lunes, 31 de marzo de 2014
Autobiográfica 2
He de confesar,
porque así lo creo, que la mayoría de lectores pasan las páginas de los libros
con demasiada ligereza. La sucesión de historias que encandila a estos
despistados lectores obstaculiza una correcta comprensión del texto e impide
percibir los errores que contienen a menudo casi todos los escritos. Y no me
refiero exclusivamente a cuestiones tipográficas o a la estructura de las
frases o al estilo. La verdad es que casi todos los escritores -incluso los buenos-
han cometido errores de trazo grueso en alguno de sus libros. Es misterioso
comprobar cómo en muchas ocasiones los autores, a pesar de realizar múltiples
revisiones de sus obras, no logran ver aquello que está ahí, a la vista, oculto
para el obnubilado escritor, la equivocación que quedará registrada en el papel
para siempre, precisamente colocada ahí para que cuando el autor descubra el
error sufra una decepción que le acompañará largo tiempo, quizá toda una vida.
Sin ir más lejos, mi primera novela,
Bajo el arco en ruina, presenta
ciertas confusiones cronológicas que afortunadamente han pasado desapercibidas,
gracias esencialmente a que casi nadie ha leído el libro. Quiero pensar que mis
más entrañables amigos, grandes lectores, han paseado con indulgencia sus ojos
por el texto y no se han percatado de estos pequeños errores de la novela. Del
público no quiero hablar porque no ha sabido ni creo que sepa jamás de la
existencia de este libro. Concebido hace más de diez años, entre la escritura
de varios guiones y después de abandonar en un cajón la obra de teatro Beatriz Cenci –rechazada por múltiples
editoriales-, Bajo el arco en ruina pretende
ser un texto sobre la búsqueda de la identidad. Un editor que padece
neurastenia crónica encuentra un viejo manuscrito en una caja de cartón
arrumbada en el apartamento que ha alquilado en una calle céntrica de Murcia.
Curioseando en el manuscrito, el editor se adentra en el pasado recuperando su
memoria y su identidad. Abandoné pronto este texto, titulado provisionalmente Manía y escrito a mano en una vieja
libreta, por falta de ideas para continuar el relato. Fue por aquel entonces
cuando empecé a escribir un cuento, Nemuel
y Selina, la historia de dos personajes que gracias al azar se van
encontrando a lo largo de los años en diferentes ciudades. El relato estaba
lleno de sugerencias, de secretos velados, de cosas que nunca se decían de
forma completa. Era como crear un gran tapiz de lana o seda en donde el cuadro
pintado permanecía incompleto. La historia tenía múltiples referencias
cronológicas que situaban cada uno de los momentos de la narración y estaba
plagada de notas literarias, artísticas y bíblicas, colocadas estratégicamente
en cada uno de los capítulos. En una libreta
anoté que Nemuel y Selina era un
cuento acabado el 19 de agosto de 2003. No sé en qué momento de aquella época
se me ocurrió que este relato podía encajar con lo que ya llevaba escrito con
el título de Manía. El caso es que,
pensando que mi obra de teatro, Beatriz
Cenci, no iba a tener salida por ningún lado, pensé en esos días ya lejanos
que podía transformar la dramaturgia de la historia de Beatriz en una suerte de
cuento que narra un anciano, en una plaza toledana, a un historiador curioso,
ávido de relatos y leyendas. El historiador encontraba en Toledo, por azar, la
tumba de Selina. Una historia aparentemente aislada empezaba a enlazarse con
otra. El 2 de abril de 2004 es la fecha que tengo anotada al final del cuento,
que titulé Rumor. Debo pensar que fue
a partir de ese instante cuando retomé la primera historia, Manía, aquella que había dejado
inacabada y que se iba a convertir en el tercer y último relato integrado en Bajo el arco en ruina. El tono
melancólico y poético de las dos primeras historias contrastaba, sobre todo,
con las primeras páginas de Manía,
que tenían un carácter más cercano, realista e irónico. Quise burlarme de mí
mismo e introduje algunas cosas que había escrito en mi juventud, con apenas
dieciséis o diecisiete años. Siempre consideré que eran tan malas que los posibles
lectores acabarían dándose cuenta de que esos textos no eran de la misma época.
Eran simplemente material de derribo que volvía a emplear antes de ser devorado
por las llamas. Este material formaba parte de una colección de escritos de
época estudiantil, que había titulado Pensamientos,
en honor a Pascal, y que finalmente irían a parar en su mayoría a la basura.
Seguramente, al tratar de encajar las fechas y los personajes de las tres
historias que componen Bajo el arco en
ruina fue cuando cometí varios deslices. No me percaté de ello hasta meses
más tarde de la publicación del libro en 2007, en la editorial Nuevos Autores. A finales de ese año le
pedí a la dibujante Consuelo Pastor que hiciese una ilustración para la portada
del libro, pues había quedado con mi editora de entonces, Elisabeth Bordes, en
ampliar la primera edición (muy reducida en ejemplares). Al realizar la
revisión del manuscrito de esta nueva edición fue cuando me di cuenta de los
errores cronológicos, que no había captado ni siquiera la editora. Aquella
mañana en que descubrí los defectos de la novela sufrí un disgusto casi sin
precedentes. Me consumía pensando que esos deslices permanecerían en el libro
para siempre. Por supuesto, la edición revisada de Bajo el arco en ruina, publicada finalmente en 2008, carece de esos
defectos cronológicos porque me encargué de suprimir una serie de fechas.
Ahora, pasado el tiempo, con una perspectiva más amplia del asunto,
concedo menos importancia a estas jugarretas del destino. Seguramente porque me
da todo exactamente igual. No me importan los críticos, ni los historiadores,
ni el público. Tan sólo algunos lectores. No experimento ningún placer con la
venta de mis libros. Si acaso me alegro por mi sufrido editor. No aspiro a
realizar ninguna obra de arte porque no soy artista ni aspiro a serlo. Quizá
sea un solipsista. Experimento el placer de escribir y escribo lo que me la
gana. No tengo que rendir cuentas a nadie. Y el día que llegue el final de
todo, que llegará, recordaré que Bajo el
arco en ruina es una novela que gustaba a mi madre. Y con eso sobra. Cuando
mi querida madre agonizaba en el hospital de un cáncer en el año 2008, recuerdo
que nos visitó mi tía, que venía desde Francia. El encuentro entre las dos
hermanas fue emocionante. Se abrazaron y acto seguido mi madre le preguntó: ¿A
qué te ha gustado la novela? Mi tía respondió afirmativamente. Yo no pude
aguantar más en la habitación y me salí al pasillo. Las lágrimas y el dolor me
consumían.
viernes, 28 de febrero de 2014
Heinrich Heine
La lectura
reciente de los Espíritus elementales
de Heinrich Heine en cuidada traducción de J. A. Molina para Ediciones
Irreverentes me ha traído de nuevo a la memoria la tragedia de la existencia
del gran poeta alemán. Me imagino a Heine en sus últimos años postrado en una
cama, ciego y afectado por una especie de parálisis, exiliado en París y
alejado de su patria. Ante semejante situación se remueve lo más profundo de mi
corazón mientras busco las palabras más adecuadas para mostrar mi admiración
por el poeta. Heine ha sido definido como romántico, antieclesiástico,
revolucionario e irónico en sucesivas ocasiones, pero ninguna de estas etiquetas,
ciertas a su manera tan sólo en determinadas ocasiones, sirve para mostrar lo
que el poeta verdaderamente es, algo que sólo está al alcance de unos pocos, un
espíritu libre.
En los Espíritus elementales, Heine presenta una amalgama de cuentos y
leyendas de tradición centroeuropea, especialmente germana, que conocía en
muchos casos desde su más tierna infancia gracias a la tradición oral. Heine
también se sirve en múltiples ocasiones de fuentes escritas que habían excitado
su imaginación, libros y autores que admiraba como es el caso de la gramática
alemana de Jacob Grimm, los estudios de Paracelso sobre los espíritus
elementales o los escritos de Johannes Pretorius. Heine tenía claro que todas
las historias y tradiciones que recopila en los Espíritus elementales atesoraban un gran valor histórico. No se
trataba exclusivamente de supersticiones populares tal como pretendían ciertos
sectores de la población y la cultura alemana sino el fruto de la gran
tradición germánica pagana anterior al cristianismo. Se puede pensar, por lo
tanto, que en una época de retroceso de la cultura popular, Heine trata de
colocar en el lugar histórico que se merece toda una maravillosa herencia que
estaba siendo socavada.
Contrario a cualquier tipo de
sistematización, en los Espíritus
elementales el poeta alemán recurre sin embargo a ordenar en categorías las
historias que trata de recordar y transmitir, de tal forma que se puede
observar cómo Heine inicia el libro con leyendas relacionadas con los espíritus
de la tierra (los enanos) y luego continúa con los espíritus del aire (elfos) y
los espíritus del agua (los nixos), para finalizar con una serie de tradiciones
que nos hablan del espíritu del fuego (el demonio o el Diablo). Aparecen, pues,
representados en estos cuentos los elementos principales del culto germánico, a
saber, las piedras, los árboles y los ríos. Las historias que cuenta Heine
están llenas de encanto, de belleza poética, de misterio, de bailes, de
seducción, de violencia y de muerte Algunas se repiten, se transforman, se
escriben en verso o en prosa. Son narraciones que muestran en cierta medida las
relaciones entre los humanos y los espíritus elementales. En este enjambre de
cuentos no faltan las doncellas cisne, las valquirias o las hilanderas,
personajes que presentan en la mitología germánica un cierto parentesco.
Conviene observar también que en la
narración de las historias Heine sigue un orden lógico que nos recuerda la
sabiduría tradicional antigua. Cada relato que expone el poeta viene precedido
de una idea sobre la cual gira luego la historia y, una vez terminada la
narración, Heine suele hacer una especie de valoración personal o comentario a
propósito del relato. El poeta de este modo enlaza con la prisca sapientia ya
que lo pretende en cada leyenda es argumentar, ejemplificar una idea. Se vale
de las tradiciones germánicas para mostrar acaso su visión del mundo. Por ello
cada relato se suele cerrar con un pequeño apunte del poeta, siempre rebosante
de ironía. Son, en este sentido muy frecuentes, los sarcasmos que afectan a la
actitud de la iglesia, a las mujeres o los jóvenes que erróneamente se
consideran espíritus libres. Se trata en todo caso de una sutileza que no
resulta hiriente y que provoca la sonrisa del lector.
En los Espíritus elementales asoma también con perfecta claridad una
cierta añoranza de los tiempos antiguos, primitivos, una época más ingenua en
donde los hombres estaban más cerca de los dioses y de la verdad, es decir, la
época de los orígenes, lo cual entronca con el sentimiento poético que embarga
el alma de Heine, con la visión de un mundo ancestral en contacto con la
naturaleza, un sentimiento y una visión que, más allá de cualquier
consideración religiosa, le hacen suspirar por la búsqueda de la felicidad, que
tan sólo encuentra en el mito y la poesía. No es casualidad, pues, que este
delicioso libro concluya con algunas historias alejadas de los espíritus
elementales y centradas en la figura mitológica de Barbarroja. A través del
mito de un personaje que vive en una cueva rodeado de armas, esperando el
momento de salir al exterior y actuar con sus fuerzas en busca de la
regeneración del mundo, Heine anhela la llegada de un reino de luz y alegría.
Por eso el libro se cierra con estas historias, porque provocan en el poeta
“una sagrada nostalgia y una misteriosa esperanza”. El grito aterrador
que Heine lanza en el interior de la cueva donde vaga el espíritu de Barbarroja
es una metáfora de la vida del poeta y, sin duda, es el mismo grito que debía
proferir en el final de su vida, mientras ciego e inmóvil vegetaba en una cama,
aislado en París. El corazón ardía en su pecho y las lágrimas corrían por sus
mejillas. Seguramente, en esos instantes de dulzura poética, Heine se abrazaba
al mundo.
jueves, 30 de enero de 2014
Platónica 5
A finales de la década de los
ochenta del siglo pasado, una vez finalizados mis estudios de historia antigua,
recuerdo que mi maestro –ahora ya jubilado- A. G. Blanco, me recomendó la
lectura de un ensayo que me iba a venir muy bien, según solía decir él, para la
realización de mi tesis sobre Platón. El libro en cuestión se había publicado
en el año 1981 en París y se titulaba L'invention de la mythologie. El
autor era uno de los grandes renovadores de los estudios helenos en Francia, a
saber, Marcel Detienne. La edición que cayó en ese momento en mis manos era la
traducción castellana que había preparado Ediciones Península en 1985. Como el
libro me impactó bastante, estuve indagando en la génesis de la obra y fue
entonces cuando leí un artículo esclarecedor del año 1982, escrito por el sabio
Arnaldo Momigliano sobre el libro de Detienne. En ese mismo año, también en
París, Luc Brisson había publicado un ensayo –hoy ciertamente famoso y
reputado- titulado Platon, les mots et les mythes. La publicación de
ambos libros en tan corto espacio de tiempo no era fruto de la casualidad. Al
parecer, ambos autores, Detienne y Brisson, habían trabajado conjuntamente en
un proyecto que tenía como objetivo el estudio del vocablo “mito” en Platón. La
diferencia de conclusiones había dado lugar finalmente a la publicación de dos
libros distintos. Esta diferencia, además, suponía según Momigliano una especie
de “ruptura” dentro de la “escuela” de J. P. Vernant.
Con una extraordinaria amplitud
de miras, el libro de Detienne parte de un análisis de las diversas
interpretaciones modernas de la mitología griega para luego descubrir el origen
mismo de dichas interpretaciones en las diatribas de los hombres “piadosos y
reflexivos” de la antigua Grecia, es decir, los filósofos. En el origen de esta
interpretación de la mitología, Detienne descubre el inicio de un proceso que
conduce de una sociedad fundada sobre la memoria y la tradición oral a una
sociedad fundada sobre la escritura, a una cultura del libro. El arco que traza
Detienne en su estudio va acertadamente de Jenófanes a Platón. El filósofo
ateniense representa el final del trayecto. El proyecto de Detienne incluye,
además, una historia de la palabra mythos desde finales del siglo VI a.
C hasta Platón, en cuya obra se produce la invención del vocablo mitología.
M. Detienne explica su proyecto del siguiente modo: “Es indispensable otra
historia, historia del interior, seguramente griega, así como lo es la palabra
“mito” que en la cronología precede a “mitología”, más amplia, pero no menos
insólita. Historia decididamente genealógica en que el análisis semántico sólo
es el camino más seguro para desarmar la trampa de una transparencia inmediata,
de un conocimiento intuitivo que reconcilia a unos y otros alrededor de la
evidencia de que un mito es un mito.
Ahora bien, el análisis
semántico lleva a Detienne a un terreno resbaladizo: el mito se convierte en un
género inhallable, en un “significante disponible”. El mito pierde su
entidad como relato. Detienne habla de “ilusión mítica” para explicar el
sentido en que los intérpretes modernos de la mitología hablan del mito como
algo concreto, real y evidente. Por el contrario, piensa que el mito se
disuelve en múltiples formas que van desde el refrán y el proverbio hasta la
genealogía y la epopeya. “Los refranes - afirma Detienne - forman parte de los mitos
y el legislador los convoca en Las Leyes con ocasión de diferentes
reglamentos”. El mito se diluye en la mitología, concepto más amplio
que recoge en Platón todas las múltiples voces en que se expresa la tradición.
“La mitología, habitada por el mythos - sigue Detienne -, es un
territorio abierto en donde todo lo que se dice en los diferentes registros de
la palabra se encuentra a merced de la repetición que transmuta en memorable lo
que ha seleccionado”. A través de Platón, Detienne llega a una
identificación entre mitología y tradición.
A decir verdad, las conclusiones
de M. Detienne ya están esbozadas como hipótesis en el inicio de su libro: “Una
arqueología del “mito” invitaba a concluir que la mitología existe sin ninguna
duda al menos desde que Platón la inventa a su manera; pero sin que por ello
disponga de un territorio autónomo ni designe una forma de pensamiento
universal cuya esencia pura espera a su filósofo. Otras hipótesis son las de
que el “mito” es un género inhallable, tanto en Grecia como en otros sitios;
que la ciencia de los mitos de Cassirer y de Levi-Strauss es impotente para
definir su “objeto”, y ello por buenas razones”. Detienne condena el
mito, pues, a una especie de disolución y salva una cierta idea de la mitología
siguiendo el modelo elaborado por Platón. La mitología, tal como la “inventa”
Platón, se presenta como un espacio en el cual confluyen todas las producciones
memoriales de la tradición: proverbios, teogonías, fábulas, genealogías y
arqueologías. Detienne ve con claridad la relación existente entre mitología y
“arqueología”. El discurso sobre los tiempos antiguos iniciado por los logógrafos
se le antoja fundamental para entender la mitología y la tradición: “Y en esta
actividad logográfica, entrelazando el mythos y el logos, el
escribir y el contar, es donde se muestra con mayor nitidez la naturaleza
gráfica de lo que en época de Platón se llamará “mitología”. La
actividad de los logógrafos, a mitad de camino entre la oralidad y la
escritura, representa interpretar y reescribir la tradición. Yendo más lejos
todavía, quizá el gran acierto de Detienne sea incidir en la importancia que
posee el rumor, aquello que los griegos llaman pheme, como componente
fundamental de la tradición. Pheme es el elemento que debe conceder
unidad a los ciudadanos. De ahí el papel tan importante que juega este vocablo
en las Leyes de Platón. La repetición de un rumor conduce directamente
al establecimiento de un “mito”.
Leyendo las páginas de L'invention
de la mythologie se tiene la impresión de que Marcel Detienne ha tenido en
cuenta los estudios de E. A. Havelock, particularmente su Preface to Plato, pero mientras Havelock relaciona tradición y paideia,
Detienne habla de tradición y mitología, entiende
que el concepto de tradición es más amplio que el de paideia y así lo
hace ver: “La paideía, la cultura de la educación, aquella cuya
transmisión es consciente y voluntaria, es objeto de reglamentación en la República en
tanto que indispensable para los guardianes de la ciudad. Y sus normas, sus
saberes jerarquizados, su programa estricto, se refieren a un sistema escolar
experimentado”. En cambio, la tradición es más amplia que la casa del
pedagogo y acoge numerosas voces extrañas al libro y a la escritura: “La paideía
sólo está en los libros, y la mitología no está encerrada en un Homero del que
bastaría con borrar (exaleîphein) los versos censurados. Así como el
aire en torno, lo cultural se halla por doquier: en la canción de una anciana,
en la canción infantil, en los rumores que circulan. Y si la cultura, como la
tradición, se modela transmitiéndose por el oído y por la vista, los murmullos
de un anciano tienen tanta importancia como las genealogías de un Hesíodo”. La idea de Detienne es bastante clara: ampliar el campo de la tradición y
advertir nuevos elementos en la mitología tal como son concebidos en el Timeo
y en el Critias, y sobre todo en las Leyes. No olvidemos,
por lo demás, que las Leyes, tal
como afirman los ancianos, constituyen en sí mismas una vasta mitología. Si en la República la
mitología es estudiada desde el punto de vista de la rectitud moral, en las Leyes
la cuestión apunta hacia la comunidad de pensamiento, hacia la memoria común,
hacia el saber compartido. Detienne diluye la idea de “mito” en una concepción
más vasta de tradición y mitología.
martes, 31 de diciembre de 2013
Jorge Luis Borges
El último libro
de cuentos de Borges, La memoria de
Shakespeare, se compone de cuatro relatos que ilustran de forma admirable
las principales obsesiones del maestro argentino. Publicado en 1983, tres años
antes de la muerte de Borges, el poeta parece deleitarse en sus amores más
queridos, en esa combinación de poesía y sabiduría secreta que se traduce en
dos hombres tan distinguidos y dispares como son Shakespeare y Paracelso, que a
la sazón dan nombre a dos de los cuentos. Borges siempre ha tenido en mente la
posibilidad de ser otro, siempre ha soñado con ser otro sin dejar de ser él
mismo, sin perder su identidad, su memoria. El tema del doble ha ocupado por
entero su vida, su literatura y sus sueños.
En el cuento titulado “Veinticinco de agosto, 1983” , Borges se presenta a
sí mismo inmerso en una especie de sueño en el que se ve como un anciano a
punto de morir. Borges habla con Borges en una suerte de diálogo profético en
el que el autor repasa su propia obra y los temas principales de su literatura
al tiempo que se hace eco de la imposibilidad de haber escrito un gran libro,
ese texto proyectado con el que ha soñado durante tanto tiempo. Es como si
Borges estuviese dialogando consigo mismo, señalando los límites de su
escritura, haciendo balance en el declinar de su vida. Este cuento fantástico
sobre la identidad personal da paso en la colección a un relato simbólico,
metafórico, brillante. Es una historia llena de misterio y sabiduría. Se titula,
de forma enigmática, “Tigres azules”. Un profesor, escocés para más señas, que
se ha trasladado al Punjab y enseña lógica en la universidad de Lahore, decide
instalarse en una primitiva aldea del Ganges porque ha oído hablar de la
existencia de tigres azules. El profesor sueña con esos animales desde mucho
tiempo atrás. A la hora de la verdad resulta que lo que los indios denominan
tigres azules son en realidad pequeñas piedras en forma de discos, que refulgen
en la oscuridad y que, de forma asombrosa, se multiplican. Son piedras que
engendran. El profesor ha encontrado estas maravillas en la cima que está más
allá de la aldea, un lugar sagrado para los indios. Con este acto, el profesor
ha profanado la cumbre, el mágico recinto, movido por la curiosidad, por su
afán de saber, pero a causa de ello puede sufrir el castigo de los dioses, la
locura o la ceguera. ¿Es que acaso, pues, el camino que conduce a la sabiduría
choca con la voluntad de los dioses? El
profesor de “Tigres azules” camina sin remisión hacia la locura, hacia lo
irracional. Las piedras que se multiplican acaban con la cordura, con el orden,
representan un ataque frontal a las matemáticas. Esta posibilidad de caos,
desorden y locura conturba la mente del profesor y no es de extrañar que acuda
a una mezquita para pedir ayuda y desprenderse de las piedras, de los tigres
azules. De este modo se imponen la cordura, los hábitos, el mundo.
En “La rosa de Paracelso”, el sabio renacentista pide a Dios que le envíe
un discípulo a quien transmitir sus enseñanzas, la sabiduría secreta que
atesora. Alquimista, médico y astrólogo, Paracelso exige de su discípulo una
inquebrantable fe, tal como reza la autoridad de la tradición. El sabio recibe
en su taller a un muchacho que quiere seguir el camino del maestro, está
dispuesto a todo pero a cambio desea una prueba fehaciente del poder de
Paracelso, ansía ver un prodigio, quiere que una rosa convertida en cenizas
vuelva a cobrar vida. La resurrección de la rosa se produce cuando el supuesto
discípulo abandona desengañado la casa del maestro. La falta de fe le
incapacita para captar el poder de la palabra, el misterio de la sabiduría
antigua transmitido a través de los tiempos.
Según Thomas De Quincey, tal como nos recuerda Borges, el cerebro del
hombre es un palimpsesto en el que se van solapando escrituras y recuerdos que
la memoria va exhumando progresivamente en función de determinados estímulos.
En el cuento que cierra el libro de Borges y que da título al volumen, un
especialista en Shakespeare recibe la memoria del bardo de manos de otro
consumado erudito. Se trata de una suerte de transmisión que se expande por la
conciencia y se apodera lentamente del individuo que recibe tal herencia. A
partir de ese momento, el protagonista de la historia, Hermann Soergel, entra
en las cavernas de la memoria de Shakespeare, se convierte, en cierta medida,
en heredero del poeta. Preparado para tal milagro gracias a años de
investigación y soledad, Soergel experimenta también una transformación gradual
de sus sueños. Pero la asimilación de la memoria del bardo ejerce tan gran
influencia y poder sobre la conciencia que amenaza la identidad personal del
protagonista. Hermann Soergel se sume en un estado en el que se confunden de
forma inextricable su memoria con la memoria del otro, el bardo. Llevar la vida
de otro a cuestas conduce irremediablemente, tal como nos enseñó Stevenson, al
territorio del caos, el desorden y la locura. Para evitar perder la razón,
Herman Soergel entrega finalmente la memoria de Shakespeare a otro erudito. Es
un acto que le permite volver al orden, a las trivialidades eruditas de la vida
cotidiana, al mundo de los hombres. Perseverando en la necesidad de ser él
mismo ha dejado de ser otro.
sábado, 30 de noviembre de 2013
Henry Beyle, Stendhal
En 1995 se
publica en la editorial italiana La Vita
Felice un manuscrito de Stendhal descubierto por el erudito Carlo Vivari, quien se encarga de verter el original francés a la
lengua italiana y, al mismo tiempo, pone título al texto eligiendo para ello un
verso de Miguel Ángel que cita Stendhal: Chi
mi difenderà dal tuo bel volto? (o sea, ¿Quién me defenderá de tu bello
rostro?). El manuscrito en cuestión se compone de unas pocas páginas que son el
inicio seguramente de una novela corta que Stendhal estaba proyectando y que
nunca concluyó, aunque dejó escrito un plan del desarrollo de la historia. Para
los stendhalianos (entre los que me incluyo), esa denominada minoría feliz, y
para los amantes de la literatura en general, la publicación del texto es un
acontecimiento literario de primera magnitud, una primicia, pese a que sea una
obra inconclusa. En 2007, con una amplitud de miras digna de elogio, la
editorial Pre-Textos decide publicar la obra en castellano, con una
introducción erudita del profesor y poeta González-Iglesias y un epílogo,
continuación de la historia, firmado por el también poeta Luis Antonio de
Villena. En la traducción se acuerda finalmente (de forma discutible) aceptar
el título siguiente: ¿Quién me defenderá
de tu belleza?
La nouvelle sugerida y
proyectada por Stendhal nos acerca a un tema muy querido por el autor francés:
el concepto de belleza expresado a través del amor, en este caso el
homoerotismo que exalta el aspecto espiritual de las relaciones entre los
hombres y que se remonta a la cultura griega. Efectivamente, si no se conoce la
tradición ateniense, si no se comprende el tema tal como lo planteó Platón y lo
recogió Marsilio Ficino en el Renacimiento, no se llegará a captar la esencia
de las Rimas de Miguel Ángel y, por
supuesto, el sentido de la historia que pretende contar Stendhal. De hecho, los
poemas de Miguel Ángel juegan un papel fundamental en el entramado de la
narración y en el arranque del relato. En 1832, Stendhal habita en el Palazzo
Cavalieri, el lugar en el que trescientos años antes se había producido el
primer encuentro entre Miguel Ángel y el joven Tommaso de Cavalieri. Este azar
espacial y temporal exalta la imaginación de Stendhal y sirve como punto de
partida de la historia. Con cierto tono autobiográfico, el relato se inicia con
una escena de tono casi costumbrista entre el escritor y su criada Gina,
artificio que sirve a modo de introducción y que permite enlazar con el pasado
y con las Rimas de Miguel Ángel. El
resto de la narración se resuelve con una conversación llena de inseguridades y
tanteos entre el artista y Tommaso de Cavalieri.
La visión de la belleza del joven caballero seduce completamente al
maestro, que, desde el primer momento, se siente enamorado. La belleza entra
por los ojos. Las miradas entre maestro y discípulo se cruzan, se encuentran.
Quizá Stendhal haya experimentado en esta época, ya entrando en la vejez, las
mismas sensaciones que pudo sentir Miguel Ángel en 1532. Quizá, pues, el
escritor francés se haya identificado con el genio italiano y haya querido
contar una historia de amor entre una persona que entra en la ancianidad y un
joven. Hasta dónde quería llegar Stendhal al recrear la relación entre Miguel
Ángel y Tommaso es algo que tan sólo podemos intuir, a pesar de que en el
epílogo Luis Antonio de Villena nos recuerda que el artista tuvo relaciones
corporales con otros hombres y cita a propósito la escena de palestra griega
que se sugiere en el fondo de La sagrada
familia de Miguel Ángel. Si nos ceñimos al plan proyectado por Stendhal, la
relación entre el artista y el joven Cavalieri debía ser la misma que la que se
establece entre un maestro y un discípulo, tal como en la antigüedad griega se
relacionaban los ancianos filósofos con los jóvenes ansiosos de aprender, los kaloikagathoi. No es de extrañar que
Stendhal hable de “amor platónico” (amour platonique) y “furor intelectual”
(fureur intellectuelle), las dos piedras angulares sobre las que gira la
relación entre los amantes. Miguel Ángel vive encerrado en sí mismo, como un
eremita, obsesionado con su trabajo, con la belleza y con el cuerpo humano, y
la figura de Tommaso de Cavalieri se presenta de repente como la viva imagen de
todos sus anhelos artísticos.
En el plan que cierra el texto,
Stendhal nos dice que toda la obra de Miguel Ángel “nos habla de la castidad
del alma”. Quizá en estas palabras se pueda encontrar la clave de la
historia de esta nouvelle inacabada.
Nunca lo sabremos.
martes, 29 de octubre de 2013
Platónica 4
Los estudios sobre la naturaleza
oral de la cultura griega se han multiplicado a partir de la segunda mitad del
siglo XX. Ha sido un lugar común en la investigación la tendencia a identificar
la tradición con la experiencia poética y con lo que algunos denominan como
“mentalidad homérica”. La palabra mentalidad en concreto es fundamental
para entender todo el proceso. La tradición, viva expresión de la oralidad, se
convierte a la luz de algunos autores en una cuestión de mentalidad que se
expresa mediante el lenguaje. Al mismo tiempo, curiosamente, en esta época se
produce también un importante punto de inflexión en la interpretación
platónica. Dos temas se desarrollan con gran intensidad: la relación de Platón
con el carácter oral de la cultura griega, y la enseñanza platónica en el marco
de la Academia ,
al margen de la doctrina escrita en los diálogos.
La obra pionera en muchos
sentidos es Preface to Plato,
de E. A. Havelock (publicada en 1963 y felizmente traducida al
castellano con el título de Prefacio a
Platón, Visor, Madrid, 1994). El análisis de Havelock tiene como objetivo
demostrar que los resultados de la alfabetización en Grecia a partir del siglo
VIII a. C. son tan sólo parciales, y que la cultura griega sigue siendo
esencialmente de naturaleza oral hasta prácticamente la época de Platón. En
términos estrictos, trata de examinar el paso de una mentalidad primitiva (que
él denomina homérica) a la que él identifica como platónica. Havelock parte de
la idea siguiente: la mentalidad (a saber, los procesos mentales) se puede
analizar en el vocabulario, en la terminología. Hay que estudiar por tanto los
mecanismos del lenguaje. En este sentido, Havelock expresa un a priori bastante
significativo en el prólogo de su obra: “Cabe suponer que la idea no se posee
mientras no aparece la palabra a ella ajustada; y la palabra, para ajustarse,
ha de emplearse en un contexto adecuado”. A este tipo de planteamiento
lo denomina genético-histórico.
Ahora bien, ¿cómo explicar el
cambio de mentalidad, el paso de lo oral a lo escrito, de lo concreto a lo
abstracto que se produce en Grecia entre el último cuarto del siglo V y la
mitad del siglo IV a. C.? El punto de partida de la obra de Havelock es que la
revolución literaria, ya que así la denomina, tiene su “heraldo y profeta”, Platón, y que, siguiendo el testimonio de los oradores, se podría
demostrar que los griegos cultivados a mediados del siglo IV habían pasado a
formar una comunidad de lectores. En este sentido, la principal prueba que
Havelock encuentra de la importancia de la mentalidad homérica y de la
tradición oral todavía en época de Platón es precisamente el ataque que realiza
el filósofo griego contra la poesía en la República , ataque que, según Havelock, hay
que entender en su justa medida: la crítica de Platón contra la poesía parece
centrarse en aquello que la experiencia poética representa, es decir, una
cultura basada todavía en la memoria y en la preservación de la palabra de
forma oral. En palabras de Havelock, “lo que se está juzgando es la tradición
griega y su sistema educativo”.
El investigador británico se plantea la cuestión
en los siguientes términos: la episteme platónica se dispone a sustituir
a la doxa y a la mímesis. Estas dos palabras, doxa y mímesis,
son aquéllas que Platón ha encontrado en la tradición para definir la poesía y
la mentalidad primitiva griega. Precisamente esta mentalidad “homérica” o
“poética”, o “condición oral” de la mente, es la verdadera enemiga de Platón y
constituye el principal obstáculo al racionalismo científico. En esta
formidable lucha que el filósofo griego inicia contra los poetas, Havelock
observa, en definitiva, la emergencia y configuración de un nuevo tipo de
mentalidad, que identifica claramente con la revolución literaria y alfabética
que se estaba produciendo en Grecia. “Lo que nos interesa”, advierte Havelock,
“es la búsqueda platónica de una mentalidad y de un lenguaje no homéricos”. Desde este punto de vista el autor encuentra que hacia el último cuarto
del siglo V a. C se está produciendo un cambio en el sentido de las palabras,
que cataloga como un auténtico descubrimiento. Se trata de la actividad
del pensamiento puro, que da paso a un nuevo tipo de mentalidad. La República de
Platón se convierte de este modo, según Havelock, en el exponente claro del
choque entre una nueva mentalidad emergente y una mentalidad primitiva basada
en la tradición oral.
La importancia del libro de
Havelock radica en el hecho de que nos ayuda a comprender que la cultura griega
sigue siendo esencialmente oral todavía en época de Platón, o que, al menos, en
esos momentos se estaba planteando en el seno de la sociedad ateniense un
importante debate entre cultura escrita y cultura oral, del cual se hace eco la
obra platónica. Havelock nos presenta la tradición como un conjunto de normas y
costumbres, nomoi y ethe,
que se conservan gracias a la memoria viva. La tradición, la palabra preservada
de forma oral, se transmite gracias a un lenguaje poético, rítmico, que
conforma un “discurso” de sucesos plurales y visibles. También acierta Havelock
al señalar que en la mente de Platón la situación sintáctica siempre tiene
prioridad sobre la metafísica. Este planteamiento permite situar los conceptos
y las ideas en el plano lingüístico antes que en el metafísico.
No obstante, la obra pionera de
Havelock plantea dudas. El propio autor, con el paso del tiempo, en posteriores
trabajos ha matizado algunas cuestiones. El investigador británico, por
ejemplo, tiende a identificar poesía y tradición, quedando de este modo
reducida la tradición a Homero y los poetas, a una serie de normas y costumbres
que se conservan a través de la poesía. Havelock, pues, descubre el tema, pero
lo acota y lo encierra. Del mismo modo, la utilización del concepto enciclopedia
refiriéndose a la función didáctica de la poesía, y más concretamente a Homero
(“enciclopedia homérica” o “enciclopedia tribal”) resulta más bien
contradictorio pues es un término que hace referencia a una cultura escrita,
cuando Homero y los poetas son para Havelock la expresión de una cultura oral.
Es frecuente, por lo demás, que
Havelock hable en términos de revolución alfabética en época de Platón.
Quizá de forma no muy adecuada tiende a identificar la revolución conceptual
que representa la obra platónica con la revolución alfabética que tiene lugar
en Grecia. Havelock piensa que el lenguaje platónico es una muestra clara de la
revolución cultural griega que, rápidamente, identifica con la que él considera
“revolución literaria”. Tengo mis dudas sobre el hecho de que se pueda hablar
de una auténtica revolución. Más bien veo el proceso como un cambio
gradual de la cultura griega, un cambio tan sutil, que resulta casi
imperceptible. Es precisamente este hecho el que causa grandes problemas a los
investigadores al tratar el problema del carácter oral o escrito de la cultura
griega.
En su afán por relacionar la
revolución cultural y literaria griega con la obra platónica, E. Havelock llega
incluso a considerar que la denominada teoría de la Formas es una expresión
clara del carácter revolucionario platónico. Sus palabras no dejan lugar a
dudas: “Dentro de la historia del pensamiento griego, la nueva doctrina apuesta
por la interrupción de la continuidad: el suyo es un comportamiento
típicamente revolucionario. Quienes llevan a cabo las revoluciones son, en
su tiempo y para sus contemporáneos, profetas de lo nuevo, nunca reformadores
de lo antiguo”. He situado en cursiva precisamente los dos aspectos
fundamentales sobre los que incide el texto: la interrupción de la continuidad
y el comportamiento revolucionario. Havelock presenta a Platón como un profeta,
no como un reformador, pues la revolución conceptual que representa su obra
significa una ruptura de la tradición.
En
términos generales, Havelock habla de una oposición sistemática entre
mentalidad homérica y mentalidad platónica, entre poesía y filosofía, lo que
convierte a la poesía en la verdadera enemiga de Platón. Este enfoque presenta una
contradicción de fondo bastante clara: si la crítica de Platón contra la poesía
(crítica que bajo mi punto de vista no es tal como la presenta Havelock) es un
ataque a la mentalidad homérica, a una cultura basada en la memoria y en la
tradición oral, ¿qué sentido tiene la defensa de la memoria y de los
métodos orales que hace Platón en el Fedro y en otros pasajes de su
obra? La pregunta que uno se puede plantear, entonces, es cómo Platón puede
estar defendiendo la importancia de la memoria dentro de la cultura griega, y
al mismo tiempo realizar un ataque tan radical a la poesía, que representa la
cultura oral. La cuestión, como se advierte, no es tan clara como la presenta
Havelock, para quien “Platón parece apuntar a la destrucción de la poesía como
tal, excluyéndola en cuanto vehículo de comunicación”. Y es que el
autor británico tiende a situar a Platón, erróneamente, frente a la tradición,
y nos presenta la supuesta revolución general de la cultura griega como un
hecho “que hizo inevitable el platonismo”. Y añade: “Mantengamos, pues, la
vista fija en los 'filósofos' y en la 'filosofía' como bandera de la revolución
-aunque apresurándonos a traducirla por 'intelectualismo'-”. Si nos
fijamos con atención, Havelock habla del platonismo (me refiero aquí a Platón,
no al platonismo posterior) como una necesidad histórica inevitable, que
casi debe más a las circunstancias sociales o históricas, que a las propias
personales del autor. El investigador británico da la impresión de situar sus
propias concepciones sociológicas por encima de las del autor.
A
todo esto, esa consideración “intelectualista” del platonismo que nos ofrece
Havelock no es más que un a priori modernista. “Intelectualismo” es una
palabra que define inadecuadamente el platonismo. Del mismo modo se podría
hablar de tradicionalismo para definir la obra platónica. Ahora bien, la
forma en que intelectualismo y tradicionalismo se mezclan en los escritos
platónicos se le escapa a Havelock o, al menos, permanece fuera de sus intereses.
Además, las pruebas de dicho intelectualismo del que nos habla el autor
británico se remiten casi exclusivamente a ejemplos tomados de la República , como
si en dicha obra Platón nos diese una versión definitiva de sí mismo. Por otra
parte, Havelock es consciente en todo caso de que el cambio dentro de la
cultura griega, la sustitución de la memorización por el intelecto tiene lugar
“dentro de una minoría cultivada”. La pregunta, pues, que se impone
como consideración preliminar es hasta qué punto es lícito pensar que se
produce un cambio de mentalidad dentro del mundo griego si la cultura
escrita y la lectura se imponen tan sólo “dentro de una minoría”. ¿No se podría
decir siguiendo otro enfoque que en el siglo V y IV a. C se están agrandando
las distancias, al menos en la sociedad ateniense, entre cultura ilustrada y
cultura popular? Yendo más lejos, al hilo de estas consideraciones que suscita
el trabajo de Havelock, frente a aquellos autores que suelen oponer la
filosofía platónica a la poesía homérica y griega en general, la episteme
a la mímesis y la doxa, frente a aquellos autores que oponen la
mentalidad platónica a la mentalidad homérica imperante en Grecia, ¿no se
podría pensar que la supuesta mentalidad platónica es una continuación de la
mentalidad homérica, que no existe ruptura, que más bien existe continuidad?
¿Acaso la obra platónica no manifiesta claramente una preferencia del filósofo
por la palabra hablada y una importancia
de la memoria oral puesta a partir de ahora al servicio de la filosofía?
domingo, 29 de septiembre de 2013
Extraña noche en Linares
La idea de que
sólo por el arte merece la pena vivir, evocada por uno de los personajes de Extraña noche en Linares, se encuentra
en el centro de toda la obra y el pensamiento del escritor –y editor- madrileño
Miguel Ángel de Rus. La belleza eterna, de difícil acceso a veces, se encuentra
escondida en los libros, en el cine, en la música, en las artes en general. En
un entorno sacudido por la vulgaridad cotidiana, los personajes creados por De
Rus se refugian en la cultura, se aíslan alejándose de la tormenta de la vida y
de la zafiedad del mundo. No quieren saber nada de los seres humanos, viven rodeados
de cosas viejas, sosteniendo entre sus manos acaso un libro de Proust o de
Valle Inclán, y seguramente una copa de armagnac, mientras luchan con determinación
por vivir entre los sueños. Ahora bien, en Extraña
noche en Linares (M.A.R. Editor, 2013), una colección de cuentos que
compendia de forma ejemplar los principales temas y obsesiones del escritor
madrileño, la gran paradoja radica en que, mientras los personajes huyen de una
realidad enfermiza que les agobia, el autor no puede evitar inmiscuirse en los
problemas de nuestro tiempo mostrando de forma acerada las miserias de la
sociedad, desde la globalización y el paro hasta las lacras de la iglesia y la
política en general.
El carácter irreverente del autor, que ha marcado toda su trayectoria
literaria, se pone en evidencia en Extraña
noche en Linares a través de digresiones que se intercalan en los cuentos a
modo de cuña, aunque a veces el argumento principal y el desarrollo de algunas historias
constituye en sí mismo un ataque frontal a determinadas instituciones o
situaciones del mundo actual, como
ocurre en “Los dados”, que se asemeja a un alegato contra la brutalidad de la religión
a lo largo de la historia, o en “Gente importante”, donde se vincula las
grandes fortunas con la alta política y la actividad criminal, o en “SW”, que
hace hincapié en el espectáculo de la violencia cotidiana en las televisiones, o
en “Mennini, últimas consideraciones”, donde se describe la hipocresía, los
engaños y los negocios de la
Iglesia católica y el Banco Vaticano, o en “No debisteis
poner vuestras sucias manos sobre los libros” que refleja claramente las mentiras
de la televisión, o, finalmente, en “Yo fui quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit ,
donde el autor aprovecha para lanzar andanadas contra el funcionamiento del
sistema y el falseamiento de la democracia.
Esta faceta iconoclasta, heterodoxa de Miguel Ángel de Rus, enfatizada en
ciertos pasajes con verdaderos arrebatos de furia, no debe despistarnos a la
hora de valorar su trabajo. Siendo considerado el abanderado de una generación
irreverente –que seguramente lo es-, y quizá a pesar de ello, el aspecto que
verdaderamente seduce del escritor madrileño es su capacidad para crear una
narrativa de altos vuelos que, sometiéndose a una gran tradición castellana,
apela a un juego entre realidad y ficción, que se convierte en el soporte
literario del discurso. No experimentamos, por lo demás, ninguna sorpresa al
comprobar que los personajes de De Rus prefieren corretear por la ficción, atrapados
entre los sueños, como ocurre en “Me está esperando la eternidad”, donde una
actriz venida a menos está obsesionada por mantener su estrella rutilante tal
como ha sido moldeada por el cine, o en “Setenta y dos esposas”, que muestra a
un musulmán al borde de la muerte mientras sueña con un paraíso del que no
desea volver a la chata realidad, aun a costa de estar muerto, o en “El café ya
estaba frío”, en donde una pareja de amantes decide refugiarse en el amor
olvidando que a su alrededor se está produciendo el atroz desenlace de las
Torres Gemelas de Nueva York, o en “El corazón delator, en directo” y “Extraña
noche en Linares”, que describe a personajes refugiados en los sueños que
provocan las drogas, o en “Irma, calle Casanova”, que presenta a un individuo
que sólo es feliz cuando se adentra en la película Irma la dulce y en el París imaginado en la pantalla de cine.
Se advierte además en Extraña noche
en Linares, como no podía ser de
otro modo, que el mejor soporte para los personajes en sus anodinas vidas -su
último refugio- se encuentra en los libros. En los cuentos de De Rus aletea una
suerte de apología de los libros, a veces comprados en viejas tiendas, siempre
elegidos con cuidado, con amor, y que conforman, como se cuenta en “Yo fui
quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit ”, bibliotecas llenas de vida, de
mundos posibles. Conviene insistir en este valor purificador de la cultura porque
es uno de los aspectos más relevantes de la poética de De Rus. Por eso se
ensaña tanto con la quema de libros a lo largo de la historia, porque observa
en este hecho el gesto aniquilador de la civilización. Los personajes de Extraña noche en Linares, en definitiva,
sueñan a través de los libros otros mundos. El problema principal es que, pese
a este aislamiento, la vulgaridad de la realidad termina envolviendo a los
personajes, de una forma u otra, casi sin querer. Y lo que es peor, esa maldita
realidad acaba imponiéndose a los sueños, fulminando los recuerdos, el pasado y
la esencia de la vida misma. Es como si no hubiese escapatoria posible. Es como
si el mundo caminase en una dirección equivocada y los únicos capacitados para
resolver este proceso galopante de deshumanización, los hombres cultos -la
auténtica élite de la sociedad-, quedasen marginados, arrinconados, reducidos
en muchos casos al ámbito de la locura.
En semejantes circunstancias es fácil comprender la sensación de
impotencia que puede sentir cualquier intelectual independiente, que no comulga
con ninguna facción política. “Toda persona que tenga conceptos éticos o
estéticos no puede vivir en esta época”, escribe De Rus.” Y quizá en ninguna”.
Cansado de tanta vulgaridad, el escritor madrileño ha optado por refugiarse en
la soledad y los sueños, como sus personajes, en una perfecta conexión entre
literatura y vida. Afectado en ocasiones por la nostalgia, observa
desilusionado el paso del tiempo: “Paseo por las calles de mi infancia y todo
es desolación”. Esta visión del mundo, expresada con tan hermosas palabras,
conduce directamente a la decepción de la vida. Por eso emociona tanto
comprobar en Extraña noche en Linares la
lucha incesante e infatigable del autor por hacer irreductibles los frutos de
la imaginación, por mantener su fidelidad a un ideal en el que radica la
nobleza de su existencia como escritor.
jueves, 29 de agosto de 2013
Julián Ayesta
Helena o el amor del verano, un opúsculo
de Julián Ayesta, publicado por primera vez en 1952 y reeditado varias veces,
sorprende al lector que se adentra en sus páginas (apenas ochenta en la edición
que ha preparado ahora Acantilado) por su fascinante aliento poético. Ayesta
consigue con Helena o el mar del verano crear
una obra modélica, referencial, uno de los libros más importantes y más
apasionantes de la narrativa española del siglo XX. Escritor de un solo libro,
como aquel que dice, póstumamente la editorial Pre-Textos ha tenido la feliz
idea de publicar un volumen de Cuentos
de Ayesta (Valencia, 2001), labor que ha continuado acertadamente Trotta al
editar los Dibujos y poemas (Madrid,
2003) del escritor gijonés.
Escrita, sin duda alguna, en estado
de gracia, la novela es una evocación de la felicidad que acompaña a la
infancia y al surgimiento de un amor tierno, puro y virginal. Estructurada en
tres partes (verano-invierno-verano), se compone de una serie de escenas o
cuadros, a veces costumbristas, en ocasiones bucólicos, siempre nostálgicos y
melancólicos, a través de los que se sugiere un mundo acaso vivido, acaso
soñado por el autor, en el que se describe la infancia de un niño en Gijón.
Aferrado a los recuerdos de su familia y al amor que evoca un nombre –Helena-,
el joven protagonista de la historia contempla la existencia en aquellos
lejanos años como si se tratase de alguien que abre los ojos al mundo. Atrapado
en la espiral poética que ha construido Ayesta, el lector asiste conmovido a la
narración, que fluye cadenciosamente desde el retrato coral de una familia
hasta la experiencia individual sublimada por el amor y la visión de la
naturaleza. Ayesta combina en este sentido las escenas íntimas, que retratan la
alegría familiar, con los cuadros costumbristas en la playa y en el campo, pero
siempre teniendo como horizonte final la sensación de plenitud que produce el
descubrimiento del amor.
Toda la novela está plagada de
detalles, de escenas que tratan de transmitir la felicidad en la infancia: una
comida en el campo, unos juegos inocentes en la playa, una batalla de almohadas
entre niños en una habitación, una canción cantada al unísono por todos los
miembros de la familia, unas sidras tomadas al pie del camino, unas nubes en el
cielo que semejan países o continentes. El relato tiene una suerte de
intermedio invernal, un capítulo central en la novela que Ayesta titula con
cierta ambigüedad, “la alegría de Dios”. El joven protagonista, formado en una
escuela de jesuitas, cuenta sus experiencias religiosas, ligadas a las ideas de
culpa, dolor y remordimiento, expresadas en un sometimiento a la autoridad de
la iglesia. Es como si Ayesta pretendiese crear un contraste de sentimientos y
sensaciones entre el verano y el invierno. Sin embargo, poco más adelante
leemos, en el mismo capítulo invernal, que el muchacho se deja arrebatar por el
fervor religioso, por el amor a la Virgen, tan buena, tan suave, tan hermosa.
Tocado por Dios el muchacho rebosa nuevamente felicidad, hasta el punto de
sentir “el cuerpo y el alma hinchados de alegría y de un gran sosiego y de un
gran amor a todas las cosas”.
Da la impresión de que Ayesta ha
moldeado la novela mediante una serie de ritos o celebraciones que confluyen en
una fábula mitológica que da paso a la apoteosis final en que se celebra el
amor. Tras el paréntesis invernal y la llegada nuevamente de la estación
veraniega, el relato parece derivar hacia un mayor intimismo, como si a partir
de un momento determinado sólo existiesen en el mundo Helena y el protagonista.
La escena bucólica de ecos virgilianos, que se desarrolla en un bosque y que
precede al capítulo final, sitúa la novela en un terreno de ficción sin
límites, donde el anclaje en la realidad se vuelve de tanto en tanto más liviano.
El juego amoroso entre la naturaleza radiante inunda el relato. En el
crepúsculo del atardecer que cierra esta maravillosa novela, Ayesta presenta a
sus protagonistas llenos de amor, llenos de vida, adentrándose en una cueva
cercana a la playa donde les esperan unas ruinas romanas, los misterios de la Edad
antigua y un mundo lleno de belleza sin igual. Una fábula griega certifica el
amor entre los protagonistas en el terreno donde anidan los sueños. En la
playa, “todo era como un gran arco” dispuesto a ser atravesado por los
dos muchachos que, muertos de gozo, caminan hacia más allá, no sé sabe dónde,
hacia un lugar sólo imaginado por los poetas.
Concebido seguramente como un ejercicio
de estilo, Helena o el mar del verano es
un libro feliz que transmite un arrebatado amor a las personas, a los animales,
a todas las cosas que existen en este mundo. La lectura de las páginas de esta
novela provoca tanta afinidad con el protagonista que uno desearía llorar
eternamente ante la visión del amor, ante la sensación de belleza, y desearía,
también, correr con los ojos cuajados de lágrimas más allá del viento, más allá
del arco de colores, más allá.
jueves, 25 de julio de 2013
Arthur Schopenhauer
La publicación
de El arte de sobrevivir (Herder,
2013), con edición e introducción de Ernst Ziegler y cuidada traducción de J.
A. Molina, nos permite revisitar algunas de las constantes y obsesiones de
Schopenhauer a través de una selección de textos dispersos en las distintas
obras del pensador alemán. La edición que ha preparado Ziegler forja la imagen
de un Schopenhauer anciano, al final del camino, un hombre lleno de
experiencias y sabiduría que parece renegar de la vida, que reflexiona con
profundidad acerca de la muerte y que observa el mundo desde arriba, como un
espectador privilegiado situado más allá de las miserias humanas. Es, como si
dijéramos, un Schopenhauer alejado del tumulto de la vida, aislado, escéptico,
radical.
Los textos que se presentan en El arte de sobrevivir no conceden
respiro al lector. No hay ninguna concesión a la galería. El anciano
Schopenhauer contempla la vida en toda su extensión realzando el tiempo de la
vejez porque aporta en términos generales una calma espiritual que constituye
la esencia de lo mejor de la existencia humana. La melancolía y la tristeza de
la juventud ceden su lugar a una cierta jovialidad de la vejez que supone
liberarse de los placeres, las quimeras, las ilusiones y los prejuicios. Y si
bien es cierto que en la juventud pasa el tiempo de forma más sosegada y lenta,
generando por tanto más recuerdos y ofreciendo la sensación de una mayor
felicidad, en la vejez se adquiere una cualidad admirable, el “no sorprenderse
de nada”, que decía Horacio, lo que concede a la ancianidad una paz
especial. Al llegar, pues, a la madurez el hombre sufre un desengaño brutal,
“la convicción inmediata, sincera y sólida sobre la vanidad de la totalidad de
las cosas y la inconsistencia de las
maravillas del mundo”. Esto nos lleva directamente al tema central del
que parten todas las reflexiones de Schopenhauer, la consideración de que la
vida es un engaño, un fraude, y que todos los esfuerzos que realizamos para
cumplir grandes proyectos son vanos e inútiles. La vida, es, pues, en la visión
del filósofo algo monótono, insípido, acompañado normalmente “de una serie de
pensamientos triviales”, que sólo adquiere ciertos aires de novedad
por el progreso del conocimiento. Es bien conocida, en este sentido, la imagen
que ofrece Schopenhauer de la vida como una mezcla de tragedia y comedia,
tragedia si se considera de forma global la existencia, y comedia si se
analizan los pequeños detalles y afanes diarios. La conclusión del filósofo
alemán es que la vida de millones de personas es una especie de “sueño confuso
y agitado”, carente por completo de reflexión y lleno de supersticiones
infundadas por la Iglesia.
Concebida así la vida, la felicidad
se presenta como una quimera, un deseo inalcanzable. La decepción que sufre el
hombre ante esta realidad inapelable puede ser solapada aceptando ese punto de
partida y rebajando las expectativas, tratando de vivir de forma soportable,
evitando en la medida de lo posible los dolores y sufrimientos que forman parte
de la íntima esencia del ser humano. El mundo se convierte así en un lugar de
expiación y la muerte queda como el objetivo moral primordial de la vida.
Conviene insistir en este punto que numerosos fragmentos de El arte de sobrevivir están relacionados
con el tema de la muerte. El curso de la vida tiene en este sentido una
dirección moral y esto se advierte en los últimos pensamientos de cada hombre.
¿No se puede pensar, entonces, que esta selección de textos que atiende al
título de El arte de sobrevivir no
trata –disimuladamente- de reflejar los últimos pensamientos del propio editor,
Ernst Ziegler, a través de la voz de Schopenhauer? Todos los indicios apuntan a
que El arte de sobrevivir es un libro
de preparación para el viaje al más allá. Impulsado por la voluntad de vivir,
pero burlado por la esperanza, el hombre, irremediablemente, “baila hacia los
brazos de la muerte”, y, como un barco a la deriva,
“llega al puerto haciendo agua y desarbolado”. ¿Acaso estos
pensamientos no están estrechamente ligados a la visión del anciano profesor
Ziegler? Tentados estamos de pensar en el valor purificador que ha podido tener
la lectura de Schopenhauer. Y es que el filósofo alemán ofrece una visión del
mundo que nos conmueve y nos remueve la conciencia. Schopenhauer, para bien o
para mal, escamotea la esperanza al ser humano, aleja la utopía y quiebra
nuestra fe inquebrantable en la ilusión. Y lo que es peor, escribe y piensa tan
bien que en lo más íntimo de nuestro ser estamos barruntando que seguramente
tiene razón.
¿Y qué nos queda en medio de tanta
desolación existencial? El conocimiento, la belleza y el arte, las alegrías más
puras de la vida. La paradoja radica en que siendo estas alegrías patrimonio de
unos pocos, aquellos que tienen una disposición singular y una sensibilidad acorde
a las circunstancias, se da el caso de que esta minoría es la que más sufre, lo
que me recuerda la lección de mis maestros, la advertencia tan antigua de que
el conocimiento engendra dolor.
jueves, 27 de junio de 2013
Gustavo Adolfo Bécquer
En homenaje al poeta Luis García Arés
Cuando era
pequeño imaginaba el mundo lleno de bondades. En las frías tardes invernales de
antaño solía mirar hipnotizado a mi madre, sentada en el sillón, mientras leía
con amor a Bécquer. Se notaba en su gesto que disfrutaba con la lectura, pero
lo que más me sorprendía es que generalmente siempre tenía el mismo libro entre
las manos: Las leyendas. La sensación
en aquella sala de estar donde mi madre reposaba leyendo era de calma total.
Pasó el tiempo y cuando fui joven hice míos aquellos versos del poeta en los
que decía: “En donde esté una piedra solitaria / sin inscripción alguna, /
donde habite el olvido, / allí estará mi tumba” (LXVI). Estos versos me han
acompañado en el trayecto de la existencia, como si la suerte del poeta fuese
la mía. La bella edición conmemorativa de las Rimas de Bécquer que ahora presenta la editorial Cuadernos del Laberinto ha hecho revivir en mi memoria viejos sueños infantiles. Con cuidado esmero y enorme delicadeza, porque la ocasión bien lo merecía, la editora Alicia Arés se ha basado en el manuscrito de El libro de los gorriones que se conserva en
La “introducción sinfónica” que escribe Bécquer a sus Rimas confirma esta visión de García
Arés, pues el poeta sevillano habla del insomnio y la fantasía como fuentes de
creación, y de la confusión entre lo vivido y lo soñado como catalizadores de
la poesía. Fechada en junio de 1868, dos años antes de la muerte del poeta, la
introducción becqueriana también alerta sobre la proximidad del “gran viaje”,
justificando así la necesidad que experimenta de dar a la luz sus creaciones
poéticas. Da la impresión en este sentido de que el conjunto de las Rimas de Bécquer apuntan en una
dirección muy clara, cada vez más nostálgica y triste, que se acentúa con el
avance del poemario. Es como si la muerte aletease desde el inicio de los
poemas pero sólo se manifestase de forma evidente al final. Si tenemos en
cuenta que Bécquer se centra en el tema amoroso en gran parte de las Rimas, el resultado global es una
combinación de amor y muerte en la poesía becqueriana como pocas veces se ha
alcanzado en la literatura.
En las Rimas se advierte también una clara voluntad de definir el
territorio del poeta. La naturaleza, el amor y el misterio se manifiestan como
los grandes temas de la poesía de Bécquer. Capaz de elevarse hacia el azul del
cielo, de fundirse con las estrellas. Así se muestra el carácter divino del
bardo, hasta el punto de estallar con el verso: “y mi pupila abarca la Creación entera” (V). A
la búsqueda de un sueño y un imposible, las rimas becquerianas desembocan en el
amor, seguramente, tal como señala Luis García Arés en el prólogo, fruto de la
pasión del poeta por Julia Espín. En ocasiones, el amor se presenta como una
visión que se desvanece. Y es que en la poética becqueriana juega un papel
fundamental la mirada, el fulgor poético que procede de la mirada de la amada y
que se recibe con entusiasmo divino en los maravillosos versos de la rima XVII:
“hoy la he visto… la he visto y me ha mirado…/ ¡Hoy creo en Dios”. En los casos
de mayor éxtasis, el amor provoca una unión mística, la fusión de dos almas. En
los momentos de mayor ternura, el poeta desea ver cómo la amada reclina la cabeza
sobre su pecho, ansía leer su pensamiento y ver brillar los deseos. La locura
amorosa alcanza el punto en que el poeta siente y ve a la amada en todas
partes. Es curioso observar cómo el esplendor de la pasión amorosa se traduce
en un poema que menciona la Commedia de Dante. Los amantes guardan un
silencio ritual mientras sus mejillas se rozan. Sobre el regazo, la muchacha
sostiene el divino libro del poeta italiano. Entonces, “sólo sé que nos
volvimos / los dos a un tiempo / y nuestros ojos se hallaron, / y sonó un beso”
(XXIX).

Después de este momento de máxima tensión erótica, las Rimas se vuelven progresivamente más tristes y melancólicas haciéndose eco del estado anímico del poeta. La ruptura amorosa provoca la desazón del bardo. Precisamente algunos poemas describen cómo la culpa acaba con la relación entre los amantes, cómo los males del orgullo mal entendido perturban la pasión. ¿Es, por lo tanto, el amor una absurda fábula, tal como deja entrever el poeta? En rimas llenas de dolor, no exentas de cierto resentimiento (“Cayó sobre mi espíritu la noche; / en ira y en piedad se anegó el alma…”, XLII), Bécquer plantea el tema de la pérdida y el olvido del amor. Sentado en la cama, con la mirada fija en pared, el tiempo pasa. Sin amor el poeta envejece mil años. Los sueños se mezclan con la realidad. La presencia de la muerte se empieza a palpar en los versos. La sonrisa, en palabras de Bécquer, se convierte en una máscara del sufrimiento. Y la vida se vuelve monótona. Y se pierde la capacidad de sentir. Y llegados a este punto uno tiene la sensación de identificarse con el poeta cuando afirma “Este armazón de huesos y pellejo, /…/ cansado se halla al fin…” (LVII). La vida así concebida es un erial, tal como recuerda Bécquer. Más aún, es un sueño corto en el que perseguimos, de forma ingenua, la gloria y el amor. Compungido de dolor, el poeta solloza pensando en la soledad de los muertos: “…pero hay algo / que explicar no puedo, / que al par nos infunde / repugnancia y duelo, / a dejar tan tristes, / tan solos los muertos” (LXXIII). La soledad y la muerte acechan irremediablemente. Y Bécquer lo sabe. Cansado de la vida, el poeta cuenta en un poema cómo se refugia en un templo y desde un rincón oscuro contempla el rostro blanquecino y pálido de una hermosa mujer, reposando muerta sobre una tumba. Acaso piense entonces en los versos que escribió a su amada: “te quiero tanto aún; dejó en mi pecho / tu amor huellas tan hondas” (XXXVI). En ese momento de gloria eterna, en la imponente nave de la iglesia, Bécquer siente que en su alma se aviva “la sed de lo infinito” (LXVI).
En una de las rimas que auguran el
triste final, Bécquer escribe: “de qué pasé por el mundo, / quién se acordará?”
(LXI). Numerosas generaciones de lectores confirman que el recuerdo del poeta
sigue vivo. Allí donde la mirada se eleva al cielo, donde se ensancha el
espíritu, donde se abren los horizontes, donde se vislumbra el misterio, donde
un amante mira con ternura a su amada, allí se halla el espíritu de la poesía
de Bécquer.
Y ahora, en el invierno de mi existencia, las Rimas del poeta vuelven a caer en mis manos y, al recordar pasajes
de mi infancia, me hacen pensar que existe una comunión espiritual que invoca
la poesía. Y recuerdo a mi madre sentada en el sillón, leyendo a Bécquer. Y
pienso en el poeta Luis García Arés escribiendo sus últimas líneas en honor de
su adorado Bécquer. Dios los guarde en su gloria. A todos.
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