en la imponente nave de la iglesia, Bécquer siente que en su alma se aviva “la sed de lo infinito” (LXVI).
En una de las rimas que auguran el
triste final, Bécquer escribe: “de qué pasé por el mundo, / quién se acordará?”
(LXI). Numerosas generaciones de lectores confirman que el recuerdo del poeta
sigue vivo. Allí donde la mirada se eleva al cielo, donde se ensancha el
espíritu, donde se abren los horizontes, donde se vislumbra el misterio, donde
un amante mira con ternura a su amada, allí se halla el espíritu de la poesía
de Bécquer.
Y ahora, en el invierno de mi existencia, las Rimas del poeta vuelven a caer en mis manos y, al recordar pasajes
de mi infancia, me hacen pensar que existe una comunión espiritual que invoca
la poesía. Y recuerdo a mi madre sentada en el sillón, leyendo a Bécquer. Y
pienso en el poeta Luis García Arés escribiendo sus últimas líneas en honor de
su adorado Bécquer. Dios los guarde en su gloria. A todos.
viernes, 31 de mayo de 2013
El asalto y la venganza
La publicación
de El asalto y la venganza (Ediciones
Irreverentes, 2013), una colección de relatos llenos de vigor y fuerza
narrativa, confirma que el escritor mexicano Juan Patricio Lombera es un
contador de historias de primera línea. El lector que se adentra en los cuentos
de Lombera se siente atrapado por una espiral, una especie de vértigo que le
contagia y que le arrastra por los vericuetos que siguen unos personajes
generalmente hastiados, cansados de esta vida y de la forma en que suceden las
cosas. Una sensación de desasosiego atraviesa, pues, todos los relatos, como si
Lombera quisiera transmitirnos la desorientación existencial que anida en
nuestra sociedad. Este interés por reflejar aspectos de la vida contemporánea
es característico de la poética del autor y queda de manifiesto en continuos
detalles que desmenuzan las miserias de la sociedad actual, desde la violencia
implícita en el tratamiento de los dueños de las empresas sobre los
trabajadores hasta la actuación de los bancos y las grandes corporaciones, sin
olvidar la lacra del paro y la marginación social.
Pero es en el tratamiento individual
de los personajes donde alcanza verdadero calado el libro de Lombera. Los
héroes de sus relatos son seres anodinos y vulgares en la mayor parte de las
ocasiones. Su vida está marcada por la desidia y el aburrimiento. Normalmente
viven en soledad y realizan trabajos que no les complacen (cuando se da el caso
de que trabajan). Son seres viciados que a veces disponen de una segunda
oportunidad para redimirse. Es el caso del protagonista de “El libertador
encadenado”, que, después de convertirse en millonario gracias a un juego de
azar, decide dedicar su vida a actos filantrópicos, a saber, salvar empresas
que se encuentran en una situación difícil. O como el caso de Neto en “Tiempo
prestado”, un funcionario alcohólico que lleva una vida rutinaria, a modo de
penitencia después de haber presenciado el asesinato de un joven comunista y
mantenerse al margen, y que logra la redención denunciando a la dictadura e
incorporándose a Amnistía Internacional. O como el caso de Gil en “El jugador
redimido”, un adicto al juego, destruido como persona, que logra lavar su
imagen al salvar la vida de un niño evitando que sea atropellado por un coche,
aun a costa de su propia vida. O como el caso de “El superviviente”, Andrés, un
indígena mexicano que, tras una vida llevada al límite llena de violencia y
miseria en Francia y Estados Unidos, se plantea regresar a sus orígenes, al
pueblo de sus padres, y reorientar su vida de forma digna. O finalmente, como
el caso de Martín en “Viaje por el mar amargo”, que, después de perder en un
accidente a su ex-mujer y su hijo, y de pensar seriamente en el suicidio, halla
un resquicio a la esperanza pensando que puede iniciar una nueva vida en
Islandia junto a otra mujer. Estas historias de culpa y redención, de segundas
oportunidades, nos hacen pensar que existe una posibilidad de regeneración en
todo individuo.
Ahora bien, en ocasiones se hace
evidente la impotencia, cuando los protagonistas de los cuentos tratan de
subvertir el orden establecido porque no les complace de ningún modo el mundo
por el que transitan. En todos estos casos el sistema acaba con ellos. En “El
libertador encadenado”, por ejemplo, el protagonista, Prometeo, pretende
cambiar las reglas del juego que mueven las empresas, suprimir toda distinción
entre amos y esclavos (porque efectivamente también hay “esclavos” en la
sociedad moderna), realizar una suerte de pequeña revolución, pero al final es
tratado como un loco. En “Todosantos”, la revolucionaria Rosa María, conocida
como la comandante Elena, tiene un final trágico, al ser entre otras cosas
violada y humillada por el ejército triunfante. Ante esta impotencia que se
experimenta al observar que no se puede cambiar nada en la sociedad actual, los
protagonistas reaccionan a veces con violencia y recurren a la venganza como
una solución, como salida a la opresión y la injusticia. Así pasa en “La
venganza de Wyatt Earp”, en donde el protagonista se toma la justicia por su
mano actuando contra una sucursal bancaria. Este afán de venganza implícito en
los seres humanos también aparece en otros cuentos con unas motivaciones muy
diferentes. Así, por ejemplo, en “La muerte sólo coge tres veces”, Sergio
quiere seguir viviendo exclusivamente para poder vengarse, y en “El asalto, la
humillación y la venganza”, la dueña de un banco humilla mediante juegos
sexuales a un pobre desgraciado que ha tenido la osadía de asaltar su sucursal.
En todo este entramado de injusticias y venganzas es el tema de las
motivaciones éticas, sin duda alguna, el que interesa a Lombera.
Un tema recurrente en El asalto y la venganza es la presencia
de la muerte, que se manifiesta de muy distintas formas y en variados
contextos. En “La muerte sólo coge tres veces”, el protagonista sufre la
aparición de una joven hermosa, provocativa, de modo tal que el cuento se
convierte en un diálogo con la muerte, lleno de erotismo. En “Tiempo prestado”,
Neto recibe la visita de un fantasma en forma de joven comunista, a modo de
conciencia que le recuerda culpas pasadas. Es muy interesante comprobar cómo
esta presencia constante de la muerte en los cuentos de Lombera concede a la
narración un cierto aire inquietante y misterioso, parecido a la estancia en un
sueño, como ocurre de manera extraordinaria en “El último refugio”, uno de los
relatos más hermosos de la colección, en donde el tedio en la vida de Rodrigo,
que se ha dedicado a derrochar la herencia familiar, es solapado por la
intrusión de unos sueños relacionados con su antigua novia Paulina.
Deliciosamente, los amantes, Rodrigo y Paulina, se encuentran exclusivamente en
sus respectivos sueños. Su destino en sus anodinas vidas es la muerte, con la
esperanza de reencontrarse en otro ámbito. “Sólo quiero estar contigo, pero no
en la vida real sino aquí [en los sueños]”, dice Paulina.
En definitiva, la lectura de estos
sugerentes cuentos de Lombera deja una sensación combinada de esperanza y
frustración, esperanza en las segundas oportunidades que nos concede la vida,
frustración ante la imposibilidad de cambiar el mundo. Y uno se plantea si
llegado a este punto es mejor ser revolucionario o un indolente, actuar movido
por la venganza o seguir el camino –a veces injusto- de la justicia, vivir
apegado a la realidad o sumido en los sueños.
lunes, 29 de abril de 2013
Fred Uhlman
Hace bien poco
tiempo llegó a mis manos una novelita titulada Reencuentro. Confieso que el nombre del autor, Fred Uhlman, me
resultaba completamente desconocido. Escritor judío nacido en Sttutgart
(justamente el lugar donde se desarrolla gran parte de la novela) en 1901,
Uhlman se había visto obligado, como tantos otros, a exiliarse de su amada
patria en los años treinta. Esta experiencia, sin duda alguna, como a todos los
artistas, escritores y cineastas que se marcharon de Alemania, había marcado su
trayectoria vital.
Inclinado hacia la pintura, Uhlman ha pasado a la posteridad sin embargo
gracias a esta novela, Reencuentro,
que ha sido definida por Arthur Koestler como “una pequeña obra maestra”. Evidentemente, el relato tiene interés porque retrata de forma muy
sencilla, con cuatro pinceladas, la situación en Alemania en el año 1932,
momento crucial en el que, como se sabe, se van a producir una serie de cambios
históricos. De hecho, el protagonista, que cuenta la historia en primera
persona, el joven judío Hans Schwarz, se ve obligado a abandonar Alemania a
principio del año 1933, exactamente igual que el propio Uhlman. En este
sentido, es evidente que la novela está salpicada de notas autobiográficas.
Pero Reencuentro tiene sobre todo
interés por la elegancia y la sutileza con que Uhlman trata temas como la
amistad eterna, la philía que decían
los griegos, y la tragedia de la existencia humana, la sensación melancólica de
fracaso que se experimenta al hacerse mayor y volver la vista atrás.
En Reencuentro, Uhlman describe el ideal romántico de amistad al
contar la historia de dos jóvenes que se conocen en un gymnasium de Sttutgart
iniciando una relación fraternal que durará un año aproximadamente pero que
marcará de forma indeleble toda su existencia. Los jóvenes pertenecen a
entornos sociales diferentes. Hans Schwarz es hijo de un médico judío, un
típico representante de la clase media burguesa, mientras que Konradin von
Hohenfels es hijo de condes y se mueve dentro del mundo de la aristocracia
germánica. Estas diferencias sociales no impiden que entre ambos se establezca
una hermosa philía, una fraternidad y
una camaradería a prueba de bombas. Hans se siente fascinado desde un primer
momento por la figura de Konradin, encuentra en el joven conde ese amigo por el
que estaría dispuesto a dar la vida. La amistad entre Hans y Konradin está
llena de pureza y ternura, y está descrita por Uhlman con profunda delicadeza,
incidiendo en pequeños detalles como el amor que sienten los dos jóvenes por la
poesía, especialmente por Hölderlin, o la inocencia con que enseñan sus
pequeños “tesoros” (libros, monedas, vasijas, estatuillas) guardados en sus
respectivas habitaciones. La ingenuidad de que hacen gala Hans y Konradin en
temas como las mujeres o la religión parecen no sólo señas de identidad
individuales o de la juventud sino más bien signos de identificación de una
época que se desvanece poco a poco.
Reencuentro
es en muchos sentidos una novela de formación, de aprendizaje. Los
acontecimientos que van a suceder en 1932 van a transformar a Hans y Konradin,
que sufren un proceso de maduración. Lógicamente, teniendo en cuenta la época y
las propias convicciones del autor, el punto de inflexión es la cuestión judía.
Cuando el tema aflora se produce progresivamente el distanciamiento entre los
dos amigos. Konradin confiesa a Hans que su madre, descendiente de la
aristocracia polaca, odia profundamente a los judíos. Esta confesión tiene un
evidente carácter simbólico en la novela porque supone el fin de la inocencia y
de la infancia para los dos jóvenes. Para definir este cambio, Uhlman se sirve
de un elemento esencial que contribuye a moldear las conciencias y la
mentalidad. Se trata de la enseñanza en el gymnasium. Al hilo de las
transformaciones que se están produciendo en las vidas de Hans y Konradin, que
son una metáfora de los cambios en la propia Alemania, en la escuela tiene
lugar un giro radical. Uhlman trata de hacernos ver que la escuela alemana
siempre había sido un templo de las humanidades, alejado de la lucha política,
un lugar donde primaba la tradición y “donde los materialistas nunca habían
conseguido introducir su tecnología y su política”. Sin embargo,
es justo en este momento en que se desarrolla la novela, el año 1932, cuando se
escenifica ese giro radical con la presencia de un nuevo profesor de historia
en el gymnasium, un profesor que habla de los “poderes oscuros” que están
oprimiendo a Alemania y que ensalza la herencia germánica y la aportación de
los arios a la historia de las civilizaciones. Uhlman cuenta cómo a partir de
entonces se inicia “el largo y cruel proceso de desarraigo” de Hans
Schwarz.
Es importante señalar en todo caso que Uhlman –seguramente porque él también pensaba de ese modo- se esfuerza en recalcar que tanto en Hans Schwarz como en su familia la conciencia de ser judío está por debajo de su asimilación como suabos o alemanes. “En primer lugar”, dice el protagonista, “éramos suabos, luego alemanes y después judíos”. Todo ello hace aún más doloroso el exilio de la patria, que es el destino final de Hans. En Estados Unidos, el protagonista desarrolla una brillante carrera de abogado, pero no se engaña a sí mismo. Se siente insatisfecho porque sabe que, pese a las pequeñas alegrías que alivian la cotidiana existencia, ha desperdiciado gran parte de su vida. “Nunca he hecho”, dice Hans, “lo que verdaderamente quería hacer: escribir un buen libro y buena poesía”. Su huida de Alemania ha dado un aire trágico a toda su vida posterior hasta el punto de que el protagonista quiere olvidar en la medida de lo posible su querida patria y todo lo que representa la cultura alemana. Una sensación de fracaso, tristeza y abatimiento recorre la existencia de Hans Schwarz de modo que el lector se siente sobrecogido ante la tragedia del ser humano. Pero al final queda un resquicio a la esperanza. La muerte de Konradin, que se había dejado seducir por las ideas de Hitler, llega en forma de carta, a saber, una lista de muertos de la escuela en la segunda guerra mundial. A través de esa carta sabemos que Konradin había encontrado al final del conflicto su propia redención oponiéndose al tirano. Entonces, y sólo entonces, recordamos la última carta que Konradin escribió a su amigo Hans, antes del exilio a Estados Unidos. En ella le daba las gracias: “¡Siempre te recordaré, querido Hans¡ Has influido mucho sobre mí. Me has enseñado a pensar, y a dudar.” La huella de la amistad ha sido perdurable. Permanece incólume en medio del sufrimiento.
domingo, 31 de marzo de 2013
Alexander Pushkin
Desde hace
veinte años guardo como un tesoro en mi corazón la literatura de Pushkin. La
lectura de Eugenio Oneguin supuso en
su momento para mi formación como lector y escritor una especie de estallido
emocional difícilmente repetible. Como tantos otros antes que yo, y como tantos
otros que vendrán después, me dejé seducir por la poesía de Pushkin. El poeta
pasó a formar parte de un panteón literario que me había forjado a lo largo de
los años y donde sólo se incluían unos cuantos elegidos. Las lecturas posteriores
de las narraciones y los poemas de Pushkin han confirmado siempre esta visión
excelsa del bardo, la imagen de algo puro y cristalino que contribuía a crear
en torno a Pushkin un halo de mitología.
Hace poco tiempo, sin embargo, esta
imagen ha comenzado a desvanecerse, a modificarse en ciertos aspectos. Todo
empezó hace unos meses, cuando mi amigo el escritor Josep M. Sanchis me pasó un
librito del poeta, que respondía al enigmático título de Diario secreto 1836-1837, publicado por la editorial Funambulista. Por supuesto, jamás había oído hablar
de ese libro. Quedé enormemente sorprendido, más aún cuando Sanchis me explicó
que el diario tenía un contenido altamente erótico. Deseoso de confirmar la
autenticidad del texto y de saber el rumbo que había seguido el manuscrito
desde el momento en que apareció hasta que se editó en Estados Unidos en los
años ochenta del siglo XX, me sumergí en el prólogo elaborado por el también
poeta Mijail Armalinsky. Resulta, pues, que después de más de cien años el supuesto
manuscrito aparecía en manos de un historiador que se lo ofrecía
desinteresadamente a Armalinsky para que lo editara fuera de la antigua Unión
Soviética. Más allá de esta rocambolesca historia, la pregunta que se plantea
es la posible autenticidad del texto. Es evidente que siempre han existido
rumores en torno a un misterioso diario escrito por Pushkin en los dos últimos
años de su vida. En torno a estos rumores se ha desarrollado una suerte de
leyenda, pero nada se ha sabido de cierto hasta el hallazgo de este manuscrito.
En cualquier caso, la cuestión de la autenticidad del diario sigue en el
aire aún hoy en día. Y esto es así porque lo que cuenta el poeta se aleja por
completo de su estilo, por lo menos de lo que se conoce a través de su obra. Es
sabido que Pushkin tenía fama de poeta y amante de las mujeres, pero lo que se
narra en Diario secreto acerca de su
obsesión por el sexo femenino supera
todo lo imaginable. Pushkin se presenta a sí mismo como un libertino que,
después de casado, sigue necesitando a otras mujeres hasta el punto de que la
búsqueda constante e infatigable de mujeres representa la esencia de su vida.
De hecho, el matrimonio con la hermosa Nataly es concebido en principio como
una especie de cura al libertinaje y a la melancolía que le embarga. “Era un
intento”, dice Pushkin, “de escapar de mí mismo, al no ser capaz de cambiar ni
tener el valor suficiente de ser de otra manera”. Por eso el punto de
partida del diario es el matrimonio de Pushkin. El poeta dedica una gran
cantidad de páginas al estudio de sus relaciones con Nataly. Pushkin ama
desesperadamente a su esposa, pero al mismo tiempo no puede dejar de tener
aventuras amorosas por doquier con todo tipo de mujeres de la más diversa
reputación. El placer que siente por Nataly es más estético que erótico, pero
los celos consumen al poeta, que no soporta las insolencias y las burlas de la
alta sociedad ante la posible infidelidad de su esposa con el galán francés
D´Anthès. La obsesión por matar a D’Anthès y empezar una nueva vida se
convierte así en uno de los ejes vertebradores del diario. En este sentido, da
la sensación de que en el Diario secreto aletea
la idea de un duelo inevitable, que está también relacionada con la cercanía de
la muerte. Desde las primeras páginas del diario el poeta parece consciente de
un destino aciago que lo empuja al abismo. Pushkin intuye que va a morir de
forma violenta. Sabe que no tiene tiempo para releer el diario y corregirlo. Es
como si el tiempo se hubiese precipitado. “Me veo muriendo”, escribe el poeta,
“mirando por última vez mis libros, mi cama, los árboles, el sol; ¡qué
infortunio saber que al morir no volveré a verlos”.
Tocado por la enfermedad incurable
de la escritura, Pushkin confiesa que escribe el Diario secreto para futuras generaciones, porque la franqueza de su
alma y las revelaciones que contiene el libro no son aptas para la sociedad de
su época. Y no sólo se trata de cuestiones eróticas. Existen alusiones directas
al zar que evidentemente no hubiesen pasado la censura. Preocupado por el honor
de su familia más que por la familia misma, Pushkin reconoce que lleva una vida
de deshonestidad, hipocresía y mentiras. Hace esfuerzos ímprobos por ganar
dinero. Gasta hasta la última moneda en libros nuevos y nuevas prostitutas. Su
biblioteca es su harén. Y encuentra en el amor su tabla de salvación, su
liberación del pasado y del futuro.
Más allá de las aventuras eróticas del poeta, el libro está salpicado de
pasajes entrañables que recuerdan lo mejor de la producción literaria de
Pushkin. Hay un cierto aliento poético que aflora en determinadas ocasiones. La
muerte de la madre hace brotar tiernamente los recuerdos de la infancia, “la
nostalgia de un pasado perdido y sin esperanza”, y exalta los
sentimientos del poeta: “Al morir, sentí que parte de mí había perecido junto
con ella. Al darte la vida, la madre se queda con una parte de ésta cuando
muere. La otra parte que queda en tu cuerpo espera la ocasión de reunirse con
el alma de ella”. Es en este tipo de fragmentos del diario donde
descubrimos al amado poeta, al hombre capaz de emocionarnos al contar cómo se
conmueve al ver a su padre llorando en el lecho de muerte de su madre. “Me
arrojé hacia él, lo abracé y besé su cabeza”, dice Pushkin. Las
lágrimas brotaban de los ojos del poeta mientras sus manos se fundían con las
de sus padres. “Los tres lloramos al presentir la muerte tan cercana, la
soledad y el horror ante lo inevitable…Sólo en ese momento se me desveló el
significado del mandamiento sobre el amor hacia los padres. Ellos son la causa
de mi existencia en el mundo y si no los amo, es imposible amarme a mí mismo.
Para estar en paz, hay que amarse a uno mismo. No se puede amar la consecuencia
odiando la causa. Odiar a los padres significaría odiar la vida que nos dieron”. Así era Pushkin, capaz de dejarse arrastrar como un libertino por el
fango, pero también capaz de escribir las cosas más bellas de este mundo.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Julius Fucik
Tal como señala Vera Kukharava en la
sentida introducción, el libro es un testimonio documental de la lucha
antifascista checoslovaca y una reflexión sobre el sentido de la vida.
Comunista convencido, Fucik se muestra en cierta medida optimista ante lo que
considera la llegada de un mundo nuevo. Con el capitalismo en descomposición,
sólo queda esperar la caída del fascismo, y Fucik encuentra signos evidentes
del fin del régimen nazi, como la presencia de policías checos entre los
vigilantes de las S.S. De hecho, el análisis que hace el periodista checo de
los personajes que trabajan para el régimen nazi en la cárcel de Prankac deja
traslucir la idea de agotamiento del nazismo. Por el contrario, el comunismo es
presentado como una fuerza renovadora que cambiará la faz del mundo. La
fraternidad de oprimidos que se apoya silenciosamente en la soledad de la
cárcel está constituida básicamente por comunistas. Es una comunidad de
camaradas con un espíritu vivo y luchador que confía en la victoria final, y
que camina según la visión de Fucik hacia delante, hacia la verdad. Esa
confianza en el triunfo definitivo de la revolución se manifiesta en pequeños
detalles que afloran en la celebración secreta del primero de mayo de 1943
entre los presos de la cárcel de Pankrac. En todos estos camaradas anida un
profundo sentido del deber. Por eso, Fucik detesta la traición. Un cobarde, un
traidor, ya no vive más “porque se ha excluido de la colectividad”. Sin
embargo, un camarada que ha superado los interrogatorios de la Gestapo y no ha comunicado
información a los nazis puede considerar que su vida no ha sido estéril. Por
eso también, Fucik insiste en la necesidad de no olvidar a los héroes anónimos,
personas con nombre y apellidos que han servido fielmente al futuro, figuras
que han contribuido a la revolución, mientras que los asesinos vinculados al
régimen nazi son “insignificantes figurillas de madera podrida”.
Testigo del horror, Fucik escribe
una especie de reportaje que constituye un testimonio de los hombres más que
reflejo de toda una época. Redacta, pues, pequeños monumentos, es decir,
descripciones de camaradas que lucharon valerosamente contra el nazismo y que
sirven de ejemplo por su lealtad. Y es que, escribe Fucik, “el deber humano no
termina con esta lucha y ser hombre exigirá, también en el futuro, un espíritu
heroico, hasta que los hombres sean completamente hombres”. Está
claro, pues, que el autor escribe para el futuro y quiero insistir en este
sentido en que Reportaje al pie de la
horca emociona porque Fucik, más allá de la exaltación del comunismo, ha
sabido transmitir el amor por la vida -“la vida que cuesta tanto abandonar”- y la esperanza en un mañana mejor, dotando a su último escrito de un
profundo humanismo. Qué más se puede decir cuando el libro se cierra con estas
hermosas palabras: “¡Hombres, os he querido¡”.
jueves, 31 de enero de 2013
Antonio Orejudo
En 1996 Antonio
Orejudo agita el panorama narrativo español con una novela cuando menos
arriesgada y sorprendente que responde al ingenioso título de Fabulosas narraciones por historias. La
novela se desarrolla en un marco temporal amplio que abarca desde el inicio de
la dictadura de Primo de Rivera en 1923 hasta la postguerra y cuenta las
andanzas de tres jóvenes que estudian en la Residencia de
Estudiantes, pero que luego siguen caminos divergentes cuando llega la segunda
República. En los destinos de estos tres jóvenes, Orejudo ha querido
seguramente mostrar en cierta medida la evolución del país hacia el panorama
anodino de la postguerra. Santos es un pueblerino enriquecido, sin cultura ni
educación, obsesionado por las mujeres maduras. Patricio es un escritor en
ciernes que lucha por abrirse camino en el mundo de la literatura con su
primera novela. Martiniano, sobrino de Azorín, es un joven violento, de talante
revolucionario. Los tres muchachos conviven y estudian en la Residencia de
Estudiantes hasta que, producto de sus continuas gamberradas, son expulsados. A
partir de ese momento sus caminos van a diferir. Patricio se convierte en un
escritor de éxito a costa de publicar auténtica basura literaria y Martiniano
se relaciona con los anarquistas. Pero ninguno de los dos va a tener futuro a
largo plazo porque los revolucionarios y los escritores no tienen nada que
hacer en la España
que se avecina después de la guerra civil. Es precisamente el más simple de los
tres camaradas, el que no tiene pretensiones ni grandes aspiraciones, Santos,
quien logra un futuro más brillante en la España franquista.
Escrita con maestría y soltura
narrativa, Fabulosas narraciones por
historias sorprende sobre todo por su tono completamente irreverente. El
lector asiste atónito a una desmitificación de lugares y personajes esenciales
de la cultura española del siglo XX. La Residencia de Estudiantes, llamada a modo de
chanza La Casa ,
es un lugar oscuro, casi siniestro, donde se tejen las más variadas
conspiraciones. Su lema, “Diversidad, Minorías, Cultura y Atletismo”, es una
burla más de Orejudo. En la
Residencia pululan personajes reales de la época que el autor
convierte en seres de ficción. Con fina ironía, Orejudo describe con breves
frases a los más grandes escritores de la época. Así, Ortega y Gasset se
transforma en “el incansable luchador por la europeización cultural de España”,
Juan Ramón Jiménez en un “refinado poeta y exquisito prosista”, Azorín en el
“gran maestro del habla española” y Unamuno en “la más fuerte personalidad de
la generación del 98” .
Además, el joven poeta Lorca es satirizado como el “genio de la Residencia ” y se
parodia la forma de escribir novelas de Ramón Gómez de la Serna , porque sus ficciones
carecen de argumento y los personajes son planos. En realidad, da la sensación
a lo largo de toda la novela que Orejudo sitúa en un mismo plano a Ortega, Juan
Ramón y Gómez de la Serna ,
como exponentes de la nueva literatura que se estaba imponiendo en la España de los años 20. De
hecho, en Fabulosas narraciones por
historias se habla de un Proyecto Generación (sin duda una referencia
velada a la generación del 27) integrado por una serie de jóvenes, cultos,
amantes de la poesía y el ensayo, y enemigos de la novela realista. En cierto
modo, la nueva literatura surge en oposición a todo lo que representa Benito
Pérez Galdós. Aquí es donde da la impresión de que Orejudo toma partido de
forma sutil por la novela tradicional advirtiendo por boca de uno de sus
personajes que en España debería existir una estatua de don Benito en cada
esquina y un retrato suyo en cada escuela. No es de extrañar, pues, la imagen
totalmente desmitificada que se nos ofrece de Juan Ramón, Unamuno, Ortega y
Ramón Gómez de la Serna ,
hasta el punto de hacernos sonrojar. En todo caso, lo que no cabe ninguna duda
es que Fabulosas narraciones por
historias refleja con evidente nostalgia una época de efervescencia
literaria y cultural en general, los años 20, una época en donde la literatura
estaba más cerca del poder y los hombres de letras eran respetados por todas
las clases sociales.
La novela tiene una estructura que se asemeja a un puzzle en el que se
mezclan los más variados fragmentos. Al margen de la línea argumental
principal, Orejudo incluye textos de autores de la época relacionados con la
temática que se plantea en cada momento de la historia, textos de Ortega, Ramón
Gómez de la Serna ,
Unamuno…También introduce historias casi pornográficas recogidas en una revista
de la época, La Pasión. Añade ,
finalmente, cartas de una de las protagonistas de la narración, que
supuestamente está ayudando al autor a escribir la historia. Todo ello
aderezado con interludios en los que Orejudo se recrea mostrando cómo eran las
tertulias literarias de la época. Para rematar esta imagen de los años veinte,
se describen en la novela las cacerías y las fiestas de los aristócratas. Hay
en todo caso una tendencia a la exageración y a la desmesura en las
descripciones, como si Orejudo tratase de enfatizar aquello que está contando,
concediendo de este modo a la narración un tono irreal, de alejamiento de lo
verosímil.
En las páginas finales de la novela, Orejudo se burla de su propia obra
consciente quizá de sus posibles defectos: la escasez de vocabulario, la
estructura en fragmentos de la novela, las situaciones inverosímiles, las
incongruencias históricas sobre todo en el empleo de un vocabulario
contemporáneo o la utilización de una pornografía zafia. Es como si Orejudo no
se tomara demasiado en serio a sí mismo, como si todo fuese un juego literario
en el que se nos ofrecen Fabulosas
narraciones por historias.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Roberto Calasso 3
Giambattista
Tiepolo ha sido considerado tradicionalmente como un pintor meramente
decorativo y ornamental. Esta visión del artista ha sido completada por otros
tópicos y convenciones. Así, Tiepolo ha sido visto como un descendiente de
Veronese, como un gran virtuoso y como un hombre fiel a los encargos que
recibía. Pero este falso esquema simplifica la figura de Tiepolo y no desvela
los misterios de su pintura. El pintor no ha sido reconocido ni comprendido
verdaderamente y de él se guarda una confusa memoria. El imponente libro de
Roberto Calasso, El rosa Tiepolo (Barcelona,
Anagrama, 2009), trata de hacer justicia a la grandeza del pintor veneciano,
desentrañando los entresijos y las claves de su arte.
Tiepolo es un pintor que no ha sido
tomado demasiado en serio y da la impresión de que él deseaba que fuese así. Al
observar la obra del pintor veneciano da la sensación de que “trabaja sin
esfuerzo y casi sin pensarlo”. En realidad, el desdén en Tiepolo es una
forma de ocultación. Los elementos indispensables de su arte son la luz, el
teatro (la máscara, el disfraz) y la reverencia a la imagen. La naturaleza
teatral de la pintura de Tiepolo parece fuera de toda duda, más aún cuando
“todo parece como puesto en escena”. Calasso no tiene ninguna duda de
que Tiepolo marca el final de una época. Es el radiante y último soplo de
felicidad en Europa.
El trabajo de Tiepolo se
circunscribe, tal como apunta Calasso, a un cierto número de formas, perfiles y
expresiones aisladas dentro del género humano, que se repiten con variaciones
configurando el repertorio del pintor, siempre con gran desenvoltura en el
pincel y en la concepción. Al estudiar a Tiepolo se ha de tener en cuenta,
además, que “amaba las superposiciones y los dobles significados”. La
admiración que Calasso siente por Tiepolo se manifiesta en su deseo de
interpretarlo como el pintor de la vida moderna, trazando equivalencias con su
también admirado Baudelaire. En Tiepolo asimismo se disimulan las diferencias
sociales gracias a la cualidad estética, de tal modo que “los pobres no parecen
menos ricos que los ricos”. Por lo demás, es evidente que en cierta
forma Tiepolo sigue la tradición de Veronese.
Entre otras cosas, en El rosa Tiepolo, Calasso defiende al
pintor italiano del ataque de sus críticos que tachaban de inexpresividad los
rostros pintados por Tiepolo. Descifrando los grandes temas de su pintura,
Calasso nos hace ver cómo Tiepolo mezcla Verdad (o Venus) y Tiempo, la joven
rubia y el hombre con barba, viejo y temible, una polaridad típica del pintor,
una disonancia de elementos. Un análisis minucioso revela que los personajes
preferentes de Tiepolo se repiten con cierta asiduidad en sus pinturas: los
orientales, adolescentes y mujeres rubias, lozanas. Calasso habla de “una
severa selección de los tipos humanos, una reducción fisiognómica que dejaba
sobrevivir un número de posibilidades muy restringido”. Al mismo
tiempo, una de las cualidades distintivas y omnipresentes de Tiepolo es el
erotismo.
Pero lo que verdaderamente seduce a
Calasso y ocupa la parte central de su libro es el estudio de los grabados de
Tiepolo. El carácter enigmático, misterioso y oscuro de las imágenes contenidas
en los grabados (los Scherzi y los Caprichos) ha causado numerosos
quebraderos de cabeza a la crítica, precisamente porque están separados de
cualquier antecedente local y de toda su época. Calasso define la serie de los
grabados como algo esóterico, en donde adquiere densidad “todo lo que en su
pintura está presente pero sólo como alusión y variación marginal”. En
concreto, en los Scherzi los
personajes se caracterizan por su gravedad, están concentrados en la
observación de algo, quizá miran lo invisible. Los mismos elementos se repiten
con variaciones en los Scherzi: los
magos –orientales-, las serpientes, las astas, el ara, la trompeta, un gran
libro abierto, rollos de pergamino, pájaros. Es esta continuidad de los
personajes de Tiepolo, que se transmite a todas sus obras y que forma una
auténtica comedia humana, lo que tanto gusta a los devotos del pintor.
Obsesionado con los grabados,
Calasso no cesa de preguntarse: ¿Qué representan los Scherzi y los Caprichos de
Tiepolo? La idea de Calasso es que el pintor “prefirió representar el momento
en que lo invisible está a punto de aparecer”, en un acto de teurgia.
Sorprendentemente, las escenas teúrgicas de los Scherzi se desarrollan a plena luz del día, bajo la atenta mirada de
animales nocturnos como los búhos y las lechuzas. En un ejercicio de erudición,
Calasso relaciona a los orientales de los Scherzi
con los magos de Hermes Trimegisto y con la prisca sapientia procedente de
Egipto, aunque, a decir verdad, en los orientales se juntan las tradiciones
pagana, judía, islámica y cristina. En los Scherzi,
los orientales miran algo que es destruido por el fuego y que se vuelve
invisible. Siguiendo el erudito análisis, Calasso vincula las serpientes de los
Scherzi con el tema de la salvación
por la mirada, que está en la Biblia. En
definitiva, el tema de los grabados es el mirar y el observase, una doble
mirada que es el presupuesto de toda magia. Los Scherzi son, pues, “imágenes que se miran a sí mismas”.
La parte final del libro de Calasso
está dedicada a los últimos trabajos de Tiepolo. El escritor italiano define el
techo de Wurzburg como una epifanía pictórica, como un auténtico experimento
antropológico, comparando la pintura de Tiepolo con una especie de malla o tela
de araña. En la Residenz
de Wurzburg lo que hace el pintor es convocar a los hombres, mujeres y animales
que lo habían acompañado desde siempre. También concede importancia Calasso a
los nueve pequeños cuadros realizados en Madrid porque se alejan de lo
convencional, configurando lo que él denomina el estilo tardío. En uno de estos
cuadros reaparecen el viejo y la muchacha, los dos seres, Venus y Tiempo, los
dos poderes supremos que rigen el arte de Tiepolo. Un sentimiento enorme de
soledad anida en estos pequeños cuadros de Madrid.
Al terminar la lectura de El rosa Tiepolo tiene uno la sensación
de quedar atrapado entre las mallas del pintor, tejidas con mano sabia por
Calasso. La identificación de Calasso con la pintura de Tiepolo es tal que se
pueden trasladar al escritor italiano aquellas palabras que pronunció el joven
Barrès en 1889: “Mi compañero, mi verdadero yo, es Tiepolo”.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Noam Chomsky
Ediciones
Irreverentes acaba de publicar en primicia mundial el último libro de Noam
Chomsky, Ilusionistas. Ni que decir
tiene que nos encontramos ante un acontecimiento social y literario de primera
magnitud. Ilusionistas es el
resultado de cuatro conferencias ofrecidas por Chomsky en Estados Unidos. La
obra recoge -tal como señala en el prólogo Jorge Majfud, traductor del libro-
las preocupaciones del autor en los últimos años, inquietudes no muy diferentes
de las que Chomsky lleva planteando desde los años cincuenta del siglo
pasado.
Hay en Chomsky un evidente interés
por mostrar las falacias del imperialismo estadounidense. El autor califica de
guerra terrorista el ataque americano a Libia en 1986 y el apoyo a la contra
nicaragüense. Del mismo modo, los asesinatos de jesuitas en El Salvador a
finales de los años ochenta por parte de una fuerza militar estadounidense
responden a la política del Emperador, que consideraba la doctrina de la Teología de la libración
como una herejía. Chomsky remonta al mandato del presidente Wilson la política
norteamericana de “legítima defensa contra un ataque futuro” -fruto de
la penetración y amenaza ideológica de la Unión Soviética-, una doctrina
inventada por Estados Unidos para justificar su política imperialista.
Para hablar del tema del Estado y
las corporaciones, Chomsky toma como modelo su propio país porque es la
realidad que mejor conoce y porque “el desarrollo que se produce en Estados
Unidos generalmente prefigura lo que va a ocurrir en otras partes del mundo,
sobre todo en otras sociedades industriales del mundo capitalista”.
Así, en Estados Unidos las instituciones financieras que provocaron la crisis
económica fueron rescatadas por el contribuyente común, resultando que después
del rescate financiero los bancos mayores son más grandes. Además, Chomsky se
queja amargamente de que las grandes corporaciones y las instituciones
financieras cuentan con lo que denomina “la póliza de seguro del gobierno”, lo que les permite participar con seguridad en grandes transacciones y
obtener enormes beneficios sin tener en cuenta externalidades. Chomsky estudia
en concreto el caso de Estados Unidos y nos recuerda que los gobernantes
realizan enormes concesiones a las corporaciones. El más claro ejemplo es el
nombramiento de Jeffrey Immelt, un exdirector de General Electric, como
secretario del Tesoro, un nombramiento de Obama que sin duda agradó a los
grandes hombres de negocios y a la
Cámara de Comercio de Estados Unidos.
El análisis de la situación en
Estados Unidos se puede aplicar a otros países del ámbito capitalista, entre
ellos España: aumento desorbitado de la desigualdad, estancamiento o
disminución de los ingresos reales de la mayoría de la población y recortes
“cuidadosamente diseñados para beneficiar a los supermillonarios”. La
disminución o recorte de impuestos, que favorece a los ricos, viene acompañada
de una congelación salarial para el sector público, que es lo mismo que una subida
de impuestos, lo que contribuye a desfondar la Seguridad Social.
“Se trata” afirma Chomsky, “de una conocida técnica de privatización que
consiste en desfinanciar lo que alguien pretende privatizar”.
Otra cuestión que suscita interés en
Chomsky es el diseño del orden mundial. El autor explica en Ilusionistas cómo, en los años
posteriores a la segunda guerra mundial, funcionarios de alto nivel del
departamento de Estado y especialistas en política exterior diseñaron el nuevo
orden mundial estableciendo la “Gran Área” que Estados Unidos iba a dominar con poder absoluto. En la
actualidad este diseño está siendo desestabilizado por Turquía, Irán y China.
Chomsky tiene claro que en el orden
internacional actual la crisis se ha cebado con maestros y profesores, pero
sobre todo con los emigrantes, aumentando de tal modo la xenofobia no sólo en
Estados Unidos sino también en Europa. El autor no duda al afirmar, a modo de
conclusión, que “la actual crisis económica es atribuible en gran medida a la
fe fanática en dogmas como el de la efectividad del libre mercado”.
Finalmente, un tema que también
aborda Chomsky en Ilusionistas y que
le preocupa especialmente es el problema ambiental. El autor se lamenta de que
en Estados Unidos los lobbies de las grandes empresas, como la Cámara de Comercio y el
Instituto Americano del petróleo han desarrollado una maquinaria
propagandística para convencer a la gente de que la amenaza ambiental no es
real.
Abiertamente polémico, Ilusionistas resulta un ejemplo
conmovedor del carácter combativo de este anciano y brillante pensador de
nuestros días. A sus más de ochenta años, Chomsky sigue manteniendo un espíritu
aguerrido y se queja en general del carácter pasivo y apático de la población,
“dedicada al consumismo y al odio por los más vulnerables”, mostrándose partidario de un cambio importante suscitado por un movimiento popular
“que exija el desmantelamiento de una compleja estructura sociológica,
cultural, económica e ideológica que nos está conduciendo al desastre”.
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