martes, 30 de junio de 2020

Piedra y cielo


En Piedra y cielo, Juan Ramón Jiménez agrupa los poemas de 1917 y 1918. La canción del poeta, que se abre con los deliciosos versos “¡No le toques ya más, / que así es la rosa¡”, es fresca y fragante, como el rocío de la aurora sobre la tierra. El poemario está atravesado por un cúmulo de sensaciones. Es la sensación del viento rozando los ojos, la mañana que se esconde, que se apaga, los recuerdos que fluyen con la hierba regada, la paz de la tarde en el retorno a casa, el árbol que atraviesa la ventana y penetra en la cámara del corazón. Es la gloria de ser dueño del mundo, pero también la sensación de que la belleza se desvanece entre los dedos.
            Juan Ramón busca el instante que se convierte en recuerdo a través de la fuerza de la imagen. Es el recuerdo “de aquellas tardes de oro, amor y gloria”, un instante que se apaga, “como médanos de oro”, pero que es como “amor que nunca muere”. Esa obsesión por el tiempo se traduce en sueños de lo infinito, que imagina en el arco iris, en el secreto que esconde la naturaleza. Es el misterio encerrado en el cielo, en la nube. El poemario se mueve así entre el cielo y la tierra, entre lo que percibe arriba y abajo, entre piedra y cielo, buscando contrastes entre el cielo azul del día y el cielo nocturno, entre el rayo del sol último y el rayo primero de la luna. Entremedias, el poeta halla la nostalgia del mar. Sirena de la medianoche, misterio en la sombra, un barco surca las aguas, un faro ilumina la tierra que se aleja, mientras el poeta navega con “los ojos / en lo infinito, guiando / los tesoros abiertos de las almas”. El viaje en el mar es un trayecto eterno porque es el camino del alma, del mismo modo que la tierra es el camino del cuerpo. El poeta da la sensación de haberse liberado del cuerpo, de la tierra, en su camino hacia el azul del cielo. Y grita en mitad de la noche, porque va más allá. Pero al final se llega nuevamente a puerto, a la tierra. El viaje del alma por el mar ha acabado y sólo queda una especie de nostalgia de un crepúsculo dorado, de la tumba del marinero en el firmamento.
            En Piedra y cielo, Juan Ramón ha buscado los instantes claros en que las almas salen de los cuerpos y dialogan en esos momentos que son libres y plenos. Es el alma concentrada en el ocaso, en “el gran sol redondo y grana / en el silencio inmenso”. Es la hermosura del alma girando como un astro, los ojos cerrados mirando hacia dentro con la muerte. Es el corazón sereno, la fuerza indestructible del alma, que debe volcarse hacia el cielo, hacia las estrellas duras, hacia los hondos mares, hacia las tierras vírgenes. Es la eternidad de un momento de paz en el que se funden olor, melodía, oro, luz, amor, “en esa larga tarde de sol puro”, una vida segunda, un renacer, con sol sobre las hojas. Es la gloria en la verdad desnuda, presente, en la canción poética. Es la lejanía del verdadero amor, la nostalgia de una hojita verde con sol. Es la obsesión por el tiempo. Es la búsqueda de eternidad, de un libro puro.
Juan Ramón atesoraba, desde niño, el afán de poseerlo todo, de recrearse en todo: la vía láctea en la noche, el aroma del amanecer, los luceros y las flores del alba, las manos hundidas en las entrañas de la noche. También soñaba, desde niño, con un lugar raro y extranjero desde donde se domina el mundo, un lugar donde deshacerse en la luz, de embriagadora belleza, de plenitud en el atardecer, en la luz crepuscular, un lugar donde el alma es libre en la tarde. Entre el cielo y la tierra. Eso es todo.




jueves, 28 de mayo de 2020

Un año de escuela en Trieste



Hace algunos años cayó en mis manos, gracias al escritor Joan Benesiu, la traducción del italiano, que había preparado la editorial Minúscula, de un libro peculiar y extraordinario, La isla, de Giani Stuparich. Desde entonces, he seguido la estela de Stuparich, me he adentrado en las raíces culturales de un escritor cuya trayectoria es, al menos, tan amplia y fecunda como la de sus compañeros de generación, vinculados a la ciudad de Trieste. La lectura reciente de Un año de escuela en Trieste (Minúscula, 2010) confirma la ligereza, la alegría y la pureza que envuelven a Stuparich y que lo convierten de facto en un referente moral de su generación, porque es evidente que, tras las desgraciadas muertes de su hermano Carlo Stuparich y del brillante Scipio Slataper en el frente de la primera guerra mundial, se sentía obligado a asumir ese papel referencial. Toda su vida apunta en ese sentido.           
            Un año de escuela en Trieste es una nouvelle publicada por primera vez en 1929, en un volumen de Racconti. Al traducir las vivencias de unos jóvenes estudiantes italianos en su último año de bachillerato, Stuparich sin duda alguna estaba trasladando sus experiencias como profesor, actividad a la que se dedicó durante veinte años, de 1921 a 1941. La novela tiene como eje central de la historia un personaje femenino, Edda Marty, precisamente porque lo que aquí está en juego es la libertad. Edda es una joven singular, a contracorriente de toda la tradición y todas las costumbres heredadas entre las mujeres de su época, que decide ingresar en un instituto masculino, curiosamente, como sabemos al final, para comportarse como un muchacho y tener las experiencias de un muchacho y no ser vista como una mujer. Edda es una inteligencia temeraria que ama la lengua italiana y el mar, y que experimenta la “voluntad de liberarse del ambiente mezquino de las mujeres”. Aburrida de la vida provinciana en Trieste, que contrasta con los recuerdos de su estancia en Viena y la libertad allí experimentada, Edda consigue entrar en la clase de último año de bachillerato de un instituto masculino, inevitablemente para cambiarlo todo. Los alumnos se van a transformar durante el año escolar al calor de la imponente presencia femenina.
            Arremolinados en torno a Edda pululan tres jóvenes amigos, tres almas poéticas, Antero, Mitis y Pasini, que en su admiración a Carducci, Pascoli y D’Annunzio ponen en evidencia sus respectivos temperamentos. La relación entre Edda y los muchachos se desarrolla en la escuela, pero también en la naturaleza. Stuparich ha elegido precisamente el paisaje que rodea Trieste para mostrar el amor juvenil, para desplegar a través de la fuerza de la naturaleza la pasión de los jóvenes. Y con el despliegue del amor todo cambia, como no podía ser de otro modo. Edda se vuelve más generosa, más comprensiva con el mundo que le rodea. Antero se torna más melancólico e indeciso, hasta el punto de buscar refugio en la ternura de su madre. Mitis se orienta hacia el estudio, obsesivamente volcado en el tema del irredentismo. Y Pasini coquetea con el suicidio. El amor y la muerte parecen navegar juntos. “Las pupilas de ella [Edda] eran de una luminosidad solar”, escribe Stuparich, “y por su boca pasaban los sentimientos como suaves sombras en los prados. Antero naufragó en toda aquella luz y por un instante tuvo la sensación de que quizá habría sido mejor no existir, porque dolía demasiado; y la miró como si le implorase la muerte”. De hecho, la idea de la muerte, central en toda la literatura triestina, articula la novela a través de dos actos: la muerte de Hedwig, la hermana de Edda, y el intento de suicidio de Pasini, que influye sobre sus compañeros de clase que, a partir de ese momento, toman conciencia de que “la vida posee una trágica seriedad”. Pero más allá de la idea de muerte, que pulula por toda la narración, Stuparich es capaz de dar un sentido vitalista a todo lo que cuenta. Es una luz fulgurante que atraviesa todas sus historias, del mismo modo que una luz blanca inunda los cuadros del Renacimiento italiano. Es la luminosidad y la dulzura de vivir, aunque la vida sea absurda, aunque la libertad ceda ante el sacrificio. Por eso, elige el jardín secreto en casa de Edda, donde fluyen la tristeza, la melancolía, la luz y la quietud de Trieste, para el primer beso de Antero y Edda.      
Articulada a través de una serie de escenas de carácter simbólico, que funcionan como ritos de paso en el camino de los jóvenes a la madurez, la historia de Un año de escuela en Trieste acaba precisamente con el rito que pone fin al año escolar: los exámenes que cierran los estudios de bachillerato. Estos exámenes finales suponen, en cierta medida, la vuelta a la normalidad. Es como si todo volviese a ser como al principio, aunque evidentemente nada es como antes. Para nadie. Pero, al menos, la alegría perdida momentáneamente por los jóvenes se renueva y la amistad prevalece por encima de todo. El abrazo final de Antero y Pasini, los dos amantes de Edda, deja bien claro cuáles son los principios referenciales de Stuparich. Porque, a fin de cuentas, el único consuelo seguro de la vida es la amistad. 
No me cabe ya ninguna duda. Siempre que leo a Stuparich me viene a la memoria el cielo azul y la luz blanca de los cuadros del Renacimiento. Y todo lo mejor de la cultura italiana.



miércoles, 29 de abril de 2020

Adonais



          En homenaje a Percy B. Shelley y John Keats

El cielo azul de Italia cobija la tumba de Adonais. Ni la destrucción ni la corrupción alcanzan su cuerpo, embalsamado, sobre el que brilla una guirnalda de anademas y la palidez de su rostro a la luz de la luna. El cadáver exhala un dulce aroma. Los fugaces pensamientos han desaparecido de su frente y una lágrima resplandece en su pupila.
Tras la muerte de Adonais, el poeta reclama la presencia de Urania, su madre, para llorar y velar el lecho donde yace su hijo. Urania se levanta y recorre, llena de miedo y de dolor, el camino que conduce al lugar donde reposa Adonais. Se lamenta y tan solo espera un beso y unas últimas palabras. El tiempo gira en su ciclo. Un ser extraño también acude al duelo. Porta una brillante lanza que sacude con fuerza y canta con dulce voz. Hacia el sepulcro, en Roma, la ciudad en donde reina soberana la muerte, avanza Venus, porque siente la llamada de Adonais.
La primavera finge ser otoño mientras caen, sorprendentemente, las flores. Se lamentan acaso el ruiseñor y el águila. La sagrada naturaleza se estremece. Un murmullo lúgubre se escucha. Se queja el trueno y se enfurece el viento. Se escuchan las endechas de los pastores, que acuden a la montaña.
Sabemos que el alma de Adonais ondeará en las fuentes, ajena al miedo y al dolor, porque una virgen protectora cuidó al hermoso niño, porque ya no sufrirá los estragos del tiempo, porque Adonais vive, en la joven Aurora, en los bosques y cavernas, en las fuentes, en las flores, confundiéndose con la naturaleza, y despliega su hermosura, como un astro, lleno de luz.
Una pirámide acoge el sepulcro, donde se observan ramos de alegres y encendidas flores, en el camposanto. Es la gloria de lo eterno frente al deslumbrante y azul cielo de Roma, frente a las estatuas, la música, las flores, las ruinas y las palabras. Todo se diluye ante la cercanía de la partida. Es la luz, la belleza, la fuerza, el poderoso aliento invocado y que arroja el espíritu más allá, hacia el lugar del firmamento donde brilla el alma de Adonais. Azul, siempre azul el cielo de Roma.

martes, 31 de marzo de 2020

Vidas imaginarias



En el año 1896 se publica Vidas imaginarias (KRK Ediciones, 2009), de Marcel Schwob, un libro que nos retrotrae a las Vidas de personas eminentes, de Aubrey, y a las Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. La intención de Schwob, tal como señala en el prefacio, es encontrar el “trazo único” que separa a un ser humano del resto de los mortales, tratando con el mismo mimo todas las historias individuales, sea la del gran Empédocles o la de una mísera encajera, pues son “existencias únicas”, y teniendo siempre, por encima de todo, la valentía estética de elegir, porque “el arte del biógrafo consiste precisamente en la elección”.
            Ese trazo único buscado resulta ser en Empédocles su carácter divino. Como se sabe muy poco de él y se desconocen sus orígenes, Schwob aprovecha para incidir en determinados detalles de su vida que lo convierten en un personaje mítico: su hermetismo, su aire enigmático y su relación con los milagros. En el caso de Eróstrato, el incendiario del templo de Artemisia en Éfeso, lo que hace Schwob es combinar la obsesión por alcanzar la fama con el deseo de penetrar en los secretos del templo de Artemisia, mientras que en la biografía de Crates el cínico se apropia de la idea de pobreza y sencillez, de los conceptos de desnudez del cuerpo y del alma, todo ello relacionado con la profunda animalidad del ser humano, ese carácter primitivo que le lleva a comportarse como los animales.
Cuando escribe sobre el poeta Lucrecio, Schwob se inclina por mostrar el misterio que encierra la vida del escritor de un solo libro, De rerum natura, y se complace en presentar al poeta contemplando la belleza de la naturaleza en un claro del bosque. Esto acerca, en cierta medida, la biografía de Lucrecio a la de Empédocles, del mismo modo que ciertos rasgos comunes permiten relacionar la descripción de la hechicera Séptima, empleando filtros de amor, con la historia de la impúdica Clodia, que utiliza el fulgor intenso de sus ojos para la práctica de obscenos actos sexuales.
No es casualidad, por lo demás, que Schwob haya escrito varias biografías de aventureros y piratas, como la del obsesivo buscador de tesoros en los mares españoles, William Phips, o la del feroz capitán Kid, obsesionado con la imagen de un pirata que le persigue hasta la muerte, o la del iletrado capitán Kennedy, pirata también, torturador aplicado y feliz creador de discursos, o, finalmente, la del mayor Stede Bonnet, lector empedernido, convertido en pirata ocasional y que sufre la misma suerte que todos los caballeros de fortuna, a saber, ser colgado hasta morir,
Tocado por un sutil amor al misterio y a la búsqueda de la sabiduría, Schwob pone en evidencia en la vida de frate Dolcino la frágil línea que separa la santidad de la herejía, la piedad del odio, mientras que el pintor Paolo Uccello es delineado como un individuo ajeno a la realidad de las cosas, sólo atento al crisol de las formas. Y si en la historia de Sufrah el geomántico juega con el misterio de Salomón y los relatos de Aladino es porque lo que está fraguándose aquí es un intento, vano, de buscar la inmortalidad terrenal y los arcanos de la sabiduría. Y si Cecco Angioleri es un poeta rencoroso es por su incapacidad para crear versos como Dante. Y si el juez Nicolás Loyseleur es presentado como un ser persuasivo en sus atribuciones como clérigo es porque participa en el proceso contra Juana de Arco
Las historias que cuenta Schwob son hermosas pero, a menudo, resultan tristes, melancólicas, como si la vida no ofreciese oportunidades a sus personajes. Pero Schwab trata con el mismo amor y la misma ternura estas historias, como la de Katherine la encajera, que por azares de la vida acaba ejerciendo de ramera, o la de Alain, soldado convertido en un desertor y en un brutal ladrón, o la del actor Gabriel Spenser, abocado a representar papeles femeninos en una compañía de mala muerte, o la de la dulce princesa Pocahontas, llamada en realidad Matoaka, afectada por una enfermedad que termina con su vida, o, finalmente, la de los señores Burke y Hare, sofisticados asesinos entre la niebla de Edimburgo.
Los finales abruptos, a los que parecen abocados los personajes, nos hacen ver el lado trágico de la existencia y nos conmueven al mismo tiempo. A menudo, ese carácter trágico de las historias que cuenta Schwob está insuflado por el propio personaje, como es el caso del poeta y dramaturgo inglés Cyril Tourneur, que es descrito con matices que parecen sacados de la mitología y la tradición oral, como un ser vindicativo que odia a la realeza y a los dioses, como un ateo que al mismo tiempo ansía ser un rey y un dios. A menudo, también, el tono trágico está matizado por una leve ironía, por ciertos matices cómicos que contribuyen a la ligereza de las historias.
  Es, no obstante, en la biografía de Petronio donde se aprecia el carácter inventivo de la propuesta de Schwob, pues convierte al escritor en un observador de la elegancia romana, de la sociedad en todas sus manifestaciones, transmitiendo luego esa visión a un delicioso escrito “con la punta de su cálamo”, para luego dedicarse a imitar la vida que había imaginado en sus escritos junto a su esclavo Siro. Claro que, para eso, Schwob tiene que desdecir al mismísimo Tácito, ya que Petronio no sufrió la ira de Tigelino ni falleció en una bañera de mármol. Pero esto importa poco cuando la imaginación de Schwob es capaz de regalarnos esta frase: “Petronio olvidó por completo el arte de escribir en cuanto comenzó a vivir la vida que él mismo había imaginado”.
Acaso podemos pensar, entonces, que lo que Schwob pretendía era apropiarse de estas vidas imaginarias que estaba escribiendo, tal como la había hecho Petronio en su historia. Por eso, estas vidas imaginarias están repletas de aventureros, piratas, seres misteriosos, sabios y buscadores de lo eterno. En todos estos personajes vemos a Marcel Schwob. Todas estas historias traducen la vida imaginaria del propio Schwob. Por eso, también, estas vidas imaginarias parecen sostenerse por un débil hilo, precisamente porque lo que le interesa a Schwob es tomar un detalle, un rumor, una pequeña anécdota y elevar la figura del biografiado a la categoría de mito mediante la sublimación poética que puede ejercer la literatura. O dicho de otro modo, Schwob se apropia de ciertas noticias tomadas de la realidad para crear personajes míticos.
El anhelo que sentía Marcel Schwob por las vidas imaginarias era tan intenso que sabemos que viajó a Samoa buscando la tumba de su adorado Stevenson. Por eso escribió un libro sobre ese viaje. Quizá con el intento, vano, de apropiarse de aquello que tanto anhelaba.   


sábado, 29 de febrero de 2020

La persona y lo sagrado



Hacia el final de su apasionante vida, en 1943, Simone Weil escribe un pequeño ensayo titulado La persona y lo sagrado (Hermida Editores, 2019). Más allá del concepto de persona y de la corriente de pensamiento personalista, vigente en su época, Simone Weil indaga en lo sagrado del ser humano, algo que está también más allá del derecho. La incapacidad del lenguaje para marcar el camino es la prueba más evidente de que esos conceptos, persona y derecho, resultan insuficientes. Y más allá de formas de plenitud personal en la literatura, la ciencia, el arte o la filosofía, Simone Weil se detiene en lo impersonal como expresión genuina de lo sagrado, porque conceder un carácter sagrado a la colectividad conduce, y Simone Weil lo sabe por la experiencia de su época, a la idolatría y al desastre más absoluto. Frente a la colectividad y a la persona, se encuentra la posibilidad de rastrear, a través del silencio y la soledad, en lo impersonal del ser humano, que nos acerca a lo sagrado.
            El cuestionamiento que plantea Simone Weil en La persona y lo sagrado se basa en la observación clara y evidente de que detrás del derecho está la fuerza. Del mismo modo que la persona se somete a la colectividad, “el derecho es por naturaleza dependiente de la fuerza”. Y tras el derecho no se encuentra la caridad, sino tan sólo una falsa necesidad de privilegios sociales mediante los cuales se pretende alcanzar una vana plenitud. Aquí es donde Simone Weil desliza una categoría fundamental en su vocabulario: desdicha. Precisamente, la desdicha del ser humano se pone en evidencia en la incapacidad para expresar con palabras las grandes verdades, porque de lo que se trata es de escoger las palabras que expresan “el bien en estado puro”, teniendo en cuenta que “sólo aquello que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una huella sobre la tierra”. No es casualidad que Simone Weil establezca una relación entre verdad y desdicha, teniendo en cuenta que sólo los genios y los santos “pueden prestar ayuda a los desdichados” y observando también que la humildad es un requisito imprescindible para el acceso a la verdad. Un hombre de talento, cautivo del lenguaje, no puede prestar ayuda a los desdichados. Sólo rompiendo los muros del lenguaje se puede abandonar el camino de la inteligencia para iniciarse en el terreno de la sabiduría.      
            Y aquí llegamos al punto culminante de toda la argumentación de Simone Weil. La verdad y la desdicha requieren de la gracia sobrenatural, de un acto de atención que es puro amor. En este punto es donde entra en juego la belleza, porque el espíritu de justicia y de verdad se manifiestan aquí abajo a través del misterio supremo: el resplandor que provoca la belleza. La Ilíada, las tragedias de Esquilo y Sófocles, diversos pasajes de los Evangelios o el Libro de Job son ejemplos palpables de ese resplandor de la belleza. “Justicia, verdad y belleza son hermanas y aliadas”, escribe Simone Weil. “Con tres palabras tan hermosas no es necesario buscar otras”. El problema, pues, radica en encontrar estas palabras en su lugar adecuado, para aplicarlas a las instituciones públicas y a la vida de los hombres, sustituyendo de esta manera a palabras como derecho, democracia y persona. O, dicho de otro modo, la única forma de aspirar al bien puro reside en esa capacidad para aplicar en nuestras instituciones esas palabras tan hermosas. 



jueves, 30 de enero de 2020

Versos para la Navidad. Villancicos

Para Luis García Arés y Alicia Arés, fundadores de Cuadernos del Laberinto

La editorial Cuadernos del Laberinto ha publicado en diciembre de 2019 el volumen número 100 de su colección de poesía. Para celebrar el evento, la editora Alicia Arés ha decidido sacar a la luz un libro delicioso, Versos para la Navidad. Villancicos, de su querido padre, ya fallecido, Luis García Arés. Cuenta Alicia Arés que estos versos se recitaban o cantaban, tanto da, en el ámbito familiar, en las fiestas navideñas. Ahora, estos vitalistas versos pasan del ámbito privado al ámbito público para disfrute del lector. La editora ha querido con ello recordar en cierta medida los orígenes de la editorial y continuar con la tradición poética familiar. Hay, pues, algo de emocional en todo lo que envuelve a la edición de este libro y que el lector acepta con agrado, porque la espera anhelante del poeta, que se traduce en el resplandor, en el misterio que se busca, es algo que anida en la mayoría de los corazones. 
            Luis García Arés se presenta en el poemario como un hombre viejo que ante el portal donde se produce el milagro se transforma en un hombre nuevo, lleno de alegría. Podría decirse que el poeta, convertido en figura de arcilla, como todas las del belén, espera el momento de salir del cajón en donde reposan todas las figuritas porque está “a la espera / de la Vida verdadera”, ésa que obra el milagro de cambiar nuestra condición. Y es que el poeta siente que el hondo sentido de la Navidad ha sido remplazado por abetos invernales y lámparas de color. Por eso se entristece, porque “con su brillo terrenal / el espejismo del mundo / nos vela el amor profundo”. Y por eso también ansía encontrar un hueco para Jesús en su alma ocupada “por esta vida tan apresurada, tan vacua”. Y por eso también la búsqueda de una posada que sirva de refugio a la Virgen y José se convierte en la metáfora que muestra la necesidad de encontrar un espacio para que “quede el alma enamorada, / sólo por Dios ocupada”. Y por eso también, finalmente, se acerca en la noche a ese umbral de algo completamente nuevo, de algo que nos hace renacer, experimentando la llamada del Señor y aprestándose a contemplar lo acontecido “con los ojos de la fe”. Es como el pastor arrodillado ante el pesebre que quiere librarse de “los resabios de un pasado”.
            En el poemario, la nieve, con su pureza, es la metáfora adecuada de la Navidad., pues “la nieve con su blancura / difumina la distancia / entre la mágica infancia / y la vida ya madura”. La nieve “baja silente del cielo” y nos retrotrae a ese momento en donde el tiempo se difumina y todo es alegre y sereno. El fuego que brota como una luz en el portal, a imagen de zarza ardiendo, es el misterio, “la Vida misma, el Sendero / y la verdad que no cambia”. Los ángeles etéreos o el olor a incienso son elementos que nos conducen al niño recién nacido. Las lágrimas del ángel pequeñito oyendo las palabras de Jesús son “como el mejor de todos los villancicos”. Los reyes y los pastores se adelantan al unísono hacia el portal, movidos por un resplandor, una estrella singular, “que trasciende toda ciencia”, parafraseando a San Juan de la Cruz. Y el pozo, finalmente, se convierte en manantial de gracia divina. Todo en el poemario, pues, nos conduce al momento de la gloria.
            Pero al mismo tiempo hay una sensación, ineludible, de paso del tiempo. El poeta, que se ha presentado en el soneto inicial del poemario como un hombre viejo, siente que los párpados se le cierran, como cuando era niño y no podía vislumbrar a los reyes, pero ahora lo que se acerca es el sueño que precede a la muerte. Y aunque sabe que “con el paso del tiempo / algo se pierde”, el poeta encuentra el consuelo pensando que, cuando se cierren los ojos definitivamente, llegará un momento de gozo y plenitud.