jueves, 31 de agosto de 2023

La ley del padre

 

1. Es indudable que la obra narrativa de Carlos Augusto Casas está impregnada de una cierta obsesión por los mecanismos con los que se ejerce el poder. En La ley del padre (Ediciones B, 2023), el autor ha escogido el mundo audiovisual para realizar un retrato despiadado de los empresarios que dominan las grandes cadenas, ya defiendan los antiguos modos de funcionamiento o las nuevas propuestas audiovisuales. El enfrentamiento por el poder entre las grandes corporaciones se convierte de este modo en un trasunto de las luchas internas que tienen lugar dentro de las mismas corporaciones. En este sentido, la descripción de una familia adinerada madrileña, los Gómez-Arjona, es la excusa perfecta para mostrar los entresijos de un mundo despiadado, brutal, en donde todos engañan a todos, en el que caben todas las artimañas posibles para obtener el triunfo, porque de lo que se trata, en definitiva, es de exhibir el poder, de humillar al adversario, sin concesiones, sin piedad. Además, nadie quiere ceder el poder porque es la esencia de la vida. Es evidente que el jefe del clan, Arturo Gómez-Arjona, jamás dejará el poder. Es la ley del padre: “Los hijos tienen que arrebatarle el poder al patriarca”. Alrededor de esta premisa se articula la trama narrativa de la novela de Casas: el enfrentamiento entre los hijos del patriarca por la herencia, por heredar el poder. Alguien debe arrebatar el poder al jefe del clan, pero siempre dentro de la familia.  

2. Casas siente una especial fascinación por los procesos mediante los cuales se desarrolla una investigación. De hecho, la intriga en La ley del padre se inicia en el mismo instante en que alguien, dentro de la familia Gómez-Arjona, intenta asesinar al patriarca, porque a partir de ese momento se abre una investigación que recorre toda la novela. Un periodista fracasado y borracho, que acaso representa el antiguo periodismo, un tema recurrente en la narrativa de Casas y muy evidente en su anterior novela (El ministerio de la verdad), es el encargado de hurgar en las miserias de la familia Gómez-Arjona, que es tanto como hurgar en sus propias miserias, porque una extraña relación de clientelismo vertebra la conexión entre el periodista y el jefe del clan. Una antigua historia, velada, que poco a poco sale a la luz y que tiene que ver con la muerte de la mujer de Arturo Gómez-Arjona, abre otra vía narrativa en la novela, porque la hija pequeña del patriarca de la familia se encarga de investigar la muerte de su madre. Esta indagación en el pasado, que aflora en La ley del padre como una forma de llegar a la verdad, sirve para mostrar el sentimiento de culpa que anida en el periodista, quizá el único personaje en la novela que busca redención, pero que se encuentra enredado en un destino aciago, funesto. Cualquier atisbo de humanidad o de piedad en los personajes se ha perdido por el camino. Así planteadas las cosas, no hay nadie que inspire compasión. En cierta medida, Casas retrata vidas tristes en La ley del padre, desde periodistas fracasados que anhelan el suicidio a escritores de libros de autoayuda que odian lo que escriben, pasando por policías corruptos y gente rica y ociosa que consulta su futuro a un vidente. “La mayoría de la gente”, escribe Casas, “tiene una vida triste de la que nunca habla, sobre la que nunca se para a pensar”.

3. El pasado es una carga demasiado grande, de una forma u otra, para los personajes que transitan por La ley del padre. No hay escapatoria posible porque el pasado siempre te alcanza. No importa recordar las oportunidades perdidas, porque cabe la posibilidad de volver a caer en el mismo error, como en el caso del periodista que investiga a los Gómez-Arjona. Es curioso observar, en este sentido, cómo la hija pequeña de la familia, que es un remedo de su madre, se presenta como una segunda oportunidad en la vida del periodista, justamente para duplicar y amplificar todas sus obsesiones y, por supuesto, el deseo de abandonar este mundo. El halo de misterio que invoca el pasado es, en definitiva, una pasarela hacia un futuro casi anunciado: la caída del padre, el hundimiento del jefe del clan, que traduce el inevitable triunfo del cambio, de la novedad, de los nuevos desafíos y las nuevas posibilidades en el mundo de las comunicaciones. Pero nada de esto importa, porque sabemos que las actitudes y los comportamientos de la adinerada familia madrileña no van a sufrir ningún cambio. Sabemos que “todos mienten, engañan, traicionan, abusan”, y sabemos que seguirán haciéndolo, pero también sabemos, finalmente, que es necesario que todo cambie para que no cambie nada.

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