domingo, 29 de septiembre de 2019

Clavícula



Una mujer toma un avión y durante el trayecto, mientras lee, piensa y desarrolla un pensamiento paralelo, comienza a obsesionarse con un dolor que le llega de la costilla, debajo del pecho. Así se inicia Clavícula (Anagrama, 2017), una narración de claro tono autobiográfico en la que Marta Sanz parece retomar el hilo de Lección de anatomía. Un buen día, esta mujer se derrumba, llora y se desgañita delante de su pobre marido, un cincuentón en paro. Acude a la ginecóloga para tratar de descifrar los males que atraviesan su cuerpo. El dolor se convierte en una obsesión que le persigue en los viajes, en las conferencias, en la vida diaria. En definitiva, no puede desembarazarse de un dolor que le acompaña a todas partes y que es incapaz de definir. Precisamente esta indefinición es lo que más mortifica a la escritora, que se pregunta, igual que el lector, si acaso no está afectada por una enfermedad imaginaria, fruto de la melancolía, si acaso no sea todo quizá un ejercicio de hipocondría, o, finalmente, si acaso no es tan sólo una mujer afectada por la menopausia.
Queda claro, en todo caso, que Marta Sanz, como ella misma dice, escribe sobre lo que le duele. Se desnuda ante el lector, a veces con crudeza, a veces con ternura. El dolor se hace público, se transmite a los demás. Es una mujer ensimismada que trata de focalizar el dolor, que se halla sometida a la incertidumbre de no saber qué es lo que realmente le afecta y eso la deja en un estado de nerviosismo permanente. La punzada, como la llama, parece situarse en la clavícula. Mientras la fragilidad atenaza el cuerpo de esta mujer y su marido la vigila atentamente y la cuida, encargándose de todo, la necesidad de diagnosticar una enfermedad flota en el relato como una obsesión recurrente, al tiempo que la menopausia surge como un fantasma que se despliega junto al sesgo reumatológico, vinculado al dolor de la clavícula. Los viajes a Monterrey, a Cartagena de Indias, a Bogotá o a Manila por cuestiones de trabajo son tan sólo un alivio pasajero, pues la alegría o satisfacción que experimenta la escritora es, en cierta medida, falsa.
En Clavícula, Marta Sanz trata de huir del relato, de la intriga. “La autobiografía”, escribe, es la consagración de la realidad y de la primavera, y no las costuras para convertirla en un relato”. Sin, embargo, Clavícula parece demostrar todo lo contrario pues la autobiografía se convierte en un relato. Y a decir verdad, el texto está plagado de una presencia yuxtapuesta de pequeños relatos, mensajes privados y recuerdos de viajes que ofician casi como sutiles narraciones. La escritora, que se considera una proletaria de las letras, pero ajena a determinado tipo de ficciones, que no soporta, se desenmascara, se desnuda ante los demás con “palabras purgantes”, palabras que hieren, con “un extraño sentido de la autenticidad” que, a veces, provoca el dolor y la angustia de los seres más queridos, sobre todo su marido, pero también sus padres, cuya presencia en el texto parece un intento, vano, de mitigar el dolor. “Yo quiero que me dejen en paz”, proclama la escritora. De lo que no cabe duda, en cualquier caso, es que la escritura asume una función catártica, porque hay “cosas sobre las que merece la pena escribir”. La escritura, sólo la escritura, se convierte en un consuelo. 
Es cierto, además, que el texto tiene un aire de época. Lo dice la propia Marta Sanz, que recoge las obsesiones feministas de nuestros días. No es casualidad que se afirme, con reiteración, que es “una aventura ser mujer y viajar sola”, justamente lo que hace la escritora, que en sus viajes escribe poesía y contempla los contrastes entre pobres y ricos.
Clavícula se presenta, en definitiva, como “una indagación”, un camino que atraviesa el dolor de hacerse viejo. La sensación de paso del tiempo es el anticipo de la mejoría, cuando la escritora es capaz de recomponer sus pedazos y se lleva, finalmente, los dedos al Bósforo de Almasy. 


viernes, 30 de agosto de 2019

Los reinos de otrora



Regreso del río Arinat, del país de Iramiel, de la región de Baldrás, de la isla de la infamia, de la ciudad de Xaor, de las tierras de Isapán, de la hospedería de Pr y, finalmente, de la ciudad de Beirán. Estos lugares configuran el territorio imaginado por Manuel Moyano en Los reinos de otrora (Editorial Pez de Plata, 2019), un espacio que sirve para evocar, a veces con nostalgia, a veces con ironía y humor, y casi siempre con sinceridad, los viajes y peripecias que acontecen a un joven huérfano y a su tío Nicodemo, un auténtico sabio versado en múltiples conocimientos. Las fábulas que entrelaza Moyano en este precioso libro (en todos los sentidos, pues la edición se completa con unas hermosas ilustraciones del vitoriano Jesús Montoia) nos retrotraen a un mundo casi atemporal, a caballo entre el medievo y el renacimiento.
Los viajes del joven huérfano se inician en el país de Iramiel, donde se requieren los servicios de Nicodemo como médico, pues la reina se manifiesta completamente infértil. En un bosque de almezos, junto a la ciudad de Baldrás, tras aspirar el aroma de unas flores, Nicodemo se ve inmerso en un estado de melancolía que le obliga a mirar el pasado con nostalgia. Los viajes en barco con el almirante Abú Ben conducen a los protagonistas hasta la isla de la infamia, a una historia contada por el pérfido rey Malubaro, capaz de acabar con todos los habitantes de su isla, incluidos sus mujeres e hijos, con tal de mantener ocultos sus tesoros. En la ciudad de Xaor intuimos que Nicodemo ha mantenido encuentros amorosos esporádicos con una enana, de igual modo que sabemos que, en la villa de Pr, se retira a un cenobio para acompañar a una serie de santos varones dedicados al estudio. Y en el país de Isapán disfrutamos de las aventuras del caballero Alamor, una especie de remedo del Quijote. Tras pasar por una hospedería en la ciudad de Pr, donde el eco convoca palabras pronunciadas antes o después, a modo de presagios, la aventura acaba en la tierra de Beirán, junto a una hermosa floresta, un lugar en donde el engaño de los sacerdotes se sustenta en un falso oráculo que parece, sólo parece, marcar el destino del rey.
            En este viaje que afronta el lector en Los reinos de otrora se combinan las maravillas con las desdichas, como si la vida nos regalase al mismo tiempo unas y otras. Así pues, disfrutamos del mercado de Iramiel, rebosante de todo tipo de productos, de la biblioteca de Mirabolán, con los más bellos y singulares libros, del hipogeo de los reyes, cuya bóveda imita el cielo estrellado, y de la hermosa floresta de la tierra de Beirán. Pero también somos testigos de la inquina, del engaño y de la lucha por el poder.
Moyano no esconde sus gustos, sus preferencias. Las historias que cuenta el caballero Alamor en el país de Isapán recuerdan las desventuras del Quijote igual que la estancia en Xaor nos devuelve a las andanzas de Gulliver o los viajes en barco con Abú Ben tienen un cierto regusto de Stevenson. Y da la sensación de que al contar la historia del caballero Alamor la idea de Moyano es, precisamente, establecer una especie de trabazón con El Quijote, porque uno de los personajes en el entramado de la narración es un médico que responde al nombre de Ben Engeli, más conocido por Cide Hamete, un escribiente que recibe de su criado Sérvulo la historia del caballero Alamor.
            Divertimento o hallazgo literario, o ambas cosas a la vez, el libro de Moyano se presenta como un viaje iniciático, la experiencia vital más importante del joven protagonista, narrador de las peripecias en primera persona, al declinar la vida, justo en el momento en que los recuerdos son más hondos. El joven ha querido que su destino corra paralelo al de su tío Nicodemo.
            Al terminar la lectura de Los reinos de otrora uno queda atrapado en una extraña sensación de ineludible paso del tiempo, acomodado a la idea de que “nuestra existencia es ilusoria”, que nada importa demasiado y que el destino no está escrito, pues la única cosa cierta es que nos espera la muerte antes o después. Pero, al terminar la lectura, también tiene uno la sensación de que hasta en los lugares más insospechados pueden surgir momentos inolvidables, porque incluso en un sitio tan poco agraciado como Xaor resplandece esporádicamente la belleza cuando el joven protagonista contempla el amanecer sentado sobre un jorfe: “El aire, que olía a humo de enebro y manzanas silvestres”, recuerda el protagonista, “me trajo a la memoria cierta mañana de otoño en el Arinat. Un sentimiento de dicha me llenó por dentro. Bajo las primera luces del día Xaor me pareció, por esa vez, un lugar hermoso”. Esto es lo único que nos queda, a fin de cuentas.

lunes, 29 de julio de 2019

Mientras embalo mi biblioteca



Un casa, un jardín, un viejo presbiterio con un granero. Estamos en una suerte de granja al sur del valle del Loira. Corre el verano de 2015. Con más de setenta años, Alberto Manguel se ve en la necesidad de embalar nuevamente su biblioteca, de más de treinta y cinco mil libros, y dejar atrás el viejo presbiterio con el granero. Consumido por una extraña melancolía, Manguel contempla los estantes vacíos, los anaqueles donde antes reposaban los libros, que han vuelto, sin más remedio, a las cajas, al olvido. Así se inicia Mientras embalo mi biblioteca. Una elegía y diez digresiones (Alianza Editorial, 2017). Ni que decir tiene que el libro tiene un claro tono autobiográfico y que no es casualidad que recorra un arco cronológico que va desde el momento en que Manguel embala la biblioteca del Loira hasta el instante en que es nombrado director de la Biblioteca Nacional de la Argentina. Son los dos hechos decisivos que articulan el libro.
         El hecho de embalar la biblioteca del Loira es el punto de partida. Como toda biblioteca es autobiográfica, Manguel encuentra en ello el tema de la elegía sostenida del libro. Por eso escribe sobre cómo ha organizado su biblioteca, especificando la relación que ha experimentado con las bibliotecas en general, porque se ha de decir que Manguel ha pasado la mayor parte de su vida construyendo bibliotecas, que luego, finalmente, ha embalado en cajas mientras los libros esperaban el momento oportuno de cobrar vida sobre las paredes de una nueva biblioteca. El proceso de embalar una biblioteca tiene algo de necrológico. Embalar, señala Manguel, “es un ejercicio de olvido”, que estimula un ejercicio de nostalgia. Ante la pérdida de la biblioteca del Loira, por ejemplo, Manguel experimenta la misma sensación que Alonso Quijano cuando comprueba, después de dos días de reposo en la cama, que ha desaparecido su biblioteca. Algo parecido a lo que debió sentir Galeno cuando se incendia su biblioteca en el siglo II y no tiene más remedio que recluirse en sus recuerdos. Por no hablar de la desaparición de la biblioteca de Alejandría y la sensación de pérdida para la cultura occidental que deja en el ánimo de cualquier lector. Desembalar, por el contrario, es un acto creativo que supone situar los libros en una nueva posición en los anaqueles. Al desembalar, precisamente, empiezan nuevamente a aflorar los recuerdos que nos vinculan a cada libro.
            Las digresiones que Manguel va desgranando al hilo del tono elegíaco de la narración son reflexiones en voz alta que tratan de atrapar al lector en la magia y en los límites del lenguaje, un tema muy querido por Borges. La leyenda judía del Golem, establecida en el siglo XVIII, sirve a Manguel para divagar sobre la paradoja en la que se mueve la creación, que termina siempre en una sensación de fracaso. “Este doble vínculo”, escribe Manguel, “la promesa de revelación que todo libro ofrece a su lector y la advertencia de derrota que todo libro da a su escritor, es lo que presta al acto literario una fluidez constante”. Porque, efectivamente, en cada libro se busca una epifanía que, al final, nunca se cumple. Esta sensación de fracaso que se experimenta es fruto, precisamente, de los límites que impone el propio lenguaje en la representación de la realidad, cuestión que se pone en evidencia, sobre todo, como señala Manguel, en la incapacidad para escribir sueños de forma coherente.
Obsesionado por el origen de la invención literaria, Manguel relaciona la obra literaria con la melancolía, una idea muy extendida desde Aristóteles y que ha hecho fortuna hasta el punto de que se ha desarrollado una imagen del escritor, un tópico que lo presenta como un hombre pobre, que sufre y angustiado. Y movido por la necesidad, y al mismo tiempo imposibilidad, de desvelar los orígenes de las grandes obras literarias, la reflexión se encamina hacia la venganza como motor creativo frente al perdón.
Manguel experimenta, por lo demás, una sensación de posesión con los libros que lee. No puede desprenderse de ellos porque proporcionan alivio y consuelo, además de una eterna conversación que suple la soledad del ser humano. Y ama tocar los libros porque son “talismanes mágicos”. Y adora los diccionarios, por la forma en que se ordenan las palabras, el lenguaje, principio de todo que nombra las cosas.
            Las notas autobiográficas de la sostenida elegía culminan en Argentina, en Buenos Aires, cuando Manguel es nombrado director de la Biblioteca Nacional y vuelve a la ciudad y recuerda con orgullo que Buenos Aires es una ciudad de libros. Por eso, Manguel explora la forma en que la literatura influye en los viajes, en la vida misma, como ocurre en la colonización de América, donde la imaginación de los colonos está inflamada por las lecturas de libros, por las historias que emanan de los libros. Queda claro para Manguel que “la realidad imaginaria de los libros contamina cada aspecto de nuestra vida”. De ahí que los libros que acompañan a Pedro de Mendoza en la fundación de Buenos Aires configuran una biblioteca imaginaria que acaso da su propio sentido a la ciudad.
            Mientras embalo mi biblioteca apunta, finalmente, quizá a modo de justificación, quizá a modo de apuntes de trabajo, a la labor desarrollada por Manguel al frente de la Biblioteca Nacional de la Argentina, tras dejar atrás la biblioteca del Loira. En este punto, los recuerdos de Borges se mezclan con la idea de justicia y de ética cívica, aplicadas al trabajo en una biblioteca, porque lo que pretende Manguel es ejercitar esa idea en la Biblioteca Nacional, buscando con ello ampliar el campo de lectores. No es casualidad que el libro se cierre con una reflexión sobre el valor de la palabra, sobre la función que cumple la literatura en la sociedad, dado que la literatura es memoria y tiene un carácter testimonial.
Quizá, afín de cuentas, en cualquier biblioteca o ante cualquier libro, Manguel experimente la misma sensación que el protagonista de la célebre novela de Kafka, la extraña paradoja de estar atrapado y al mismo tiempo jugar con la posibilidad de echar a volar.

sábado, 29 de junio de 2019

Por Caridad



La segunda novela de Mariaje López, Por Caridad (M.A.R. Editor, 2018), tiene un claro tono autobiográfico que intensifica la aparente ficción con los recuerdos que va desgranando la autora. De hecho, en las precisiones previas a la novela, Mariaje López insiste en la veracidad del relato, al menos en lo sustancial. Pero, en realidad, ¿de qué recuerdos y vivencias estamos hablando? A modo de expiación, Mariaje López ha retornado a su infancia, o mejor dicho, al momento en que de forma abrupta se acaba su infancia. La muerte del adorado padre marca un antes y un después en la vida de Caridad, la protagonista de la novela, porque en ese preciso instante la niña, de ocho años de edad, ingresa en una especie de orfanato o reformatorio regentado por la orden de las Hermanas de la Caridad Divina. La novela, en este sentido, tiene un matizado tono realista, e incluso costumbrista, pues los episodios que recuerda la autora en el orfanato, siempre relacionados con el hambre y el sufrimiento, traducen el ambiente de la época que, aunque en ningún momento se señala de forma explícita, anuncian el tardofranquismo.       
Mariaje López ha querido, no obstante, iniciar la novela con una escena de enfrentamiento directo entre la protagonista y una de las hermanas del reformatorio, quizá para poner en evidencia de forma clara a través de la narración la evolución del personaje, desde la inocencia de los felices días en la casa familiar hasta la fortaleza de que hace gala tras cuatro años de experiencias funestas en el orfanato. Es por eso por lo que, en cierta medida, se puede considerar Por Caridad como una novela de formación. La narración va avanzando al hilo de los recuerdos que va entrelazando la autora y el perfume de los geranios, que es el olor de la feliz infancia, da paso a una especie de negrura que lo abarca casi todo. El orfanato se convierte para la protagonista en un espacio asfixiante que actúa claramente como metáfora de una época y de una sociedad. A su vez, cada espacio del orfanato cobra vida, desde el claustro hasta las habitaciones donde se trabaja, pasando por el dormitorio, la capilla o el refectorio. En cada lugar encuentra la autora un hueco para una historia, para un recuerdo. Todo pasa bajo el matiz que perfila la memoria: el bordado, las letanías en la capilla, los infames castigos, los ejercicios espirituales en Cuaresma, los bailes regionales, los regalos en Navidad y, sobre todo, como una especie de tabla de salvación, la lectura en voz alta de relatos por las tardes.
En algunos pasajes de la novela parece aflorar en la protagonista cierta actitud de resentimiento, quizá hacia la madre, quizá hacia la vida misma, pero sobre todo hacia las hermanas que regentan el reformatorio. No en vano se advierte cómo el carácter de Caridad se va agriando y la autora, en un ejercicio en donde se mezcla la ficción con la autobiografía, es consciente de ello. Este resentimiento es un caldo de cultivo que conduce a una especie de rebeldía ante lo que sucede, quizá como una forma de luchar contra la resignación, la ausencia de expectativas y la falta de esperanza. 
Por Caridad es, en definitiva, un ejercicio de honestidad, que traduce una experiencia personal convirtiéndola en un acto de purificación. 



jueves, 30 de mayo de 2019

Serem Atlàntida



Serem Atlàntida (Barcelona, Edicions del Periscopi, 2019) completa la afanosa búsqueda de algo inasible, algo que está relacionado con la identidad, individual o colectiva, algo que entronca con las radiaciones que emiten las cosas, algo que conecta directamente con la idea de simulacro y falsificación. Esta afanosa búsqueda, iniciada con Intercanvi y continuada con Gegants de Gel, culmina ahora en un libro denso y hermoso, preñado de nostalgia. No es casualidad que el autor, Joan Benesiu, baraje la posibilidad de publicar algún día las tres novelas como un todo único con el sugerente título de L’avenir dels altres. Si en Intercanvi el protagonista pasea distraído por París y en Gegants de gel se dedica a escuchar historias en torno a una mesa en la ciudad argentina de Ushuaia, en Serem Atlàntida el mismo personaje parece divagar de un lugar a otro obsesionado por la que considera una muy probable descomposición de Europa, mientras siente una extrañable nostalgia que lo lleva azacaneado arriba y abajo por los territorios del antiguo imperio austro-húngaro.
El protagonista de Serem Atlàntida da la impresión en todo momento de ser un individuo nostálgico atrapado en una suerte de parque temático de ilusiones perdidas, da la sensación de no poder escapar a la sociedad del espectáculo en la que estamos inmersos. Un buen día, este protagonista que ejerce como narrador de la historia, mientras se encamina a uno de sus infinitos viajes, sufre un encuentro azaroso en el aeropuerto de Valencia que le permitirá adentrarse en las vidas difusas de Mirko Bevilacqua y Clara Bernat, en la historia peculiar de amor y amistad que enlaza a estos dos seres singulares, y que les ha llevado a una isla perdida en el océano Atlántico, a París siguiendo una persecución inspirada en un cuento de Pron o, finalmente, a las ruinas de Chernobil, donde pulula un turismo nuclear y también una peligrosa atracción por el abismo. Seducido por las historias que cuenta Mirko Bevilacqua, el protagonista entra en una vorágine que le lleva a involucrarse en los viajes de estos dos seres singulares. El viaje iniciático se desarrolla primero por el meridiano de París, siguiendo un libro de Lluis Calvo, para luego continuar por la ciudad de Trieste, hasta Zagreb y más allá, siguiendo la guía de un viejo mapa del imperio austro-húngaro, (la guía Bradshaw del año 1913, justo antes del inicio de la gran guerra).
Benesiu siempre se ha interesado por los lugares de frontera. Trieste, patria de su admirado Claudio Magris, ejerce como anclaje de toda la historia. Allí confluyen diversas culturas y hacia allí apuntan las historias que se cuentan en Serem Atlàntida, historias que se remontan a los horrores de las guerras y las razzias del siglo XX. Trieste se antoja un lugar de paso entre el oeste y el este de Europa. La costa dálmata, entre Italia y Croacia, se convierte en la metáfora que trata de explicar los problemas de identidad, individuales (de los personajes) y colectivos (de los pueblos). Impelido por la necesidad de la memoria, por la búsqueda de la identidad, el protagonista rastrea en su pasado y encuentra ese momento clave que andaba buscando mientras pasea una noche por el paralelo 45, invocando con nostalgia la pérdida del padre. Y Mirko Bevilacqua rastrea también sus orígenes porque anhela vislumbrar su identidad. Es aquí donde se demuestra que, a veces, el pasado es como una losa, exactamente igual que el pasado de Europa. Atenaza a los personajes, hasta el punto de que algunos cambian de identidad y rompen las relaciones familiares.
            Obsesionado por los espacios de la memoria, por una topografía emocional intacta, Benesiu se queja de la desaparición progresiva de estos espacios, que nos deja en un estado de orfandad, el mismo tipo de orfandad que experimentan los personajes de la novela. Por eso la nostalgia invade toda la narración, la nostalgia que se siente en los no-lugares, es decir, los espacios convertidos en ruinas, que han perdido vida, sea por la guerra, por la radiación nuclear o por cualquier otra razón. Son lugares donde fluye el pasado, la identidad perdida. Pero también la nostalgia emana del recuerdo del padre, cuya desaparición provoca también un estado de orfandad.
Los viajes que los personaje realizan a la periferia de las cosas representan un intento, vano e inútil, de escapar del simulacro, de la falsificación que invade Occidente. Por eso, el protagonista está obsesionado con el este, porque en el oeste todo es un simulacro. Su viaje por los territorios del antiguo imperio austro-húngaro se justifica en parte por la búsqueda infructuosa de autenticidad. Pero nada escapa al simulacro, igual que nada escapa a las radiaciones que proporciona el concepto de desplazamiento. El simulacro afecta a las ciudades, incluso a la propia París.
            Serem Atlàntida traduce, finalmente, una cierta obsesión por el viajar infinito, por el tiempo, por la duración y el instante, por la fenomenología del gesto, por el situacionismo. Pero lo que se intuye desde el principio, y está en el eje de la novela, es la decadencia de Europa, las ruinas de un continente que provocan una permanente sensación de melancolía y permiten reflexionar, en la soledad de una noche en el paralelo 45, en la posibilidad de que quizá seamos Atlántidas perdidas.     



martes, 30 de abril de 2019

La actualidad innombrable



En La actualidad innombrable (Anagrama, 2018), Roberto Calasso ha tratado de explicar el funcionamiento de la sociedad secular en la cual estamos anclados. También indaga en el origen del islamismo radical, que ha desembocado como todos sabemos en un terrorismo que invoca el sacrificio y el odio precisamente a la sociedad secular. El origen de este fenómeno con los asesinos-suicidas de Osama Bin Laden nos conduce al siglo XI, a la historia de Hasan-i-Sabbah, más conocido como el Viejo de la Montaña, y a su secta de asesinos viviendo en una especie de paraíso cerca de la fortaleza de Alamut. Pero al rastrear los orígenes del terrorismo islámico también se tiene en cuenta el nombre y el sacrificio de Sayyid Qutb y su obra que sirve de guía, Señales en el camino.
Pero más allá de este enfrentamiento entre el islamismo radical y la sociedad secular, el libro apunta desde un primer momento hacia lo que Calasso denomina “el germen de la autodestrucción”, un período de autoaniquilación que se extiende entre 1933 y 1945. ¿De qué estamos hablando entonces? En la sociedad vienesa del gas, el título del segundo ensayo del libro, Calasso explora lo acontecido entre 1933 y 1945 a través de textos y cartas de escritores de la época, retazos que reflejan el ambiente tenso que se vivía, orientado claramente, como apunta Louis Ferdinand Céline, a la violencia. Las intuiciones de Robert Frost, el miedo de Virginia Woolf a viajar por Alemania e Italia en 1935 o las ambigüedades de Ernst Jünger forman parte de un conjunto de secuencias, de imágenes, que nos iluminan sobre lo que se está gestando en ese momento. Y es que Calasso está obsesionado por demostrar el carácter devorador de la sociedad. Cada carta, cada palabra parece conducir a la inevitable guerra. Particular interés tiene en este contexto la conferencia pronunciada por Élie Halévy en 1936 ante la Société Française de Philosophie, una charla titulada de forma sugerente “La era de las tiranías”. Halévy es de los primeros en equiparar lo que estaba ocurriendo en Rusia con lo que pasaba en Italia y Alemania, comparando la dictadura soviética con la dictadura fascista y hitleriana, evocando al mismo tiempo las interpretaciones de Platón y Aristóteles en el mundo griego para sugerir el paso de la democracia a la tiranía en los años treinta.
En septiembre de 1937 se celebra el congreso de Núremberg que entroniza al hitlerismo como la nueva religión triunfante, con su particular y singular mitología que engloba elementos paganos y cristianos. No hay que olvidar, además, que el hitlerismo caminaba hacia una suerte de doctrina esotérica, con la creación de algo parecido a una orden de caballeros. Robert Brasillach, presente en el congreso de Núremberg, se hace eco, con entusiasmo, del giro que ha dado la nueva Alemania. Simone Weil adivina lo que el hitlerismo supone para tantas almas perdidas: “una sólida ilusión de unidad interior”. Por lo demás, Walter Benjamin informa en 1939 que la Sociedad Vienesa del Gas ha suspendido el servicio del gas a los judíos. Las noticias sobre los parias o sobre los suicidios (entre ellos el de Walter Benjamin) se suceden a lo largo de 1940. La cuestión judía parece en marcha en 1941. Los escritos periodísticos de Goebbels no dejan lugar a dudas. De hecho, en Iasu, en Moldavia, Curzio Malaparte describe la matanza indiscriminada de 13.000 judíos. En Alemania, Hans Carossa es nombrado presidente de la Asociación Europea de escritores. En el discurso de agradecimiento pronunciado en Weimar el escritor advierte: “Todos ustedes, queridos señores, tendrán igual que yo la firme convicción de que una renovación de Occidente sólo podrá surgir del espíritu y del alma”.
Mientras tanto, en 1942 se celebra la boda del príncipe Konstantin de Baviera y en 1943 Goebbels se regocija ante el final de una película largamente deseada para la UFA, Münchhausen. Son los festejos que parecen marcar el final de una época. En abril de 1943 salen a la luz las noticias de la matanza de Katyn, que Goebbels pretende utilizar como propaganda contra el régimen bolchevique y para atacar las afinidades del bando aliado.
Cuando Vasili Grossman entra con el Ejército Rojo en el campo de Treblinka y luego en Berlín todo se asemeja ya a un cementerio. Da la sensación de que el paso de la democracia a las tiranías y el desplome de Europa han sucedido como en un sueño.

domingo, 31 de marzo de 2019

36 maneras de quitarse el sombrero



El escritor y editor Miguel Ángel de Rus ha reunido en 36 maneras de quitarse el sombrero (M.A.R. Editor, 2018) una variopinta y sugerente colección de relatos de humor, creados con “animus jocandi” como el mismo autor apunta en una suerte de advertencia previa a la lectura. La honorabilidad de algunos de los personajes que aparecen en los cuentos, y que podrían identificarse con personas reales, jamás se pone en duda. Con este arranque irónico y humorístico, el libro vuela en todas direcciones. De Rus se fija atentamente en el mundo que le rodea. Y lo que ve, como no podría ser de otro modo, no le gusta.  Por eso, la sociedad que envuelve a los personajes se manifiesta en franca descomposición, porque De Rus no soporta la vulgaridad de los tiempos en los que vivimos, no soporta el progresismo de salón, no soporta lo políticamente correcto y no soporta, en definitiva, a los grandes magnates. No es casualidad, pues, que De Rus encuentre en la ficción el justo castigo que merecen esos nuevos aristócratas que viven ajenos a las desgracias del mundo. Pero más allá de esta sociedad degradada, el espíritu claramente decimonónico del autor, a contracorriente, dedicado plenamente a la observación, se pone en evidencia en esos personajes que sienten náuseas al contemplar el mundo, que no entienden porque en un urinario se vende publicidad o en una cafetería la tecnología te aplasta con su propaganda insulsa. Son seres que buscan la soledad y el aislamiento, acompañados de sus inseparables libros. Pueden ser periodistas, escritores o simples ciudadanos aburridos del devenir de la sociedad, como es el caso de ese personaje de Una justicia horizontal, que vive en un falansterio rodeado de libros y música, dedicado a la meditación y que cultiva un pequeño huerto.
Miguel Ángel de Rus

Conviene no olvidar que algunos de estos personajes que pueblan los cuentos claramente han claudicado, sólo esperan la jubilación porque son ajenos al avance del mundo, como el médico de ¿Y su juramento hipocrático? O, en todo caso, fruto del desamor se dejan arrastrar por la desilusión, la renuncia y la derrota, como en El pan ácimo. Son seres, en definitiva, que muestran una cierta desesperanza, una falta de optimismo ante el futuro de la sociedad. Reflejan la desesperación de no poder hacer nada, porque la opinión pública se ha impuesto, lo políticamente correcto, porque vivimos en una época en donde “la opinión de un sabio vale menos que la de cien locos”. Y si De Rus revive a escritores que adora, como Kafka, Proust o Mihura, es para mostrar siempre un tono pesimista, un cierto desapegado del mundo. Por eso, cuando aparece Mihura en un teatro es para reflejar el distanciamiento del escritor, separado de las prácticas cotidianas de la sociedad actual.
            Algunos cuentos tienen un cierto tono autobiográfico, pero todo parece filtrado por el sentido del humor, desde el feminismo, el animalismo, el ecologismo y el nacionalismo, hasta la madre patria. De Rus bromea a propósito de los Borbones, a los que no soporta, hace escarnio de la monarquía británica, se burla de los servicios de inteligencia y plantea con ironía una posible adaptación de los clásicos a la moral actual. Incluso bromea con la dichosa construcción del muro mexicano, poniendo en solfa los verdaderos intereses políticos que hay detrás de cada acción. Pero no se olvida tampoco de ironizar a propósito de la literatura que se ha impuesto en nuestros días, con la forma en que se escriben la mayoría de los libros, con la disposición de los escritores a recibir premios de antemano. El humor, en definitiva, sirve a De Rus para hacer una radiografía pesimista del avance del mundo, plasmada en el contraste que se establece entre el escritor y el mundo que contempla.
            También hay relatos que hacen gala de un profundo erotismo, de un cierto regusto por los juegos del placer y de la mirada, dando la sensación de que cualquier cosa se puede convertir en un espectáculo. A veces, De Rus saca a la luz de forma algo velada escándalos actuales, haciendo burla de los periodistas. A veces también, muestra las disputas pasionales, producto de los instintos más bajos, y trata con ironía la violencia que ejercen las diversas religiones, las mentiras implícitas en la idea de apocalipsis.
De Rus, en cualquier caso, parece elevarse allí donde el relato camina entre la realidad y la ficción, cuando todo se asemeja a una ensoñación, como en Hieródula bellísima, donde la aventura del protagonista con la joven sacerdotisa tiene los aires de un sueño, o en El rayo rojo, donde un científico consigue dar vida a un héroe soviético para luego devolverlo a la muerte. Y siempre, o casi siempre, mostrando contrastes, allí donde la inteligencia y el silencio se manifiestan como atributos contrarios al ruido que nos acecha por todas partes. Y siempre, o casi siempre, la sensación de que nos envuelve una realidad totalmente manipulada, que más allá de la búsqueda de la verdad, hemos entrado en una fase que irónicamente De Rus denomina “un mundo de posverdad”. Reconociendo que siempre ha sentido debilidad por los placeres estéticos, De Rus, parafraseando a uno de sus personajes, no reconoce más supremacía que la aristocracia del saber.