sábado, 31 de octubre de 2020

El placer

 

En 1952 Max Ophüls dirige Le Plaisir inspirándose en tres relatos del escritor francés Guy de Maupassant: La Maison Tellier, Le Masque, Le Modèle. En 2019, siguiendo a Ophüls, la editorial Periférica ha recopilado los tres cuentos en un libro, con el sugerente y bello título del film, El placer. El volumen se abre con La máscara, la historia de un anciano, Ambroise, antaño un joven seductor, que ahora pasa el tiempo en fiestas y en bailes de disfraces con una máscara que oculta su edad pero no sus errores. La narración nos permite observar las infidelidades de Ambroise desde la perspectiva de su mujer, Madeleine, una pobre señora que, a pesar de todo, sigue queriendo a su marido, hasta el punto de hacer entrañable el relato de sus aventuras.

Es evidente, por lo demás, que La casa Tellier es el eje central que articula el libro, como había ocurrido ya en el film de Ophüls. No en vano, La Maison Tellier era el título de la primera colección de cuentos publicada por Maupassant en 1881. En concreto, la “casa Tellier” que se describe en el cuento es una casa de prostitutas en una ciudad de provincias. En el primer piso, en la sala Júpiter, los burgueses del lugar departen con la Madame y con las prostitutas. Es como si determinado grupo social necesitase hacer algunas cosas en la intimidad, en un lugar secreto. Mientras, en la planta baja de la casa, retozan y beben los marineros con las prostitutas. Son dos mundos, pues, separados. Un buen día, la “casa Tellier” cierra porque se celebra en el campo la comunión de la sobrina de la Madame. Maupassant describe lo que ocurre cuando el sábado por la noche está cerrada la “casa”, mientras los burgueses y los marineros ceden a la impotencia y al furor. Es como si al faltar el alimento, el placer, se desplegaran los instintos más violentos del ser humano. Pero Maupassant pone el acento en el viaje y en la aventura de las prostitutas en el campo, porque eso le permite mostrar de forma irónica y poética el contraste entre la ingenuidad de la comulgante, que tiene su correlato en la belleza de la naturaleza, y la nostalgia que experimentan las prostitutas al comprobar el paso del tiempo y las oportunidades perdidas. Es la deriva de la vida.    

El viaje en tren de las prostitutas al campo, con la Madame al frente, es un ejercicio de costumbrismo y de sátira por parte de Maupassant, que busca la ironía en el contraste entre los campesinos y las prostitutas engalanadas. Una vez en la campiña, brillan las colzas, los acianos y las amapolas. Es una nueva vida que seduce en comparación con la vulgaridad de la vida en la pequeña ciudad de provincias. Es el silencio del campo en la noche, que atraviesa el corazón, “un silencio tranquilo, penetrante, que llegaba hasta las estrellas”, escribe Maupassant. Llenas de ternura, las prostitutas explotan su lado más humano ante la pequeña comulgante. Es como si volviesen a la infancia. La culminación de todo este proceso se produce en la celebración de la comunión en la iglesia. La emoción y las lágrimas de las prostitutas, que con toda seguridad están recordando su infancia, transportan a toda la comunidad que celebra la comunión en la iglesia a un estado de éxtasis que raya en el milagro. Por eso, Maupassant se recrea describiendo toda la misa. Tras la eucaristía, llega el regocijo de la fiesta, de la comida. El placer de la vida fluye por todas partes y tiene su remate en el viaje de la carreta que conduce a las prostitutas a la estación de tren, pues la alegría explota en las canciones y en la belleza de la campiña mientras la balada explora el tiempo perdido. Al llegar de nuevo a “la casa Tellier”, por la noche, las muchachas se muestran juveniles, llenas de placer. El fin de semana en la campiña ha dado alas a su existencia mediocre, aunque sea por un breve período de tiempo. Así pues, el placer, el baile y el amor vuelven a sus vidas con fuerzas renovadas.

En el relato que cierra el volumen, La modelo, se cuenta la historia sentimental de un pintor y una modelo. En la narración, Maupassant ha preferido contar las cosas una vez ya pasadas, para concederles un carácter más funesto y trágico, lo que le permite plasmar con más fuerza, por ejemplo, los contrastes entre la belleza y el silencio del paseo por un río por un lado y el carácter de una mujer inestable por otro lado. Al borde de la locura, la modelo termina lanzándose por una ventana, en una especie de suicidio que no se cumple y que termina dejándola completamente impedida en una silla de ruedas. El narrador se muestra, igual que el lector, completamente anonadado: “No olvidaré jamás la impresión de aquella ventana abierta después de haber visto cómo aquel cuerpo la atravesaba; de un instante a otro me pareció enorme como el cielo y vacía como el espacio”. Es la deriva de la vida, nuevamente.

En estos relatos que configuran El placer, Maupassant se mueve, en definitiva, entre el fulgor de la juventud y la impotencia de la vejez, entre la ternura y la emoción arrebatadoras y la realidad y la violencia más costrosa. Pero todo se acompasa mientras continúa “el profundo sueño de la tierra”. Quizá nosotros, como lectores, soñamos con Maupassant, pues “nos hubiera gustado llevar a cabo cosas sobrehumanas, amar a seres desconocidos, deliciosamente poéticos”. Esa posibilidad, hermosa como un sueño, pero engañosa al fin y al cabo, se presenta en el escritor como una utopía anhelada y rozada, antes del final funesto que todos conocemos, en una clínica, tras varios intentos de suicidio.

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