martes, 31 de octubre de 2023

Anoxia

 

1. Existe en el ser humano una necesidad implícita de aferrarse al pasado, una necesidad que aflora de una forma u otra a través del filtro que impone la memoria. La fotografía, en este sentido, invoca de inmediato el pasado. Dolores, el personaje central en Anoxia (Anagrama, 2023), regenta, precisamente, un estudio fotográfico en una pequeña localidad cercana al Mar Menor. Vive anclada en el pasado, manteniendo un duelo, que se antoja en cierta medida infinito, desde la muerte de su marido. Sin capacidad de maniobra para progresar en su vida y atravesada por la culpa, la protagonista de Anoxia experimenta una especie de vacío, una falta de aire, que le acompaña, que le envuelve en el trasiego diario. Dolores sabe que ha sido incapaz de ver el cuerpo de su marido, fallecido en un accidente años atrás, y sabe que tiene que vivir con eso, con esa imagen vacía vinculada a la muerte. En este sentido, la novela de Miguel Ángel Hernández transita por el territorio del dolor y de la culpa. No es casualidad, por tanto, que la protagonista de la novela establezca una relación de complicidad con Clemente Artés, emigrante que ha retornado al Mediterráneo para pasar quizá sus últimos días. Clemente es un fotógrafo que se ha dedicado por entero, durante toda su vida, a fotografiar difuntos, una tradición que ha aprendido en Francia y que pretende transmitir a Dolores, precisamente porque ha encontrado en ella una mirada diferente, un modo distinto de ver el mundo. El anciano fotógrafo atesora, además, una historia familiar plagada de enfrentamientos y traiciones, una historia envuelta en el misterio. La culpa, pues, forma parte de ese pasado que envuelve a los personajes y que va saliendo a flote, poco a poco, en el relato.

2. La fotografía y la experiencia que brota del arte de fotografiar están en el eje de la novela de Miguel Ángel Hernández. Los fotógrafos de Anoxia, es decir, Clemente y Dolores, se toman su tiempo para desarrollar su labor. Digamos que están en otro tiempo, que no es el de la vida cotidiana, con sus prisas y menesteres. La fotografía concebida como arte exige tiempo lento, tiempo detenido. Por lo demás, todo en la novela fluye lentamente, precisamente porque así lo ha decidido, con coherencia, el autor. La fotografía que se hace a un difunto, por ejemplo, exige un ritual, una especie de ceremonia que por supuesto se desarrolla con parsimonia, porque la imagen del difunto es la imagen última, es en realidad una suma de todas las demás para todos aquellos que lo conocieron. Exige el máximo cuidado, la máxima atención, y una mirada singular. Hernández, sin duda alguna, se hace eco en Anoxia del poder de las imágenes, esa capacidad que tienen para quedar grabadas en nuestra memoria y configurar nuestra esencia, tal como acontece con la protagonista, que retiene en su memoria la imagen última, en el ataúd, de su abuela Remedios. De hecho, sabemos que Clemente ha escrito un libro, mayoritariamente de fotografías, titulado La imagen última, y sabemos también que no sólo se ha dedicado a fotografiar difuntos. Ha llegado más lejos: se ha dedicado al daguerrotipo. El tiempo condensado de los daguerrotipos es presentado en oposición al tiempo detenido de las fotografías, en una reflexión sobre el tiempo, sobre la duración, que es bastante frecuente en la narrativa de Hernández. El daguerrotipo es capaz de captar la melancolía de la tragedia, es como “un espejo con memoria”, una imagen única del difunto. En ocasiones, los daguerrotipos son tan sólo imágenes difusas, que no llegan a tomar forma, a concretarse en una imagen nítida. Esta sensación de imagen difusa, etérea, es la misma que se tiene cuando el cuerpo se diluye, se comprime, conforme llega la muerte. Por eso, no es de extrañar que también se hable en Anoxia de daguerrotipos realizados sobre personas que se están muriendo, los inquietos, “una especie de eutanasia fotografiada”. En todo caso, todas estas consideraciones ponen en evidencia la obsesión del autor por el tema del cuerpo, porque no sólo se trata de la imagen, es decir, la fotografía de un difunto antes del momento dramático en que el ataúd es cerrado y ya nunca más se volverá a ver el rostro del fallecido, sino que también se palpa la fisicidad de los cuerpos, los perfumes y los olores que emanan de los cuerpos. Por eso, también, la novela es, entre muchas otras cosas, un bello retrato femenino, en el que se describen con precisión todos los detalles, todas las vibraciones que afectan al cuerpo femenino (de la protagonista), en todas sus dimensiones.

3. En septiembre y octubre de 2019 se suceden dos catástrofes en la zona del Mar Menor: las lluvias provocadas por las inundaciones causan enormes destrozos. En enero de 2020 se repite el fenómeno con una tercera inundación. Peces muertos o en proceso de morir aparecen en las playas. La anoxia que sufren los peces es la misma que siente la protagonista. Es bien evidente la sensación de desolación, de muerte, en la playa, en el pueblo, tras los sucesivos temporales. Hernández ha elegido este contexto histórico para matizar la situación anímica por la que transitan los personajes, para poner en evidencia el ambiente mortífero que lo atraviesa todo. La muerte invade la novela desde el principio, de forma ficticia, a través de las fotografías, o de forma real, a través de los cuerpos de los fallecidos. Es la muerte que llega, la muerte que se espera, la muerte que acecha y, finalmente, la muerte que pesa como una losa, como recuerdo del pasado. En este ambiente desolador, Dolores experimenta la necesidad de retratar la vida, las desgracias que se han cebado sobre el pueblo, sobre las playas, tras el paso del temporal. El daguerrotipo del balneario abandonado que realiza Dolores es la expresión más evidente de esa melancolía de la tragedia de la que se habla en Anoxia. Pero es, también, “el convencimiento de que vivir ahí [en ese espacio] es habitar un presente transitorio, efímero, inseguro”, lleno de fragilidad, como la vida. Ahora bien, una “extraña sensación de recolocación física” acontece al final de la novela, como si el cuerpo de la protagonista asumiese la necesidad de vivir, la necesidad de no detenerse y seguir hacia adelante. Es el despertar progresivo del cuerpo. Cabe pensar, entonces, que Anoxia es, finalmente, un libro sobre las segundas oportunidades, sobre la necesidad de vivir, sobre la necesidad de recuperar la mirada sobre las cosas a través de las posibilidades que otorga la fotografía.  

 

 

 

 

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