martes, 31 de marzo de 2020

Vidas imaginarias



En el año 1896 se publica Vidas imaginarias (KRK Ediciones, 2009), de Marcel Schwob, un libro que nos retrotrae a las Vidas de personas eminentes, de Aubrey, y a las Vidas y opiniones de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio. La intención de Schwob, tal como señala en el prefacio, es encontrar el “trazo único” que separa a un ser humano del resto de los mortales, tratando con el mismo mimo todas las historias individuales, sea la del gran Empédocles o la de una mísera encajera, pues son “existencias únicas”, y teniendo siempre, por encima de todo, la valentía estética de elegir, porque “el arte del biógrafo consiste precisamente en la elección”.
            Ese trazo único buscado resulta ser en Empédocles su carácter divino. Como se sabe muy poco de él y se desconocen sus orígenes, Schwob aprovecha para incidir en determinados detalles de su vida que lo convierten en un personaje mítico: su hermetismo, su aire enigmático y su relación con los milagros. En el caso de Eróstrato, el incendiario del templo de Artemisia en Éfeso, lo que hace Schwob es combinar la obsesión por alcanzar la fama con el deseo de penetrar en los secretos del templo de Artemisia, mientras que en la biografía de Crates el cínico se apropia de la idea de pobreza y sencillez, de los conceptos de desnudez del cuerpo y del alma, todo ello relacionado con la profunda animalidad del ser humano, ese carácter primitivo que le lleva a comportarse como los animales.
Cuando escribe sobre el poeta Lucrecio, Schwob se inclina por mostrar el misterio que encierra la vida del escritor de un solo libro, De rerum natura, y se complace en presentar al poeta contemplando la belleza de la naturaleza en un claro del bosque. Esto acerca, en cierta medida, la biografía de Lucrecio a la de Empédocles, del mismo modo que ciertos rasgos comunes permiten relacionar la descripción de la hechicera Séptima, empleando filtros de amor, con la historia de la impúdica Clodia, que utiliza el fulgor intenso de sus ojos para la práctica de obscenos actos sexuales.
No es casualidad, por lo demás, que Schwob haya escrito varias biografías de aventureros y piratas, como la del obsesivo buscador de tesoros en los mares españoles, William Phips, o la del feroz capitán Kid, obsesionado con la imagen de un pirata que le persigue hasta la muerte, o la del iletrado capitán Kennedy, pirata también, torturador aplicado y feliz creador de discursos, o, finalmente, la del mayor Stede Bonnet, lector empedernido, convertido en pirata ocasional y que sufre la misma suerte que todos los caballeros de fortuna, a saber, ser colgado hasta morir,
Tocado por un sutil amor al misterio y a la búsqueda de la sabiduría, Schwob pone en evidencia en la vida de frate Dolcino la frágil línea que separa la santidad de la herejía, la piedad del odio, mientras que el pintor Paolo Uccello es delineado como un individuo ajeno a la realidad de las cosas, sólo atento al crisol de las formas. Y si en la historia de Sufrah el geomántico juega con el misterio de Salomón y los relatos de Aladino es porque lo que está fraguándose aquí es un intento, vano, de buscar la inmortalidad terrenal y los arcanos de la sabiduría. Y si Cecco Angioleri es un poeta rencoroso es por su incapacidad para crear versos como Dante. Y si el juez Nicolás Loyseleur es presentado como un ser persuasivo en sus atribuciones como clérigo es porque participa en el proceso contra Juana de Arco
Las historias que cuenta Schwob son hermosas pero, a menudo, resultan tristes, melancólicas, como si la vida no ofreciese oportunidades a sus personajes. Pero Schwab trata con el mismo amor y la misma ternura estas historias, como la de Katherine la encajera, que por azares de la vida acaba ejerciendo de ramera, o la de Alain, soldado convertido en un desertor y en un brutal ladrón, o la del actor Gabriel Spenser, abocado a representar papeles femeninos en una compañía de mala muerte, o la de la dulce princesa Pocahontas, llamada en realidad Matoaka, afectada por una enfermedad que termina con su vida, o, finalmente, la de los señores Burke y Hare, sofisticados asesinos entre la niebla de Edimburgo.
Los finales abruptos, a los que parecen abocados los personajes, nos hacen ver el lado trágico de la existencia y nos conmueven al mismo tiempo. A menudo, ese carácter trágico de las historias que cuenta Schwob está insuflado por el propio personaje, como es el caso del poeta y dramaturgo inglés Cyril Tourneur, que es descrito con matices que parecen sacados de la mitología y la tradición oral, como un ser vindicativo que odia a la realeza y a los dioses, como un ateo que al mismo tiempo ansía ser un rey y un dios. A menudo, también, el tono trágico está matizado por una leve ironía, por ciertos matices cómicos que contribuyen a la ligereza de las historias.
  Es, no obstante, en la biografía de Petronio donde se aprecia el carácter inventivo de la propuesta de Schwob, pues convierte al escritor en un observador de la elegancia romana, de la sociedad en todas sus manifestaciones, transmitiendo luego esa visión a un delicioso escrito “con la punta de su cálamo”, para luego dedicarse a imitar la vida que había imaginado en sus escritos junto a su esclavo Siro. Claro que, para eso, Schwob tiene que desdecir al mismísimo Tácito, ya que Petronio no sufrió la ira de Tigelino ni falleció en una bañera de mármol. Pero esto importa poco cuando la imaginación de Schwob es capaz de regalarnos esta frase: “Petronio olvidó por completo el arte de escribir en cuanto comenzó a vivir la vida que él mismo había imaginado”.
Acaso podemos pensar, entonces, que lo que Schwob pretendía era apropiarse de estas vidas imaginarias que estaba escribiendo, tal como la había hecho Petronio en su historia. Por eso, estas vidas imaginarias están repletas de aventureros, piratas, seres misteriosos, sabios y buscadores de lo eterno. En todos estos personajes vemos a Marcel Schwob. Todas estas historias traducen la vida imaginaria del propio Schwob. Por eso, también, estas vidas imaginarias parecen sostenerse por un débil hilo, precisamente porque lo que le interesa a Schwob es tomar un detalle, un rumor, una pequeña anécdota y elevar la figura del biografiado a la categoría de mito mediante la sublimación poética que puede ejercer la literatura. O dicho de otro modo, Schwob se apropia de ciertas noticias tomadas de la realidad para crear personajes míticos.
El anhelo que sentía Marcel Schwob por las vidas imaginarias era tan intenso que sabemos que viajó a Samoa buscando la tumba de su adorado Stevenson. Por eso escribió un libro sobre ese viaje. Quizá con el intento, vano, de apropiarse de aquello que tanto anhelaba.   


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