viernes, 31 de mayo de 2013
El asalto y la venganza
La publicación
de El asalto y la venganza (Ediciones
Irreverentes, 2013), una colección de relatos llenos de vigor y fuerza
narrativa, confirma que el escritor mexicano Juan Patricio Lombera es un
contador de historias de primera línea. El lector que se adentra en los cuentos
de Lombera se siente atrapado por una espiral, una especie de vértigo que le
contagia y que le arrastra por los vericuetos que siguen unos personajes
generalmente hastiados, cansados de esta vida y de la forma en que suceden las
cosas. Una sensación de desasosiego atraviesa, pues, todos los relatos, como si
Lombera quisiera transmitirnos la desorientación existencial que anida en
nuestra sociedad. Este interés por reflejar aspectos de la vida contemporánea
es característico de la poética del autor y queda de manifiesto en continuos
detalles que desmenuzan las miserias de la sociedad actual, desde la violencia
implícita en el tratamiento de los dueños de las empresas sobre los
trabajadores hasta la actuación de los bancos y las grandes corporaciones, sin
olvidar la lacra del paro y la marginación social.
Pero es en el tratamiento individual
de los personajes donde alcanza verdadero calado el libro de Lombera. Los
héroes de sus relatos son seres anodinos y vulgares en la mayor parte de las
ocasiones. Su vida está marcada por la desidia y el aburrimiento. Normalmente
viven en soledad y realizan trabajos que no les complacen (cuando se da el caso
de que trabajan). Son seres viciados que a veces disponen de una segunda
oportunidad para redimirse. Es el caso del protagonista de “El libertador
encadenado”, que, después de convertirse en millonario gracias a un juego de
azar, decide dedicar su vida a actos filantrópicos, a saber, salvar empresas
que se encuentran en una situación difícil. O como el caso de Neto en “Tiempo
prestado”, un funcionario alcohólico que lleva una vida rutinaria, a modo de
penitencia después de haber presenciado el asesinato de un joven comunista y
mantenerse al margen, y que logra la redención denunciando a la dictadura e
incorporándose a Amnistía Internacional. O como el caso de Gil en “El jugador
redimido”, un adicto al juego, destruido como persona, que logra lavar su
imagen al salvar la vida de un niño evitando que sea atropellado por un coche,
aun a costa de su propia vida. O como el caso de “El superviviente”, Andrés, un
indígena mexicano que, tras una vida llevada al límite llena de violencia y
miseria en Francia y Estados Unidos, se plantea regresar a sus orígenes, al
pueblo de sus padres, y reorientar su vida de forma digna. O finalmente, como
el caso de Martín en “Viaje por el mar amargo”, que, después de perder en un
accidente a su ex-mujer y su hijo, y de pensar seriamente en el suicidio, halla
un resquicio a la esperanza pensando que puede iniciar una nueva vida en
Islandia junto a otra mujer. Estas historias de culpa y redención, de segundas
oportunidades, nos hacen pensar que existe una posibilidad de regeneración en
todo individuo.
Ahora bien, en ocasiones se hace
evidente la impotencia, cuando los protagonistas de los cuentos tratan de
subvertir el orden establecido porque no les complace de ningún modo el mundo
por el que transitan. En todos estos casos el sistema acaba con ellos. En “El
libertador encadenado”, por ejemplo, el protagonista, Prometeo, pretende
cambiar las reglas del juego que mueven las empresas, suprimir toda distinción
entre amos y esclavos (porque efectivamente también hay “esclavos” en la
sociedad moderna), realizar una suerte de pequeña revolución, pero al final es
tratado como un loco. En “Todosantos”, la revolucionaria Rosa María, conocida
como la comandante Elena, tiene un final trágico, al ser entre otras cosas
violada y humillada por el ejército triunfante. Ante esta impotencia que se
experimenta al observar que no se puede cambiar nada en la sociedad actual, los
protagonistas reaccionan a veces con violencia y recurren a la venganza como
una solución, como salida a la opresión y la injusticia. Así pasa en “La
venganza de Wyatt Earp”, en donde el protagonista se toma la justicia por su
mano actuando contra una sucursal bancaria. Este afán de venganza implícito en
los seres humanos también aparece en otros cuentos con unas motivaciones muy
diferentes. Así, por ejemplo, en “La muerte sólo coge tres veces”, Sergio
quiere seguir viviendo exclusivamente para poder vengarse, y en “El asalto, la
humillación y la venganza”, la dueña de un banco humilla mediante juegos
sexuales a un pobre desgraciado que ha tenido la osadía de asaltar su sucursal.
En todo este entramado de injusticias y venganzas es el tema de las
motivaciones éticas, sin duda alguna, el que interesa a Lombera.
Un tema recurrente en El asalto y la venganza es la presencia
de la muerte, que se manifiesta de muy distintas formas y en variados
contextos. En “La muerte sólo coge tres veces”, el protagonista sufre la
aparición de una joven hermosa, provocativa, de modo tal que el cuento se
convierte en un diálogo con la muerte, lleno de erotismo. En “Tiempo prestado”,
Neto recibe la visita de un fantasma en forma de joven comunista, a modo de
conciencia que le recuerda culpas pasadas. Es muy interesante comprobar cómo
esta presencia constante de la muerte en los cuentos de Lombera concede a la
narración un cierto aire inquietante y misterioso, parecido a la estancia en un
sueño, como ocurre de manera extraordinaria en “El último refugio”, uno de los
relatos más hermosos de la colección, en donde el tedio en la vida de Rodrigo,
que se ha dedicado a derrochar la herencia familiar, es solapado por la
intrusión de unos sueños relacionados con su antigua novia Paulina.
Deliciosamente, los amantes, Rodrigo y Paulina, se encuentran exclusivamente en
sus respectivos sueños. Su destino en sus anodinas vidas es la muerte, con la
esperanza de reencontrarse en otro ámbito. “Sólo quiero estar contigo, pero no
en la vida real sino aquí [en los sueños]”, dice Paulina.
En definitiva, la lectura de estos
sugerentes cuentos de Lombera deja una sensación combinada de esperanza y
frustración, esperanza en las segundas oportunidades que nos concede la vida,
frustración ante la imposibilidad de cambiar el mundo. Y uno se plantea si
llegado a este punto es mejor ser revolucionario o un indolente, actuar movido
por la venganza o seguir el camino –a veces injusto- de la justicia, vivir
apegado a la realidad o sumido en los sueños.
lunes, 29 de abril de 2013
Fred Uhlman
Hace bien poco
tiempo llegó a mis manos una novelita titulada Reencuentro. Confieso que el nombre del autor, Fred Uhlman, me
resultaba completamente desconocido. Escritor judío nacido en Sttutgart
(justamente el lugar donde se desarrolla gran parte de la novela) en 1901,
Uhlman se había visto obligado, como tantos otros, a exiliarse de su amada
patria en los años treinta. Esta experiencia, sin duda alguna, como a todos los
artistas, escritores y cineastas que se marcharon de Alemania, había marcado su
trayectoria vital.
Inclinado hacia la pintura, Uhlman ha pasado a la posteridad sin embargo
gracias a esta novela, Reencuentro,
que ha sido definida por Arthur Koestler como “una pequeña obra maestra”. Evidentemente, el relato tiene interés porque retrata de forma muy
sencilla, con cuatro pinceladas, la situación en Alemania en el año 1932,
momento crucial en el que, como se sabe, se van a producir una serie de cambios
históricos. De hecho, el protagonista, que cuenta la historia en primera
persona, el joven judío Hans Schwarz, se ve obligado a abandonar Alemania a
principio del año 1933, exactamente igual que el propio Uhlman. En este
sentido, es evidente que la novela está salpicada de notas autobiográficas.
Pero Reencuentro tiene sobre todo
interés por la elegancia y la sutileza con que Uhlman trata temas como la
amistad eterna, la philía que decían
los griegos, y la tragedia de la existencia humana, la sensación melancólica de
fracaso que se experimenta al hacerse mayor y volver la vista atrás.
En Reencuentro, Uhlman describe el ideal romántico de amistad al
contar la historia de dos jóvenes que se conocen en un gymnasium de Sttutgart
iniciando una relación fraternal que durará un año aproximadamente pero que
marcará de forma indeleble toda su existencia. Los jóvenes pertenecen a
entornos sociales diferentes. Hans Schwarz es hijo de un médico judío, un
típico representante de la clase media burguesa, mientras que Konradin von
Hohenfels es hijo de condes y se mueve dentro del mundo de la aristocracia
germánica. Estas diferencias sociales no impiden que entre ambos se establezca
una hermosa philía, una fraternidad y
una camaradería a prueba de bombas. Hans se siente fascinado desde un primer
momento por la figura de Konradin, encuentra en el joven conde ese amigo por el
que estaría dispuesto a dar la vida. La amistad entre Hans y Konradin está
llena de pureza y ternura, y está descrita por Uhlman con profunda delicadeza,
incidiendo en pequeños detalles como el amor que sienten los dos jóvenes por la
poesía, especialmente por Hölderlin, o la inocencia con que enseñan sus
pequeños “tesoros” (libros, monedas, vasijas, estatuillas) guardados en sus
respectivas habitaciones. La ingenuidad de que hacen gala Hans y Konradin en
temas como las mujeres o la religión parecen no sólo señas de identidad
individuales o de la juventud sino más bien signos de identificación de una
época que se desvanece poco a poco.
Reencuentro
es en muchos sentidos una novela de formación, de aprendizaje. Los
acontecimientos que van a suceder en 1932 van a transformar a Hans y Konradin,
que sufren un proceso de maduración. Lógicamente, teniendo en cuenta la época y
las propias convicciones del autor, el punto de inflexión es la cuestión judía.
Cuando el tema aflora se produce progresivamente el distanciamiento entre los
dos amigos. Konradin confiesa a Hans que su madre, descendiente de la
aristocracia polaca, odia profundamente a los judíos. Esta confesión tiene un
evidente carácter simbólico en la novela porque supone el fin de la inocencia y
de la infancia para los dos jóvenes. Para definir este cambio, Uhlman se sirve
de un elemento esencial que contribuye a moldear las conciencias y la
mentalidad. Se trata de la enseñanza en el gymnasium. Al hilo de las
transformaciones que se están produciendo en las vidas de Hans y Konradin, que
son una metáfora de los cambios en la propia Alemania, en la escuela tiene
lugar un giro radical. Uhlman trata de hacernos ver que la escuela alemana
siempre había sido un templo de las humanidades, alejado de la lucha política,
un lugar donde primaba la tradición y “donde los materialistas nunca habían
conseguido introducir su tecnología y su política”. Sin embargo,
es justo en este momento en que se desarrolla la novela, el año 1932, cuando se
escenifica ese giro radical con la presencia de un nuevo profesor de historia
en el gymnasium, un profesor que habla de los “poderes oscuros” que están
oprimiendo a Alemania y que ensalza la herencia germánica y la aportación de
los arios a la historia de las civilizaciones. Uhlman cuenta cómo a partir de
entonces se inicia “el largo y cruel proceso de desarraigo” de Hans
Schwarz.
Es importante señalar en todo caso que Uhlman –seguramente porque él también pensaba de ese modo- se esfuerza en recalcar que tanto en Hans Schwarz como en su familia la conciencia de ser judío está por debajo de su asimilación como suabos o alemanes. “En primer lugar”, dice el protagonista, “éramos suabos, luego alemanes y después judíos”. Todo ello hace aún más doloroso el exilio de la patria, que es el destino final de Hans. En Estados Unidos, el protagonista desarrolla una brillante carrera de abogado, pero no se engaña a sí mismo. Se siente insatisfecho porque sabe que, pese a las pequeñas alegrías que alivian la cotidiana existencia, ha desperdiciado gran parte de su vida. “Nunca he hecho”, dice Hans, “lo que verdaderamente quería hacer: escribir un buen libro y buena poesía”. Su huida de Alemania ha dado un aire trágico a toda su vida posterior hasta el punto de que el protagonista quiere olvidar en la medida de lo posible su querida patria y todo lo que representa la cultura alemana. Una sensación de fracaso, tristeza y abatimiento recorre la existencia de Hans Schwarz de modo que el lector se siente sobrecogido ante la tragedia del ser humano. Pero al final queda un resquicio a la esperanza. La muerte de Konradin, que se había dejado seducir por las ideas de Hitler, llega en forma de carta, a saber, una lista de muertos de la escuela en la segunda guerra mundial. A través de esa carta sabemos que Konradin había encontrado al final del conflicto su propia redención oponiéndose al tirano. Entonces, y sólo entonces, recordamos la última carta que Konradin escribió a su amigo Hans, antes del exilio a Estados Unidos. En ella le daba las gracias: “¡Siempre te recordaré, querido Hans¡ Has influido mucho sobre mí. Me has enseñado a pensar, y a dudar.” La huella de la amistad ha sido perdurable. Permanece incólume en medio del sufrimiento.
domingo, 31 de marzo de 2013
Alexander Pushkin
Desde hace
veinte años guardo como un tesoro en mi corazón la literatura de Pushkin. La
lectura de Eugenio Oneguin supuso en
su momento para mi formación como lector y escritor una especie de estallido
emocional difícilmente repetible. Como tantos otros antes que yo, y como tantos
otros que vendrán después, me dejé seducir por la poesía de Pushkin. El poeta
pasó a formar parte de un panteón literario que me había forjado a lo largo de
los años y donde sólo se incluían unos cuantos elegidos. Las lecturas posteriores
de las narraciones y los poemas de Pushkin han confirmado siempre esta visión
excelsa del bardo, la imagen de algo puro y cristalino que contribuía a crear
en torno a Pushkin un halo de mitología.
Hace poco tiempo, sin embargo, esta
imagen ha comenzado a desvanecerse, a modificarse en ciertos aspectos. Todo
empezó hace unos meses, cuando mi amigo el escritor Josep M. Sanchis me pasó un
librito del poeta, que respondía al enigmático título de Diario secreto 1836-1837, publicado por la editorial Funambulista. Por supuesto, jamás había oído hablar
de ese libro. Quedé enormemente sorprendido, más aún cuando Sanchis me explicó
que el diario tenía un contenido altamente erótico. Deseoso de confirmar la
autenticidad del texto y de saber el rumbo que había seguido el manuscrito
desde el momento en que apareció hasta que se editó en Estados Unidos en los
años ochenta del siglo XX, me sumergí en el prólogo elaborado por el también
poeta Mijail Armalinsky. Resulta, pues, que después de más de cien años el supuesto
manuscrito aparecía en manos de un historiador que se lo ofrecía
desinteresadamente a Armalinsky para que lo editara fuera de la antigua Unión
Soviética. Más allá de esta rocambolesca historia, la pregunta que se plantea
es la posible autenticidad del texto. Es evidente que siempre han existido
rumores en torno a un misterioso diario escrito por Pushkin en los dos últimos
años de su vida. En torno a estos rumores se ha desarrollado una suerte de
leyenda, pero nada se ha sabido de cierto hasta el hallazgo de este manuscrito.
En cualquier caso, la cuestión de la autenticidad del diario sigue en el
aire aún hoy en día. Y esto es así porque lo que cuenta el poeta se aleja por
completo de su estilo, por lo menos de lo que se conoce a través de su obra. Es
sabido que Pushkin tenía fama de poeta y amante de las mujeres, pero lo que se
narra en Diario secreto acerca de su
obsesión por el sexo femenino supera
todo lo imaginable. Pushkin se presenta a sí mismo como un libertino que,
después de casado, sigue necesitando a otras mujeres hasta el punto de que la
búsqueda constante e infatigable de mujeres representa la esencia de su vida.
De hecho, el matrimonio con la hermosa Nataly es concebido en principio como
una especie de cura al libertinaje y a la melancolía que le embarga. “Era un
intento”, dice Pushkin, “de escapar de mí mismo, al no ser capaz de cambiar ni
tener el valor suficiente de ser de otra manera”. Por eso el punto de
partida del diario es el matrimonio de Pushkin. El poeta dedica una gran
cantidad de páginas al estudio de sus relaciones con Nataly. Pushkin ama
desesperadamente a su esposa, pero al mismo tiempo no puede dejar de tener
aventuras amorosas por doquier con todo tipo de mujeres de la más diversa
reputación. El placer que siente por Nataly es más estético que erótico, pero
los celos consumen al poeta, que no soporta las insolencias y las burlas de la
alta sociedad ante la posible infidelidad de su esposa con el galán francés
D´Anthès. La obsesión por matar a D’Anthès y empezar una nueva vida se
convierte así en uno de los ejes vertebradores del diario. En este sentido, da
la sensación de que en el Diario secreto aletea
la idea de un duelo inevitable, que está también relacionada con la cercanía de
la muerte. Desde las primeras páginas del diario el poeta parece consciente de
un destino aciago que lo empuja al abismo. Pushkin intuye que va a morir de
forma violenta. Sabe que no tiene tiempo para releer el diario y corregirlo. Es
como si el tiempo se hubiese precipitado. “Me veo muriendo”, escribe el poeta,
“mirando por última vez mis libros, mi cama, los árboles, el sol; ¡qué
infortunio saber que al morir no volveré a verlos”.
Tocado por la enfermedad incurable
de la escritura, Pushkin confiesa que escribe el Diario secreto para futuras generaciones, porque la franqueza de su
alma y las revelaciones que contiene el libro no son aptas para la sociedad de
su época. Y no sólo se trata de cuestiones eróticas. Existen alusiones directas
al zar que evidentemente no hubiesen pasado la censura. Preocupado por el honor
de su familia más que por la familia misma, Pushkin reconoce que lleva una vida
de deshonestidad, hipocresía y mentiras. Hace esfuerzos ímprobos por ganar
dinero. Gasta hasta la última moneda en libros nuevos y nuevas prostitutas. Su
biblioteca es su harén. Y encuentra en el amor su tabla de salvación, su
liberación del pasado y del futuro.
Más allá de las aventuras eróticas del poeta, el libro está salpicado de
pasajes entrañables que recuerdan lo mejor de la producción literaria de
Pushkin. Hay un cierto aliento poético que aflora en determinadas ocasiones. La
muerte de la madre hace brotar tiernamente los recuerdos de la infancia, “la
nostalgia de un pasado perdido y sin esperanza”, y exalta los
sentimientos del poeta: “Al morir, sentí que parte de mí había perecido junto
con ella. Al darte la vida, la madre se queda con una parte de ésta cuando
muere. La otra parte que queda en tu cuerpo espera la ocasión de reunirse con
el alma de ella”. Es en este tipo de fragmentos del diario donde
descubrimos al amado poeta, al hombre capaz de emocionarnos al contar cómo se
conmueve al ver a su padre llorando en el lecho de muerte de su madre. “Me
arrojé hacia él, lo abracé y besé su cabeza”, dice Pushkin. Las
lágrimas brotaban de los ojos del poeta mientras sus manos se fundían con las
de sus padres. “Los tres lloramos al presentir la muerte tan cercana, la
soledad y el horror ante lo inevitable…Sólo en ese momento se me desveló el
significado del mandamiento sobre el amor hacia los padres. Ellos son la causa
de mi existencia en el mundo y si no los amo, es imposible amarme a mí mismo.
Para estar en paz, hay que amarse a uno mismo. No se puede amar la consecuencia
odiando la causa. Odiar a los padres significaría odiar la vida que nos dieron”. Así era Pushkin, capaz de dejarse arrastrar como un libertino por el
fango, pero también capaz de escribir las cosas más bellas de este mundo.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Julius Fucik
Tal como señala Vera Kukharava en la
sentida introducción, el libro es un testimonio documental de la lucha
antifascista checoslovaca y una reflexión sobre el sentido de la vida.
Comunista convencido, Fucik se muestra en cierta medida optimista ante lo que
considera la llegada de un mundo nuevo. Con el capitalismo en descomposición,
sólo queda esperar la caída del fascismo, y Fucik encuentra signos evidentes
del fin del régimen nazi, como la presencia de policías checos entre los
vigilantes de las S.S. De hecho, el análisis que hace el periodista checo de
los personajes que trabajan para el régimen nazi en la cárcel de Prankac deja
traslucir la idea de agotamiento del nazismo. Por el contrario, el comunismo es
presentado como una fuerza renovadora que cambiará la faz del mundo. La
fraternidad de oprimidos que se apoya silenciosamente en la soledad de la
cárcel está constituida básicamente por comunistas. Es una comunidad de
camaradas con un espíritu vivo y luchador que confía en la victoria final, y
que camina según la visión de Fucik hacia delante, hacia la verdad. Esa
confianza en el triunfo definitivo de la revolución se manifiesta en pequeños
detalles que afloran en la celebración secreta del primero de mayo de 1943
entre los presos de la cárcel de Pankrac. En todos estos camaradas anida un
profundo sentido del deber. Por eso, Fucik detesta la traición. Un cobarde, un
traidor, ya no vive más “porque se ha excluido de la colectividad”. Sin
embargo, un camarada que ha superado los interrogatorios de la Gestapo y no ha comunicado
información a los nazis puede considerar que su vida no ha sido estéril. Por
eso también, Fucik insiste en la necesidad de no olvidar a los héroes anónimos,
personas con nombre y apellidos que han servido fielmente al futuro, figuras
que han contribuido a la revolución, mientras que los asesinos vinculados al
régimen nazi son “insignificantes figurillas de madera podrida”.
Testigo del horror, Fucik escribe
una especie de reportaje que constituye un testimonio de los hombres más que
reflejo de toda una época. Redacta, pues, pequeños monumentos, es decir,
descripciones de camaradas que lucharon valerosamente contra el nazismo y que
sirven de ejemplo por su lealtad. Y es que, escribe Fucik, “el deber humano no
termina con esta lucha y ser hombre exigirá, también en el futuro, un espíritu
heroico, hasta que los hombres sean completamente hombres”. Está
claro, pues, que el autor escribe para el futuro y quiero insistir en este
sentido en que Reportaje al pie de la
horca emociona porque Fucik, más allá de la exaltación del comunismo, ha
sabido transmitir el amor por la vida -“la vida que cuesta tanto abandonar”- y la esperanza en un mañana mejor, dotando a su último escrito de un
profundo humanismo. Qué más se puede decir cuando el libro se cierra con estas
hermosas palabras: “¡Hombres, os he querido¡”.
jueves, 31 de enero de 2013
Antonio Orejudo
En 1996 Antonio
Orejudo agita el panorama narrativo español con una novela cuando menos
arriesgada y sorprendente que responde al ingenioso título de Fabulosas narraciones por historias. La
novela se desarrolla en un marco temporal amplio que abarca desde el inicio de
la dictadura de Primo de Rivera en 1923 hasta la postguerra y cuenta las
andanzas de tres jóvenes que estudian en la Residencia de
Estudiantes, pero que luego siguen caminos divergentes cuando llega la segunda
República. En los destinos de estos tres jóvenes, Orejudo ha querido
seguramente mostrar en cierta medida la evolución del país hacia el panorama
anodino de la postguerra. Santos es un pueblerino enriquecido, sin cultura ni
educación, obsesionado por las mujeres maduras. Patricio es un escritor en
ciernes que lucha por abrirse camino en el mundo de la literatura con su
primera novela. Martiniano, sobrino de Azorín, es un joven violento, de talante
revolucionario. Los tres muchachos conviven y estudian en la Residencia de
Estudiantes hasta que, producto de sus continuas gamberradas, son expulsados. A
partir de ese momento sus caminos van a diferir. Patricio se convierte en un
escritor de éxito a costa de publicar auténtica basura literaria y Martiniano
se relaciona con los anarquistas. Pero ninguno de los dos va a tener futuro a
largo plazo porque los revolucionarios y los escritores no tienen nada que
hacer en la España
que se avecina después de la guerra civil. Es precisamente el más simple de los
tres camaradas, el que no tiene pretensiones ni grandes aspiraciones, Santos,
quien logra un futuro más brillante en la España franquista.
Escrita con maestría y soltura
narrativa, Fabulosas narraciones por
historias sorprende sobre todo por su tono completamente irreverente. El
lector asiste atónito a una desmitificación de lugares y personajes esenciales
de la cultura española del siglo XX. La Residencia de Estudiantes, llamada a modo de
chanza La Casa ,
es un lugar oscuro, casi siniestro, donde se tejen las más variadas
conspiraciones. Su lema, “Diversidad, Minorías, Cultura y Atletismo”, es una
burla más de Orejudo. En la
Residencia pululan personajes reales de la época que el autor
convierte en seres de ficción. Con fina ironía, Orejudo describe con breves
frases a los más grandes escritores de la época. Así, Ortega y Gasset se
transforma en “el incansable luchador por la europeización cultural de España”,
Juan Ramón Jiménez en un “refinado poeta y exquisito prosista”, Azorín en el
“gran maestro del habla española” y Unamuno en “la más fuerte personalidad de
la generación del 98” .
Además, el joven poeta Lorca es satirizado como el “genio de la Residencia ” y se
parodia la forma de escribir novelas de Ramón Gómez de la Serna , porque sus ficciones
carecen de argumento y los personajes son planos. En realidad, da la sensación
a lo largo de toda la novela que Orejudo sitúa en un mismo plano a Ortega, Juan
Ramón y Gómez de la Serna ,
como exponentes de la nueva literatura que se estaba imponiendo en la España de los años 20. De
hecho, en Fabulosas narraciones por
historias se habla de un Proyecto Generación (sin duda una referencia
velada a la generación del 27) integrado por una serie de jóvenes, cultos,
amantes de la poesía y el ensayo, y enemigos de la novela realista. En cierto
modo, la nueva literatura surge en oposición a todo lo que representa Benito
Pérez Galdós. Aquí es donde da la impresión de que Orejudo toma partido de
forma sutil por la novela tradicional advirtiendo por boca de uno de sus
personajes que en España debería existir una estatua de don Benito en cada
esquina y un retrato suyo en cada escuela. No es de extrañar, pues, la imagen
totalmente desmitificada que se nos ofrece de Juan Ramón, Unamuno, Ortega y
Ramón Gómez de la Serna ,
hasta el punto de hacernos sonrojar. En todo caso, lo que no cabe ninguna duda
es que Fabulosas narraciones por
historias refleja con evidente nostalgia una época de efervescencia
literaria y cultural en general, los años 20, una época en donde la literatura
estaba más cerca del poder y los hombres de letras eran respetados por todas
las clases sociales.
La novela tiene una estructura que se asemeja a un puzzle en el que se
mezclan los más variados fragmentos. Al margen de la línea argumental
principal, Orejudo incluye textos de autores de la época relacionados con la
temática que se plantea en cada momento de la historia, textos de Ortega, Ramón
Gómez de la Serna ,
Unamuno…También introduce historias casi pornográficas recogidas en una revista
de la época, La Pasión. Añade ,
finalmente, cartas de una de las protagonistas de la narración, que
supuestamente está ayudando al autor a escribir la historia. Todo ello
aderezado con interludios en los que Orejudo se recrea mostrando cómo eran las
tertulias literarias de la época. Para rematar esta imagen de los años veinte,
se describen en la novela las cacerías y las fiestas de los aristócratas. Hay
en todo caso una tendencia a la exageración y a la desmesura en las
descripciones, como si Orejudo tratase de enfatizar aquello que está contando,
concediendo de este modo a la narración un tono irreal, de alejamiento de lo
verosímil.
En las páginas finales de la novela, Orejudo se burla de su propia obra
consciente quizá de sus posibles defectos: la escasez de vocabulario, la
estructura en fragmentos de la novela, las situaciones inverosímiles, las
incongruencias históricas sobre todo en el empleo de un vocabulario
contemporáneo o la utilización de una pornografía zafia. Es como si Orejudo no
se tomara demasiado en serio a sí mismo, como si todo fuese un juego literario
en el que se nos ofrecen Fabulosas
narraciones por historias.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Roberto Calasso 3
Giambattista
Tiepolo ha sido considerado tradicionalmente como un pintor meramente
decorativo y ornamental. Esta visión del artista ha sido completada por otros
tópicos y convenciones. Así, Tiepolo ha sido visto como un descendiente de
Veronese, como un gran virtuoso y como un hombre fiel a los encargos que
recibía. Pero este falso esquema simplifica la figura de Tiepolo y no desvela
los misterios de su pintura. El pintor no ha sido reconocido ni comprendido
verdaderamente y de él se guarda una confusa memoria. El imponente libro de
Roberto Calasso, El rosa Tiepolo (Barcelona,
Anagrama, 2009), trata de hacer justicia a la grandeza del pintor veneciano,
desentrañando los entresijos y las claves de su arte.
Tiepolo es un pintor que no ha sido
tomado demasiado en serio y da la impresión de que él deseaba que fuese así. Al
observar la obra del pintor veneciano da la sensación de que “trabaja sin
esfuerzo y casi sin pensarlo”. En realidad, el desdén en Tiepolo es una
forma de ocultación. Los elementos indispensables de su arte son la luz, el
teatro (la máscara, el disfraz) y la reverencia a la imagen. La naturaleza
teatral de la pintura de Tiepolo parece fuera de toda duda, más aún cuando
“todo parece como puesto en escena”. Calasso no tiene ninguna duda de
que Tiepolo marca el final de una época. Es el radiante y último soplo de
felicidad en Europa.
El trabajo de Tiepolo se
circunscribe, tal como apunta Calasso, a un cierto número de formas, perfiles y
expresiones aisladas dentro del género humano, que se repiten con variaciones
configurando el repertorio del pintor, siempre con gran desenvoltura en el
pincel y en la concepción. Al estudiar a Tiepolo se ha de tener en cuenta,
además, que “amaba las superposiciones y los dobles significados”. La
admiración que Calasso siente por Tiepolo se manifiesta en su deseo de
interpretarlo como el pintor de la vida moderna, trazando equivalencias con su
también admirado Baudelaire. En Tiepolo asimismo se disimulan las diferencias
sociales gracias a la cualidad estética, de tal modo que “los pobres no parecen
menos ricos que los ricos”. Por lo demás, es evidente que en cierta
forma Tiepolo sigue la tradición de Veronese.
Entre otras cosas, en El rosa Tiepolo, Calasso defiende al
pintor italiano del ataque de sus críticos que tachaban de inexpresividad los
rostros pintados por Tiepolo. Descifrando los grandes temas de su pintura,
Calasso nos hace ver cómo Tiepolo mezcla Verdad (o Venus) y Tiempo, la joven
rubia y el hombre con barba, viejo y temible, una polaridad típica del pintor,
una disonancia de elementos. Un análisis minucioso revela que los personajes
preferentes de Tiepolo se repiten con cierta asiduidad en sus pinturas: los
orientales, adolescentes y mujeres rubias, lozanas. Calasso habla de “una
severa selección de los tipos humanos, una reducción fisiognómica que dejaba
sobrevivir un número de posibilidades muy restringido”. Al mismo
tiempo, una de las cualidades distintivas y omnipresentes de Tiepolo es el
erotismo.
Pero lo que verdaderamente seduce a
Calasso y ocupa la parte central de su libro es el estudio de los grabados de
Tiepolo. El carácter enigmático, misterioso y oscuro de las imágenes contenidas
en los grabados (los Scherzi y los Caprichos) ha causado numerosos
quebraderos de cabeza a la crítica, precisamente porque están separados de
cualquier antecedente local y de toda su época. Calasso define la serie de los
grabados como algo esóterico, en donde adquiere densidad “todo lo que en su
pintura está presente pero sólo como alusión y variación marginal”. En
concreto, en los Scherzi los
personajes se caracterizan por su gravedad, están concentrados en la
observación de algo, quizá miran lo invisible. Los mismos elementos se repiten
con variaciones en los Scherzi: los
magos –orientales-, las serpientes, las astas, el ara, la trompeta, un gran
libro abierto, rollos de pergamino, pájaros. Es esta continuidad de los
personajes de Tiepolo, que se transmite a todas sus obras y que forma una
auténtica comedia humana, lo que tanto gusta a los devotos del pintor.
Obsesionado con los grabados,
Calasso no cesa de preguntarse: ¿Qué representan los Scherzi y los Caprichos de
Tiepolo? La idea de Calasso es que el pintor “prefirió representar el momento
en que lo invisible está a punto de aparecer”, en un acto de teurgia.
Sorprendentemente, las escenas teúrgicas de los Scherzi se desarrollan a plena luz del día, bajo la atenta mirada de
animales nocturnos como los búhos y las lechuzas. En un ejercicio de erudición,
Calasso relaciona a los orientales de los Scherzi
con los magos de Hermes Trimegisto y con la prisca sapientia procedente de
Egipto, aunque, a decir verdad, en los orientales se juntan las tradiciones
pagana, judía, islámica y cristina. En los Scherzi,
los orientales miran algo que es destruido por el fuego y que se vuelve
invisible. Siguiendo el erudito análisis, Calasso vincula las serpientes de los
Scherzi con el tema de la salvación
por la mirada, que está en la Biblia. En
definitiva, el tema de los grabados es el mirar y el observase, una doble
mirada que es el presupuesto de toda magia. Los Scherzi son, pues, “imágenes que se miran a sí mismas”.
La parte final del libro de Calasso
está dedicada a los últimos trabajos de Tiepolo. El escritor italiano define el
techo de Wurzburg como una epifanía pictórica, como un auténtico experimento
antropológico, comparando la pintura de Tiepolo con una especie de malla o tela
de araña. En la Residenz
de Wurzburg lo que hace el pintor es convocar a los hombres, mujeres y animales
que lo habían acompañado desde siempre. También concede importancia Calasso a
los nueve pequeños cuadros realizados en Madrid porque se alejan de lo
convencional, configurando lo que él denomina el estilo tardío. En uno de estos
cuadros reaparecen el viejo y la muchacha, los dos seres, Venus y Tiempo, los
dos poderes supremos que rigen el arte de Tiepolo. Un sentimiento enorme de
soledad anida en estos pequeños cuadros de Madrid.
Al terminar la lectura de El rosa Tiepolo tiene uno la sensación
de quedar atrapado entre las mallas del pintor, tejidas con mano sabia por
Calasso. La identificación de Calasso con la pintura de Tiepolo es tal que se
pueden trasladar al escritor italiano aquellas palabras que pronunció el joven
Barrès en 1889: “Mi compañero, mi verdadero yo, es Tiepolo”.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Noam Chomsky
Ediciones
Irreverentes acaba de publicar en primicia mundial el último libro de Noam
Chomsky, Ilusionistas. Ni que decir
tiene que nos encontramos ante un acontecimiento social y literario de primera
magnitud. Ilusionistas es el
resultado de cuatro conferencias ofrecidas por Chomsky en Estados Unidos. La
obra recoge -tal como señala en el prólogo Jorge Majfud, traductor del libro-
las preocupaciones del autor en los últimos años, inquietudes no muy diferentes
de las que Chomsky lleva planteando desde los años cincuenta del siglo
pasado.
Hay en Chomsky un evidente interés
por mostrar las falacias del imperialismo estadounidense. El autor califica de
guerra terrorista el ataque americano a Libia en 1986 y el apoyo a la contra
nicaragüense. Del mismo modo, los asesinatos de jesuitas en El Salvador a
finales de los años ochenta por parte de una fuerza militar estadounidense
responden a la política del Emperador, que consideraba la doctrina de la Teología de la libración
como una herejía. Chomsky remonta al mandato del presidente Wilson la política
norteamericana de “legítima defensa contra un ataque futuro” -fruto de
la penetración y amenaza ideológica de la Unión Soviética-, una doctrina
inventada por Estados Unidos para justificar su política imperialista.
Para hablar del tema del Estado y
las corporaciones, Chomsky toma como modelo su propio país porque es la
realidad que mejor conoce y porque “el desarrollo que se produce en Estados
Unidos generalmente prefigura lo que va a ocurrir en otras partes del mundo,
sobre todo en otras sociedades industriales del mundo capitalista”.
Así, en Estados Unidos las instituciones financieras que provocaron la crisis
económica fueron rescatadas por el contribuyente común, resultando que después
del rescate financiero los bancos mayores son más grandes. Además, Chomsky se
queja amargamente de que las grandes corporaciones y las instituciones
financieras cuentan con lo que denomina “la póliza de seguro del gobierno”, lo que les permite participar con seguridad en grandes transacciones y
obtener enormes beneficios sin tener en cuenta externalidades. Chomsky estudia
en concreto el caso de Estados Unidos y nos recuerda que los gobernantes
realizan enormes concesiones a las corporaciones. El más claro ejemplo es el
nombramiento de Jeffrey Immelt, un exdirector de General Electric, como
secretario del Tesoro, un nombramiento de Obama que sin duda agradó a los
grandes hombres de negocios y a la
Cámara de Comercio de Estados Unidos.
El análisis de la situación en
Estados Unidos se puede aplicar a otros países del ámbito capitalista, entre
ellos España: aumento desorbitado de la desigualdad, estancamiento o
disminución de los ingresos reales de la mayoría de la población y recortes
“cuidadosamente diseñados para beneficiar a los supermillonarios”. La
disminución o recorte de impuestos, que favorece a los ricos, viene acompañada
de una congelación salarial para el sector público, que es lo mismo que una subida
de impuestos, lo que contribuye a desfondar la Seguridad Social.
“Se trata” afirma Chomsky, “de una conocida técnica de privatización que
consiste en desfinanciar lo que alguien pretende privatizar”.
Otra cuestión que suscita interés en
Chomsky es el diseño del orden mundial. El autor explica en Ilusionistas cómo, en los años
posteriores a la segunda guerra mundial, funcionarios de alto nivel del
departamento de Estado y especialistas en política exterior diseñaron el nuevo
orden mundial estableciendo la “Gran Área” que Estados Unidos iba a dominar con poder absoluto. En la
actualidad este diseño está siendo desestabilizado por Turquía, Irán y China.
Chomsky tiene claro que en el orden
internacional actual la crisis se ha cebado con maestros y profesores, pero
sobre todo con los emigrantes, aumentando de tal modo la xenofobia no sólo en
Estados Unidos sino también en Europa. El autor no duda al afirmar, a modo de
conclusión, que “la actual crisis económica es atribuible en gran medida a la
fe fanática en dogmas como el de la efectividad del libre mercado”.
Finalmente, un tema que también
aborda Chomsky en Ilusionistas y que
le preocupa especialmente es el problema ambiental. El autor se lamenta de que
en Estados Unidos los lobbies de las grandes empresas, como la Cámara de Comercio y el
Instituto Americano del petróleo han desarrollado una maquinaria
propagandística para convencer a la gente de que la amenaza ambiental no es
real.
Abiertamente polémico, Ilusionistas resulta un ejemplo
conmovedor del carácter combativo de este anciano y brillante pensador de
nuestros días. A sus más de ochenta años, Chomsky sigue manteniendo un espíritu
aguerrido y se queja en general del carácter pasivo y apático de la población,
“dedicada al consumismo y al odio por los más vulnerables”, mostrándose partidario de un cambio importante suscitado por un movimiento popular
“que exija el desmantelamiento de una compleja estructura sociológica,
cultural, económica e ideológica que nos está conduciendo al desastre”.
lunes, 29 de octubre de 2012
Mariano José de Larra 2
Larra se refiere a menudo en sus
artículos al monótono y sepulcral silencio de la existencia española. Los lunes
se rompe ese tedio acudiendo la gente a las corridas de toros. Por las mañanas
el pueblo se calza las castañuelas y se agita violentamente, mientras la gente
elegante se pasea por las tiendas de la calle Montera. Por la tarde se duerme
la siesta y por la noche la clase distinguida va al teatro, cuando lo hay. La
clase media, entretanto, se entretiene en las fondas.
En “La educación de entonces”, Larra
advierte que el país está en un período de transición, que están cambiando las
ideas, usos y costumbres, y que todo ello está afectando lógicamente a la
educación. Antes era evidente la excesiva autoridad del padre, de modo tal que,
por ejemplo, los matrimonios estaban convenidos. En la educación tradicional
las muchachas eran recatadas y no se dejaban influir por óperas o novelas. La
idea de Larra es enfatizar el contraste con la nueva enseñanza. Habla por ello
de reformas y de ideas nuevas. En el artículo “Representación de El sí de las niñas”, Larra vuelve a la
carga con el tema de la educación. El autor censura las costumbres del siglo
XVIII, las “rancias costumbres, preocupaciones antiguas hijas de una religión
mal entendida y del espíritu represor que ahogó en España, durante siglos
enteros, el vuelo de las ideas”, idea que está en la obra de Moratín,
quien pretendía criticar los abusos que se cometían en la educación de los
jóvenes durante el siglo XVIII. Sin embargo, en ocasiones Larra se deja llevar
por la melancolía, por la nostalgia de una época ya pasada, el siglo XVIII, un
tiempo de tiranía e Inquisición, pero también de mayor libertad, de menos
censura, una época en la que no se perseguía por ser liberal o carlista. Larra
emplea la expresión “tiempos bienaventurados” en “Una primera
representación” para referirse al siglo XVIII.
De ningún modo puede soportar Larra los pésimos modales y la falta de
educación en gran parte de la clase humilde, tal como se hace eco en “¿Entre
qué gente estamos”? El escritor madrileño describe con crudeza a un mozo
encargado de alquilar calesas. El mismo tipo de individuos pululan por las
oficinas de policía, por las sastrerías, por los cafés. Pero la cosa no acaba
aquí, porque los señoritos no escapan a la mirada crítica de Larra. En “La vida
de Madrid”, el autor describe la ociosidad y la vaciedad de la vida madrileña
de un joven señorito, siempre aferrado a las mismas costumbres, a las mismas
conversaciones, a la misma rutina y amistades, en definitiva, gente ociosa que
no hace nada.
En general, algo que enerva a Larra
es la hipocresía de la sociedad, el egoísmo que sostiene las acciones de los
individuos. Una mujer hermosa y amable, honrada y virtuosa, por ejemplo, es
aborrecida por las demás mujeres y pierde su reputación dentro de la sociedad.
En cambio, otras mujeres, que han entendido mejor el mundo, pasan por
virtuosas. Un hombre que no saluda en la calle, saluda en sociedad porque está
mal visto encontrarse solo sin hablar con nadie. “En una palabra” dice Larra,
“en esta sociedad de ociosos y habladores nunca se concibe la idea de que
puedas hacer nada inocente, ni con buen fin, ni aun sin fin”.
En su afán por describir los tipos
más peculiares de la sociedad, Larra detiene su mirada en los calaveras. La
acepción picaresca de la palabra “calavera” es de uso moderno. No existía en
los autores antiguos, nos recuerda Larra. Las dos cualidades distintivas de un
calavera son el talento natural y la poca aprensión. El autor presenta al
calavera silvestre, hombre de la plebe, sin educación ni modales. Es el típico
castizo achulapado de los barrios populares de Madrid. El calavera lampiño es
joven, pero el número de sus hazañas es infinito. Posee un talento
desperdiciado. Se las da de hombre crecido pero no sirve para ningún oficio. En
general, el calavera necesita espectadores para sus tropelías, gente que ría
sus gracias. De entre los calaveras, Larra destaca por su talento y juicio al
calavera de buen tono, hombre de educación esmerada y de gran cultura, y que
tiene ocurrencias oportunas.
Contrario al espectáculo en que se
ha convertido la condena a muerte de una persona, Larra habla del “abuso
inexplicable” que se hace del hábito de la pena de muerte en los
pueblos modernos en su artículo “Un reo de muerte”. Critica a la tiránica
sociedad por exigir valor y serenidad a los condenados a muerte. El pueblo
contempla la marcha fúnebre del reo como si tratase de una fiesta o un
espectáculo. Y para rematar la faena hay que contar con la presencia de
piquetes de infantería y caballería en torno al patíbulo. También se explaya a
gusto Larra desdeñando la costumbre de los duelos, producto de una falta de
comprensión de lo que realmente es el honor. Todo ello se da en una sociedad
teóricamente civilizada, con avances en religión y política. Esta mirada
descarnada sobre la sociedad de su época se hace patente cuando Larra censura
el sistema penitenciario, la falta de amparo que tienen los presos en la
cárcel. Emplea la palabra “negligencia” para referirse a la actitud de
las autoridades mientras hace hincapié en la falta de igualdad ante la ley. La
sociedad española es sin duda un “monstruo de sociedad” en el que no
cuenta para nada el elemento popular, una falsa, incompleta y usurpadora
sociedad que acepta el garrote vil como medida de justicia. En “Antony”, el
análisis de la sociedad lleva a Larra a distinguir tres pueblos distintos: la
multitud embrutecida que carece de necesidades y estímulos; la clase media,
ilustrada lentamente y que desea reformas; y una clase privilegiada poco
numerosa.
Nada escapa a la mirada de Larra.
Las casas nuevas tienen el inconveniente del uso del brasero y el tamaño
reducido de las habitaciones y las escaleras. Las obras de teatro deben pasar
la censura y luego soportar las dificultades de los ensayos con los actores y,
finalmente, las incidencias con el público en la primera representación. Los
oficios menudos no dan para vivir y mantener una familia. A veces son ejercidos
por personas que desempeñan diferentes cargos según la estación del año. En
concreto, Larra habla del oficio de trapera y zapatero, y remata su artículo
“Modos de vivir que no dan de vivir” citando como oficio menudo “el de escribir
para el público y hacer versos para la gloria”. En “El álbum”, con
fina ironía describe la costumbre de las mujeres elegantes de llevar un álbum
en el coche, como objeto personal, un libro en blanco en el que los hombres
distinguidos estampan un verso, un dibujo o una composición musical dirigidos a
la bella de turno, porque, efectivamente, “todas las dueñas de álbum son
hermosas, graciosas, de gran virtud y talento y amabilísimas”.
Azotado por la melancolía, en “El día de difuntos de 1836” Larra contempla Madrid
y se le asemeja un vasto cementerio. Los edificios se convierten en tumbas
donde reposan el trienio liberal, la Inquisición , la libertad de pensamiento, el
crédito español, la verdad. Esta visión de Madrid como un sepulcro es una
metáfora de la propia situación del escritor, cuyo corazón no es más que otro
sepulcro, lo que se traduce en una vida sin esperanza. Este carácter
melancólico que adquiere la escritura de Larra en sus últimos artículos se
manifiesta en “La nochebuena de 1836” ,
en donde se muestra descontento con su vida y emplea la figura de su criado
–borracho- para –a modo de conciencia- azuzar y criticar su fatua existencia de
escritor. En las “Exequias del conde de Campo-Alange”, Larra escribe: “empero
mil veces desdichado sobre toda desdicha quien no viendo nada aquí abajo sino
caos y mentira, agotó en su corazón la fuente de la esperanza, porque para ése
no hay cielo en ninguna parte y hay infierno en cuanto le rodea”.
Palabras que reflejan el estado de ánimo del escritor poco antes de su muerte.
Insatisfecho con la vida, Larra se pregunta
“¿y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo
arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?” . El grito de
dolor por su amigo el conde de Campo-Alange es un grito de congoja por él
mismo. Las preguntas retóricas que le plantea la muerte del amigo son las
mismas que se hace él. “¿Qué le esperaba en esta sociedad?”…”¿Qué papel podía
haber hecho en tal caos y degradación?”. El desengaño o la muerte. Ésa
es la alternativa. Parece que Larra tenía claro cuál era su camino.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Mont Elín de los caballeros
Mont Elín de los caballeros es la
primera novela en solitario del escritor albaceteño Juan Jordán. Previamente
había sido coautor de Las puertas de
Moeris, una historia ambientada en el Egipto de Amenofis IV. Publicada en 2007, Mont Elín se encuentra ya en su segunda
edición. Ambientada a finales del s. XV, tras las guerras de Granada y la
expulsión de los judíos –cuyas consecuencias se dejan ver en el relato-, el
autor comenta en las advertencias que acompañan la historia que Mont Elín de los caballeros “no pretende
ser una novela histórica”. Este comentario -fruto de la modestia del
escritor, que se califica como no capacitado para el género histórico- no debe
llevarnos a engaño: Mont Elín es una
novela histórica de primera línea. Más aún, resultado de un esfuerzo titánico
de años de trabajo, el autor ha tenido la osadía de recrear el lenguaje de la
época, de tal modo que el lector tiene la impresión de estar leyendo un clásico
castellano del siglo XV o XVI.
Mon
Elín cuenta las andanzas de un caballero, don Fernando de Balboa, que
decide vengar la muerte de su hija, maltratada y violada por unos desaprensivos
nobles. El autor dice inspirarse en un caso real acaecido a Ana Jaraud, una
niña que existió en la Baja Edad
Media en Albacete. Es más, todos los nombres de los personajes que aparecen en
la novela, según nos informa Jordán, se corresponden con individuos de la época
que el autor ha convertido en ficción. Cada uno de los enfrentamientos que
tiene don Fernando con sus enemigos es tratado como un duelo, no sólo guerrero
sino también dialéctico, que nos recuerda ampliamente las escenas del maestro
Homero. No es extrañar, por otro lado, en un escritor de formación clásica. No
hay más que recordar el pasaje en que don Fernando es transportado al infierno
en un sueño y ve las imágenes de sus enemigos, ya muertos. También ve a su
esposa e hija. Ni que decir tiene que el relato tiene ecos de la Odisea ,
como señala el mismo autor: “D. Fernando, al adentrarse en el misterioso mundo
de los sueños, tuvo terribles visiones, removidas de los fangos de la Estigia , y fue como cuando
Odiseo descendió a los infiernos”. Por lo demás, son muy evidentes
también las influencias de la literatura española de los siglos XV, XVI y XVII,
fuentes en las que ha bebido nuestro autor: El
Quijote, El Lazarillo, La Celestina ,
las novelas de caballerías.
Don Fernando es presentado como un caballero de la época, haciendo
hincapié en el hecho de que lo es “tanto para el rey como para el villano, para
el alto como para el bajo”. La fama del caballero va aumentando con
cada nueva gesta. De hecho, en el relato se nos muestra al ciego cantor Bocanegra
entonando un romance que habla de la figura de don Fernando. Se nos presenta al
héroe ayudando a los débiles, a los desprotegidos, sean gitanos, judíos o
moriscos, niños o ancianos. Jordán nos cuenta que al deshacerse de su primer
enemigo, don Fernando siente “un leve y suave consuelo”, y se supone
que el mismo tipo de sensación experimenta en las sucesivas refriegas. Sin
embargo, el afán de venganza cede al final y el caballero decide perdonar al
último de sus enemigos a instancias de su amigo Luis el ermitaño. Es como si el
perdón cristiano hubiese triunfado definitivamente y permitiese a don Fernando
iniciar una nueva vida en el exilio. En este sentido se nota, tal como luego
reconoce Jordán en las advertencias finales, que “el libro está escrito por
cristiano convencido”.
Inspirado sin duda alguna por
Cervantes, Jordán juega con el tema de la autoría de Mont Elín de los caballeros. La obra se presenta como un conjunto
de legajos de autor desconocido encontrados por un tal Juan de Juanes, que
contienen “una extraña historia” y además “portentosa”. A lo largo de
la narración se incide con frecuencia en las fuentes del autor. Se menciona en
varias ocasiones a Iniesta de Villanueva. También recurre a menudo Jordán a la
tradición oral, que juega un papel fundamental en los mecanismos de la
narración, tal como ocurre en la literatura clásica española. Es constante la
referencia al “se dice” de la tradición, casi siempre en forma de leyendas que
adornan y engrandecen la figura de Fernando de Balboa. Por lo demás, juega
Jordán con la verosimilitud de la historia, pues sabemos por Juan de Juanes que
“hay en todos los relatos del tal caballero hidalgo [don Fernando] muy mucho de
leyenda y poco de verdad”, pero al mismo tiempo se nos dice nada más
iniciar la historia que es cierto todo lo que se narra “pues lo hallamos en
documentos escritos y lo recibimos en testimonios dignos de crédito”.
Oficiando de antropólogo y de etnógrafo, Jordán realiza minuciosas descripciones
de los lugares por donde transita don Fernando, dándonos a conocer los más
recónditos escondrijos de la geografía albaceteña y murciana. Son frecuentes al
mismo tiempo las detalladas pinturas de costumbres. Y en términos generales,
más allá de las aventuras y hazañas de don Fernando, el libro plantea con
hondura problemas como el conflicto entre la venganza y el perdón, la relación
y tolerancia entre culturas, el amor profundo y respetuoso hacia la naturaleza,
y vertebrando todos los hilos de la narración un exaltado sentido de lo divino.
Para acabar, Jordán enfatiza su amor
por los libros (no hay más que pensar en don Fernando salvaguardando sus libros
en el incendio de su casa), pues tal como nos recuerda en las advertencias
finales “los libros divierten, conducen a la reflexión e inducen al
pensamiento. Y el que los lee se vuelve más sensible y disfruta más de la vida,
y comprende mejor a los seres humanos, y les ama más”.
domingo, 19 de agosto de 2012
Robert Louis Stevenson
Este verano he
vuelto a mi adorado Stevenson a través de dos textos reeditados hace pocos años
en la colección Austral. Se trata de una pieza maestra, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y un curioso y
espléndido relato amoroso titulado Olalla.
Mucho se ha escrito sobre Jekyll, y algunas cosas realmente importantes (estoy
pensando en el texto que le dedica Nabokov en su Curso de literatura europea, ahora traducido en RBA). Tampoco han
faltado las versiones cinematográficas. Ni que decir tiene, pues, que se trata
de una de las historias más conocidas de la literatura occidental. Cuando se
lee Jekyll, sin embargo, sorprende a los advenedizos comprobar que
el protagonista de la narración no es Jekyll –o Hyde-. El punto de vista desde
el que se despliega el relato es el de un abogado que responde al nombre de
Utterson. En Jekyll asistimos a un
juego de pequeñas intrigas, producto de lo que se elude más de lo que se cuenta.
Stevenson maneja los hilos de la intriga sin darnos toda la información de modo
que a través de Utterson somos espectadores –al final- de un proceso de
desvelamiento. El misterio es desvelado a través de una serie de cartas: la
duplicidad de la vida del doctor Jekyll sale a la luz con todos sus horrores.
Jekyll ha sido siempre un honrado
doctor, pero con una cierta tendencia a buscar “aventuras”, a dejarse llevar
por la mala vida. Descubridor de un elixir capaz de transformar la persona y el
carácter, se ve abocado a una lucha sin tregua –seguramente la que la mayor
parte de los seres humanos experimentan- con su alter ego, su otro yo, ese
individuo maligno que responde al nombre de Hyde. El lector no se percata
completamente de esta doble personalidad hasta las páginas finales del libro.
Se va intuyendo esa duplicidad poco a poco, al hilo de las experiencias que va
sufriendo Mr. Utterson.
Hyde es pintado por Stevenson como
un ser horrible. Todos los que se cruzan con él sienten de inmediato aversión,
odio y espanto. Pronto sabemos que el tal Hyde debe ser “el espectro de algún
viejo pecado”de Jekyll, según nos hace saber el propio Mr. Utterson,
de modo tal que Stevenson nos anticipa el tema de la obra casi desde un
principio. En este sentido, el autor va dejando pistas a través de la narración,
como la repentina transformación que acontece a Jekyll, una vez ya está aislado
en su casa como un auténtico prisionero y a través de una ventana departe con
Utterson y Enfield. El pequeño cambio que sufre es un anticipo de lo que
realmente le está sucediendo y nos sugiere de forma velada que Jekyll y Hyde
son la misma persona.
Resulta
alumbrador el modo en que Stevenson juega con la dualidad a lo largo de toda la
novela. La mansión de Jekyll, por ejemplo, tiene dos partes, la casa
propiamente dicha donde vive el doctor con sus criados y se desarrolla la vida
monótona y sin sobresaltos de Jekyll, y el laboratorio donde ejecuta sus
experimentos que representa sin ninguna duda la tendencia al mal que palpita en
el doctor. En la historia también hay dos médicos: el doctor Lanyon, que
defiende los principios científicos de su profesión, y el doctor Jekyll, que se
deja seducir por nuevas experiencias ajenas a la medicina convencional.
El misterio de la novela es
desvelado al final, a través de dos largos escritos –cartas- del doctor Lanyon
y del doctor Jekyll, una vez muertos los dos. El depositario de las cartas es
Mr. Utterson. El momento cumbre de la transformación de Hyde en Jekyll es
relatado por Lanyon de la siguiente manera: “Se llevó la copa a los labios
[Hyde] y la apuró de un trago. Siguió un grito, giró sobre sí mismo, dio un
traspié, se agarró a la mesa y se mantuvo asido a ella, mirando con ojos
inyectados, jadeante, con la boca abierta. Y mientras le miraba, me pareció que
se efectuaba un cambio… como si se hinchase. De pronto la cara se puso negra;
parecía que las facciones se disolvían y alteraban… Y me incorporé y, de un
salto, retrocedí hasta la pared con el brazo levantado para escudarme contra
aquel prodigio, anonadado por el terror”. El lector comprende
definitivamente en ese momento, al mismo tiempo que Mr. Utterson, el secreto de
la historia.
Tras el relato del doctor Lanyon, la carta de Jekyll se presenta como una
especie de confesión, una suerte de autobiografía que sirve a Stevenson para
redondear y terminar de pulir la historia. Jekyll confirma la profunda
duplicidad de su vida, la orientación mística y trascendental de sus estudios
enfocada hacia una única verdad: “que el hombre no es realmente uno, sino dos”. Jekyll se propone luchar contra la primitiva dualidad del hombre
tratando de llevar a cabo la separación del bien y del mal, evitando que
residan conjuntamente en una misma persona. Pero una vez lograda la
transformación en Hyde por primera vez, el doctor experimenta una vida nueva,
una alegría interior, juvenil que explica del siguiente modo: “Me sentía más
joven, más ligero, más feliz físicamente; y en mi interior me daba cuenta de
una arrebatada osadía, de un fluir de desordenadas imágenes sensuales que pasaban
raudas por mi fantasía como el agua por el saetín de un molino; de un
aflojamiento de todas las ligaduras del deber y de una desconocida, pero no
inocente, libertad del alma. Me sentí, al primer aliento de esta nueva vida,
más perverso, cien veces más perverso, un esclavo vendido a mi demonio innato,
y esta idea, en aquel momento, era como un vino delicioso que me saciaba”. Para desgracia de Jekyll la tendencia hacia lo peor se apodera rápida y
progresivamente de su espíritu. Una súbita transformación que le convierte en
Hyde sin desearlo (“me había acostado Henry Jekyll y me había despertado Edward
Hyde”, escribe el doctor en su confesión) anticipa futuras desgracias:
la ruptura del equilibrio de la naturaleza del doctor en favor de Hyde. En los
momentos finales de su existencia, el doctor se ve atormentado por el horror de
ser Hyde, por su incapacidad para controlar la situación. El monstruo ha
triunfado. Derrotado y consumido por el odio a su otro yo, sólo queda una
alternativa viable para Jekyll: el suicidio.
Olalla narra la historia de
amor entre un militar británico y una joven española en el ambiente rural de
una España irreal, casi soñada por Stevenson. El autor no sitúa la acción en
ningún lugar concreto. Sabemos que se trata de un sitio agreste, entre montañas,
lo que contribuye a enfatizar el carácter primitivo de los personajes.
Contrasta en este sentido el efecto civilizador que procede del militar
británico con la rusticidad y el primitivismo de las gentes del lugar. “Era un sitio
propio, en suma,” escribe Stevenson, “para estudiar los caracteres más rudos y
antiguos de la naturaleza, en el hervor de su fuerza primitiva”.
Un joven militar que se recupera de sus heridas pasa una temporada
alojado como inquilino de una familia un tanto extraña. Stevenson aprovecha
para contar la historia de una estirpe decadente, la degeneración de una raza, una
familia de rancio abolengo venida a menos, hasta rayar en los límites de la
pobreza. De esta familia sobreviven una mujer agostada por los síntomas de la
locura, y sus dos hijos, Felipe, que manifiesta rasgos de evidente brutalidad,
y Olalla, llena de sensibilidad, ternura y misticismo, y que supone el
contrapunto dentro de un clan familiar degenerado.
La novela, como suele ser usual en Stevenson, está plagada de misterios,
de pequeños secretos que estimulan al lector. La historia de la familia en
realidad es presentada como un gran secreto que sólo se desvela al final. Unos
tremendos alaridos atraviesan una noche cualquiera las estancias de la casa y
dejan aterrorizado y desconcertado al militar, contribuyendo al mismo tiempo a
la intriga de la narración. Un cuadro en la alcoba del militar señala un
parentesco familiar, unos rasgos físicos semejantes a toda la raza, pero
adelanta también ciertos detalles de crueldad que se aprecian en la fisonomía.
Más adelante llegaremos a conocer el elemento salvaje y bestial en la conducta
de la familia española.
La historia de amor entre el militar y Olalla tarda en estallar. De
hecho, Stevenson retrasa la aparición en escena de la joven y prepara el
momento del encuentro con sutileza. El militar intuye cómo es Olalla antes de
conocerla porque se adentra, no sin cierto pudor, en su habitación atestada de
libros y pequeños escritos. El amor que el militar siente por Olalla es
sublimado por la presencia de la naturaleza: “Y de nuevo todas las fuerzas de
la Naturaleza”, escribe Stevenson, “desde las montañas poderosas y sólidas
hasta la hoja leve y la más diminuta mosca que flota en la penumbra del bosque,
empezaron a girar a mi alrededor con alegría. El sol cayó sobre las colinas tan
pesado como un martillo sobre el yunque, y las colinas vacilaron. La tierra,
con la insolación, exhaló profundos aromas. Los bosques humeaban al sol. Sentí
circular por el mundo la fuerza de la alegría y el trabajo. Y aquella fuerza
elemental, ruda, violenta, salvaje –el amor que gritaba en mi corazón-, me
abrió como una llave los secretos de la Naturaleza, y aun la piedras con que
tropezaban mis pies me parecían cosas vivas y fraternales”. El militar está unido, gracias a Olalla, a la
pureza y la piedad de Dios. Sin embargo, Olalla, vinculada al mundo salvaje y
primitivo que representa su familia, cercana a las supersticiones, leyendas y
cuentos de los campesinos, se somete a su destino de mujer que sigue su camino
a solas. La imagen de Olalla, abrazada a un crucifijo sobre un montículo de
rocas, cierra la novela.
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