miércoles, 30 de noviembre de 2016

La larga marcha

 Rafael Chirbes siempre ha estado interesado por la historia. Se ha llegado a decir que leía con asiduidad los Episodios Nacionales de Galdós porque veía en ellos posiblemente un modelo que podía aplicar a nuestra época. En 1996 Chirbes publica en Anagrama una novela que abarca un largo periodo, desde la postguerra en los años cuarenta hasta finales de los años sesenta. La novela se titula La larga marcha. Es el inicio de un proyecto que tiene continuación con La caída de Madrid y Los viejos amigos. Empleando una mirada poliédrica que incluye el estudio de varias familias en descomposición y con un estilo ampuloso, minucioso y detallista, Chirbes acomete la tarea ejemplar de retratar las esperanzas y desencantos de dos generaciones sucesivas en La larga marcha, enlazando los desgarros y frustraciones de la postguerra con las nuevas posibilidades que ofrecía el comunismo en los años sesenta.
La primera parte del libro, titulada El ejército del Ebro, es una recreación histórica de los años cuarenta, un retrato de grupos de distinto signo social, desde los Amado, una sencilla familia campesina que vive en un pueblo gallego, vinculada a la tierra y sus raíces, y que finalmente se ve obligada a emigrar a Madrid por la construcción de un pantano, hasta las familias acomodadas de la alta sociedad madrileña, como los Seseña, un claro ejemplo de aristocracia en decadencia. En este amplio arco social que trata de cubrir Chirbes no faltan las historias de supervivientes de la guerra, individuos que han permanecido años en la cárcel por cometer delitos de carácter ideológico. Este tipo de personajes permiten a Chirbes ahondar en una visión cainita de España, en la imposibilidad de levantar el país por la falta de intelectuales y poetas, en la pérdida de la dignidad y en la idea de derrota que anida como un sentimiento en gran parte de la población española. Tampoco se olvida Chirbes de los jornaleros andaluces, individuos que no atesoran nada, que viven de lo poco que ganan en temporadas de recolección, trabajando como temporeros en los arrozales. La degradación progresiva de los personajes, que afecta incluso a las élites, es un reflejo de la vida de la postguerra. En Madrid hay gente que debe dedicarse al contrabando y al estraperlo para sobrevivir y cualquier oportunidad que se presenta provoca miedo porque es el temor a una nueva vida, a una posible opulencia, a la riqueza, cuando siempre se ha sido un pobre desgraciado. En este sentido, la descripción de Madrid en los años cuarenta es la de un lugar sin oportunidades, que se lo traga todo.
En la primera parte del libro, Chirbes cuenta retazos del final de la guerra, del exilio, y combina a partes iguales el miedo, el dolor y el hambre. En la segunda parte, titulada con toda intención La joven guardia, hay un salto cronológico, la narración se sitúa en los años sesenta, en la generación de los hijos de la postguerra, y se torna más cercana, como más autobiográfica. Es lícito pensar que en las voces superpuestas de los jóvenes personajes que afloran en estas páginas se encuentra el recuerdo de las experiencias de Chirbes en el orfanato y en la universidad madrileña. Se superponen de este modo las reglas estrictas, el orden y la violencia que rigen en el internado con las lícitas aspiraciones a escribir, la influencia ejercida por la formación cinematográfica o la experiencia de la homosexualidad.
La desbordante vitalidad de Madrid parece acoger a los personajes de la novela. En la capital confluyen los emigrantes gallegos, que huyen de la construcción de un pantano y que en la gran ciudad sufren la violencia del desarraigo, pero también llegan a Madrid los campesinos extremeños que buscan nuevas oportunidades y que comprueban, tristemente, el contrate con la vida en Extremadura, experimentando la soledad. El carácter inhóspito de la ciudad se advierte en los desagradables olores, que contrastan con los olores naturales del campo. También confluye en Madrid una generación de jóvenes, los niños de la postguerra, que mayoritariamente va a estudiar en la universidad, un grupo intelectual de estudiantes que discute sobre literatura y filosofía y que configura la nueva generación que luego llevará a cabo la transición política. El desarrollo de las ideas marxistas y la alternativa comunista se presentan como la esperanza para un nuevo país y una nueva sociedad. Chirbes parece recrear ambientes que él también vivió, desde la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria hasta los cine-clubs del centro de Madrid, pasando por el sindicato clandestino de estudiantes. Mezclando lo sentimental con lo literario, Chirbes se centra en la relación existente entre el despertar sexual de los personajes y la esperanza en una revolución comunista.
La novela está plagada de pequeñas historias que van entrelazándose como si se tratase de un tapiz, de detalles que enriquecen la narración, de situaciones sugeridas, de intersticios que el lector debe rellenar. En la larga marcha se habla de los supervivientes de la postguerra, de la brutalidad de los nuevos ricos, de la emigración y el desarraigo, de la esperanza en la revolución. En la novela flota, no obstante, una tenaz melancolía, fruto del desencanto ante las oportunidades perdidas y la decepción ante los sueños desvanecidos. La larga marcha finaliza en los sótanos de la Dirección General de Seguridad. Allí parecen concluir todas las esperanzas depositadas en la joven guardia.
        


lunes, 31 de octubre de 2016

Dos recuerdos

Por expreso deseo de Keynes se publican tras su muerte dos escritos inéditos, dos narraciones que el economista había leído en voz alta a sus amigos en la década de los años 30, en su casa del número 46 de Gordon Square, en esas reuniones donde los miembros del grupo de Bloomsbury aireaban sutilezas y sarcasmos mientras recordaban su pasado en Cambridge. La primera de las narraciones, titulada El doctor Melchior, describe la comprometida situación en que se encontraban las negociaciones de paz tras la primera guerra mundial. Keynes describe las dificultades que tenían las comisiones encargadas de la conferencia para ponerse de acuerdo, pues las posiciones parecían enquistadas después de dos meses, e insiste en los problemas económicos y financieros derivados de la ocupación alemana y del bloqueo de alimentos. A su llegada a la conferencia de paz en enero de 1919, Keynes se da perfecta cuenta de que hay que resolver el problema del abastecimiento de comida en Alemania, pero esta idea choca frontalmente con el obstruccionismo francés, con la posición francesa en las reuniones, obsesionada con la incautación de la marina mercante alemana. La situación se complica porque como telón de fondo en la conferencia se intuye el problema que supone la expansión del bolchevismo. Enfrascado en las negociaciones, Keynes traba amistad con el doctor Melchior, representante alemán en las conversaciones, pues parece interesado en mostrar la dignidad en la derrota. 
            En Mis primeras creencias, la segunda de las narraciones que se incluye en Dos recuerdos, Keynes hace un relato del espíritu de Cambridge antes de la guerra. Habla con frecuencia de religión juvenil, refiriéndose a las creencias del grupo de Bloomsbury, una religión sin moral producto de la influencia ejercida por el libro de Moore, recién publicado en 1903, los Principia Ethica. Keynes cuenta cómo el grupo se dejó arrastrar por las ideas de amor, belleza y verdad, mientras la cuestión del placer quedaba en un segundo plano. El afecto, la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento eran los principales objetivos, junto con la precisión en el lenguaje, en la formulación de las preguntas. Keynes observa esa religión, esas creencias, con cierta nostalgia. Pero también es cierto que cuando escribe y lee ante sus colegas Mis primeras creencias, posiblemente hacia 1932, todavía consideraba válidas las intuiciones de Moore. Sorprende observar cómo en esa época de principios de siglo Keynes y sus amigos parecían completamente alejados del mundo exterior, de las motivaciones económicas, de la tradición benthamita, del cristianismo y del marxismo. Practicando una cierta irreverencia hacia cualquier ortodoxia, Keynes habla incluso de inmoralismo.
            En estos Dos recuerdos brilla con nitidez la mente luminosa y radiante de Keynes. Sabía que conforme se acercaba la fatídica fecha de 1914 su visión del mundo estaba cambiando. Sabía que tanto él como sus compañeros del grupo de Bloomsbury estaban acabados.  
      

jueves, 29 de septiembre de 2016

Dinero, mentiras y realismo sucio

En el año 2000 se publica en Madrid, en Ediciones Irreverentes, la novela Dinero, mentiras y realismo sucio, el cuarto libro del escritor y editor Miguel Ángel de Rus. La obra es recibida por la crítica con grandes y merecidos elogios, siendo ensalzada por personalidades tan dispares como el cineasta Manuel Gutiérrez Aragón o el poeta Luis Alberto de Cuenca, al tiempo que periódicos de signo muy diferente, como El País o ABC, resaltan el valor literario de la novela. Por aquel entonces ya algunos críticos hacen hincapié en las resonancias valleinclanescas y cervantinas en la obra del escritor madrileño, pero todavía pasa casi desapercibida la influencia de la literatura francesa de finales del siglo XIX y principios del XX en De Rus, la deuda contraída por el escritor con la cultura gala. Estas dos tradiciones están en la base de todo lo que ha escrito De Rus a lo largo de dos décadas. Ahora, años después de la primera edición de la novela, cuando la obra del escritor madrileño ha alcanzado la plena madurez con la publicación de sus Novelas reunidas (Mar Editor, 2016), se presenta la oportunidad de revisitar esta pequeña joyita titulada Dinero, mentiras y realismo sucio. 
La obra literaria de Miguel Ángel de Rus deambula entre la necesidad de una mirada exterior al mundo en el que vivimos -una mirada furibunda, llena de odio, cinismo e ironía a partes iguales- y la búsqueda ansiosa de un refugio interior, que en el escritor madrileño se encuentra siempre en los libros, en la música, en la pintura, en el cine, en la cultura en general. En este sentido, De Rus trata de situarse en el marco de lo que podríamos denominar la verdadera cultura, distinguiéndola de la falsa cultura que prevalece hoy en día y que es un reflejo del podrido mundo que nos rodea. Para mostrar esta realidad tan desagradable, Miguel Ángel de Rus elige Estados Unidos como marco en el que se desarrolla la historia de Dinero, mentiras y realismo sucio, y cuenta los avatares de un crítico y escritor que decide vender su alma y su talento escribiendo las historias más zafias, vulgares y amorales que se puedan imaginar con tal de dar carnaza al vulgo y conseguir fama y dinero. Es como prostituirse a través de la literatura.
            La historia de este escritor, Martin White, es presentada en tono casi autobiográfico, en primera persona. La estructura de la novela combina de forma ejemplar la narración de las peripecias del protagonista en el mundo editorial con pequeñas historias, que sirven para ejemplificar el tipo de literatura que escribe Martin White. De Rus describe con ligereza el ascenso del escritor desde sus inicios en los que mezcla el trabajo radiofónico con la publicación de críticas y relatos hasta el momento en que empieza a escribir novelas que le reportan el éxito y la fama, y le convierten en el apóstol del erotismo, el máximo representante de la literatura underground y el realismo sucio. Justo cuando se encuentra en la cúspide de su carrera, una crisis existencial provocará la progresiva caída del escritor. Cada peldaño que sube camino de la gloria y el dinero hace más evidente el proceso de degradación moral que experimenta el protagonista, hasta el punto de que el lector asiste asombrado en las últimas páginas del relato a una especie de descenso a los infiernos en el que Martin White se va destruyendo lentamente. De Rus ha elegido a un mediocre escritor estadounidense como eje de la historia porque eso le permite por una parte realizar una sátira de la sociedad norteamericana y por otra parte describir las falsedades de la mayor parte de la literatura estadounidense de éxito. Abundan, pues, en Dinero, mentiras y realismo sucio, los comentarios peyorativos a propósito de un tipo de novelas escritas para gente con un bajo coeficiente intelectual, orientadas directamente hacia el cine, auténtica literatura basura.
            Es curioso observar cómo esta visión del mundo y de la literatura que nos ofrece De Rus a propósito del modelo estadounidense se ha trasladado a la vieja Europa, lo que convierte a Dinero, mentiras y realismo sucio en un libro de enorme actualidad. La literatura como negocio está a la orden del día, la mayor parte de los libros de éxito tienen una estructura calculadamente repetitiva y la falsedad en la cultura y en el arte lo inunda todo. No es casualidad que De Rus haya elegido como compañeros de viaje y amigos del escritor Martin White a un falso pintor, a un falso actor y a un falso escultor. Todos estos personajes son un reflejo del fracaso de la cultura moderna y, aún más, son personajes carentes de moral, de escrúpulos, el vivo retrato de una sociedad y una época decadentes. En la ciudad de Nueva York, Martin White escribe libros para la mayoría, literatura que no dejará huella, vive a todo tren, gozando de las más bellas mujeres. Martin White cumple el auténtico sueño americano, pero en una vida que está completamente dirigida, tal como nos recuerda De Rus, cualquier desliz puede provocar la caída. Todo es tan frágil. Y tan falso. Y entonces, justo en ese momento en que el mundo se derrumba alrededor de Martin White, nos damos cuenta de que le faltan las palabras para expresar los sentimientos y el dolor que atraviesa el alma. El escritor comprende que quizá la felicidad y el verdadero mundo se encuentren en esa juventud apegada a los libros clásicos. En el brillante final de Dinero, mentiras y realismo sucio, de claras reminiscencias quijotescas, Martin White percibe con claridad que ha vivido inmerso en la locura, en un mundo falso. Sólo al final, cuando está hundido en la más absoluta miseria moral, recupera la cordura. Por mi parte, tal como escribe De Rus en el memorable epílogo de la novela, “ya está bien”.           



miércoles, 31 de agosto de 2016

Autobiografía (o algo parecido)

En 1982 se publica la Autobiografía de Akira Kurosawa (Fundamentos, 1998). En el prólogo, el director japonés expone los motivos que le impulsan finalmente a escribir sobre su vida, señalando como factor decisivo la lectura de la autobiografía de Jean Renoir. Esa idea que late en el libro de Renoir en la que se pretende recordar a las personas y los acontecimientos que le han convertido en lo que es también está presente en el libro de Kurosawa, es decir, la necesidad implícita que siente de explicar cómo se ha convertido en director de cine. Todos los recuerdos de Kurosawa, en efecto, parecen caminar en la misma dirección, todas las vivencias parecen abocarlo al destino que le estaba esperando, sea la amistad en la infancia con el futuro guionista Uekusa Keinosuke o la experiencia adquirida con el director Yamamoto Kajiro.
Kurosawa valora todas las circunstancias de su existencia en términos cinematográficos. Una anécdota que relata en su autobiografía pone en evidencia esta idea. Cuando muere su padre, Kurosawa pasea desconsolado por las calles de Tokio y, sin embargo, a pesar del dolor que le embarga, al escuchar una música comprende que ha encontrado la melodía para la película que está rodando en ese momento, El ángel ebrio (1948). El propio director se da cuenta de que elementos como los zuecos y el traje de esgrima que habían jugado un papel importante en una historia de su infancia, en una pelea de niños, son empleados posteriormente en su primera película. Precisamente porque la memoria alienta la imaginación. Todo es susceptible de ser empleado e identificado con su afán de hacer películas. Los recuerdos de Kurosawa fluyen en imágenes, de modo tal que uno podría pensar que las visitas -con Uekusa- a casa del profesor Tachikawa, donde lee libros de héroes samurais, se reproducen en la última película del maestro, Madadayo (1993), y también podría pensar que las imágenes del pueblo donde nació el padre de Kurosawa, un pueblo que parece suspendido en el tiempo, son las mismas que el director imagina para el pueblo medieval de Los sueños (1990).
Al margen de las cuestiones cinematográficas, Kurosawa sólo se hace eco de aquellos accidentes o episodios que han configurado su carácter, como el gran terremoto Kanto o el suicidio de su hermano. La experiencia del terremoto de Tokio, acaecido el 1 de septiembre de 1923, ha marcado sin duda la vida del cineasta. Quedando el centro de Tokio envuelto en llamas y lleno de cadáveres, Kurosawa cuenta cómo, acompañado de su hermano mayor, pasea por las ruinas de la ciudad caminando entre montones de cadáveres calcinados. Más tarde se da cuenta de que ha sido una expedición para comprender el horror, para conquistar el miedo. Kurosawa ha relatado varias veces esta misma historia en distintos documentales sobre su filmografía, lo que puede dar una idea de la obsesión que esta visión ha ejercido sobre el cineasta.
Entre los episodios que Kurosawa relata con más pesar se encuentra la muerte de su hermano. Tras acabar sus estudios en el instituto, el cineasta había encontrado refugio en casa de su hermano, que trabajaba como narrador en el cine mudo. La influencia que ejercen los artistas populares de la narración y las películas del cine mudo en el cine de Kurosawa es tan evidente como ciertos temas que son recurrentes en sus historias. Ni que decir tiene que el suicidio aletea en la biografía de Kurosawa. El propio director cuenta un episodio que nos deja algo desconcertados, cuando siendo todavía joven, en el camino hacia el instituto, se suelta de la barra del tranvía sin aparente motivo y es sostenido por otros dos estudiantes. A este episodio desconcertante hay que añadir la trágica desaparición de su hermano, un hecho decisivo en la vida de Kurosawa. Por no hablar, finalmente, de la cuestión de la guerra y el tema del suicidio colectivo. El sacrificio es un tema que late en el ambiente, sobre todo durante el periodo de la segunda guerra mundial. De hecho, Lo más hermoso (1944) es una película sobre el sacrificio que se debe al país, algo que jamás se pone en duda.

La Autobiografía deja ver claramente la formación tradicional de Kurosawa, su ansiosa búsqueda de la belleza, su interés por las artes tradicionales, el amor a los caballos, a la pintura y al paisaje que rodea el monte Fuji, pero también su hastío ante el militarismo y la censura. La autobiografía se cierra en 1950, con Rashomon. Kurosawa se considera incapaz de atravesar la puerta de Rashomon e invoca a los personajes de sus películas si en realidad se desea conocer su verdadera identidad. 

jueves, 28 de julio de 2016

La odisea de la plata española

La odisea de la plata española es un ensayo que pone de manifiesto el aliento narrativo de Carlo Maria Cipolla, su capacidad para contar historias en el marco de una reflexión de tono histórico sobre un tema que le es muy conocido, a saber, la expansión y la circulación de la moneda en la edad Moderna y sus consecuencias en el desarrollo del comercio internacional. Publicado en Italia en 1996 (Crítica, Barcelona, 1999), cuando la figura de Cipolla se había agigantado gracias al irreverente y sugestivo Allegro ma non troppo, el libro arranca de forma luminosa, con la evocación de una serie continuada de acontecimientos extraordinarios que favorecen a España en el período que va de 1530 a 1560 y le convierten en la primera potencia. El descubrimiento de Potosí y Zacatecas se ve acompañado de la aparición de nuevas técnicas que mejoran la amalgama de la plata con el mercurio. Como es sabido, el sistema de flotas y convoyes organizado por la corona española contaba con el problema de la piratería y la violencia de las tempestades. Entre las mercancías que llegaban de las Indias el aspecto más importante era el “tesoro”, es decir, la plata. Cipolla se hace eco en este punto de la narración del contrabando y del fraude que se realizaba en la importación de plata para evitar pagar impuestos. Eso le hace pensar que la cantidad de plata que llegaba a España era mucho mayor que la registrada. Habla de “plata fuera de registro”. En este contexto, la plata llegada a e España en el siglo XVI marca un hito porque durante la Edad Media, hasta el siglo XV, Europa había sufrido una escasez de metal que dificultaba las relaciones comerciales internacionales. Así pues, la llegada de la plata en el siglo XVI es una novedad que Cipolla califica de “revolucionaria”.
Conforme avanza el discurso, Cipolla pasa a estudiar las monedas que invaden el mercado europeo, entre las que destaca los reales de ocho. Siendo consciente de que faltan documentos para poder precisar determinados temas, Cipolla sabe que a veces “debemos contentarnos con vagas e imprecisas impresiones generales”. Pese a ello, Cipolla sigue adelante con su argumento, analizando el flujo de plata (el real de a ocho) hacia Europa y hacia Oriente en segundo término. Desinteresados por los productos europeos, desde China e India se demandaba especialmente plata y plomo. Es así como los productos orientales llegaban a Europa y los productos europeos iban camino de las Indias, siendo la plata española, especialmente el real de ocho, la que permitió el volumen comercial desarrollado en los siglos XVI y XVII. Ahora bien, las compañías holandesa e inglesa, a partir del siglo XVII, se hacen con el monopolio del comercio de la plata que llegaba a Oriente. Por eso, Cipolla es contrario a hablar de imperio monetario castellano, pues en realidad la plata que llegaba de las Indias escapaba al control español, control que era ejercido por Génova, Portugal y la compañía de las Indias. La cuestión que sigue siendo un misterio, en palabras de Cipolla, es cómo una moneda tan fea, tan mal acuñada, tan fácilmente cercenable, y con tan poca estabilidad en peso y ley como era el real de a ocho pudiese encontrarse en todos los rincones del planeta. Quizá la fuerza de esta moneda es que se encontraba en grandes cantidades.

            Siendo la balanza comercial inglesa negativa en sus relaciones con China, la situación cambiará a partir del siglo XVIII, desde el momento en que la compañía inglesa de las Indias orientales apuesta por exportar masivamente el opio desde la India hasta China. A partir de ese momento la situación se invierte y la plata, acumulada en los tesoros imperiales de Pekín, inicia el camino de vuelta a Occidente. Así culmina la odisea de la plata española en el siglo XIX, enfrascada en los mecanismos del comercio internacional. 

jueves, 30 de junio de 2016

Doble fuga de amor y muerte

Publicada en Francia por La Nerthe en 2013, Doble fuga de amor y muerte (Periférica, 2016) es una nouvelle inédita de Jean Legrand, escrita seguramente hacia 1940, que cuenta con un pequeño anexo del autor, un artículo titulado “El nacimiento del amor”, que contribuye a arrojar algo de luz sobre el contenido de la novela. Conocido en el ambiente literario de los años 40 por su actividad editorial, Legrand publicó en esa década una trilogía de novelas en la editorial Gallimard. Aglutinador de un movimiento denominado el “sensorialismo”, Legrand se recluye en los años 50 en las inmediaciones de Montpellier, se aísla hasta convertirse en un escrito mítico. Precisamente, Doble fuga de amor y muerte cuenta la historia de un aislamiento, el nacimiento del amor entre Ange y Nin en una suerte de paraíso perdido. Cuando se lee esta sugerente y extraordinaria nouvelle se tiene la sensación de que Ange y Nin están solos en el mundo, rodeados únicamente por una naturaleza luminosa.  
            Nin observa, a la luz de una lámpara, una rosa mientras trata de captar la belleza, que se hará más evidente a la luz del día. En la cama de una habitación retozan los dos amantes, mientras en el exterior, en una especie de paraíso, se despliega la primavera. Parece existir una íntima relación entre lo que ocurre en la habitación y en la naturaleza. Amanece y la luz está cambiando. Legrand parece describir el cúmulo de sensaciones que se agolpan mientras Ange y Nin disfrutan de la llegada de la primavera, de la presencia de la mañana. El canto de los pájaros, el río que se intuye y el sonido de la naturaleza contribuyen a crear un ambiente idílico matizado por ciertos pensamientos funestos que se alternan en la narración.
            En Doble fuga de amor y muerte, Legrand reflexiona en voz alta sobre la belleza, sobre el amor entendido como pasión, como éxtasis, como vivencia de los sentidos, el amor “no como una generación ciega de la especie, sino como una renovación de los seres que viven ahí, ahora, sin preocuparse por su muerte, ni por su descendencia, ni por su más allá”, mientras la imaginación, en palabras del autor, juega en varios campos sensoriales.
            La nouvelle tiene un claro sentido aforístico, poético. Las palabras restallan como un auténtico vendaval de los sentidos al tiempo que sobrevuela una idea anunciada por el autor, la impresión de que “la naturaleza no es nada sin la mujer amada”.






  

martes, 31 de mayo de 2016

Los huéspedes

Los huéspedes (Ediciones Irreverentes, Madrid, 2016), segunda novela de Pedro Pujante, afianza la trayectoria del escritor murciano en la construcción de discursos narrativos definidos por la impostura y la ficción sin límites. Siguiendo la línea trazada en su anterior novela, El absurdo fin de la realidad, Pujante parece dispuesto a diluir las fronteras entre realidad y ficción, entre mundo imaginado y soñado. El protagonista de Los huéspedes es un escritor (igual que en su primera novela, no es casualidad), Roberto Hernández, que lleva una vida anodina en Torrevieja y que recibe una invitación para la participación en un simposio de literatura misteriosa, secreta, en un pueblo perdido de Extremadura, en Higueras (en El absurdo fin de la realidad el protagonista vive en Orentes). Todo resulta muy extraño desde el principio. Una vez en el pueblo, Roberto Hernández conoce a otros escritores invitados al evento, escritores poco conocidos, que viven en soledad y que coinciden en un lugar aislado del mundo, hasta cierto punto incomunicado. La presencia de Rocío Ramos, una escritora de Orentes, nos retrotrae automáticamente a El absurdo fin de la realidad. El inicio del simposio literario deriva en una especie de locura futurista en la que se combinan los viajes en el tiempo, los desdoblamientos, las realidades alternativas y las clonaciones. Nada es lo que parece. La novela se asemeja en este sentido a una suerte de diario de los acontecimientos que se suceden en Higueras, un desvelamiento progresivo de los misterios que acaecen en el pueblo. El relato está de este modo plagado de revelaciones que el lector va asimilando progresivamente y que Pujante va dosificando con el objetivo de hacer avanzar la historia. A través de la aventura que se despliega en Los huéspedes descubrimos que Higueras es una construcción artificial, el producto de un científico loco, un tal doctor Faustino, cuya idea original es la clonación del escritor Francisco Umbral, una especie de experimento científico y literario, de amor por la literatura en realidad. Por si esto fuera poco, un salto temporal en la novela sitúa a los personajes en el siglo XXIII, sin memoria de lo vivido. Un mundo artificial se ha desplegado en las profundidades de Higueras, un mundo lleno de peligros. Es como si hubiese tenido lugar un nuevo desdoblamiento de la realidad.
Fantasía literaria que narra un experimento científico, Los huéspedes es una farsa repleta de humor, un artificio que gira sobre la idea de simulacro, de imitación, de espejismo. El desdoblamiento de la historia, la repetición de elementos y los giros constantes en la narración envuelven la novela y convierten a Los huéspedes en un artificio literario que provoca una extraña sensación de ensoñación.