jueves, 28 de abril de 2016

La isla

Giani Stuparich forma parte de una generación extraordinaria de escritores triestinos, heredera de la tradición literaria centroeuropea. Combatiente en la primera guerra mundial, Stuparich sufre la pérdida de su hermano Carlo y la de su mejor amigo, el escritor Scipio Slataper. En 1942 escribe un relato largo, La isla. La editorial Minúscula ha publicado el libro con traducción de J. A. González Sainz. Giani Stuparich ha contado en La isla la relación que se establece entre un padre enfermo, moribundo, y su hijo. Ante la inevitable cercanía de la muerte, el padre decide pasar unos días en la isla, que evoca los recuerdos del pasado, en compañía de su hijo. Estamos, pues, ante una experiencia iniciática de vida y muerte. El marinero regresa a la isla para pasar sus últimos días. Al llegar a la isla padre e hijo contemplan a lo lejos la casa donde vivían, en la parte vieja de la ciudad, ya casi derruida, como un signo de otros tiempos. El padre, que era como un dios para su hijo, que le había abierto los ojos a la vida en un viaje a Dalmacia, es ahora un hombre cansado. La mirada del hijo y la mirada del padre generan una visión diferente del mundo. La sensación de miedo ante la muerte se expresa en cada mirada del hijo. Ante la ineluctable presencia de la muerte, el hijo busca esperanza, señales de que su padre no está tan enfermo, de que todavía hay una posibilidad de recuperación. Imagina con dolor los actos y los movimientos de su padre. A cada momento de plenitud sucede una crisis o simplemente la angustia que supone la certeza de que su padre empeora. El hijo descubre cosas nuevas de su padre y al mismo tiempo siente la impotencia, la imposibilidad de sincerarse antes del momento definitivo. Por eso, cuando camina con su padre lo embarga un sentimiento de piedad.
Stuparich juega con los contrastes, nos muestra la fortaleza del marinero, del padre, frente al espíritu ya marchito por la enfermedad. Combina la narración de los acontecimientos en la isla con la evocación de los recuerdos. En la ensenada donde atracan los barcos, el padre hace volar su ensoñación, la tradición de la isla: el encuentro entre los familiares y los marineros que retornaban de sus viajes. Entonces, comprendemos que el padre ha vuelto a la isla para legar a su hijo esa tradición y que a través de ese acto adquiere la serenidad necesaria para afrontar el destino que le espera. La voluntad de mantenerse firme forma parte de la última lección del padre. La narración, contenida, está llena de silencios. La luz y el cielo azul reflejan la vida sin límites en contraste con la llegada de la muerte. Al abandonar la isla, ese cielo, esa luz, el lector siente la misma sensación de pérdida que experimenta el hijo y, al mismo tiempo, un inevitable sentimiento de goce y plenitud.




jueves, 31 de marzo de 2016

Franz Kafka

¿Qué tienen en común unos niños jugando en una vereda, un paseo improvisado, la desgracia de ser soltero o el deseo de ser piel roja? Aparentemente nada. Son tan sólo temas y sugerencias que aletean en el primer libro de narraciones de Kafka. Estamos hablando, lógicamente, de Contemplación (Betrachtung), un conjunto de pequeñas historias publicadas en 1913. Los relatos están animados por una idea que los sostiene de forma muy frágil. Todo resulta desconcertante, paradójico, irónico. El deseo de hacer una excursión a la montaña expresa el deseo de cantar, la desgracia de la soltería se resuelve con un golpe de la mano en la frente, la descripción de un tendero puede estar animada por un arrebato poético, una elucubración sobre unos jinetes vencedores termina con una fina lluvia. En el camino a casa uno se puede sentir meditabundo sin tener ningún impulso a la meditación. En Contemplación no acertamos a vislumbrar si pasarse el dedo meñique por las cejas contribuye a desprenderse de un estado de ánimo melancólico o caminar hacia la tumba. Pero sí se comprueba que los personajes de Kafka sienten la imperiosa necesidad de mirar por la ventana, ansían tener libertad. Y si se encuentran con una apariencia, con un fantasma, dudan. Cuando están tristes se meten en la cama. Son personajes que observan absortos, que se contemplan las rodillas, de la misma forma que pueden contemplar el atardecer o la sonrisa de una joven al pasar de largo un hombre.
            La edición de Contemplación que presenta Barataria, con traducción de José Antonio Bravo, se completa con una novela inacabada de Kafka, Descripción de una lucha, publicada en 1950. Dos individuos salen de una fiesta y caminan por las calles de Praga, iniciándose a partir de ese momento una suerte de combate dialéctico entre los dos personajes. El paseo se convierte en una cabalgata. Casi sin darnos cuenta, observamos sorprendidos cómo el protagonista de la historia cabalga a lomos de su amigo. La cabalgata, al igual que luego el trayecto solitario hacia la montaña, es un entretenimiento, un intento vano de abandonar la monotonía, porque al final todo intento de crear una vida nueva se desvanece. La cabalgata acaba con una caída, la belleza del paseo se trastoca, se difumina. Kafka logra de forma casi misteriosa entrelazar historias y personajes. En su paseo, el protagonista de la historia se fija en un palanquín conducido por cuatro hombres que portan a un gordo. El gordo invoca al paisaje, como si tuviese capacidad para modificarlo. Pero lo que más nos conmueve es la historia que cuenta sobre el orante. Enamorado de una joven que acude a la iglesia, el gordo siente curiosidad por un individuo que ora con delectación y que da la sensación de que le gusta ser observado. La historia que el orante cuenta al gordo nos traslada a una fiesta en donde el joven trata de tocar el piano, aunque finalmente es expulsado galantemente de la velada. El orante dialoga con el paisaje antes de seducir con su lenguaje a un borracho. Todo se antoja surrealista y caótico, un fino hilo mueve las argumentaciones y ensambla los diálogos entre los personajes. La conversación entre el gordo y el orante se desarrolla en un zaguán oscuro y finaliza con la contemplación de las estrellas. Kafka parece buscar siempre una vía de escape. La narración se cierra con el hundimiento del gordo en el río. En la conclusión, Kafka vuelve a los dos personajes que han iniciado la historia. Se desenvuelven en la montaña, azorados por lo ocurrido en la velada, en la fiesta, animados por el amor que ha encontrado uno de ellos, por el paseo y la cabalgata, por la sensación de libertad que ofrece la montaña, pero constreñidos también porque saben que tienen que volver, y regresar significa retornar a la rutina, a la mediocridad y al trabajo.    




sábado, 27 de febrero de 2016

Exportar la libertad

En 2007 Luciano Canfora publica Exportar la libertad. El mito que ha fracasado (Ariel, Barcelona), un ensayo que, siguiendo la línea de Crítica de la retórica democrática, pone en evidencia la forma de operar de la Realpolitik, los intereses velados que definen la política de los llamados paladines de la libertad y la democracia. El ensayo se abre con un extraordinario texto de Benedetto Croce, escrito al finalizar la segunda guerra mundial, en el que a la vista del posible castigo a la Italia de Mussolini, el historiador italiano expone con ironía la posición inglesa frente al franquismo y cómo tanto primero conservadores como luego liberales deciden sostener el régimen franquista. El término “exportar la libertad” que da título al libro está tomado de una soflama de Robespierre durante el gobierno girondino. Robespierre advertía de los peligros que suponía exportar la libertad, la revolución, a través de la guerra cuando todavía no se había consolidado la libertad en Francia. El fracaso de esta idea, anunciada por Robespierre, no impidió, como se sabe, la expansión y la conquista militar con Napoleón. Y lo que es más sorprendente, Canfora encuentra en textos literarios de la época, entre los jacobinos, justificación a la labor “liberadora” de Napoleón entre los pueblos de Europa. Quizá como jacobino convencido, Canfora se pregunta en qué se equivocó el jacobinismo en ese momento, aun a riesgo de reconocer su “legado de ideas y críticas”.
            No obstante, el punto de partida del ensayo no podía ser otro que una reflexión sobre el concepto de libertad entre los griegos. Y entonces descubrimos los vaivenes de la política. Tras las guerras médicas, Atenas impone su régimen democrático y amplias libertades en las ciudades aliadas. Pero con el tiempo la alianza se traduce en imperio. Al iniciarse la guerra del Peloponeso, sin embargo, Esparta arguye que defiende la libertad de los griegos para acabar con el imperio ateniense. Trata de seducir a los aliados atenienses en busca de la defección. Y, curiosamente, la guerra se acaba cuando Esparta pide su apoyo a los persas, tradicionales enemigos de la libertad de los griegos. Al pasar de la Grecia antigua a la revolución francesa y de Napoleón al avance soviético, Canfora observa ciertos paralelismos que es preciso no desestimar. En la victoria de Stalingrado encuentra un efecto liberador para toda Europa centro-oriental y también para la lucha contra el fascismo. En lo que ocurrió después, con el avance soviético, halla ciertas similitudes con el prestigio ateniense tras las guerras médicas, que derivó en imperialismo, y con la expansión de la revolución francesa por Europa. Yendo más lejos todavía, Canfora compara la situación de Hungría y la revuelta popular de 1956 contra el Estado-guía, es decir, la Unión Soviética, con la revuelta de Samos en 441 a. C contra el imperio ateniense. Samos no recibió apoyo de Esparta. La OTAN tampoco movió un dedo para apoyar la revuelta en Hungría.  
            La historia de Afganistán desde el siglo XIX permite a Canfora formular la idea de “el gran juego”, la forma en que la Realpolitik se ha aplicado sobre esa zona del Asia central por los afanes imperialistas de Rusia, China e Inglaterra primero y por los intereses de Estados Unidos después, hasta llegar a la intervención soviética de finales de los años 70 con la intención de “liberar” Afganistán. La experiencia afgana es un claro ejemplo de lo que Canfora denomina la Realpolitik, una muestra evidente de la relación entre “exportación de la libertad” y “política de potencia”. No obstante, la interpretación de Canfora parece sugerir que la incapacidad del gobierno prosoviético en Afganistán para estabilizar un Estado laico ha derivado en el fundamentalismo islámico con las consecuencias por todos conocidas. La apuesta por un gobierno jacobino en Afganistán se antojaba en la visión de Canfora quizá la más opción más fiable.      
La intervención reciente de Estados Unidos en lugares como Irak, Camboya o Chile son ejemplos que emplea Canfora en el ensayo para demostrar que bajo la apariencia de una exportación de la libertad se encuentran los deseos y las exigencias de una gran potencia en cada momento. En la actualidad, la retórica de “exportación de la libertad” se ha enfocado hacia otra cuestión tras la caída del bastión soviético, hacia la lucha contra el fundamentalismo islámico y el terrorismo, que atentan contra lo que Canfora denomina irónicamente pax americana. Lamentablemente, esa parece la conclusión que se desprende de las palabras del historiador. El vacío ideológico que ha dejado el comunismo ha sido sustituido por el islamismo radical.


viernes, 29 de enero de 2016

Viaje a Rusia

En 1928 Stefan Zweig viaja a Rusia con una delegación de escritores para conmemorar el centenario del nacimiento de Tolstoi. A diferencia de otros escritores que se han trasladado a Rusia para observar los cambios que ha experimentado el país tras la revolución y se han despachado con un ensayo generalmente de tono político, Zweig no tiene la intención de escribir ningún libro porque no conoce el idioma ruso y porque tan sólo va a permanecer unos días en Rusia. Finalmente, decide publicar una serie de artículos en la Neue Freie Presse de Viena, que dan pie a Viaje a Rusia (Sequitur, Madrid, 2014), una colección de pequeños ensayos que pone en evidencia el escaso interés de Zweig por los asuntos políticos. Su mirada se vuelca en la cultura, en la mentalidad del pueblo ruso, en sus grandes escritores. El planteamiento de Zweig, centrado en el sufrimiento y la vitalidad intelectual del pueblo ruso, incita a admirar el aspecto humano más que a tomar posición política. El paso de la frontera rusa supone adentrarse en un nuevo mundo, aislado del resto de Europa no sólo por un bloqueo económico sino por sus ideas. En Rusia el sentido del espacio y del tiempo son completamente distintos al resto de Europa. Ahí encuentra Zweig la esencia del pueblo ruso, en su capacidad de espera, de sufrimiento.
La mirada de Zweig sobre Moscú convierte a la ciudad en un inolvidable revoltijo arquitectónico, en donde el bullicio de las calles contrasta con la sordidez de las casas. Al detenerse en la plaza roja, observa la escenificación de la revolución con la presencia de la tumba de Lenin, con la bandera roja centelleando en mitad de la noche. Con perspicacia comprende la forma en que la revolución ha convertido a sus héroes en mártires y la ideología marxista en religión. Los museos se llenan de obras de arte expropiadas por el Estado, pero lo que verdaderamente interesa a Zweig es cómo este hecho puede transformar la visión que se tenía por ejemplo de los iconos. Una vez en Leningrado, Zweig se da perfecta cuenta de la decadencia del zarismo. La ciudad está como agotada, sin vida. Ha perdido su brillo. En las salas del Hermitage, al comprobar la fastuosidad de los tesoros acumulados por los zares, Zweig reflexiona sobre la separación enorme entre los dos mundos, el de arriba y el de abajo, el de los zares y la nobleza por una parte y el del campesinado por otra parte, y entonces comprende, mejor que en ninguna otra parte, la revolución.
Zweig admira la ejemplaridad de los intelectuales rusos, fieles a su patria a pesar de las condiciones infames en las que viven y conscientes de que en Rusia se está produciendo un cambio decisivo en la historia del mundo. Y entre los intelectuales admira a Eisenstein y, sobre todo, a Gorki. La descripción luminosa de Gorki es la descripción de las posibilidades infinitas de la nueva Rusia. De hecho, Viaje a Rusia se completa con un pequeño ensayo sobre Tolstoi, escrito en 1937, y un texto conmemorando los sesenta años de Gorki. Zweig reflexiona sobre el pensamiento religioso y social de Tolstoi, cómo la búsqueda de sentido a la vida y la necesidad de justicia social hacen derivar los intereses de Tolstoi hacia la filosofía, la ciencia, la religión y la sociología. Late la idea de utopía, la construcción de un ideal para la humanidad doliente. El texto sobre Gorki resalta el papel de poeta del pueblo ruso desarrollado por el escritor, pues nadie ha reflejado con mayor fidelidad el alma rusa. Además de Gorki, Zweig se encuentra con los jóvenes poetas, con los representantes de una nueva generación, de un nuevo país. También asiste al teatro, donde advierte el nuevo espíritu de uniformidad y la ausencia de lujo, porque la vistosidad queda reducida al escenario.
El punto culminante del viaje a Rusia es la visita a la tumba de Tolstoi. En Yasnaya Poliana, Zweig comprueba la austeridad de la vida del gran escritor y se emociona con los objetos que recuerdan a Tolstoi. La tumba del escritor se encuentra situada en el mismo lugar donde Tolstoi había plantado unos árboles en su infancia. En el silencio del bosque, la sencillez de la tumba -sin lápida, sin inscripción y sin nombre- exalta la emoción de Zweig.           


jueves, 31 de diciembre de 2015

Prosas apátridas

Las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro se publican por primera vez en 1975. Estas breves narraciones no se ajustan a ningún género, carecen de territorio literario propio. Esta advertencia del autor, señalada en la nota introductoria, da una idea del tono literario del libro, a medio camino entre el aforismo y el diario, entre el ensayo y el cuento. “Hedonista frustrado”, Ribeyro tiñe también de notas autobiográficas sus Prosas apátridas. La dispersión de sus intereses, la insatisfacción ante lo realizado, la sensación de haber errado el camino se combinan con una cierta melancolía que aflora en ocasiones, sobre todo cuando se deja llevar por la nostalgia arrebatadora de los paisajes de la infancia, la sensación de que “también mueren los lugares donde fuimos felices”, el espacio imaginario de una casa en que se proyectan todos sus anhelos.  
Ribeyro estaba obsesionado por identificar la verdadera cultura, por matizar la distinción entre erudición y cultura, de modo tal que en pequeñas dosis va dejando caer sus ideas sobre el arte y la literatura, cómo el arte moderno está ya presente en el arte antiguo. Sólo hace falta cambiar la perspectiva, fijarse en los detalles para darse cuenta de ello. Convencido de que la escritura es una forma de conocimiento, no duda en advertir que la literatura es afectación, una afectación que debe evitar la retórica. A través de la escritura Ribeyro deja trazas, señales de su existencia. “En cada una de las letras que escribo está enhebrado el tiempo, mi tiempo, la trama de mi vida”. El acto de escribir se convierte en un sacrificio personal, un acto primordial que da sentido a la vida pues mediante la escritura Ribeyro ha tratado de comprender y ordenar el mundo, tentativa vana que justifica el escepticismo del escritor. La literatura, además, se alimenta de la memoria. Por eso el libro está cuajado de pequeñas reflexiones sobre el paso del tiempo. La memoria es imperfecta, selectiva, sólo restituye aquello que no puede hacernos daño. Ribeyro insiste a menudo en la destrucción de la memoria y en el continuo olvido de la historia, en cómo la memoria de lo vivido sustituye a la memoria de lo imaginado, en cómo el tiempo reconstituye, modifica de continuo nuestra visión del pasado. 
            Prosas apátridas es, por lo demás, un libro teñido de pequeñas historias que dejan huella, que emocionan, como la del redactor que, afectado de locura erótica y desmemoriado, termina de barrendero en la misma oficina donde trabajó; o la de esa hermosa niña de ocho años, que aquejada por una enfermedad, ve cómo progresivamente la vida se le escapa; o más aún, la del propio Ribeyro, anclado en una cama de hospital y obsesionado por contemplar cómo una hoja germina en primavera. Observador atento de la vida cotidiana, Ribeyro describe al empleado de agencia, al policía del metro, a los pobres de Andalucía, al albañil argelino, a los agentes de Bolsa, perfilando con minuciosidad la deshumanización de nuestro tiempo. 
Ribeyro odia el capitalismo en la misma medida en que odia la religión. Elogia la amistad, superior en todos los sentidos al amor. Recalca que las grandes obras de la creación humana son anónimas. Concede una gran importancia al azar en la forma en que se cruzan y se separan las vidas de las personas. Encuentra como denominador común en el hombre, a lo largo de la historia, la crueldad. Consciente de que el hombre moderno ha perdido contacto con la naturaleza, sabe que el camino hacia lo esencial raras veces se abre. Dominado por la idea de que la vida se reduce a unos pocos actos y momentos valiosos, teniendo claro que nada vamos a dejar en esta vida y agostado por el escepticismo, Ribeyro parece esperar la llegada de un soplo de misterio o de poesía, la irrupción de lo maravilloso en un mundo dominado por lo trivial.
Entretanto, en las Prosas apátridas se intuye la presencia cercana de la muerte, la sensación de que Ribeyro vive a crédito, como si en medio de la enfermedad apurase sus pocas opciones. La necesidad de la soledad y el silencio no son mitos literarios, se traducen en una necesidad vital en Ribeyro. Morir solo, en la profundidad del bosque o de la selva, se presenta como un deseo irrenunciable. Anhelando capitular, el tintineo de la campana que dobla a muerto es una melodía doliente mientras resuenan sus últimas palabras: “la única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro”.  
  




domingo, 29 de noviembre de 2015

Mi Gaudí espectral

Rafael Argullol ha escrito un relato sobre la figura de Gaudí que explora, a medio camino entre la ficción y el ensayo, la relación de amor y resentimiento entre Barcelona y el arquitecto. El libro, Mi Gaudí espectral (Barcelona, Acantilado, 2015), que se podría incluir dentro del proyecto que el propio autor ha denominado escritura transversal, pone de manifiesto la obsesión de Argullol por la Sagrada Familia. La historia se inicia con unas anotaciones sobre la muerte de Gaudí, con la mitología creada en torno a este evento y, sobre todo, con la mirada de un niño que empieza a vislumbrar en sueños el espectro de Gaudí. Los encuentros ficticios que desde la infancia el escritor ha soñado establecer con el arquitecto van marcando el ritmo de la narración y sirven a Argullol para construir una imagen de Gaudí en la que se combina la mitología popular con el afán por escrutar la belleza.        
            El tono autobiográfico del relato permite relacionar al arquitecto con la historia de su ciudad, con los acontecimientos de la Semana Trágica, con los incendios de iglesias en la guerra civil, con el desarrollo urbanístico de Barcelona. Argullol cuenta los altibajos que ha tenido la figura de Gaudí en el imaginario popular, el sentimiento de rencor latente entre unos profesores de la Escuela de arquitectura que veían la modernidad en otro lugar, y que consideraban a Gaudí un arquitecto anclado en el pasado. Arquitecto de Dios, arquitecto de los pobres, viejo loco, pobre diablo, las imágenes que suscita la figura de Gaudí se van sucediendo en la narración, mientras el escritor ve al espectro cuando sube a ver la Sagrada Familia, cuando contempla la Pedrera o cuando se adentra en la cripta de la Colonia Güell.
Obsesionado por la cuestión de la fe, Argullol trata de acercarse a la espiritualidad de Gaudí para entender la forma en que se plasma la belleza. El taller del arquitecto es presentado como una cueva, un lugar en el que Gaudí vive alejado de la vida cotidiana, en su mundo espiritual, ajeno a la realidad. Y la Sagrada Familia se convierte en una conquista del espíritu, el proyecto redentor de Gaudí. Así pues, si la inspiración del arquitecto se encuentra en el gran libro de la naturaleza la Sagrada Familia se concibe como una prolongación de la obra divina en la naturaleza. En 2009 Argullol contempla la Sagrada Familia desde lo alto, montado en un helicóptero. En el momento en que el sol está en todo su plenitud tiene la sensación de que la luz inunda el edificio concediendo un “halo de armonía” a la ciudad. Entonces nos percatamos de que Mi Gaudí espectral es una narración que trata de comprender la relación entre la Sagrada Familia y Barcelona. Es un libro concebido desde esa perspectiva. Un año más tarde, Argullol asiste a la consagración de la iglesia por parte del Papa. Es en esa ceremonia cuando se da cuenta de que la Sagrada Familia, como todas las grandes obras, desnuda a la ciudad, la hace más frágil. Quizá el templo sea la expresión del fin de una época, de la decadencia del cristianismo o del inicio de algo nuevo. Lo que queda en todo caso es la imagen de una concha reflejando la luz del cielo, pues esa luz es la que traslada el arquitecto a la piedra para captar sin duda alguna la belleza. 



sábado, 31 de octubre de 2015

La rebelión de los inexistentes

En La rebelión de los inexistentes (Madrid, Irreverentes, 2003), Juan Patricio Lombera traza el cuadro de una sociedad futura en el año 2059. Tras el estallido de una guerra nuclear acaecida cuarenta años atrás, algo así como una tercera guerra mundial, se ha establecido como sistema político una especie de Estado Universal –un remedo acaso de la globalización-, un mundo pacificado que da la sensación de ser un espacio idílico y que ofrece una apariencia de normalidad. Tan sólo un grupo violento que se autodenomina “Guerrilla del pensamiento para la liberación universal” parece poner en jaque el orden establecido. En este clima de aparente sosiego en el denominado Estado Universal se desarrolla la aventura de Isidro Gálvez, una suerte de viaje que tiene mucho de descenso a los infiernos, pues tras cometer una imprudencia el joven protagonista de la historia pierde su empleo y es enviado a un campo de trabajo. Es entonces cuando empezamos a percibir las fisuras que posee el sistema. Comprobamos que los parásitos de la sociedad, los que no tienen empleo, son desterrados tras la celebración de un juicio. Las desdichas del protagonista no acaban aquí porque, finalmente, Isidro Gálvez pasa de estar en un campo de trabajo a un enclave inhóspito que se denomina el desierto de los olvidados.
La paradoja radica en el hecho de que es precisamente a través de este descenso a los infiernos cómo el protagonista logra recobrar la memoria histórica, la conciencia de un pasado que le había sido arrebatado como habitante del Estado Universal. En un poblado perdido Isidro Gálvez aprende las costumbres establecidas en el desierto de los olvidados y se percata de que el trabajo es considerado una necesidad ineludible únicamente para conseguir lo imprescindible. La gente atesora tiempo libre. Isidro Gálvez enseña literatura universal y, al mismo tiempo que empieza a recobrar los recuerdos, su visión del pasado, que se limitaba a las narraciones orales de su padre, se transforma conforme se ilumina su vida. Sólo poco a poco el protagonista va tomando conciencia de que en realidad ha vivido en un engaño. Sólo entre los desahuciados, entre los “inexistentes”, es capaz de recobrar la verdad de lo acontecido en el pasado. Es entonces cuando se da cuenta de que su vida ha sido una farsa.
La fuerza narrativa de la historia nos arrastra con el protagonista hasta el punto de sentirnos identificados con esa idea. ¿Acaso el engaño en el que vive Isidro Gálvez no es un remedo de la farsa en la vivimos todos en la actualidad? ¿Acaso los inexistentes de la historia de Lombera no son los olvidados de nuestros días? ¿Acaso el gobierno universal no es una metáfora de la reciente globalización? Los inexistentes, en realidad, se rebelan únicamente porque pretenden darse a conocer, sólo ansían entrar en la historia. El engaño en el que vive el protagonista –y todos los habitantes del Estado Universal- sirve para mantener el sistema y los privilegios de una minoría a costa de una mayoría de pobres que son desterrados y olvidados en lugares aislados.
            Metáfora del mundo actual, libro de ciencia ficción, proyecto utópico, aviso apocalíptico, La rebelión de los inexistentes es una aventura literaria en donde Lombera proyecta una visión crítica de la sociedad globalizada deambulando entre el escepticismo y la esperanza, entre la farsa y la verdad.