lunes, 30 de noviembre de 2020

Mahoma y Carlomagno

 

Mahoma y Carlomagno es la última obra de Henry Pirenne, publicada tras su muerte, en 1937, después de la revisión formal que realiza su hijo Jacques Pirenne y con las anotaciones de F. Vercauteren, discípulo del maestro. Tal como señala su hijo en el prefacio, la idea central que aletea en el texto había traído azacaneado arriba y abajo al maestro en sus últimos veinte años. Pirenne, obsesionado con la transición de la antigüedad a la Edad Media, estaba convencido del carácter mediterráneo del mundo romano y, más aún, consideraba que las invasiones germánicas del siglo V no habían supuesto grandes cambios en las antiguas estructuras que había instalado el imperio romano. Por eso, desde las primeras líneas del libro, insiste en que la civilización romana fluye junto al mar y se diluye hacia el interior, en donde no hay grandes ciudades excepto Lyon y Tréveris. La penetración de los germanos en las fronteras del imperio no implica grandes cambios porque se adaptan a las costumbres y a las estructuras del mundo romano, a la Romania. No hay ningún intento de sustituir el imperio romano por un imperio germánico. La lengua germánica sólo se impone en las zonas más retiradas del imperio. El derecho, la religión y las costumbres germánicas son socavados por una profunda romanización, que sólo cede en la parte norte del imperio. Todas las anotaciones, pues, que ofrece Pirenne sobre los Estados germánicos en Occidente tratan de mostrar cómo se perpetúa la tradición antigua.

En este cuadro de continuidad de la civilización antigua se puede considerar también la idea de imperio, que tampoco desaparece después de la fragmentación de las provincias occidentales. Con Justiniano, además, como se sabe, el Mediterráneo vuelve a convertirse en un lago romano. Ni siquiera la invasión lombarda en el siglo VI logra cambiar la situación. Pirenne defiende la idea con contundencia: “no hay, hasta el siglo VIII más elemento positivo en la historia que la influencia del imperio”. Y cuando reflexiona sobre el régimen de las personas y de las tierras tampoco encuentra cambios tras las invasiones. Sigue prevaleciendo la gran posesión, que será la base del feudalismo, los colonos y el esclavismo. Los comerciantes sirios, griegos y judíos están por todas partes, siguen dominando el comercio del Mediterráneo. “La organización romana”, anota Pirenne, “parece haberse conservado”. Ello incluye los productos que venían de Oriente, como la seda, las especias, el papiro y el aceite (de África). Además, el comercio de esclavos se mantiene y la navegación sigue activa, sobre todo en la cuenca del mar Tirreno, Provenza y España. Pero es que también el comercio interior se sostiene, igual que antes de las invasiones. Hay ferias locales y peajes en las ciudades, y todavía no se han desarrollado los mercados y las ferias medievales. Más aún, sigue predominando el “comercio individualista a la romana” y la unidad monetaria se funda en la moneda de oro porque “el sistema monetario de los bárbaros es el de Roma”. El oro está por todas partes y en grandes cantidades, lo que parece apuntar a su importación continua. Prevalece, pues, también la circulación y la acuñación de la moneda. La idea de Pirenne en todo momento es resaltar una evidencia que se le antoja clara: “la continuación de la vida económica romana en la época merovingia en toda la cuenca del Tirreno”, trasladando sus evidencias a África y España, aun reconociendo que en el terreno comercial hubo “un retroceso debido a la barbarización de las costumbres”, pero en ningún caso un corte con lo que ha sido la vida económica del Imperio.       

En el plano intelectual, Pirenne considera, también, que se conserva y se transmite la tradición antigua, sin grandes cambios, a pesar del triunfo del cristianismo a partir del siglo IV, pues todavía no hay una cultura cristiana en sentido estricto, ya que sigue siendo en realidad todavía deudora de la tradición clásica. Además, se mantienen las escuelas de retórica y dialéctica, y el latín como medio de expresión. La lengua popular sigue siendo el latín, aunque vulgarizado y rústico. “La lengua subsiste”, escribe Pirenne, “y es la que da, hasta el curso del siglo VIII, unidad a la Romania”. Lo que se evidencia con las invasiones germánicas es un desplome de la cultura espiritual, que es mayor que en el campo de la cultura material. “Lo que se realiza” afirma Pirenne, “es una decadencia de una decadencia”, que se había iniciado en el siglo III, pero las invasiones no modifican el carácter de la vida intelectual en la cuenca del Mediterráneo occidental. Tampoco en el campo del arte advierte ninguna ruptura. Se aprecia, eso sí, una progresiva orientalización bajo la influencia persa, siria y egipcia, que ya era evidente en el bajo Imperio. Pirenne piensa que “no se puede hablar, pues, de un arte propiamente germánico, sino más bien de arte oriental”, desarrollado por artesanos romanos, con una fuerte impronta bizantina, siguiendo el ejemplo de Constantinopla.

Para rematar “la demostración de que la sociedad continúa siendo igual a la de antes de las invasiones”, Pirenne insiste en el carácter laico que lo impregna todo hasta el siglo VIII. La Iglesia, que representa la continuidad de la tradición romana, está todavía subordinada al poder temporal. La sociedad, la administración y la cancillería no dependen todavía de la Iglesia y la mayoría de los cargos principales están ocupados por letrados formados al margen de la Iglesia. Con la invasión de los pueblos bárbaros, pues, la tradición antigua se mantiene, sobre todo en el arco mediterráneo. Sólo en Britania la presencia de los anglo-sajones es capaz de transformar la situación, dando paso a la tradición germánica. “Mírese por donde se mire”, escribe Pirenne, “el período inaugurado por el establecimiento de los bárbaros en el Imperio no ha introducido en la historia nada absolutamente nuevo”. Tan sólo a nivel político una pluralidad de Estados germánicos ha sustituido la unidad del Estado romano. “El aspecto de Europa cambia”, afirma Pirenne con rotundidad, “pero su vida en el fondo permanece inmutable”, al menos hasta el siglo VII.

En cambio, la invasión musulmana en el siglo VII lo transforma todo. Como se sabe, esta invasión llega hasta la Narbonense y la Provenza. Los barcos musulmanes dominan el mar Tirreno y hostigan las costas italianas. El mediterráneo occidental se convierte en un lago musulmán. Si los germanos se han integrado en la Romania, la actitud de los musulmanes es distinta porque están impulsados por la fe. Esto va a crear, claramente según Pirenne, una separación con la población sometida, infiel, no convertida al Islam. No hay integración en la sociedad musulmana. El nuevo amo impone el derecho coránico y la lengua árabe, aunque aprende y asimila conocimientos de los persas y de los griegos. La unidad mediterránea impuesta por la Romania se rompe, estableciéndose dos civilizaciones antagónicas separadas precisamente por el mar Mediterráneo. “Se trata del hecho más esencial ocurrido en la historia europea después de las guerras púnicas”, escribe Pirenne haciendo hincapié en el eje de toda su argumentación. “Es el final de la tradición antigua. Es el comienzo de la Edad Media, en el mismo momento en que Europa estaba en vías de bizantinizarse”.    

Como consecuencia de la invasión musulmana, el imperio carolingio queda atrapado, sin salida comercial al Mediterráneo. Es un imperio “puramente terrestre”. El núcleo de la civilización occidental se desplaza hacia el norte, hacia el eje Sena-Rin. Pirenne está convencido, además, de que, al detener el avance islámico, Francia juega un papel fundamental en la reconstrucción de Europa. Y ese papel se lo asigna a los carolingios, con los que “Europa toma una nueva orientación definitiva”. Claro que eso significa ir en contra de la continuidad entre merovingios y carolingios, estableciendo entre ambos un contraste significativo, un corte entre ambas épocas, que viene pautado por lo que denomina “golpe de Estado carolingio”, porque, efectivamente, Pirenne es capaz de distinguir entre un Estado merovingio estrictamente profano y un Estado carolingio ya plenamente religioso. Por eso, el análisis que hace de la decadencia merovingia en el siglo VII es importante para comprender su visión del paso a la Edad Media. Junto a las guerras civiles, usuales en la época merovingia, y la edad juvenil de muchos de los reyes, Pirenne hace hincapié en la disminución del tesoro real, que relaciona directamente con “la creciente anemia del comercio”. Es cierto que los botines de guerra han disminuido. Es cierto, también, que el rey concede cada vez más inmunidades a la aristocracia, socavando así la base de su poder, y que reparte tierras, sobre todo a la Iglesia, pero la disminución del impuesto de peaje se antoja fundamental. Todo esto causa la debilidad de la realeza.

Esta caída del comercio viene acompañada de la decadencia de la vida urbana. “Seguramente”, escribe Pirenne, “a partir de mediados del siglo VII la sociedad se desromaniza rápidamente”, lo que va a dar lugar a una civilización distinta. Entran en juego los Pipínidas, una familia de terratenientes de Bélgica, que domina la zona de Austrasia. El germanismo se impone al romanismo. Todo el argumento de Pirenne apunta en esta dirección. De hecho, define a los Pipínidas como “antirromanos” y “antiantiguos”. Su dominio territorial de la Galia y parte de la actual Alemania, desde su posición de mayordomos de palacio en Austrasia, es gradual. En este territorio se hace común el vasallaje a los Pipínidas. Además, por esta época se está gestando el cambio de orientación del Papado. La doctrina iconoclasta de los emperadores bizantinos en la primera mitad del siglo VIII acentúa la tensión entre el papado y el Imperio bizantino, de modo tal que la política del papado se orienta hacia los Pipínidas hacia 750. Esto marca el inicio de una nueva época. “El año 751”, escribe Pirenne, “marca la alianza de los carolingios con el papado”. Pipino, legitimado por el Papa como rey, recibe también el título de patricius Romanorum. Se ha consumado lo que Pirenne denomina el “golpe de Estado” de Pipino. Y aunque con Carlomagno el dominio carolingio llega hasta el Mediterráneo, el eje del nuevo imperio no será mediterráneo sino septentrional. La coronación de Carlomagno en el año 800 por parte de León III es el final de un proceso que conduce a la Edad Media. Pirenne insiste también en remarcar las diferencias con el antiguo imperio romano y con el imperio bizantino, y hace hincapié en el significado religioso del nuevo imperio. Carlomagno se convierte, así, en protector de la Iglesia romana en Occidente y el título imperial, en ese sentido, no tiene un significado laico. “El imperio de Carlomagno”, escribe Pirenne, “es el punto final de la ruptura, por el Islam, del equilibrio europeo”. Con él se inicia la Edad Media.                

Se abre, entonces, una época de cambios significativos. El cierre del comercio en el mediterráneo occidental influye seguramente en la disminución progresiva del uso del papiro a partir de finales del silgo VII. Lo mismo ocurre con las especias, la seda y el oro. Y también con la actividad de los comerciantes, que disminuye claramente. Ese espacio vacío es ocupado en todas partes, en Occidente, por los judíos, “el único lazo económico”, escribe Pirenne, “que subsiste entre el Islam y la Cristiandad, o, si se quiere, entre Oriente y Occidente”. Los judíos son los únicos, junto a los frisones, que se dedican a un comercio a gran escala, principalmente terrestre. En Occidente, el único lazo de unión que queda con el imperio bizantino va a ser Venecia, que emerge en los siglos VII y VIII como enclave comercial que domina la costa dálmata, haciendo de intermediario con Bizancio a partir del tratado de 812. La economía carolingia, basada en la tierra, sufre una “regresión”. No hay ningún renacimiento económico vinculado a Carlomagno. Los principales centros económicos están en la zona de los Países Bajos, gracias al comercio de los frisones, y en el norte de Italia, gracias al comercio veneciano. Pero la civilización se vuelve esencialmente agrícola y el comercio, el préstamo y la circulación de moneda  retroceden por todo el imperio carolingio. También desaparece el impuesto público, lo que “marca una ruptura con la tradición financiera romana”. La moneda de oro es sustituida en el nuevo sistema monetario por la moneda de plata, el denario. Se produce así una ruptura del sistema monetario. El gran comercio se diluye porque los musulmanes controlan el Mediterráneo occidental y sólo florecen los pequeños mercados, que demuestran precisamente un repliegue del comercio sobre sí mismo.            

Al mismo tiempo, el vasallaje toma fuerza y se crea una clase militar independiente del poder real. El feudalismo cobra fuerza precisamente en esta zona del norte de Francia y Bélgica, donde tiene su origen la dinastía carolingia. Y en el plano cultural se observa en época carolingia un retroceso del latín vulgar, mientras las lenguas romances empiezan a florecer a partir del 800. Por el contrario, el latín culto se mantiene entre la clase sacerdotal como un signo de poder. “El Renacimiento carolingio”, escribe Pirenne, “coincide con el analfabetismo generalizado de los laicos”. La cultura se desplaza al norte y es, sobre todo, una cultura eclesiástica. Mientras, la casta religiosa impone su influencia al Estado.

La Germania sustituye a la Romania. Se inicia la Edad Media. La fecha del año 800 es simbólica porque supone la confirmación de un nuevo imperio, desvinculado de Oriente y de matices claramente religiosos. El argumento se clarifica. Lo que tenemos, en definitiva, al inicio de la Edad Media, es algo que no menciona Pirenne pero que es el punto final hacia el que se orienta toda la argumentación: el enfrentamiento de la fe islámica y la fe cristiana, el conflicto entre el imperio islámico y el imperio carolingio o, lo que es lo mismo, entre Oriente y Occidente, un conflicto que, como todos sabemos, desemboca en las Cruzadas.