1. En 1896, en la revista Die Wahrheit, Max Weber publica un ensayo titulado Fundamentos sociales de la decadencia de la cultura antigua (Oviedo, KrK, 2009). Una vez fallecido el autor, en 1924, el texto se edita de nuevo en un volumen de Ensayos de historia social y económica (Gesammelte Aufsätze zur Sozial und Wirtschaftsgeschichte). Se trata, pues, de un escrito relativamente temprano en la obra de Weber que presenta, tal como se ha señalado en diversas ocasiones, una cierta filiación marxista. Una afirmación de este tipo, sin duda alguna, merece una explicación detallada. El tema en concreto que plantea Weber es el hundimiento de la cultura romana, que se empieza a vislumbrar en el siglo III con la decadencia de la literatura, el derecho y la historiografía. Es importante señalar, en este sentido, que el autor maneja el concepto de ‘cultura antigua’ desde el inicio del ensayo y que aborda el tema de la decadencia desde una perspectiva social. La causa de la decadencia cultural en el mundo antiguo no se encuentra, pues, en las migraciones de los bárbaros, que no traen formas sociales nuevas, ni en el despotismo, ni en la corrupción de las costumbres en las clases altas, ni en la emancipación de la mujer romana, ni en la crisis de la institución matrimonial entre las clases dirigentes. El estudio de las condiciones de vida del campesinado, sin embargo, se presenta como un aspecto decisivo que puede dar pistas para entender mejor el derrumbamiento del mundo antiguo. El punto esencial en la argumentación de Weber se traslada al trabajo de los esclavos: “la cultura antigua”, escribe, “es una cultura nacida en una sociedad esclavista”, en la que se distingue entre un trabajo libre desarrollado en las ciudades y un trabajo no libre en el ámbito rural. Aquí se entra de lleno en el marco general de los principios marxistas. El peso principal de la economía reside en el trabajo no libre, en la hacienda, en el ámbito rural, en una forma de producción esclavista que Weber define como autosuficiente.
2. El latifundio esclavista se convierte en la pieza clave de la economía romana, progresivamente, sobre todo tras la derrota de los Graco. El cuadro general de la situación en el campo es bien conocido: el latifundista vive de las rentas agrarias, aunque reside generalmente en la ciudad, donde se dedica a la actividad política. La administración de la hacienda queda en manos de encargados que no son libres. En determinadas propiedades, dedicadas sobre todo al cereal, el latifundista decide arrendar parcelas a colonos, campesinos libres que no tienen una total autonomía porque sigue funcionando de forma permanente la figura del encargado. En las propiedades dedicadas al vino o al aceite, no obstante, se impone el trabajo de los esclavos, que viven en régimen cuartelario, según la terminología con la que se expresa Weber, desprovistos por supuesto del derecho a la propiedad pero también sin capacidad para establecer una familia, hecho decisivo para el autor, pues considera que el ser humano sólo se desarrolla con éxito en la familia monogámica. Lógicamente, en una sociedad fundada sobre estos principios, la falta de esclavos tiene un efecto devastador. Weber señala como punto de inflexión el fin de las guerras en Germania y el abandono de las tierras de Dacia en época de Adriano. Aquí se acaba la tendencia expansiva del Imperio romano, hecho decisivo, como sabemos, porque supone una disminución progresiva de la mano de obra esclava: “las grandes plantaciones cultivadas por esclavos sin derecho a tener familia y propiedad alguna”, escribe Weber, “sufrieron por fuerza un retroceso”. A partir de este momento, entre el siglo II y la época carolingia se produce poco a poco un cambio social que permite al antiguo esclavo poseer una pequeña propiedad en arrendamiento, al tiempo que recupera el derecho a formar una familia. Todo esto coincide con el desarrollo del cristianismo. Pero Weber no incide en el asunto. Lo menciona de pasada porque está interesado, sobre todo, por el aspecto social de la cuestión, por determinar el estatus de cada uno de los grupos que conforman el trabajo en el campo. Su conclusión es la siguiente: “en tanto el esclavo asciende socialmente a la categoría del campesino no libre obligado por servidumbres, el colono desciende, al mismo tiempo, al del campesino en régimen de dependencia”. Además, sugiere que en época de Cómodo, en África, ya se advierte que el colono ha pasado a ser un siervo ligado a la tierra.
3. El análisis social de Weber viene complementado por una serie de consideraciones jurídicas, importantes para determinar la forma en que las haciendas rurales se independizan cada vez más de los municipios, tanto en la cuestión de los impuestos como en el reclutamiento para el ejército. Esta independencia de las haciendas rurales respecto a las ciudades viene acompañada, no obstante, de un comercio cada vez más diluido y una escasez de moneda cada vez más evidente. Sobre este punto, el análisis de Weber es bastante concluyente, aun siendo consciente de las deficiencias que ofrecen las fuentes jurídicas en el Bajo Imperio: “La ruina del Imperio”, sostiene con firmeza, “fue la necesaria consecuencia política de la interrupción gradual del tráfico comercial y del crecimiento de un régimen económico cuyos pagos se hacían en especie”. En este contexto histórico, en el Bajo Imperio, se dan los primeros pasos hacia una estructura estamental, una sociedad feudal que sustituye a la tradicional distinción entre libres y no libres. Weber habla, para rematar el asunto, de una “superestructura económica” que apunta al feudalismo, una afirmación, por cierto, que habría suscrito el propio Marx. Identifica prácticamente, en este sentido, el feudo medieval con el dominio señorial en el Bajo Imperio, con dos categorías de campesinos obligados por servidumbre (siervos, servi, y colonos, coloni). Este proceso histórico se inicia en tiempos de Diocleciano y culmina en época de Carlomagno. Weber parece situar, pues, el inicio de la Edad Media en el siglo VII, en época carolingia, con un desplazamiento ya definitivo de la civilización hacia el interior. Pero apunta, finalmente, a un renacer de las ciudades, más adelante, un cambio que permite “la llegada de la libertad burguesa”, “la luz de la moderna cultura burguesa”. Así acaba el ensayo. Pocas veces las palabras han sido más elocuentes.