sábado, 31 de octubre de 2020

El placer

 

En 1952 Max Ophüls dirige Le Plaisir inspirándose en tres relatos del escritor francés Guy de Maupassant: La Maison Tellier, Le Masque, Le Modèle. En 2019, siguiendo a Ophüls, la editorial Periférica ha recopilado los tres cuentos en un libro, con el sugerente y bello título del film, El placer. El volumen se abre con La máscara, la historia de un anciano, Ambroise, antaño un joven seductor, que ahora pasa el tiempo en fiestas y en bailes de disfraces con una máscara que oculta su edad pero no sus errores. La narración nos permite observar las infidelidades de Ambroise desde la perspectiva de su mujer, Madeleine, una pobre señora que, a pesar de todo, sigue queriendo a su marido, hasta el punto de hacer entrañable el relato de sus aventuras.

Es evidente, por lo demás, que La casa Tellier es el eje central que articula el libro, como había ocurrido ya en el film de Ophüls. No en vano, La Maison Tellier era el título de la primera colección de cuentos publicada por Maupassant en 1881. En concreto, la “casa Tellier” que se describe en el cuento es una casa de prostitutas en una ciudad de provincias. En el primer piso, en la sala Júpiter, los burgueses del lugar departen con la Madame y con las prostitutas. Es como si determinado grupo social necesitase hacer algunas cosas en la intimidad, en un lugar secreto. Mientras, en la planta baja de la casa, retozan y beben los marineros con las prostitutas. Son dos mundos, pues, separados. Un buen día, la “casa Tellier” cierra porque se celebra en el campo la comunión de la sobrina de la Madame. Maupassant describe lo que ocurre cuando el sábado por la noche está cerrada la “casa”, mientras los burgueses y los marineros ceden a la impotencia y al furor. Es como si al faltar el alimento, el placer, se desplegaran los instintos más violentos del ser humano. Pero Maupassant pone el acento en el viaje y en la aventura de las prostitutas en el campo, porque eso le permite mostrar de forma irónica y poética el contraste entre la ingenuidad de la comulgante, que tiene su correlato en la belleza de la naturaleza, y la nostalgia que experimentan las prostitutas al comprobar el paso del tiempo y las oportunidades perdidas. Es la deriva de la vida.    

El viaje en tren de las prostitutas al campo, con la Madame al frente, es un ejercicio de costumbrismo y de sátira por parte de Maupassant, que busca la ironía en el contraste entre los campesinos y las prostitutas engalanadas. Una vez en la campiña, brillan las colzas, los acianos y las amapolas. Es una nueva vida que seduce en comparación con la vulgaridad de la vida en la pequeña ciudad de provincias. Es el silencio del campo en la noche, que atraviesa el corazón, “un silencio tranquilo, penetrante, que llegaba hasta las estrellas”, escribe Maupassant. Llenas de ternura, las prostitutas explotan su lado más humano ante la pequeña comulgante. Es como si volviesen a la infancia. La culminación de todo este proceso se produce en la celebración de la comunión en la iglesia. La emoción y las lágrimas de las prostitutas, que con toda seguridad están recordando su infancia, transportan a toda la comunidad que celebra la comunión en la iglesia a un estado de éxtasis que raya en el milagro. Por eso, Maupassant se recrea describiendo toda la misa. Tras la eucaristía, llega el regocijo de la fiesta, de la comida. El placer de la vida fluye por todas partes y tiene su remate en el viaje de la carreta que conduce a las prostitutas a la estación de tren, pues la alegría explota en las canciones y en la belleza de la campiña mientras la balada explora el tiempo perdido. Al llegar de nuevo a “la casa Tellier”, por la noche, las muchachas se muestran juveniles, llenas de placer. El fin de semana en la campiña ha dado alas a su existencia mediocre, aunque sea por un breve período de tiempo. Así pues, el placer, el baile y el amor vuelven a sus vidas con fuerzas renovadas.

En el relato que cierra el volumen, La modelo, se cuenta la historia sentimental de un pintor y una modelo. En la narración, Maupassant ha preferido contar las cosas una vez ya pasadas, para concederles un carácter más funesto y trágico, lo que le permite plasmar con más fuerza, por ejemplo, los contrastes entre la belleza y el silencio del paseo por un río por un lado y el carácter de una mujer inestable por otro lado. Al borde de la locura, la modelo termina lanzándose por una ventana, en una especie de suicidio que no se cumple y que termina dejándola completamente impedida en una silla de ruedas. El narrador se muestra, igual que el lector, completamente anonadado: “No olvidaré jamás la impresión de aquella ventana abierta después de haber visto cómo aquel cuerpo la atravesaba; de un instante a otro me pareció enorme como el cielo y vacía como el espacio”. Es la deriva de la vida, nuevamente.

En estos relatos que configuran El placer, Maupassant se mueve, en definitiva, entre el fulgor de la juventud y la impotencia de la vejez, entre la ternura y la emoción arrebatadoras y la realidad y la violencia más costrosa. Pero todo se acompasa mientras continúa “el profundo sueño de la tierra”. Quizá nosotros, como lectores, soñamos con Maupassant, pues “nos hubiera gustado llevar a cabo cosas sobrehumanas, amar a seres desconocidos, deliciosamente poéticos”. Esa posibilidad, hermosa como un sueño, pero engañosa al fin y al cabo, se presenta en el escritor como una utopía anhelada y rozada, antes del final funesto que todos conocemos, en una clínica, tras varios intentos de suicidio.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Cuadernos de tierra

 

En ocasiones, el escritor necesita abandonar su vida cómoda frente al escritorio porque su espíritu ansía nuevos horizontes. Es, entonces, cuando impulsado por un cierto aire de aventura, decide bordear lo desconocido. Durante un lustro, entre 2007 y 2012, insuflado por este espíritu de renovación, Manuel Moyano realiza una serie de salidas, de excursiones, bordeando los ríos, adentrándose en los bosques, experimentando el insufrible calor del sureste español. Los trayectos que emprende Moyano responden a una idea de abandono, a una necesidad interior que se traduce en experiencias en comunión con la naturaleza, en soledad y que, garabateadas en el cuaderno del escritor, han dado lugar con el paso de los años a un hermoso libro, Cuadernos de tierra (Menoscuarto, 2020). Moyano ha tardado un tiempo en dar forma a estas exploraciones porque es bien cierto que los libros, como si tuviesen vida propia, a veces escogen su momento, el que consideran adecuado para adquirir su definitiva configuración.    

            Cuadernos de tierra se presenta, tan sólo en principio, como un libro de viajes. El narrador acomete una serie de excursiones por el sureste español, caminando sin objetivo fijo, con la única intención de sentir la libertad que todo hombre desea, en “la búsqueda de un impreciso estado mental”. Pero el libro es mucho más que un diario de viajes porque, animado por su espíritu inagotable de contador de historias, Moyano atiende a cualquier detalle que encuentra, a cualquier susurro contado a media voz por alguien. Así pues, casi de forma azarosa, el viajero alcanza a vislumbrar otras historias que no tienen nada que ver con el camino que describe, porque el más mínimo detalle alimenta su imaginación. Y es el deseo de saber más sobre esas historias que ha encontrado en el camino el que mueve a Moyano a volver al lugar de los hechos en busca de información. Es la curiosidad por cerrar el círculo de un viaje, de una narración. Es la necesidad implícita de llegar con una historia hasta el final.  

En los viajes, Moyano bordea los ríos buscando las fuentes del río Segura o su desembocadura en Guardamar, remonta el río Mula hasta sus orígenes, o, incluso, toma como “eje argumental” un río prácticamente seco, el Vinalopó. Pero también se adentra por la sierra de Albacete, en un auténtico tour de force que lo lleva a recorrer una porción de las Cordilleras Béticas, o viaja por las montañas alicantinas atravesando el valle de Gallinera. En estas excursiones, Moyano se comporta como “un puro observador, un antropólogo” que desgrana aspectos de la naturaleza y de la vida humana que le llaman la atención, ya sean los cormoranes en el río, el trabajo del esparto o las casas excavadas en la roca. Hasta cierto punto, quiere sentirse “como un hombre primitivo, en los albores de la especie”. No lo detiene el asfixiante calor, ni las incomodidades del viaje, ni el cansancio, ni los achaques de la edad. A veces, parece estar a punto de abandonar el proyecto, pero una cierta tozudez siempre le incita a seguir adelante. Al mismo tiempo, el cansancio y el agotamiento impulsan en su ánimo una especie de purificación.

            Atento a los detalles que ofrece el camino, como un “rastreador de historias”, Moyano encuentra en sus viajes, casi por azar, singulares y, en ocasiones, desconcertantes historias, como la del extraño autoestopista asesino, que recorriendo Europa ha cometido cerca de Socovos una fechoría en la persona de un viejo campesino, o como el crimen de Góntar, que trae recuerdos de la barbarie implícita en los albores de la guerra civil, o como la estancia de un nazi, durante años, en el valle de Gallinera. Así pues, de este modo, lo que en apariencia se presenta como un cuaderno de viajes por el sureste se transforma en otra cosa, porque Moyano, actuando como un investigador se desplaza, a posteriori, a los lugares donde han tenido lugar los hechos narrados con la intención de entrevistar a informantes e indagar buscando una fábula que contar. Moyano hace, pues, historia oral, porque se topa con tradiciones que han quedado retenidas en la memoria de las gentes del lugar, con elementos que transforma la tradición oral, modificando aquí y allá el núcleo de la historia. A veces, en medio de estas cruentas historias, la necesidad de humanismo obliga al narrador a fijarse en otros detalles, como ese pobre perro que carece de una de las patas delanteras. 

            Repleto de pequeñas historias que acontecen al caminante entre el asfixiante calor, porque el universo está trenzado de historias mínimas, Cuadernos de tierra tiene un claro tono autobiográfico, y traduce las manías del autor, que salen a flote aquí y allá, sea la obsesión por los embalses y por las pintadas de las paredes (donde una frase puede expresar un misterio), el placer de las comidas o los baños en las pozas cuando el calor aprieta, la animadversión por los cazadores o el fútbol, y, en definitiva, el odio al ruido, porque lo que se busca es precisamente el silencio.  

Sea un cuaderno de viajes por el sureste, sea la narración de un viaje de purificación, todo parece aunarse en la llamada de lo salvaje, que diría Jack London, en la necesidad de palpar la inmensidad de la naturaleza. Se busca, dice el autor, “el trance del camino” y, al mismo tiempo, sortear aunque sea por unos días el vacío que provoca la vida cotidiana, porque “mientras se camina, la vida parece tener algún sentido”. De hecho, cuando el deseo de soledad y el ansia de sacrificio remiten el camino queda cerrado, acabado. Pero, más allá de este final inevitable, en el recuerdo quedan, acaso como un tesoro en estos cinco años empleados en viajar, que abarcan en realidad tan sólo tres semanas, ciertos destellos de felicidad o, dicho de otro modo, la ilusoria idea de que se fue “completa y absurdamente dichoso”.          

 

lunes, 31 de agosto de 2020

Doble juego


Dos poetas mano a mano en una suerte de diálogo poético o, dicho de otro modo, una aventura literaria organizada en torno a una serie de temas cruciales que conforman el territorio del poeta. Éste parece ser el punto de partida de Doble juego (Cuadernos del Laberinto, 2015), una apuesta personal de la editora Alicia Arés en la que se embarcan Enrique Gracia Trinidad y Raquel Lanseros. El resultado es un juego literario en donde cada uno de los poetas aporta su visión personal acerca de cuestiones tales como el amor, el tiempo, la soledad, el compromiso, la palabra, el entorno y la trascendencia. Así pues, los “poemas enriqueños y raquelianos”, según la definición de Luis Alberto de Cuenca en el prólogo, que encontramos agrupados en este volumen y que han sido publicados en su mayoría con anterioridad, responden a una determinada orientación, prevista por la editora, con el fin de seguir una trayectoria en la lectura tanto ascendente como trascendente.

            La aportación de Gracia Trinidad se mueve entre lo perdurable, que se encuentra en los pequeños detalles vinculados al amor, y la sensación de que vivimos porque siempre hay algo más allá. Hay en la poesía de Gracia Trinidad una cierta obsesión por la soledad, ese momento donde se expresa la fragilidad de las palabras, “el abandono que se ejerce / como una profesión inevitable”. En ese espacio vital es donde surge el oficio de escribir palabras, donde cobra vida el poema de forma inconsciente. Hay, también, en la poesía de Gracia Trinidad una negación de las ideas no justificadas, un desprecio de la mercadería, un aire de melancolía que brilla en la imposibilidad de no escribir, porque es una necesidad. Y como trasfondo la noche de Madrid, en el silencio, en la soledad. A Madrid le debe Gracia Trinidad la insistencia dolorida y turbia, el cansancio, el olvido, la desilusión, la alegría. Es una deuda que paga recorriendo las calles. La ciudad, escribe, “descompone los patios / huele a ropa mojada y hace exacta la vida”, mientras los fantasmas de las casas antiguas hacen habitables los espacios urbanos. Pero el poeta no alimenta a los dioses, lo que se traduce en una desmitificación de lugares y personajes históricos.

            La aportación de Raquel Lanseros oscila entre la búsqueda de la conjunción erótica que determina una recompensa única, es decir, la esclavitud de Eros, la necesidad de la carne, y la idea de un creador, un dios “concebido como una inmensa fuente”, acaso un dios voluptuoso. La poesía de Lanseros está hecha de contrastes. El hombre que espera solo, sentado, en un bar, en el centro de las miradas que se cruzan como metáfora de la soledad frente a la fortaleza de una mujer. La vida de Yago Bozal en la montaña, el beso de su mujer todas las noches, frente a la necesidad evidente de volver a la montaña, de avanzar hacia adelante, con el misterio, con la búsqueda de nuevos horizontes. Lanseros busca la palabra, la verdad y el misterio en los bosques blancos, y encuentra la belleza de las flores y sus insectos, los árboles de Central Park, la escarcha y el hielo en el río Hudson. “La madre tierra”, escribe, “lo sabe desde siempre”.

            Es en el recuerdo del pasado, en la necesidad de recrear el tiempo, donde los caminos de Gracia Trinidad y Lanseros se cruzan. Es la nostalgia de una mañana de invierno, la imposibilidad de evitar la melancolía, el retorno a las calles de la infancia, vacías, donde no hay nada, y, finalmente, los días perdidos en donde ninguna cosa encaja. “Hay días” escribe Gracia Trinidad, “en que el hombre / debe apagar las horas y volverse a dormir”. Es la identidad en el paso del tiempo, la nostalgia que invita a buscar un pasado, pues el presente no existe. Es la llegada de la mañana, ese momento, escribe Lanseros, “en que lo imaginario y lo existente / diluyen sus esencias”, marcando la necesidad de alcanzar el tiempo o de volver atrás en el transcurso del tiempo, con una cierta añoranza. Es la fiesta en el pueblo, los recuerdos que bullen y la inutilidad de la sangre derramada.

            Me encuentro encendida, escribe Lanseros, “sin encontrar jamás un minotauro”. A lo que podría responder Gracia Trinidad de la siguiente forma: “Pero los años ya no son azules / ni siquiera los días”. El único consuelo que queda, pues, es el diálogo, el fluir de las palabras.  

 

 

jueves, 30 de julio de 2020

Autobiográfica 6

 


Es difícil precisar la forma en que se escribe un libro cuando los años pasan de forma inexorable y el recuerdo que viene a la mente es el de un escritor dando vueltas y más vueltas empeñado en una investigación que parece no tener fin. Así me aconteció durante la última década del pasado siglo, pues pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en una reflexión que estaba resultando inacabable. Era un estudio, por el que luego me convertiría en doctor en historia antigua, que versaba sobre la tradición oral en los textos platónicos. El tema era de envergadura y me provocaba continuos quebraderos de cabeza, porque ya se sabe que entraña gran dificultad todo aquello que camina de lo oral a lo escrito y al revés. Pero mi empeño era inquebrantable y tras diez años de lucha titánica el trabajo de investigación llegó a su fin. Recuerdo que en el verano del año 2000 el estudio quedó acabado y mi mente soñaba con la publicación de un libro que fuese fiel a mis anhelos y reflejo del ardor con el que había desarrollado mi trabajo. Tras la lectura de la tesis doctoral, por fin llegó el momento de la verdad. Terminada la comida que daba cumplimiento a la tesis, recuerdo que paseando por la céntrica calle Trapería, en Murcia, se sucedieron, como por ensalmo, dos conversaciones sobre el mismo tema. ¿Era el azar o el cumplimiento de mi destino? Mi alma estaba azorada, pero al mismo tiempo replegada sobre sí mismo, pensando en las dos proposiciones tan diferentes que me habían ofrecido pero que caminaban en el mismo sentido. Tenía encendido el ánimo, ya que me proponían la publicación de un libro sobre la tradición en Platón. Blázquez, profesor emérito en Madrid, me recomendaba publicar la investigación en su totalidad, tan sólo realizando las revisiones tipográficas correspondientes, mientras mi maestro, A.G. Blanco, sugería la posibilidad de escribir un ensayo con algunas partes del estudio desarrollado. Lógicamente, acabé haciendo caso a mi maestro y en el año 2002 apareció en la Revista murciana de Antropología un ensayo titulado La tradición en Platón. Lo que sucedió a continuación también es digno de mención. Tratando de evaluar el calibre de mi trabajo me dediqué, durante mucho tiempo, a enviar ejemplares del libro a especialistas en historia antigua del más alto nivel. La verdad es que el ser humano siempre busca una justificación externa que dé sentido a la labor que realiza y en mi caso creo que andaba buscando la anhelada ratificación por parte de alguien de reconocido prestigio.

            Recuerdo con emoción, todavía, la conversación telefónica, prolongada por más de una hora, con Emilio Lledó. La quebrada voz del maestro me llegaba a través del hilo telefónico sugiriéndome que el libro merecía una edición mejor que aquella que se había realizado, en la que el estudio se confundía en medio de una revista de antropología. Algunos de mis amigos apuntaban en el mismo sentido, pero la opinión de Lledó ratificaba algo que ya barruntaba desde hacía tiempo y que no era otra cosa que la búsqueda de una edición literaria lejos del escenario académico. Entretanto, el libro iba cayendo en manos de escritores e historiadores a los que admiraba mucho. Entre los lectores del libro, que son bien pocos, tengo el placer de mencionar a Giuseppe Cambiano y Luciano Canfora en Italia, Luc Brisson en Francia y Geoffrey Lloyd en Inglaterra. Desde mi punto de vista, recibir palabras amables de estos señores ha sido una bendición y ha dado sentido a todo el trabajo realizado a lo largo de una década. Quizá era eso lo que andaba buscando, más allá de una nueva edición. Anhelaba dar sentido a las cosas, porque por encima del éxito literario se encuentra la necesidad de cuadrar la labor realizada como si se tratase de una cuestión geométrica. Además, el libro inicialmente publicado en una revista universitaria, con el desarrollo paralelo de mi trayectoria literaria, alcanzó por fin una edición fuera del ámbito académico. Mi editor en Ediciones Irreverentes, Miguel Ángel de Rus, se mostraba encantado con el estudio sobre Platón, que reconocía, lo cual causaba mi asombro, haber leído varias veces. Así pues, finalmente, en el año 2015 salió a la luz nuevamente el libro, con prefacio de Luc Brisson. Yendo más lejos todavía, la presentación del ensayo en el salón de Grados de la Facultad de Derecho de Murcia, un 21 de mayo de 2015, me permitió conocer personalmente a Luc Brisson, quien aquel inolvidable día de mayo dio una conferencia magistral sobre El papel del mito en Platón y sus prolongaciones en la antigüedad. Fue un día de gloria en el que departí, en la comida y en la cena, con uno de los helenistas más reconocidos del mundo, estando acompañado, además, por mi maestro, A.G. Blanco, y por mi infatigable amigo, a la sazón vicedecano de la Facultad de Letras, J.A. Molina, quien había tenido la brillante idea de invitar a Brisson a la universidad de Murcia. Así, con aquel día de gloria, parecía cerrado el círculo del libro, de forma geométrica y perfecta. Pero todavía quedaba una sorpresa inesperada, que vendría a rematar el asunto, esta vez, creo, de una forma definitiva.

            En 2019 tomé la decisión de enviar un ejemplar de La tradición en Platón al escritor Alberto Manguel. Esto requiere una pequeña explicación. Es cierto que yo había entrado en contacto con Manguel a través de Dante. En 2017, tras haber publicado una obra de teatro titulada El exilio de Dante, sabiendo que el escritor Alberto Manguel admiraba profundamente la obra del poeta italiano y teniendo en cuenta que por aquella época era el director de la Biblioteca Nacional argentina, envié a Buenos Aires algunos de mis libros, entre ellos, por supuesto, la obra sobre Dante. La respuesta de Manguel no se hizo esperar. Mis libros irían a reposar en los anaqueles de la Biblioteca Nacional argentina, excepto “el Dante”, que entraba a formar parte de la inmensa biblioteca de Manguel. Se ha de decir en este punto del relato que esta biblioteca, de treinta y cinco mil libros, ha sido el punto de partida de un libro admirable de Manguel, que yo leí por esa época y que se titula Mientras embalo mi biblioteca. Fue, precisamente, mientras leía este libro cuando se me ocurrió la idea de enviar “mi Platón” a Manguel. El ser humano es vanidoso por naturaleza, no cabe la menor duda. Por eso, me permito reproducir la carta que recibí de Alberto Manguel un 26 de agosto de 2019, procedente de Nueva York. En la carta se lee lo que sigue: “Estimado Pedro. Mil gracias por su Platón. ¡Es extraordinario¡ He aprendido muchísimo leyéndolo y es admirable que sea ésta la obra de un Amorós joven (si debemos creer que no modificó su tesis original). Me interesó sobre todo su pesquisa acerca del pasaje del mito a pheme [rumor], concepto esencial hoy. Felicitaciones. Un abrazo. Alberto”. Al recibir esta carta, envuelta en una tarjeta que reproducía una pintura en miniatura de Jean Poyer (St. Marta Taming the Tarasque), tenía la sensación de adentrarme en otro mundo. Lo que se había iniciado como un estudio del cambio antropológico en la Grecia antigua tras la guerra del Peloponeso, a partir de los textos platónicos, tenía su justo acabamiento con una bella carta que procedía directamente de la isla de Manhattan.     

 

 

 

 


martes, 30 de junio de 2020

Piedra y cielo



En Piedra y cielo, Juan Ramón Jiménez agrupa los poemas de 1917 y 1918. La canción del poeta, que se abre con los deliciosos versos “¡No le toques ya más, / que así es la rosa¡”, es fresca y fragante, como el rocío de la aurora sobre la tierra. El poemario está atravesado por un cúmulo de sensaciones. Es la sensación del viento rozando los ojos, la mañana que se esconde, que se apaga, los recuerdos que fluyen con la hierba regada, la paz de la tarde en el retorno a casa, el árbol que atraviesa la ventana y penetra en la cámara del corazón. Es la gloria de ser dueño del mundo, pero también la sensación de que la belleza se desvanece entre los dedos.
            Juan Ramón busca el instante que se convierte en recuerdo a través de la fuerza de la imagen. Es el recuerdo “de aquellas tardes de oro, amor y gloria”, un instante que se apaga, “como médanos de oro”, pero que es como “amor que nunca muere”. Esa obsesión por el tiempo se traduce en sueños de lo infinito, que imagina en el arco iris, en el secreto que esconde la naturaleza. Es el misterio encerrado en el cielo, en la nube. El poemario se mueve así entre el cielo y la tierra, entre lo que percibe arriba y abajo, entre piedra y cielo, buscando contrastes entre el cielo azul del día y el cielo nocturno, entre el rayo del sol último y el rayo primero de la luna. Entremedias, el poeta halla la nostalgia del mar. Sirena de la medianoche, misterio en la sombra, un barco surca las aguas, un faro ilumina la tierra que se aleja, mientras el poeta navega con “los ojos / en lo infinito, guiando / los tesoros abiertos de las almas”. El viaje en el mar es un trayecto eterno porque es el camino del alma, del mismo modo que la tierra es el camino del cuerpo. El poeta da la sensación de haberse liberado del cuerpo, de la tierra, en su camino hacia el azul del cielo. Y grita en mitad de la noche, porque va más allá. Pero al final se llega nuevamente a puerto, a la tierra. El viaje del alma por el mar ha acabado y sólo queda una especie de nostalgia de un crepúsculo dorado, de la tumba del marinero en el firmamento.
            En Piedra y cielo, Juan Ramón ha buscado los instantes claros en que las almas salen de los cuerpos y dialogan en esos momentos que son libres y plenos. Es el alma concentrada en el ocaso, en “el gran sol redondo y grana / en el silencio inmenso”. Es la hermosura del alma girando como un astro, los ojos cerrados mirando hacia dentro con la muerte. Es el corazón sereno, la fuerza indestructible del alma, que debe volcarse hacia el cielo, hacia las estrellas duras, hacia los hondos mares, hacia las tierras vírgenes. Es la eternidad de un momento de paz en el que se funden olor, melodía, oro, luz, amor, “en esa larga tarde de sol puro”, una vida segunda, un renacer, con sol sobre las hojas. Es la gloria en la verdad desnuda, presente, en la canción poética. Es la lejanía del verdadero amor, la nostalgia de una hojita verde con sol. Es la obsesión por el tiempo. Es la búsqueda de eternidad, de un libro puro.
Juan Ramón atesoraba, desde niño, el afán de poseerlo todo, de recrearse en todo: la vía láctea en la noche, el aroma del amanecer, los luceros y las flores del alba, las manos hundidas en las entrañas de la noche. También soñaba, desde niño, con un lugar raro y extranjero desde donde se domina el mundo, un lugar donde deshacerse en la luz, de embriagadora belleza, de plenitud en el atardecer, en la luz crepuscular, un lugar donde el alma es libre en la tarde. Entre el cielo y la tierra. Eso es todo.




jueves, 28 de mayo de 2020

Un año de escuela en Trieste




Hace algunos años cayó en mis manos, gracias al escritor Joan Benesiu, la traducción del italiano, que había preparado la editorial Minúscula, de un libro peculiar y extraordinario, La isla, de Giani Stuparich. Desde entonces, he seguido la estela de Stuparich, me he adentrado en las raíces culturales de un escritor cuya trayectoria es, al menos, tan amplia y fecunda como la de sus compañeros de generación, vinculados a la ciudad de Trieste. La lectura reciente de Un año de escuela en Trieste (Minúscula, 2010) confirma la ligereza, la alegría y la pureza que envuelven a Stuparich y que lo convierten de facto en un referente moral de su generación, porque es evidente que, tras las desgraciadas muertes de su hermano Carlo Stuparich y del brillante Scipio Slataper en el frente de la primera guerra mundial, se sentía obligado a asumir ese papel referencial. Toda su vida apunta en ese sentido.           
            Un año de escuela en Trieste es una nouvelle publicada por primera vez en 1929, en un volumen de Racconti. Al traducir las vivencias de unos jóvenes estudiantes italianos en su último año de bachillerato, Stuparich sin duda alguna estaba trasladando sus experiencias como profesor, actividad a la que se dedicó durante veinte años, de 1921 a 1941. La novela tiene como eje central de la historia un personaje femenino, Edda Marty, precisamente porque lo que aquí está en juego es la libertad. Edda es una joven singular, a contracorriente de toda la tradición y todas las costumbres heredadas entre las mujeres de su época, que decide ingresar en un instituto masculino, curiosamente, como sabemos al final, para comportarse como un muchacho y tener las experiencias de un muchacho y no ser vista como una mujer. Edda es una inteligencia temeraria que ama la lengua italiana y el mar, y que experimenta la “voluntad de liberarse del ambiente mezquino de las mujeres”. Aburrida de la vida provinciana en Trieste, que contrasta con los recuerdos de su estancia en Viena y la libertad allí experimentada, Edda consigue entrar en la clase de último año de bachillerato de un instituto masculino, inevitablemente para cambiarlo todo. Los alumnos se van a transformar durante el año escolar al calor de la imponente presencia femenina.
            Arremolinados en torno a Edda pululan tres jóvenes amigos, tres almas poéticas, Antero, Mitis y Pasini, que en su admiración a Carducci, Pascoli y D’Annunzio ponen en evidencia sus respectivos temperamentos. La relación entre Edda y los muchachos se desarrolla en la escuela, pero también en la naturaleza. Stuparich ha elegido precisamente el paisaje que rodea Trieste para mostrar el amor juvenil, para desplegar a través de la fuerza de la naturaleza la pasión de los jóvenes. Y con el despliegue del amor todo cambia, como no podía ser de otro modo. Edda se vuelve más generosa, más comprensiva con el mundo que le rodea. Antero se torna más melancólico e indeciso, hasta el punto de buscar refugio en la ternura de su madre. Mitis se orienta hacia el estudio, obsesivamente volcado en el tema del irredentismo. Y Pasini coquetea con el suicidio. El amor y la muerte parecen navegar juntos. “Las pupilas de ella [Edda] eran de una luminosidad solar”, escribe Stuparich, “y por su boca pasaban los sentimientos como suaves sombras en los prados. Antero naufragó en toda aquella luz y por un instante tuvo la sensación de que quizá habría sido mejor no existir, porque dolía demasiado; y la miró como si le implorase la muerte”. De hecho, la idea de la muerte, central en toda la literatura triestina, articula la novela a través de dos actos: la muerte de Hedwig, la hermana de Edda, y el intento de suicidio de Pasini, que influye sobre sus compañeros de clase que, a partir de ese momento, toman conciencia de que “la vida posee una trágica seriedad”. Pero más allá de la idea de muerte, que pulula por toda la narración, Stuparich es capaz de dar un sentido vitalista a todo lo que cuenta. Es una luz fulgurante que atraviesa todas sus historias, del mismo modo que una luz blanca inunda los cuadros del Renacimiento italiano. Es la luminosidad y la dulzura de vivir, aunque la vida sea absurda, aunque la libertad ceda ante el sacrificio. Por eso, elige el jardín secreto en casa de Edda, donde fluyen la tristeza, la melancolía, la luz y la quietud de Trieste, para el primer beso de Antero y Edda.      
Articulada a través de una serie de escenas de carácter simbólico, que funcionan como ritos de paso en el camino de los jóvenes a la madurez, la historia de Un año de escuela en Trieste acaba precisamente con el rito que pone fin al año escolar: los exámenes que cierran los estudios de bachillerato. Estos exámenes finales suponen, en cierta medida, la vuelta a la normalidad. Es como si todo volviese a ser como al principio, aunque evidentemente nada es como antes. Para nadie. Pero, al menos, la alegría perdida momentáneamente por los jóvenes se renueva y la amistad prevalece por encima de todo. El abrazo final de Antero y Pasini, los dos amantes de Edda, deja bien claro cuáles son los principios referenciales de Stuparich. Porque, a fin de cuentas, el único consuelo seguro de la vida es la amistad. 
No me cabe ya ninguna duda. Siempre que leo a Stuparich me viene a la memoria el cielo azul y la luz blanca de los cuadros del Renacimiento. Y todo lo mejor de la cultura italiana.



miércoles, 29 de abril de 2020

Adonais



          En homenaje a Percy B. Shelley y John Keats

El cielo azul de Italia cobija la tumba de Adonais. Ni la destrucción ni la corrupción alcanzan su cuerpo, embalsamado, sobre el que brilla una guirnalda de anademas y la palidez de su rostro a la luz de la luna. El cadáver exhala un dulce aroma. Los fugaces pensamientos han desaparecido de su frente y una lágrima resplandece en su pupila.
Tras la muerte de Adonais, el poeta reclama la presencia de Urania, su madre, para llorar y velar el lecho donde yace su hijo. Urania se levanta y recorre, llena de miedo y de dolor, el camino que conduce al lugar donde reposa Adonais. Se lamenta y tan solo espera un beso y unas últimas palabras. El tiempo gira en su ciclo. Un ser extraño también acude al duelo. Porta una brillante lanza que sacude con fuerza y canta con dulce voz. Hacia el sepulcro, en Roma, la ciudad en donde reina soberana la muerte, avanza Venus, porque siente la llamada de Adonais.
 

La primavera finge ser otoño mientras caen, sorprendentemente, las flores. Se lamentan acaso el ruiseñor y el águila. La sagrada naturaleza se estremece. Un murmullo lúgubre se escucha. Se queja el trueno y se enfurece el viento. Se escuchan las endechas de los pastores, que acuden a la montaña.
Sabemos que el alma de Adonais ondeará en las fuentes, ajena al miedo y al dolor, porque una virgen protectora cuidó al hermoso niño, porque ya no sufrirá los estragos del tiempo, porque Adonais vive, en la joven Aurora, en los bosques y cavernas, en las fuentes, en las flores, confundiéndose con la naturaleza, y despliega su hermosura, como un astro, lleno de luz.
Una pirámide acoge el sepulcro, donde se observan ramos de alegres y encendidas flores, en el camposanto. Es la gloria de lo eterno frente al deslumbrante y azul cielo de Roma, frente a las estatuas, la música, las flores, las ruinas y las palabras. Todo se diluye ante la cercanía de la partida. Es la luz, la belleza, la fuerza, el poderoso aliento invocado y que arroja el espíritu más allá, hacia el lugar del firmamento donde brilla el alma de Adonais. Azul, siempre azul el cielo de Roma.