lunes, 30 de julio de 2018
Sócrates y Platón
En 1996 se
publica un breve ensayo titulado Sócrates
y Platón, de Romano Gasparotti, discípulo de Emanuele Severino en Venecia.
El punto de partida del ensayo es la “cuestión socrática” como problema
filosófico, pues Gasparotti piensa que no se puede considerar a Sócrates como
filósofo ya que no dejó ningún documento escrito. Esto significa vincular en
cierto modo, desde la primera página del libro, filosofía y escritura. Y es que
Gasparotti trata de establecer desde un primer momento la línea de continuidad
y de separación que existe entre Sócrates y Platón, cuestión central para la
filosofía, porque lo que se advierte en la transición del período que va de
Sócrates, Tucídides y Aristófanes al tiempo de Platón, Jenofonte y Aristóteles
es un auténtico cambio de época, una fractura generacional decisiva para la
cultura griega. Para explicar este cambio generacional que tiene lugar a
finales del siglo V a. C., Gasparotti se hace eco de uno de los aspectos
principales de la crisis, el paso de la cultura oral a la cultura escrita, un
acontecimiento que no duda en definir como “revolucionario” siguiendo
los estudios de E. A. Havelock. La idea básica es la identificación de lo
precientífico, lo prefilosófico y lo preliterario en el ámbito de una cultura
oral o prealfabética. La tradición escrita supone en cambio el triunfo de la
teoría, theoría, la ciencia, episteme, un sistema de definiciones y
razonamientos lógicos, por lo que se produce “el nacimiento del sujeto crítico, esto es, capaz de separarse de
la tradición en que se encuentra
inmerso”. Este paso de la oralidad al dominio de la escritura se
refuerza con la transición de la sophía a
la philosophía, con el paso del mythos al
logos, aunque en este último punto
Gasparotti se muestra bastante precavido porque en un contexto todavía
eminentemente oral y homérico las palabras mythos
y logos parecen haber
intercambiado los papeles. En cualquier caso, no cabe ninguna duda de que el
papel del logos como lenguaje es
determinante en el nacimiento de la filosofía. Gasparotti toma el mito de
Prometeo, tal como se cuenta en el Protágoras
de Platón, para fundamentar esta cuestión, ya que sabemos que, expulsado del
regazo de los dioses, el hombre es un ser mortal dotado de lenguaje gracias al
robo del fuego por parte de Prometeo. El logos,
entendido como lenguaje, “constituye la principal fuerza de los hombres,
condenados de otro modo a un destino de miseria y de impotencia”. Esta
propuesta se refuerza con la interpretación sugerente, aunque ciertamente
farragosa y enrevesada, que Romano Gasparotti ofrece del importante pasaje de la
Carta VII de Platón
(341b-344d), en donde el filósofo ateniense argumenta en favor de la
preeminencia de la expresión oral sobre la expresión escrita. El pasaje es
fundamental porque presenta un claro ejemplo de epistemología platónica.
Gasparotti intuye que el objetivo principal de Platón es ofrecer un logos verdadero como alternativa al conocimiento,
un asunto principal que es concreto y no abstracto, y que no se puede definir
por escrito. A través de abigarrados argumentos Gasparotti llega a una
conclusión que el Parménides
platónico confirma como la cuestión crucial de la filosofía griega, es decir,
“el problema de la unidad y de la díada, esto es de la identidad y de la
diferencia”, el tema que seguramente no se podía articular por escrito
en la Carta VII.
Partiendo de la idea establecida por
la historiografía moderna según la cual Platón representa la filosofía, philosophía, y Sócrates culmina una
época de sabiduría, sophía,
Gasparotti considera, en definitiva, que la filosofía se ha constituido
esencialmente como interpretación de la sophía,
“como saber segundo y dialógico por excelencia”, “como saber-sobre…, o sea como discurso sobre…lo
otro”, con lo que el logos filosófico adquiere una naturaleza
claramente hermenéutica, pero sin olvidar que la filosofía no se puede reducir
a simple erudición cultural, ejercicio historiográfico o pura teoría.
jueves, 28 de junio de 2018
Poesías reunidas
T. S. Eliot era
consciente de que haber nacido en Saint Louis, junto al gran río, había marcado
su vida de forma indeleble. La plenitud con que se describe la naturaleza en su
poesía procede sin ninguna duda de la experiencia de la infancia, de una mirada
desplegada que retiene las imágenes de los paisajes, las voces de los niños en
New Hampshire, el río rojo en Virginia, las gaviotas, verdaderas propietarias
de Cape Ann, las lilas y los jacintos en el mes de abril, reflejos todos de un
ojo dorado. Resulta evidente, además, que la naturaleza otorga serenidad a los
poemas de Eliot. En un mundo que está en constante movimiento, en donde el
tiempo se desliza de forma inexorable, Eliot parece empeñado en tratar de
captar la calma. En el primero de los Cuatro
cuartetos, que se denomina Burnt
Norton, el poeta busca, a través de la luz, el resquicio que le permita
observar las flores y los pájaros en reposo, en quietud. Cada estación nos
regala unos dones distintos. La fiesta campestre que tiene lugar en el segundo
de los cuartetos, East Coker, acontece en el atardecer de
una tarde de verano. La alegría estival contrasta con la serenidad otoñal, con
la sabiduría de los ancianos, mientras que la llegada del invierno acerca las
tinieblas, la sensación de fin, de acabamiento.
El tono religioso se desvela en las Poesías
de 1920, inicialmente tituladas Ara
Vus Prec, pero adquiere carta de naturaleza en Miércoles de ceniza, un poemario en el que se hacen evidentes la
falta de esperanza, el clamor en el desierto y la invocación de la palabra. Algunos de estos elementos se vuelven a poner de manifiesto en los coros de La piedra, dando la sensación de que,
mientras la naturaleza fluye eterna y perpetuamente, los hombres tienen la
imperiosa necesidad de edificar, cosas buenas ciertamente, en concreto
iglesias. Se trata de construir con materiales nuevos. Es el perpetuo
enfrentamiento entre el bien y el mal lo que está en juego. La herencia de
nuestros padres condiciona nuestro futuro. El camino hacia el templo parece el único camino. La comunidad
lo es todo y una comunidad sin templo carece de hogar. Además, en el templo
debe habitar la pureza de los mártires y los santos. Eliot se queja porque Dios
ha sido sustituido por la adoración a otros dioses menores, bien sea la razón,
la dialéctica, el dinero o el poder. El ejemplo está en la verdadera fe de los
cruzados. Al servicio de Dios “brota el orden perfecto del lenguaje y la
belleza del hechizo”.
Los fragmentos de Sweeney Agonista denotan
un cierto sentido del humor en Eliot, una cuestión que ya se había puesto de
relieve en las Poesías de 1920. Eliot
siente la necesidad de articular un diálogo concatenado en donde las frases y
el ritmo se van enlazando en una suerte de juego que recuerda la ironía y el
humor del teatro del absurdo. También se advierte en Eliot una tendencia a
repetir y encadenar imágenes, que se manifiesta desde el primer poemario, Prufrock y otras observaciones. El
atardecer entre el humo y la niebla, la luna entre la lluvia, en el amanecer de
la calle, las habitaciones cerradas, los objetos cotidianos, la capilla del
ermitaño y la hora violeta son imágenes que se suceden y, a veces, se encadenan
de unos poemarios a otros. Quizá se deba pensar en este sentido que las
alusiones al reino de la muerte o a la tierra muerta en Los hombres huecos son referencias a La tierra baldía.
En los Poemas de Ariel, por lo
demás, fluye un tono de añoranza que
se despliega en los recuerdos –puros- que atesoramos de la navidad, en el olor
del mar, de los barcos. Hay una sensación irrevocable que trata de enlazar el
principio con el final, el nacimiento con la muerte. Es posible pensar, pues,
que cuando en Coriolano, por ejemplo,
Eliot cuenta la historia del general romano que, exiliado, decide tomar por las
armas la ciudad de Roma y el clamor de su madre lo evita, está tratando de
fusionar amor y muerte. Eliot mezcla sutilmente elementos antiguos (las vírgenes,
el sacrificio, las trompetas, las águilas, la referencia a los volscos) con los
elementos modernos (las comisiones, las armas, las salchichas, los bollitos
calientes). El tono militar se suaviza con el recuerdo de la madre, con la
serenidad de la naturaleza. Ligada a esa sensación que en continuidad pretende
enlazar principio y fin está siempre presente la obsesión por el tiempo. Es así
como en el tercer cuarteto, Las Dry Salvages, Eliot se regodea en el
mundo de los pescadores, en el tiempo del viaje, en la angustia de la espera,
pues sólo el santo es capaz de “aprehender el punto de intersección
de lo intemporal con el tiempo”. Y es así también como en el cuarto
cuarteto, Little Gidding, Eliot se
complace en las estaciones, en la oración al calor del invierno, en las
palabras del maestro ya fallecido, en un juego de palabras que abarca principio
y fin, rosa y fuego. Porque, a fin de cuentas, siendo la poesía una experiencia
individual, privada, que en su concepción abstracta puede alcanzar un valor
universal, esa experiencia se traduce, en definitiva, en la búsqueda infatigable de algo inasible, algo que
cuando la palabra no está dicha se construye con un lenguaje nuevo.
martes, 29 de mayo de 2018
Recuerdos del primer amor
La editorial
Acantilado ha publicado unos fragmentos del diario de Leopardi, el Zibaldone, textos introspectivos en
donde el poeta describe “la llamada de la belleza”, el momento en que por
primera vez el amor se enseñorea de nuestros sentimientos. La edición, titulada
Recuerdos del primer amor, viene
acompañada de la Elegía primera, incluida también en los Cantos.
Siempre he pensado que la escritura puede resultar un consuelo. Para
Leopardi, agostado por la enfermedad y encerrado en la biblioteca familiar,
escribir era sin duda alguna una suerte de reconciliación con la vida. El
domingo, 14 de diciembre de 1817, Giacomo Leopardi decide garabatear unas
líneas para tratar de expresar los sentimientos que se agolpan en su mente y el
vacío que experimenta en su corazón. Tras permanecer tres días en casa de sus
padres una señora de Pésaro, una mujer casada de veintiséis años, el poeta
trata de describir el proceso de dolor y sufrimiento que le ha provocado la
llegada de esa mujer, “los recuerdos de una melancolía indescriptible”.
El joven de diecinueve años que es Leopardi padece sueños febriles y agitados,
en donde emerge la imagen de la señora (Oh come viva in mezzo alle tenebre /
Sorgea la dolce imago, e gli occhi chiusi / La contemplavan sotto alle
palpebre¡), pero al marcharse la joven dicha imagen empieza a desvanecerse, más
aún cuando Leopardi logra culminar un poema dedicado a la señora el 16 de
diciembre de 1817. Invadido por un estado melancólico, Leopardi se nota “más
sensible, más poético”, pero al mismo tiempo se da cuenta de que ha
perdido capacidad para el estudio, el único objetivo en su vida hasta conocer a
la señora de Pésaro (Nè gli occhi ai noti studi io rivolgea / E quelli m’apparian
vani per cui / Vano ogni altro desir creduto avea). La búsqueda de la gloria,
que era el objeto hacia el que apuntaba la obsesión por el estudio, ha pasado a
un segundo plano mientras permanece el espíritu vacío y lo que Leopardi
denomina “enfermedad de la mente”.
Al cumplirse una semana desde el inicio de la enfermedad, el poeta observa una evolución en sus sentimientos. La imagen de la señora empieza a diluirse y retorna poco a poco el afán por el estudio. En las notas elaboradas el 22 y 23 de diciembre se dispone a poner fin a esa “conversación” que ha mantenido consigo mismo para tratar de aliviar su corazón y poner en orden sus pasiones. Los recuerdos del primer amor se agotan, como una lámpara de aceite que languidece y de vez en cuando provoca los últimos destellos. Leopardi reconoce en todo caso la pureza de sus sentimientos y la espontaneidad de todo lo que ha escrito (Al cielo, a voi, gentili anime, io giuro / Che voglia non m’entrò bassa nel petto / Ch’arsi di foco intaminato e puro). Además, sabe que volver a ver a la señora de Pésaro significará volver a avivar la pasión pues ha sido la ausencia lo que ha diluido en definitiva la imagen que se había forjado el poeta.
Al cumplirse una semana desde el inicio de la enfermedad, el poeta observa una evolución en sus sentimientos. La imagen de la señora empieza a diluirse y retorna poco a poco el afán por el estudio. En las notas elaboradas el 22 y 23 de diciembre se dispone a poner fin a esa “conversación” que ha mantenido consigo mismo para tratar de aliviar su corazón y poner en orden sus pasiones. Los recuerdos del primer amor se agotan, como una lámpara de aceite que languidece y de vez en cuando provoca los últimos destellos. Leopardi reconoce en todo caso la pureza de sus sentimientos y la espontaneidad de todo lo que ha escrito (Al cielo, a voi, gentili anime, io giuro / Che voglia non m’entrò bassa nel petto / Ch’arsi di foco intaminato e puro). Además, sabe que volver a ver a la señora de Pésaro significará volver a avivar la pasión pues ha sido la ausencia lo que ha diluido en definitiva la imagen que se había forjado el poeta.
lunes, 30 de abril de 2018
El cinematógrafo
En 1995 la
editorial Pre-Textos recopila en El
cinematógrafo todos los artículos de cine de Azorín, escritos entre 1921 y
1964 y repartidos en diferentes libros (El
cine y el momento, El efímero cine, Los recuadros). Azorín se interesa por
las posibilidades estéticas del cine, sobre todo a nivel emocional, y también
por las posibilidades que ofrece el planteamiento del espacio en el
cinematógrafo. Es consciente de que el cine forma parte de un nuevo tiempo, con
la construcción de un nuevo espacio, y compara la invención del cine con la
invención de la imprenta en el siglo XV. Dos aspectos llaman particularmente la
atención del escritor: la expresividad que se logra con el estudio de los
rostros y las manos, y la coexistencia de los tiempos. El primer artículo de
Azorín data de 1921, lo cual viene a demostrar que desde un
primer momento el escritor siente interés por la misión educativa, histórica y
social que cumple este nuevo artilugio. Siendo como es un romántico, un
diletante, Azorín mira el cine como quien mira el teatro, no con los ojos de un
joven, sino con los ojos de un hombre del siglo XIX.
Azorín se interesa por las actrices, por el argumento y por el paisaje.
El cine permite ante todo observar el paisaje de lugares que nunca podremos
visitar. Interesado por la observación de la naturaleza, Azorín habla de
trivialismo italiano para referirse a un tipo de cine que se hace en Italia
que, con supuestos aires de innovación, en realidad está mostrando lo más
rastrero e insignificante. Esta visión está en estrecha relación con el
concepto de realismo que maneja Azorín, y que lo acerca a las posiciones que
defiende Valera, pues lo vulgar debe sublimarse y solo tiene valor si se
traduce en poesía. Y es que Azorín ni entiende ni se interesa por la teoría
cinematográfica. La técnica en el cine le es completamente ajena y los libros
que hablan sobre cine le resultan superfluos. No entiende que trabaje tanta
gente en una película de cine para obtener luego un resultado tan limitado. Es
precisamente un director quien, en medio de las confidencias, le hace saber que
el aspecto fundamental del cine es la composición. Por eso, no es de extrañar
que en un artículo Azorín señale que la labor de un director, recurriendo a una
cita de Pascal, sea encontrar el “punto indivisible”, porque cuando se
contempla un cuadro, de cerca o de lejos, igual que cuando se busca un
encuadre, “no hay más que un punto indivisible que sea el verdadero sitio”.
Azorín es un hombre de teatro, que ama el teatro y siente devoción por
los actores. No es casualidad que
escriba meditadas reflexiones sobre la relación existente entre el
cinematógrafo y el teatro. Parece, en cierta medida, preocupado por tratar de
explicar el cine en relación con la situación del teatro y examina los peligros
de las intromisiones de un arte en otro. Su interés por el teatro le lleva a
hacer comentarios sobre películas que tratan el mundo del teatro, como Hedda Gabler o Cómicos, de Bardem. Es consciente, por lo demás, de que una comedia
o un drama en la pantalla son siempre inferiores a la obra teatral. En 1956,
aprovechando una referencia de José María García Escudero, Azorín viene a
distinguir entre cine-cine, el que defiende García Escudero, y cine-teatro, del
que es evidentemente partidario. Aunque se intuyan cuales puedan ser las
diferencias entre ambos, en ningún momento Azorín define ninguno de los dos,
pero tiene claro que si el cine-cine languidece es por la falta de literatura,
de originalidad. También tiene claro que el avance del cinematógrafo ha
obligado al teatro a plantear nuevas soluciones. Es lo que está sucediendo en
algunos lugares de Europa con la aparición de un teatro nuevo. Por su parte, el
cine, al buscar un espacio de desenvolvimiento, se diferencia del teatro por el
privilegio del símbolo, que permite condensar la realidad. En definitiva,
mientras el cine es un arte nuevo que ofrece una visión -ilimitada- del tiempo
que nos acerca a un mundo nuevo, el teatro acerca los actores al público,
frente a la impasibilidad que manifiestan los espectadores en el cine.
Programático, Azorín propone un tipo de cine nacional, igual que en el
siglo XVII existía un tipo nacional de teatro. El cine se define por la luz, la
perspectiva y la colocación de figuras.
El cineasta debe centrarse en la expresión (de los actores) y en la luz.
La obsesión por la luz en el cine le lleva a comentar El último caballo, de Edgar Neville, desde ese punto de vista, viendo en esa luz de Madrid una
manifestación de la melancolía que envuelve al protagonista en la búsqueda de
algo inasible, un pasado irrecuperable. Obsesionado por la luz crepuscular, al
alborear y al atardecer, establece comparaciones con la pintura. Azorín
considera que los verdaderos creadores en el cine se dedican a la observación.
Se queja al advertir cómo el gusto del público ha dado paso al gusto de la
multitud, un hecho significativo que aconteció hace tiempo en el teatro y que
ahora está ocurriendo en el cine. Con frecuencia, Azorín recalca que el creador
del cine es Georges Méliès, porque introduce el argumento en el cine. Incluso,
en un artículo llega a afirmar que “el cine es literatura”. En
variadas ocasiones defiende el doblaje en el cine, porque prescindir del
doblaje sería como eliminar los libros traducidos de las librerías o las
comedias traducidas de los teatros. A veces, se deja llevar por la ironía y se
regodea con la forma de trabajar en el cine, con las continuas repeticiones de
tomas o desestima ciertos tópicos repetidos en el cine, como las peleas, los
besos, los bailes, la bebida y los cigarrillos. A veces, también, imagina
historias que podrían convertirse en guiones, porque siente el gusanillo, la
necesidad de participar alguna vez en el mundo del cine.
Los comentarios de Azorín sobre el cine están repletos de digresiones, de
meandros por los que discurre el escritor con sus particulares obsesiones. Como
no entiende de cine termina hablando de literatura, de historia, de teatro o de
lo que sea, pero nunca de cine. Un artículo sobre la película Agustina de Aragón es una reflexión
sobre Jovellanos. La visión de Carmen le
induce a leer a Merimée y a pensar sobre el mito. Una película sobre el caso
Dreyfus le hace pensar en la grandeza de la nación francesa, en su
sensibilidad, en su búsqueda de la justicia y la verdad. Cuando escribe sobre
Cajal se pregunta por qué el científico gustó de la fotografía y no se preocupó
por el cine. Cuando comenta la película ¿Dónde vas, triste de ti?, se pasa
directamente a hablar de Alfonso XII, haciendo una apología de la Restauración y de los
políticos de la época, algunos de los cuales conoció y trató. Sólo resta decir
que sus obsesiones, a saber, los personajes que circulan por su mente, surgen
una y otra vez en los artículos, desde Fray Luis de Granda a El Cid, pasando
por Santa Teresa de Jesús. Sólo tangencialmente habla de cine, porque se
interesa realmente por otras cosas.
Azorín, no cabe duda, hacia 1950 pasaba las tardes en el cine. Pero a
partir de 1952 el número de artículos dedicados al cinematógrafo disminuye. En
Cinelandia, en el cine estadounidense, Azorín encuentra un matiz de candor
enternecedor, aunque no termina de entender las películas policíacas, porque en
sus argumentos encuentra una evidente fragilidad. Para 1954, sin embargo, el
escritor habla ya claramente de la falta de imaginación en las películas de
Hollywood, una situación que achaca a la deficiencia de los guiones. A pesar de
sus críticas al realismo italiano resulta conmovedor el ensayo que dedica a Ladrón de bicicletas, titulado Nadie, en donde el personaje principal
de la película, con su entrecejo, se impone al escenario espectacular de Roma
para expresar “la eternidad del dolor humano”. Hacia mediados de los
cincuenta, el interés de Azorín por el cine parece diluirse. Las referencias al
cinematógrafo son mínimas en sus artículos. Son alusiones que sirven para
hablar de literatura. Quizá sienta, finalmente, que el cine es tan sólo una
manifestación de la inestabilidad y la vanidad de las cosas humanas.
sábado, 31 de marzo de 2018
El Jarama
Hoy en día,
cualquier lector que afronte la lectura de El
Jarama se topa en primer lugar con una nota elaborada por Ferlosio para la
edición de 1965, nueve años después de publicada la novela. Con una velada
ironía, Ferlosio menciona al autor de la famosa descripción del Jarama que abre
y cierra la novela, un escritor del siglo XIX, un tal Casiano de Prado, a quien
Ferlosio atribuye “la mejor página de prosa de toda la novela”. Sabemos
que durante años el propio Ferlosio mantuvo una actitud ciertamente escéptica
con respecto a su novela, no más por otra parte que algunos críticos. Quizá no
sea simple casualidad que tras escribir El
Jarama, y exceptuando algún relato aislado, Ferlosio abandonase por
completo la narrativa, no volviendo a publicar una novela, El testimonio de Yarfoz, hasta el año 1986. “De prosa está bien”,
ha llegado a decir el propio Ferlosio refiriéndose a El Jarama, pero hay algo que no le convence, algo que a lo largo de
los años le ha ido distanciando de la novela. ¿Tan agotado le había dejado El Jarama que prefirió virar hacia el
ensayo? ¿Acaso aspiraba a circular
por nuevos territorios? Cualquiera que sea la respuesta que arroje luz en la
trayectoria vital y literaria de Ferlosio, lo cierto es que tras escribir El Jarama parece recluirse, abandonarse
en una suerte de aislamiento, alejándose definitivamente de la narrativa
realista tan en boga durante los años cincuenta. Porque, efectivamente, El Jarama es una novela anclada en las
circunstancias de su época. Sin la estética neorrealista y sin las influencias
cinematográficas no se puede entender la estructura narrativa de la novela.
Ferlosio ha querido plasmar el paso del tiempo como si de un guión cinematográfico
se tratase, apelando al montaje literario, digámoslo así, combinando escenas en el
borde del río Jarama, con escenas en una venta cercana al río. El tiempo se
despliega de forma monótona un domingo de agosto. El calor aprieta. Unos
jóvenes madrileños disfrutan del baño y de un picnic en el río. A corta
distancia se desarrolla el contrapunto en una venta, donde hombres ya maduros
cuando menos se lanzan pullas y maledicencias, ajenos a lo que acontece en el
río. El Jarama es el enlace entre los dos planos que vehiculan la historia.
Ferlosio no se olvida del paso del tiempo, de vez en cuando nos recuerda el
momento del día en que se desarrolla la escena. De hecho, en las primeras
páginas de la novela se señala que son las nueve menos cuarto y cuando se cierra
la historia se dice que es la una menos diez. El día ha acabado. La novela
también. Entre lo que ocurre en la venta de Mauricio y lo que acontece en el borde
del río, el misterio se despliega, como siempre en las novelas de Ferlosio
(recordemos el precedente de Alfanhuí),
en la naturaleza, en las breves y continuas descripciones del río y del
entorno, que convierten a la naturaleza en un personaje más de la novela, que
acecha con su belleza y sus peligros, ajena a las peripecias totalmente
anodinas que despliegan los seres humanos. El tono moroso en que se desenvuelve
la historia no sólo es un reflejo del calor veraniego o una metáfora que trata
de visualizar una época, sino también una visión de la vida que se traduce en
las aguas del río, que se las lleva el Tajo, tal como se nos recuerda en el
final de la novela, hacia Occidente, a Portugal y al Océano Atlántico. La
fugacidad de la vida (ejemplificada de forma evidente en la muerte de Lucita)
frente al carácter eterno de la naturaleza, personificado en el río. Naturaleza
y cultura, he aquí los dos polos entre los que se mueve la obra de Ferlosio, o
dicho de otro modo, una reflexión sobre la condición humana, sobre la fatuidad
de las apariencias en un espacio y tiempo acotados, teniendo como espectador de
excepción el río Jarama. Ferlosio parece obsesionado por diseñar un tapiz en el
que los personajes se entrelazan y se mueven al mismo tiempo en diferentes
espacios, una mirada caleidoscópica que tiene todas las señas de identidad del
cinematógrafo. El detallismo con que describe las costumbres de la época, es
decir, las partidas de dominó en la venta, el juego de la rana, los baños en el
río, los juegos inocentes de los jóvenes, el carácter autoritario de la guardia
civil y todo un sinfín de pequeños detalles que envuelven el relato, contribuye
a dotar de humanismo a los personajes. Unas breves líneas, o siquiera un breve
trazo, sirven para definir a cualquier personaje, como esa mirada del
secretario a la flor que lleva el juez en el ojal. Los apuntes sociales o
políticos están, por lo demás, muy matizados, ofrecidos con sutileza.
Finalmente, es el azar, el accidente en el río con la muerte de la joven
Lucita, el que marca un punto de inflexión en la novela, dotando de emoción y
poesía al relato. Mientras los personajes que pululan en la venta ríen y pasan
el rato, sabemos que en el río, en ese mismo momento, se ha producido la muerte
de Lucita. El lector, compungido por la emoción que desprende la escena en el
río, con la muchacha muerta en la arena, se ve obligado a seguir la historia en
la venta porque así lo ha dispuesto el narrador. En la venta de Mauricio todo
parece fluir en los mismos términos, ajenos los personajes a lo que ha ocurrido
en el Jarama. La vida sigue fluyendo, como el río.
martes, 27 de febrero de 2018
Libro y libertad
En 2005 la
editorial italiana Laterza publica un opúsculo de Luciano Canfora, una
colección de ensayos titulada, de forma muy significativa, Libro y libertad (Madrid, Siruela, 2017). Antiguo y múltiple, tal
como señala Canfora, el nexo entre libro y libertad, implícito en la palabra
latina liber, se convierte en el hilo
conductor de incontables historias relacionadas con el amor a los libros y las
bibliotecas. Sabemos que los libros que yacen en los anaqueles de las
bibliotecas nos dicen mucho de sus dueños. Así pues, por ejemplo, intuimos
gracias a la biblioteca de Cristóbal Colón que su origen era posiblemente
judío, y por los libros que leía Danton podemos deducir que no sentía excesiva
pasión por la literatura antigua. A veces, las bibliotecas imaginadas en la
literatura, como es el caso de la descrita por Montesquieu en las Cartas persas, nos ofrecen detalles de
los libros que conformaban verdaderamente la biblioteca de esos autores. En
ocasiones, como es el caso de Focio, los escritores nos hablan de libros que
configuran una auténtica biblioteca perdida, o, en sentido contrario, como es
el caso de Marino, describen una biblioteca imaginada. La biblioteca se puede
convertir, a decir verdad, en una especie de paraíso, pero también en un
pequeño infierno en el que anida acaso la locura. No es casualidad, en este
sentido, que Canfora hable de la bibliomanía, esa especie de obsesión por
aglutinar libros y configurar enormes bibliotecas, una suerte de locura que se
observa ya en el principado, cuando los patricios romanos empiezan a considerar
que una biblioteca otorga prestigio a una casa señorial. Entre el amor a los
libros que experimentan Cicerón y Varrón, ávidos lectores, y las observaciones
de Séneca sobre la necesidad de seleccionar los libros de lectura media un
espacio en el que se ha colado la idea de la biblioteca como un lugar de
prestigio.
En Libro y libertad, la desbordante cultura de Canfora permite enlazar
el papel crucial que juega la biblioteca en la historia de Le rouge et le noir, de Stendhal, con la censura y posterior quema
de libros en el famoso capítulo VII de El
Quijote, o relacionar la huida de Don Quijote y Sancho para iniciar su
aventura con la huida de Tolstoi, o, finalmente, vincular el efecto de los
libros sobre la imaginación de Don Quijote con la locura que acontece a los
habitantes de Abdera –según cuenta Luciano de Samosata- como consecuencia del
impacto del teatro, de los versos de Eurípides, causantes –junto al calor
tórrido- de una epidemia. Canfora hace acopio de historias que ponen en
evidencia la obsesión que provocan los libros, como la locura que aconteció a
J. G. Tinius, un pastor sajón capaz de cometer asesinatos para obtener dinero
con el que comprar nuevos libros o la historia de W. G. Struve, que sumergido
en la lectura del Antiguo Testamento había penetrado en un estado tan
melancólico que renunciaba a leer otros libros. Pero, en última instancia, más
allá de esta obsesiva presencia de un único libro en múltiples historias de
escritores maniáticos, el ensayo de Canfora apunta en una dirección muy clara,
a saber, el estudio de la relación entre los libros y el poder. Sabedor que
desde tiempos primitivos siempre se ha concedido al libro una especie de poder
mágico, la idea de Canfora es mostrar la victoria final del libro, tal como
pensaba Tácito. Como se sabe, los ejemplos de quema de libros y de autores
perseguidos son múltiples desde la antigüedad (Ovidio, Giordano Bruno, Galileo,
Diderot y su Encyclopédie). Canfora
recopila historias de escritores amenazados por la censura y traza determinadas
comparaciones relacionando la decisión de quemar libros de historia y poesía
por parte de un consejero chino del emperador con la tradición de un Alejandro
Magno destructor de libros. Pero la idea que prevalece al final, recordando la
historia que cuenta Diodoro implícita en la legislación de Carondas, es la de
que una generalización de la alfabetización puede mejorar la vida de los
hombres, que a través del libro se puede alcanzar la libertad. Nadie podía
sospechar que esa “revolución”, tal como la denomina Canfora, vendría
con la difusión de un códice religioso, el Nuevo testamento. No es casualidad,
por lo demás, que Canfora relacione, con cierta amargura, la historia de
Cervantes pergeñando su magna obra en la cárcel y las penurias de Gramsci escribiendo, también
en la cárcel, algunos libros “que han llevado a luchar por la libertad a
generaciones enteras”.
martes, 30 de enero de 2018
Autobiográfica 5
Las dificultades
que entraña la publicación de un manuscrito, los disgustos que provoca la
edición de un texto siempre están en la mente del escritor, resurgen día y
noche, hasta que, finalmente, se edita el libro y el escritor se siente liberado.
Tiene el objeto entre sus manos, hojea sus páginas. En esos momentos el
escritor se siente un dios. Nada hay más hermoso en el mundo. Pero pasado el
tiempo siempre se vuelve atrás y se recuerdan las dichosas dificultades, la
escritura del texto, el proceso de elaboración, y luego todo lo demás. La
situación se torna más compleja cuando se escribe sobre alguien todavía vivo,
cuando se toma la decisión, por la razón que sea, de contar la historia de un
superviviente. Los límites entre realidad y ficción se diluyen, el escritor
entra en una dinámica extraña que le lleva incluso a dudar de sus
posibilidades, pensando acaso que el verdadero autor del libro es el héroe de
la historia y no el pobre amanuense que ha tejido el relato. Entonces, pensando
en la posibilidad de volver atrás, se pregunta si volvería a escribir el libro,
si pasaría por todo lo que ha pasado.
Recuerdo precisamente ahora, volviendo la vista atrás, una historia que
ejemplifica estas divagaciones. Corría aproximadamente el año 2009 y estaba
preparando la edición de mi segunda novela, El
recodo del río, cuando recibí una llamada telefónica de Salvador Serrano
Zapater, a la sazón guionista, actor, hombre de teatro y de cine. Mi amigo me comentaba por teléfono
que su padre, Juan Serrano, llevaba bastante tiempo escribiendo y recogiendo
una especie de notas, algo así como unas memorias en las que contaba anécdotas
de su vida. Me preguntaba si podía echar un vistazo al material para comprobar
si merecía la pena, si se podía hacer algo con él. Así pues, unos cuantos días
más tarde me reuní con Salvador en la cafetería de la Escuela de Arte Dramático,
donde me entregó una transcripción –no se me ocurre otra palabra que describa
la acción- que había realizado de las primeras páginas escritas por su padre.
Después de leer detenidamente los papeles tuve la intuición de que en esas
páginas se encontraba el germen de una buena historia sobre la posguerra y así
se lo dije a mi amigo. Sin duda, pensé en ese momento, que a través de la
historia de un hombre se podía recrear la vida cotidiana en la España posterior a la
guerra civil. Tras darle muchas vueltas al asunto decidí finalmente acudir a
casa de los Serrano. Allí me recibió Aurelia Zapater, la heroína de esta
historia, con un cesto de naranjas, alegre y jovial, con la bondad reflejada en
los ojos. En aquella visita Juan Serrano me entregó unas libretas en las que
había ido anotando, conforme las iba recordando, todas las vivencias
acontecidas a lo largo de los años. También me pasó recortes de periódicos de
los años sesenta donde aparecían noticias relacionadas con su vida. Me enseñó,
finalmente, algunas fotografías e informes médicos de sus múltiples
enfermedades. Con todo ese material debía afrontar la idea de escribir una
historia de ficción sobre la base de acontecimientos que habían ocurrido en la
realidad, con lo que tenía sobre mi conciencia la pesada carga que supone ser
el testigo fiel de unos hechos que habían acontecido al hombre que me sonreía
en aquellos momentos y que, seguramente, sería inflexible lector de todo el
material que fuese capaz de escribir. Debía rendir cuentas a mi conciencia y al
héroe de la historia, todavía vivo, Juan Serrano.
Decidí seguir adelante con el
proyecto y ya no recuerdo cuánto tiempo pasé descifrando las libretas –no se me
ocurre ahora tampoco otra palabra que describa la acción-, repletas de frases
incongruentes y con pasajes de difícil comprensión, a veces repetidos en épocas
supuestamente diferentes. Tras desentrañar los papeles de Juan Serrano volví a
su casa con una lista larguísima de preguntas sobre asuntos que me resultaban
dudosos o que, directamente, no entendía cómo habían sucedido. El caso es que,
algún tiempo después, una vez conseguí escribir las primeras páginas del futuro
libro, la única objeción que recibí de mi héroe vivo es que no acertaba a ver
la historia sin su nombre, porque, efectivamente, yo había empezado la
narración empleando nombres ficticios para todos los personajes, incluido el
personaje central de la historia. Me vi obligado por las circunstancias a
rectificar. Cedí a las exigencias, totalmente legítimas, de Juan Serrano. Año y
medio después, al finalizar la redacción de la novela, preparé varias copias
del manuscrito con el fin de que tanto el padre como el hijo me hiciesen las correcciones
oportunas en aquellos pasajes del relato en donde pudiese haber tergiversado la
historia de los acontecimientos. Así que, nuevamente en casa de los Serrano, me
vi obligado a realizar algunas pequeñas correcciones en pasajes que me iba
indicando el héroe de la historia, volviendo puntualmente a contarme cómo en
realidad habían ocurrido los hechos. Recuerdo que Juan Serrano andaba empeñado
en cambiar los nombres de todos los personajes, otorgándoles su verdadero
nombre, porque su intención, totalmente legítima también, era hacer una especie
de homenaje a aquellas personas que habían sido benefactoras en su trayectoria
vital y, al mismo tiempo, hacer evidente la posición de aquellos que habían
tenido una actitud reprobable. Por aquella época, después de dos años de
trabajo, ya me había dado cuenta de todos los puntos en los que había tenido
que ceder pero había entrado en una dinámica que me lanzaba inevitablemente
hacia el final del trayecto. Parecía que no había marcha atrás.
La novela, que estaba acabada en
julio de 2011, terminó publicándose en febrero de 2013 con el título de La extraña victoria. Con el paso del
tiempo he reflexionado sobre las dificultades que me ocasionó la escritura de
esta historia y he recordado algo bastante significativo. Cuando leí por
primera vez los papeles de Juan Serrano me llamó la atención el hecho de que
muchas de las anécdotas y vivencias que contaba -sobre todo en la primera mitad
de su vida, hasta que cae enfermo, es decir, la vida en una hacienda, la mili,
las anécdotas del trabajo en telefónica- creaban un ambiente de época que yo ya
conocía por el testimonio oral de mi padre. Efectivamente, las historias que me
contaba mi padre cuando era pequeño sobre el cultivo de la tierra, las
aventuras de la mili, la vida en la postguerra, el hambre y las humillaciones
en el trabajo eran del mismo estilo o parecidas a las que contaba Juan Serrano.
Al relacionar unas vivencias con otras he caído en la cuenta de que al contar
la historia de Juan Serrano estaba haciendo un pequeño homenaje a todos esos
grandes hombres que habían vivido la guerra civil siendo niños y habían
levantado el país en medio de la más absoluta miseria. Y al dedicar ese
homenaje a estos hombres, evidentemente, sin darme cuenta, estaba haciendo un
homenaje a mi padre. Por eso fui capaz de llegar hasta el final con esta
historia. Vale.
domingo, 31 de diciembre de 2017
Antes y después de Sócrates
En 1932 se
publica Antes y después de Sócrates
en Cambridge, una compilación de ensayos de Francis M. Cornford que son el
resultado de una serie de conferencias cuyo tema principal era la contribución
de la Grecia
antigua al mundo moderno. (La edición española, Ariel, 1981, incluye dos
capítulos escritos por Cornford para la Cambridge Ancient History). Al leer por primera vez el libro en la primavera de 1994
no me había percatado de que Cornford señalaba ya en el prefacio que el
objetivo hacia el que apuntaba el curso de filosofía griega que se proponía
impartir era la “conversión filosófica” experimentada por Sócrates “desde el
estudio de la Naturaleza
al estudio de la vida humana”, o dicho de otro modo, “mostrar por qué la primitiva
ciencia jonia no llegó a satisfacer a Sócrates”. Siguiendo esta línea se podía
entrever cómo Platón y Aristóteles habían tratado de “llevar a la
interpretación del cosmos las consecuencias del descubrimiento socrático”.
Planteada así la cuestión desde el prefacio del libro, la primera
dificultad estriba, como se sabe, en que Sócrates es “una figura problemática
por haberlo sido ya incluso para sus seguidores”, de tal modo que nos
encontramos con variados “discursos socráticos”, visiones diferentes del
maestro en las que se compaginan anacronismos y opiniones de los propios
autores que emplean a Sócrates como vocero, configurando un tipo de discurso
que ya en su momento Aristóteles definió como literatura de ficción. Más allá
de la controversia en torno a dónde comienza Platón y dónde acaba Sócrates,
Cornford trata de establecer la transmisión que vincula a Platón con su
maestro, porque parece claro que en sus primeros diálogos Platón intenta
ahondar en la esencia del pensamiento de su maestro posiblemente porque
pretende esclarecer sus propias ideas. Podemos pensar, siguiendo a Cornford, que es en la Apología de Platón donde nos acercamos con mayor
precisión y fidelidad al Sócrates histórico, pero llegados a este punto hay una
cuestión que conviene matizar. La acusación contra Sócrates muestra una verdad
mucho más profunda. Al afirmar que Sócrates estaba corrompiendo a la juventud
lo que se venía a decir, y esto sí que se puede considerar completamente cierto
según Cornford, es que el filósofo estaba socavando la moral tradicional basada
en el apremio social, una “ética de obediencia y de conformidad a la costumbre” que mantenía unida a la comunidad y que Sócrates pretendía superar con
una moral de aspiración a la perfección espiritual. El germen central del
platonismo se encuentra precisamente en esta moral socrática, en esta
aspiración. Ahora bien, siguiendo la hermosa metáfora empleada por Cornford, es
necesario tener en cuenta que “en las manos de Platón este germen origina un
árbol cuyas ramas cubren los cielos”, con lo que el platonismo se abre
a una región de la naturaleza que el maestro había desestimado. La idea de
Cornford es que esta nueva proyección del pensamiento platónico viene
determinada por la influencia de las comunidades pitagóricas, hasta el punto de
que llega a afirmar que “el platonismo propiamente dicho data, de hecho, de la
confluencia de ambas corrientes de inspiración, la socrática y la pitagórica”. En la tradición pitagórica, Cornford encuentra paralelismos con el
orfismo, determinadas búsquedas que se traducen en ciertas conexiones entre el
orden visible en el universo, lo que se denomina precisamente cosmos, y una
armonía en el alma individual, o lo que es lo mismo, una relación entre macrocosmos
y microcosmos.
Sabido es que el pensamiento griego oscila entre dos tendencias: el
estudio del cosmos, de la naturaleza, que partiendo de los físicos en la
tradición jónica desemboca en Demócrito, y la denominada tradición itálica, que
más vinculada al microcosmos humano presenta cierta relación con el
pitagorismo, el orfismo y las religiones mistéricas. Al plantear su visión del
problema, Cornford tiene claro que ambas tradiciones “son continuas con
aquellas formas anteriores del pensamiento heleno a las que asignamos el
calificativo de míticas”. Esta continuidad implica que filosofía y
mitología no son excluyentes. Por eso el interés que muestra Cornford en trazar
esas líneas de continuidad desde los orígenes del pensamiento especulativo. Así
pues, cuando acomete la posible influencia oriental en la filosofía griega
defiende la idea de que, a pesar de que los griegos tomaron de Oriente ciertas
nociones de astronomía y matemáticas, algunos métodos y esbozos de concepciones
filosóficas, la especulación clerical de los orientales nada tiene que ver con
el espíritu libre de la filosofía griega y “nada hay que traicione una clara
solución de continuidad en el pensamiento griego acerca del mundo”.
martes, 28 de noviembre de 2017
Cartas a un amigo alemán
Entre 1943 y 1944, acuciado
por las circunstancias y casi de forma coyuntural, Albert Camus escribe cuatro
cartas dirigidas a un hipotético amigo alemán, cartas de propaganda que nacen
al amparo de la resistencia francesa y que están llenas de contrastes. Frente a
la grandeza y el heroísmo que parecen defender como suyos los alemanes, Camus valora
el humanismo del pueblo francés, que tras la derrota ha tenido el suficiente
coraje para volver a levantarse. Frente a la verdad que defienden los nazis se
presenta la verdad del pueblo francés, una idea por la que se lucha en medio de
la guerra y que contribuye a reforzar la fortaleza de la resistencia. La
derrota es el punto de partida. Camus insiste en el largo rodeo que se ha
tenido que dar para aceptar la derrota, la cólera digerida tras los continuos
asesinatos de miembros de la resistencia, pero de esa derrota se pretende
extraer la victoria.
Obsesionado con la búsqueda de certezas, con la verdad y la inteligencia,
Camus se abre en la tercera carta a la idea de Europa en oposición a la
propuesta alemana. Camus habla de Europa como “la más asombrosa aventura del
espíritu humano” e insiste en la idea de unidad, conforme al paisaje y
al espíritu. Y es conmovedor observar cómo Camus otorga un papel primordial a
la tierra en esta idea de Europa. Abundando en esta visión fundada en el
espíritu, la cuarta carta apunta ya directamente al humanismo de Camus, fundamentado
en el principio de justicia, en una idea del hombre ajena a cualquier principio
religioso, un humanismo fiel a la tierra, libre de cualquier posible sentido trascendente.
Cartas a un amigo alemán (Barcelona, Tusquets, 1995) es un documento de lucha contra la violencia, una exploración de la justicia y de la piedad en medio del horror, es un
libro de propaganda que se sostiene sobre la fe en la victoria, una certeza
que, tal como Camus apunta, “tiene la obstinación de las primaveras”.
martes, 31 de octubre de 2017
El velo pintado
En 1925, W.
Somerset Maugham publica El velo pintado,
una novela que goza enseguida de enorme popularidad, como casi todas las obras
del escritor británico, y rápidamente es adaptada al cine. El velo pintado refleja con precisión los ambientes exóticos en los
que se movió el escritor en los años veinte, su interés por la cultura de
Oriente, pero también su obsesión por el viaje como elemento de formación, o
dicho de otro modo, por el carácter iniciático de los
viajes con su influencia en la trayectoria espiritual de los seres humanos. El
punto de partida de la historia en El
velo pintado es la infidelidad de una mujer, porque lo que realmente
importa aquí es mostrar cómo la educación burguesa condiciona por entero –sobre
todo a una mujer- la mentalidad y la actitud ante la vida. Con su particular
sentido de la ironía y con no pocas dosis de cinismo, Somerset Maugham se
interesa por describir las funestas consecuencias que puede tener una educación
enfocada exclusivamente a la búsqueda de un buen matrimonio. Una joven inglesa,
de familia aburguesada, Kitty Garstin, cuya educación en el Londres de la época
elude cualquier dosis de sensibilidad e inteligencia, parece abocada a cometer
imprudencias, más aún cuando se la saca del entorno familiar. La estancia en
Hong-Kong hace estallar su matrimonio con el humanista y bondadoso Walter Fane,
un doctor y bacteriólogo que al menos en ciertos aspectos puede recordar la
figura del propio escritor. Somerset Maugham decide iniciar la novela mostrando
la infidelidad de Kitty. Con un arranque narrativo tan fuerte el lector se
siente atrapado desde el primer momento en la red de sentimientos que oscilan
en el corazón de la protagonista. Más allá de las motivaciones de los diversos personajes,
la novela se centra en la evolución espiritual de Kitty Garstin, mostrando hasta
qué punto el viaje al interior de una China asolada por la peste puede transformar
la mente y el espíritu de la joven. Para delimitar los vaivenes espirituales de
la joven, Somerset Maugham se sirve de todos los elementos que rodean a la
protagonista en un ambiente hostil, en una situación límite en donde la muerte
parece que aletea por todos los rincones. El paisaje que parece envolverlo
todo, el río cercano a la casa del doctor y a la ciudad, el convento donde las
monjas ofrecen su vida de forma desinteresada y las historias que se cuentan
sobre la bondad del marido de Kitty forjan en torno a la protagonista una
tupida red que contribuye a perfilar el camino de purificación espiritual en el
que parece embarcada la heroína. El final de ese camino viene determinado por
la muerte de su marido, el doctor Walter Fane. El viaje toca a su fin. El
regreso a Inglaterra, después de pasar por una nueva humillación en
Hong-Kong, sirve a Somerset Maugham para mostrar las dificultades que entraña
la regeneración, precisamente porque las carencias de la educación de las
mujeres, la represión de los sentimientos, actúan como contrapeso cuando lo que
realmente se anhela es la libertad, cuando lo que se necesita es compasión y
cuando lo que se busca es un poco de dignidad.
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