jueves, 31 de diciembre de 2020

El último encuentro

 

En 1942 se publica El último encuentro (Salamandra, 2018), de Sándor Márai, una novela que trata de reproducir una experiencia moral a través de las confesiones de un viejo general del imperio austrohúngaro que, retirado en la mansión familiar, lleva una vida en soledad, con sus criados y con su nodriza, con la que mantiene una relación extraña, especial. El general vive en la habitación más oscura de la casa, en una de las alas del castillo. No se deja ver nunca desde la muerte de su mujer. Su vida reproduce, en realidad, los esquemas de su familia, de sus antecesores, una generación que vive en el honor, en el orgullo de la palabra dada. El general ha pasado casi toda su vida, en concreto cuarenta y un años, a la espera de algo que por fin se va a producir: el reencuentro con un viejo amigo, Konrad, un antiguo camarada. La fecha del encuentro, en 1940, no es baladí, porque Márai da mucha importancia al paso del tiempo, repitiéndose con asiduidad la cronología en la narración, precisamente porque el pasado pesa como una losa sobre los personajes. De hecho, el encuentro entre los dos amigos debe sacar a la luz la verdad, que se encuentra sepultada en unos acontecimientos acaecidos en el pasado. El general desea, además, que al recibir a Konrad todo sea como antaño, desea que se repita todo, con los mismos elementos, porque de lo que se trata es de dar sentido al pasado y, con ello, dar sentido a la vida misma. 

            Para poder comprender el alcance del ritual que se va a celebrar entre los dos viejos amigos, Márai se toma su tiempo en contar la historia de amistad entre el general y Konrad, surgida en la juventud, en una Academia militar vienesa. Es una convivencia extraña y única la que se establece entre los dos amigos, una relación llena de pureza, que parece ajena al mundo. La vida en común de los dos transmite la felicidad de Viena, la felicidad de toda una ciudad, una alegría que parece flotar en el ambiente de orden y seguridad que transmite el imperio. A pesar de la amistad que los une, a pesar de vivir juntos en Viena mientras realizan su primer servicio al emperador, ambos muchachos son muy diferentes. Konrad ama la música, mientras el general ama la caza. La música y la caza expresan, por así decirlo, las distancias entre los dos amigos, del mismo modo que ponen en evidencia las diferencias existentes, quizá insalvables, entre los padres del general, un guardia imperial húngaro y una joven francesa.

            Los recuerdos del pasado fluyen en la narración antes de la llegada de Konrad, antes del ansiado encuentro. Las fiestas de antaño, que destilan el perfume del antiguo imperio austrohúngaro, y la estancia en Bretaña a los ocho años, donde el rumor del mar se asemeja al de los bosques en Hungría, sirven para dibujar la sensación de que “todo está conectado en el mundo”. Prevalece un aire de misterio (un cuadro que falta en las paredes), un personaje femenino en la neblina del tiempo, Krisztina, la mujer del general, que ya ha muerto. Prevalece, sobre todo, la nostalgia del pasado. Hasta los objetos y los cuadros en el castillo dan una dimensión del pasado. Y la confesión, larga y prolija del general, una vez se ha producido la llegada de Konrad, es una recreación del pasado, de la dimensión externa de los acontecimientos, la guerra y la revolución rusa, que lo han cambiado todo, pero, sobre todo, de la dimensión interna de unos hechos que transformaron las vidas del general, de Konrad y de Krisztina. Las reflexiones del general van desgranándose, poco a poco, hasta llegar a un acontecimiento único, clave en sus vidas. El secreto que yace en la historia radica en una cacería, en un instante último en que todo se resuelve en un bosque, como si la vida entera de los personajes se definiese en ese instante. Ese secreto define la infidelidad de Konrad, que supone, y esto es lo verdaderamente importante, una traición a la amistad, a un valor eterno que sustenta la vida entera del general.

            Mientras la sensación de que el pasado va envolviendo al lector, poco a poco, en una densa bruma, las reflexiones del general, llenas de detalles, caen a plomo sobre el carácter de cada individuo, definiendo a cada persona y situándola en un espacio vital determinado. Estas reflexiones son una especie de ajuste de cuentas con el pasado, cuando ya el final de la vida se acerca. Por eso, la confesión íntima que recorre gran parte de la novela es, a todos los efectos, un monólogo que repasa la vida del general antes de morir, porque lo que acecha al final del relato es la muerte. “Amarillentos y huesudos”, escribe Márai sobre los dos viejos amigos, “parecen unos esqueletos”. Las velas que se apagan al final del encuentro certifican la defunción, simbólica, de los dos camaradas. Nada hay más que decir. “Al fin y al cabo, el mundo no importa nada. Sólo importa lo que queda en nuestros corazones”, concluye el general. Y lo que queda son las cenizas de una pasión que ha desbordado a los tres personajes centrales de la historia. El general, en efecto, ha vivido para la venganza, “contra todo y contra todos”, para conocer la verdad. Y añade: “y por eso no me he matado”. La vida lo arrastra. El envejecimiento moral sucede al envejecimiento físico. Llega el fin, el acabamiento de las cosas. “Un día te despiertas”, dice el viejo general, “te frotas los ojos, y ya no sabes para que te has despertado”.

Algo parecido quizá debió sentir Sándor Márai cuando se suicidó en 1989, en San Diego, lejos de la llanura húngara, tras la muerte de su mujer y de su hijo. Anclado todavía en el viejo mundo, el aislamiento tocaba a su fin con un arrebato último de dignidad.    

 

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