miércoles, 30 de septiembre de 2020

Cuadernos de tierra

 

En ocasiones, el escritor necesita abandonar su vida cómoda frente al escritorio porque su espíritu ansía nuevos horizontes. Es, entonces, cuando impulsado por un cierto aire de aventura, decide bordear lo desconocido. Durante un lustro, entre 2007 y 2012, insuflado por este espíritu de renovación, Manuel Moyano realiza una serie de salidas, de excursiones, bordeando los ríos, adentrándose en los bosques, experimentando el insufrible calor del sureste español. Los trayectos que emprende Moyano responden a una idea de abandono, a una necesidad interior que se traduce en experiencias en comunión con la naturaleza, en soledad y que, garabateadas en el cuaderno del escritor, han dado lugar con el paso de los años a un hermoso libro, Cuadernos de tierra (Menoscuarto, 2020). Moyano ha tardado un tiempo en dar forma a estas exploraciones porque es bien cierto que los libros, como si tuviesen vida propia, a veces escogen su momento, el que consideran adecuado para adquirir su definitiva configuración.    

            Cuadernos de tierra se presenta, tan sólo en principio, como un libro de viajes. El narrador acomete una serie de excursiones por el sureste español, caminando sin objetivo fijo, con la única intención de sentir la libertad que todo hombre desea, en “la búsqueda de un impreciso estado mental”. Pero el libro es mucho más que un diario de viajes porque, animado por su espíritu inagotable de contador de historias, Moyano atiende a cualquier detalle que encuentra, a cualquier susurro contado a media voz por alguien. Así pues, casi de forma azarosa, el viajero alcanza a vislumbrar otras historias que no tienen nada que ver con el camino que describe, porque el más mínimo detalle alimenta su imaginación. Y es el deseo de saber más sobre esas historias que ha encontrado en el camino el que mueve a Moyano a volver al lugar de los hechos en busca de información. Es la curiosidad por cerrar el círculo de un viaje, de una narración. Es la necesidad implícita de llegar con una historia hasta el final.  

En los viajes, Moyano bordea los ríos buscando las fuentes del río Segura o su desembocadura en Guardamar, remonta el río Mula hasta sus orígenes, o, incluso, toma como “eje argumental” un río prácticamente seco, el Vinalopó. Pero también se adentra por la sierra de Albacete, en un auténtico tour de force que lo lleva a recorrer una porción de las Cordilleras Béticas, o viaja por las montañas alicantinas atravesando el valle de Gallinera. En estas excursiones, Moyano se comporta como “un puro observador, un antropólogo” que desgrana aspectos de la naturaleza y de la vida humana que le llaman la atención, ya sean los cormoranes en el río, el trabajo del esparto o las casas excavadas en la roca. Hasta cierto punto, quiere sentirse “como un hombre primitivo, en los albores de la especie”. No lo detiene el asfixiante calor, ni las incomodidades del viaje, ni el cansancio, ni los achaques de la edad. A veces, parece estar a punto de abandonar el proyecto, pero una cierta tozudez siempre le incita a seguir adelante. Al mismo tiempo, el cansancio y el agotamiento impulsan en su ánimo una especie de purificación.

            Atento a los detalles que ofrece el camino, como un “rastreador de historias”, Moyano encuentra en sus viajes, casi por azar, singulares y, en ocasiones, desconcertantes historias, como la del extraño autoestopista asesino, que recorriendo Europa ha cometido cerca de Socovos una fechoría en la persona de un viejo campesino, o como el crimen de Góntar, que trae recuerdos de la barbarie implícita en los albores de la guerra civil, o como la estancia de un nazi, durante años, en el valle de Gallinera. Así pues, de este modo, lo que en apariencia se presenta como un cuaderno de viajes por el sureste se transforma en otra cosa, porque Moyano, actuando como un investigador se desplaza, a posteriori, a los lugares donde han tenido lugar los hechos narrados con la intención de entrevistar a informantes e indagar buscando una fábula que contar. Moyano hace, pues, historia oral, porque se topa con tradiciones que han quedado retenidas en la memoria de las gentes del lugar, con elementos que transforma la tradición oral, modificando aquí y allá el núcleo de la historia. A veces, en medio de estas cruentas historias, la necesidad de humanismo obliga al narrador a fijarse en otros detalles, como ese pobre perro que carece de una de las patas delanteras. 

            Repleto de pequeñas historias que acontecen al caminante entre el asfixiante calor, porque el universo está trenzado de historias mínimas, Cuadernos de tierra tiene un claro tono autobiográfico, y traduce las manías del autor, que salen a flote aquí y allá, sea la obsesión por los embalses y por las pintadas de las paredes (donde una frase puede expresar un misterio), el placer de las comidas o los baños en las pozas cuando el calor aprieta, la animadversión por los cazadores o el fútbol, y, en definitiva, el odio al ruido, porque lo que se busca es precisamente el silencio.  

Sea un cuaderno de viajes por el sureste, sea la narración de un viaje de purificación, todo parece aunarse en la llamada de lo salvaje, que diría Jack London, en la necesidad de palpar la inmensidad de la naturaleza. Se busca, dice el autor, “el trance del camino” y, al mismo tiempo, sortear aunque sea por unos días el vacío que provoca la vida cotidiana, porque “mientras se camina, la vida parece tener algún sentido”. De hecho, cuando el deseo de soledad y el ansia de sacrificio remiten el camino queda cerrado, acabado. Pero, más allá de este final inevitable, en el recuerdo quedan, acaso como un tesoro en estos cinco años empleados en viajar, que abarcan en realidad tan sólo tres semanas, ciertos destellos de felicidad o, dicho de otro modo, la ilusoria idea de que se fue “completa y absurdamente dichoso”.          

 

1 comentario:

  1. Un libro placentero y reflexivo a la búsqueda del siempre huidizo uno mismo.

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